Y ahora no sé con quien pasas las noches
Tu sonrisa, un suspiro de la luz.
Tus labios, una telaraña que le pone zancadillas al viento.
Tus ojos, dos mariposas ebrias de primavera.
Tus manos, dos gorriones de terciopelo.
Tus orejas, el nido donde aprenden a volar todas mis fantasías.
Pero yo soy valiente sólo en la conquista de la cobardía,
de la cobardía y la soledad,
y ahora no sé con quien pasas las noches
en las que tienes el sueño de vacaciones.
Tengo miedo de sufrir un infarto cuando duermes lejos
porque los latidos de mi corazón dependen de tus ojos
y del ritmo de su parpadeo.
Y mi aliento se vuelve niebla,
para recorrer las calles y absorber toda la luz de las farolas,
para colarse por debajo de tu ventana
y reposar en la parte más carnosa de tu boca.
Perdóname por ser el niño que corre detrás de las palomas,
pero mis sueños sólo tienen una presencia;
y mis pesadillas, sólo una ausencia.
El amor y la tristeza son egoístas
y no entienden de sonrisas ajenas.
Tendré que ser paciente, esperando a que te confíes.
Y en las noches sin luna, como una hormiga diminuta,
iré almacenando la verdad de mis versos en los recodos de tu almohada,
en los pliegues de tus sábanas, en mi lado favorito de tu cama.
Honestas poesías que los fantasmas enamorados de la vida,
los únicos que entienden la gramática de los sentimientos
y sus silencios,
te susurrarán al oído las noches que, vulnerable y desnuda,
duermas sola.
Y tus sueños serán poco a poco más míos que suyos.
Y tu amor será poco a poco más mío que de ninguno.





