Una historia con pepe
Un dia cualquiera, sales de casa esperando divertirte pero sin hacer muchas cosas nuevas. Pepe sale teniendo más o menos el mismo parecer y bueno, al final, nada ocurre como esperábais.
Un viernes cualquiera. Madrid. Invierno, enero, frio. Exámenes, o lo que es peor: trabajar. Es el cumple de un buen amigo y por fin llegan las 10 de la noche. Te estás depilando tranquilamente (sólo por si acaso) en tu casita toda cuca con un musicón de la hostia del que esperas que como mínimo te pongan algún hit en el antro en el que vas a terminar por la noche (sea cual sea aunque ya sabes cual es, es decir, el mismo de cada viernes).
Hemos dicho que es un viernes cualquiera. Falda bien corta, el bolso que tu madre llama 'chochito' por su similitud con éste término. Sombra de ojos negra para que te dure hasta las 10 de la mañana, por lo menos. Mirada que tú te crees que es intensa y luego ni fú ni fá pero que a veces hasta funciona. Sacas dinerillo y, toda moderna, bajas a la calle agachando un poco la cabeza por si te cruzas con algún vecino impertinente.
Hemos dicho que es un viernes cualquiera. Y esto no quiere decir otra cosa que salir de casa con una botella de cacique bajo el brazo, que por cierto que acabas de comprar en los chinos de tu barrio. Coges el autobús y te diriges a la casa de tu colega donde se celebra el botellón semanal, que ya es ritual.
Llegas muerta de frio pero no importa porque ya casi todos están allí y están, por cierto, muy bien cociditos. Ya les ha dado tiempo a caldear el ambiente. De hecho, sólo al entrar por la puerta tienes que quitártelo casi todo para no asfixiarte, y, evidentemente, después de besuquear rigorosamente al personal, te pones la primera con hielo.
Incluso puede que tengas suerte y llegues para ver en localia la hora chanante y esto ya puede ser mortal. La noche apunta bien, quiero decir, se vislumbra apetitosa. En efecto, después de unas horas, unas pocas copas más y unas discusiones de modernos eruditos terminamos hasta el gorro de todo esto y comenzamos a convencernos los unos a los otros para ir saliendo de la cazuela.
En un momento, sin darnos cuenta, nos instalamos de repente en la puerta de la calle y sin saber cómo, dentro del auto de un taxista muy majete que se ha hecho el longui y condescendientemente nos ha dejado llevar los pelotazos encima. Lo estamos pasando genial y hablamos del panda del acoso sexual de los soth park. Nos reímos un rato y el taxista está flipando en colores con nuestras historias.
Llegamos al garito de moda. Todos los modernos fotolovers de la capital suelen pasarse por este sitio y nada, están bebiendo bien agusto, esperando el momento para liarla un poco. Hasta que llegamos nosotros y la terminamos de liar. No somos los amos porque los demás no estén a la altura, sino porque quienes son los amos lo son y punto pelota.
Después de enrollarnos los unos con los otros y de ponernos hasta arriba de más cubatas, decidimos unos irnos al 8 y medio, y otros, jubilarse.
Los que se jubilan, bueno, ellos se lo han perdido. Los que seguimos al pie del cañon, pues nos quedamos haciendo cola y meándonos las patas abajo en la fila. Felizmente, tras 40 minutos de larga espera nos toca el turno de soltar 10 euros para entrar y que nos den una consumición hedienta que no es otra cosa que garrafón del caro.
En una hora somos los reyes del 8 y medio. Tú, que te encanta dar la nota, te subes al escenario, no al principal, no, porque siempre has considerado que se masifica de gente que no sabe lo que es bailar. En cambio te subes al otro, al pequeño, que es donde está la gente que ha nacido para bailar, como tú, claro.
En un rato, llevas una mierda considerable de la que no te acuerdas, pero que te han contado tus queridos colegas. Te das cuenta de que estás empezando a bailar de una manera sospechosa con un tío que está muy bueno. Bailais más y más, de manera poco ortodoxa para una señorita y un caballero. Pero, qué más da, a la mierda, si total, de que sirve eso de tener maneras.
Desde luego, a ti, no tenerlas te vino de lujo. Te lo empiezas a ligar y mira por donde te enrollas con él. Está super bueno. Se lo presentas a un colega gay y le empieza a tirar los trastos. Es divertido. Se llama Pepe, pero eso no lo tienes tan claro a la mañana siguiente cuando te despiertas junto a él en la cama y ves, a dónde te ha llevado la mala educación. Se despide de tí a las tres de la tarde. No le pides el teléfono y éste es el mayor error de tu vida.
