Ahogo
Cuando miraba a través de los cristales de su alma,
siempre se cortaba con el filo de los trozos rotos.
Tenía su corazón tan saturado de sangre
que apenas le latía. Sus ojos estaban embarrados
con el polvo de varios veranos de sequía.
Sus manos, eternamente torpes y sucias,
sólo conocían el lado izquierdo de los moribundos
que esperan a que la muerte les libere de su sufrimiento.
Él moría y no creía, pero quería creer.





