Días nublados
Los días se están despertando nublados, tremendamente nublados.
El aire es espeso y opaco, y el camino se vuelve pesado.
A él no le gusta sentir el peso del cielo sobre sus hombros.
A mí no me gusta desconocer hacía donde dirijo mis pasos.
¿Por qué humea el río cuando hace frío?
Las profundidades desaparecen y los contornos se difuminan.
La niebla consigue que los rascacielos parezcan humildes edificios obreros;
y las ciudades, pueblos que miran con respecto el nacimiento del nuevo milenio.
¿Será la niebla el aliento de los ángeles en las frías mañanas de invierno?
A lo lejos, en lo más profundo de la confusión de grises y blancos,
se distingue un punto de luz. El sol, eternamente pretencioso,
lucha por volver a ser el dueño indiscutible del cielo.
Pero nadie es invencible, ni siquiera el sol.
¿Cómo volarán los pájaros si no tienen luces anti-niebla?
La niebla vuelve el aliento pastoso y parece que se puede tocar.
La niebla materializa el frío, lo vuelve visible y cercano.
¿Querrá el cielo tocar la tierra, trayéndose consigo las nubes más aventureras?
La niebla se disipa, y el misticismo y la melancolía desaparecen, poco a poco, de esta mañana de invierno. Bueno, quizá sólo el misticismo porque la melancolía, que ya ha calado, se adhiere con fuerza a los huesos.





