Visita a Avelina
En un callejuela de Montijo, entre el barullo de calles sin sentido, de anarquía controlada, está la casa de Avelina.
Cuando suenas el timbre, Avelina va corriendo a abrir la puerta, a pesar de que siempre está abierta. “¿Queréis café?”, pregunta Avelina. Alguien se ofrece inútilmente a hacerlo por ella porque, a pesar de su pronunciada cojera y su espalda reumática, su casa es su casa. Y el café siempre llega acompañado de leche hirviendo, con un ligera capa de nata, y pasteles (o una tarta).
Es invierno y la casa está fría.
Avelina está sentada al calor del brasero de picón. Su cuerpo, un poco más pequeño que el salón, descansa enterrado bajo la falda de la mesa camilla. Un cuerpo del que solamente son visibles su cabeza, sus hombros y, cuando está hablando, sus manos.
Avelina habla sin parar, o pregunta.
Y cuando no habla, o pregunta, busca una mano que toquetear, o una mejilla que acariciar. Avelina expresa con sus viejas manos de costurera, de dedos hinchados y venas abultadas, su alegría por la visita inesperada.
La visita llega a su fin.
Pero, antes de que los invitados salgan por la puerta, Avelina ha ido y ha vuelto de su dormitorio, con su andar de pasos alborotados y cuerpo inclinado, con un billete de 10 euros, antes de 1000 pesetas, para convidar a los más pequeños. Es inútil rechazarlos, decirle que no hace falta, que ya no tienes 15 años, porque si no los coges, ella se enfada. Y, mientras te metes los 10 euros en el bolsillo, te hace prometer que, a la abuela, no le dirás nada.
Con Avelina, en cada visita, siempre compartes un pequeño secreto.
Y desde la puerta de su calle, un poco más pequeña que su casa, Avelina dice adiós, con su vestido negro, y con la mano.
Cuando suenas el timbre, Avelina va corriendo a abrir la puerta, a pesar de que siempre está abierta. “¿Queréis café?”, pregunta Avelina. Alguien se ofrece inútilmente a hacerlo por ella porque, a pesar de su pronunciada cojera y su espalda reumática, su casa es su casa. Y el café siempre llega acompañado de leche hirviendo, con un ligera capa de nata, y pasteles (o una tarta).
Es invierno y la casa está fría.
Avelina está sentada al calor del brasero de picón. Su cuerpo, un poco más pequeño que el salón, descansa enterrado bajo la falda de la mesa camilla. Un cuerpo del que solamente son visibles su cabeza, sus hombros y, cuando está hablando, sus manos.
Avelina habla sin parar, o pregunta.
Y cuando no habla, o pregunta, busca una mano que toquetear, o una mejilla que acariciar. Avelina expresa con sus viejas manos de costurera, de dedos hinchados y venas abultadas, su alegría por la visita inesperada.
La visita llega a su fin.
Pero, antes de que los invitados salgan por la puerta, Avelina ha ido y ha vuelto de su dormitorio, con su andar de pasos alborotados y cuerpo inclinado, con un billete de 10 euros, antes de 1000 pesetas, para convidar a los más pequeños. Es inútil rechazarlos, decirle que no hace falta, que ya no tienes 15 años, porque si no los coges, ella se enfada. Y, mientras te metes los 10 euros en el bolsillo, te hace prometer que, a la abuela, no le dirás nada.
Con Avelina, en cada visita, siempre compartes un pequeño secreto.
Y desde la puerta de su calle, un poco más pequeña que su casa, Avelina dice adiós, con su vestido negro, y con la mano.





