Como la rama y la hoja
La mirada distraída,
el vino entre las tripas.
Tú buscabas alguien
que arropara tus sueños.
Yo te ofrecí unos dedos inquietos,
una boca que no necesita de palabras.
Ocultos, detrás de la noche,
tus ojos no tenían color
y tu mirada, visceral,
se perdía entre intuiciones de carne
con la flor marchita que, jadeante,
resucita
con las primeras gotas del rocío.
Y, como la rama y la hoja,
que se encuentran
y se hacen una, indivisible,
nos amamos,
hasta que el tiempo
hecho otoño y viento
(o amanecer despiadado)
decidió separarnos.





