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Resaca de San Juan

La arena blanca está punteada de negro,
restos de las hogueras de San Juan.

Dorado, transparente, plata, azul turquesa, negro.
El sol colorea el mar con el paso de las horas.
El mar es coqueto y le gusta cambiar de aspecto.

Las olas se juntan en la orilla,
se ríen y hablan entre sí
de cosas sin importancia.

Las gaviotas se marean, planeando sobre nuestras cabezas.
Ellas, ajenas a su suerte, disfrutan de la libertad de volar.
Sus patas de pato dejan pequeñas huellas en la fina arena,
recuerdos fugaces del tiempo.
Las gaviotas son las palomas del mar.

El frescor de la brisa lucha con el calor del sol,
en desventaja por el furtivo paso de las nubes.

El sol se pone en el horizonte. El mar abre su inmensa boca para engullirlo poco a poco.
Su reflejo teje una alfombra dorada en la serpenteante superficie del agua,
como si nos invitara a caminar por ella y acompañarle en su reposo nocturno.

La arena se torna rojiza; el cielo, cobrizo.

Una mujer pasea por la arena húmeda.
Sus pies buscan el intermitente contacto con el agua.
¿En qué estará pensando? ¿En qué hará de cenar?
¿En cómo le dice a su novio que no quiere irse a vivir con él?
¿O, simplemente, en la plenitud que siente en este momento?

El día ha dejado su espacio a la noche; el sol, a la luna.

La inmensa oscuridad del universo se refugia tras las estrellas.
En el mar, campo negro e infinito, florecen pequeñas y trémulas margaritas.
La arena está fría y mis pies buscan la calidez de sus entrañas.
Es hora de volver a casa porque la playa no es playa si no es sol.
No