A lo lejos me parece escuchar un violín
La plaza está vacía el domingo de madrugada.
Noche de vueltas en círculo y pasos contados con el rabillo del ojo. La ciudad está agotada después de una semana de duro trabajo y tirita al pensar en el lunes por la mañana. La luz de las farolas, más vaga en Bologna, se libera del peso de la noche debajo de los soportales.
A lo lejos me parece escuchar un violín.
Hacía tanto tiempo que no escuchaba su melodía
que...
Su música me cuenta una historia que naufraga en el aire.
¡Y yo qué estaba pensando en el silencio!
Busco entre las columnas de los soportales, acerco mi oído a las alcantarillas, miró detrás de los números y las manecillas del reloj, le levantó la falda a la fachada de la catedral... Pero nada. ¿De dónde viene esta música?
¡Cómo suda el negro que se deja manejar por el viento!
¡Cómo tiembla la sombra que se deja acariciar por la música!
A lo lejos me parece escuchar un violín.
Hacía tanto tiempo que no escuchaba su melodía
que...
¿De dónde vendrá está música que transforma el llanto en canciones, que se empapa las mejillas con cada melodía?
El dolor es un océano que se deshace en el aire. Sus olas, cansadas, se rompen en las fachadas y bañan la mirada del noctámbulo que no quiere volver a casa. Esta noche la marea está baja porque el agua está melancólica y quiere jugar con la música. ¡Qué bello y triste es ver bailar al agua con el aire en medio de la plaza, vacía, el domingo de madrugada!
A lo lejos me parece escuchar un violín.
Hacía tanto tiempo que no escuchaba su melodía
que las lágrimas me han pillado por sorpresa.





