Caminando por donde no había camino
Anoche tenté la casualidad y me alejé de la ciudad.
La luna era tímida y su luz, implorante, era una fina sábana de marfil que apenas cubría los bordes del aire. Con los ojos cerrados, caminé por donde no había camino, sino viejas huellas sin dueño y un horizonte vertical y resbaladizo. Descubrí, como quien ve un recuerdo mágico del tiempo, que hay valles que se moldean para poder entrar en contacto con el cielo. Tierras inquietas que respiran, que espiran e inspiran, que se hinchan los pulmones de vida.
A la entrada del valle, una hoguera que desgarraba la oscuridad y, junto a ella, un pastor que miraba fijamente el firmamento. El pastor me dijo que no tuviera miedo de aquella noche porque, a millones de años luz de distancia, en una galaxia sin nombre ni planetas, estaba naciendo una nueva estrella. Y, mientras escrutaba el cielo con la mirada, vi como un castillo de madera se quitaba la falda de la montaña.
Reanudé mi camino, siguiendo los consejos del viento. Recorrí el sendero de hojas de terciopelo. Subí la montaña de arenas movedizas y conquisté su cima. Descansé a orillas del mar de olas de cristal. Me adentré en el bosque de árboles de carbón y flores sin color que no conocen la luz del sol.
De repente, un temblor de tierra, un huracán de fuego. Y la piedra se hizo añicos. Y, en lo más profundo del desfiladero, resucitó un viejo río.
Bebí, sediento, de su agua transparente. Y, con un trozo de vida en el bolsillo, de pureza desbordante entre mis dedos, desande lo andando, para compartir mi descubrimiento con el pastor que miraba fijamente el firmamento; para dormir, junto a su hoguera, acompañado.