Le verás de nuevo en el 8 y medio????
Un viernes cualquiera. Madrid. Invierno, enero, frio. Exámenes, o lo que es peor: trabajar. Es el cumple de un buen amigo y por fin llegan las 10 de la noche. Te estás depilando tranquilamente (sólo por si acaso) en tu casita toda cuca con un musicón de la hostia del que esperas que como mínimo te pongan algún hit en el antro en el que vas a terminar por la noche (sea cual sea aunque ya sabes cual es, es decir, el mismo de cada viernes).
Hemos dicho que es un viernes cualquiera. Falda bien corta, el bolso que tu madre llama 'chochito' por su similitud con éste término. Sombra de ojos negra para que te dure hasta las 10 de la mañana, por lo menos. Mirada que tú te crees que es intensa y luego ni fú ni fá pero que a veces hasta funciona. Sacas dinerillo y, toda moderna, bajas a la calle agachando un poco la cabeza por si te cruzas con algún vecino impertinente.
Hemos dicho que es un viernes cualquiera. Y esto no quiere decir otra cosa que salir de casa con una botella de cacique bajo el brazo, que por cierto que acabas de comprar en los chinos de tu barrio. Coges el autobús y te diriges a la casa de tu colega donde se celebra el botellón semanal, que ya es ritual.
Llegas muerta de frio pero no importa porque ya casi todos están allí y están, por cierto, muy bien cociditos. Ya les ha dado tiempo a caldear el ambiente. De hecho, sólo al entrar por la puerta tienes que quitártelo casi todo para no asfixiarte, y, evidentemente, después de besuquear rigorosamente al personal, te pones la primera con hielo.
Incluso puede que tengas suerte y llegues para ver en localia la hora chanante y esto ya puede ser mortal. La noche apunta bien, quiero decir, se vislumbra apetitosa. En efecto, después de unas horas, unas pocas copas más y unas discusiones de modernos eruditos terminamos hasta el gorro de todo esto y comenzamos a convencernos los unos a los otros para ir saliendo de la cazuela.
En un momento, sin darnos cuenta, nos instalamos de repente en la puerta de la calle y sin saber cómo, dentro del auto de un taxista muy majete que se ha hecho el longui y condescendientemente nos ha dejado llevar los pelotazos encima. Lo estamos pasando genial y hablamos del panda del acoso sexual de los soth park. Nos reímos un rato y el taxista está flipando en colores con nuestras historias.
Llegamos al garito de moda. Todos los modernos fotolovers de la capital suelen pasarse por este sitio y nada, están bebiendo bien agusto, esperando el momento para liarla un poco. Hasta que llegamos nosotros y la terminamos de liar. No somos los amos porque los demás no estén a la altura, sino porque quienes son los amos lo son y punto pelota.
Después de enrollarnos los unos con los otros y de ponernos hasta arriba de más cubatas, decidimos unos irnos al 8 y medio, y otros, jubilarse.
Los que se jubilan, bueno, ellos se lo han perdido. Los que seguimos al pie del cañon, pues nos quedamos haciendo cola y meándonos las patas abajo en la fila. Felizmente, tras 40 minutos de larga espera nos toca el turno de soltar 10 euros para entrar y que nos den una consumición hedienta que no es otra cosa que garrafón del caro.
En una hora somos los reyes del 8 y medio. Tú, que te encanta dar la nota, te subes al escenario, no al principal, no, porque siempre has considerado que se masifica de gente que no sabe lo que es bailar. En cambio te subes al otro, al pequeño, que es donde está la gente que ha nacido para bailar, como tú, claro.
En un rato, llevas una mierda considerable de la que no te acuerdas, pero que te han contado tus queridos colegas. Te das cuenta de que estás empezando a bailar de una manera sospechosa con un tío que está muy bueno. Bailais más y más, de manera poco ortodoxa para una señorita y un caballero. Pero, qué más da, a la mierda, si total, de que sirve eso de tener maneras.
Desde luego, a ti, no tenerlas te vino de lujo. Te lo empiezas a ligar y mira por donde te enrollas con él. Está super bueno. Se lo presentas a un colega gay y le empieza a tirar los trastos. Es divertido. Se llama Pepe, pero eso no lo tienes tan claro a la mañana siguiente cuando te despiertas junto a él en la cama y ves, a dónde te ha llevado la mala educación. Se despide de tí a las tres de la tarde. No le pides el teléfono y éste es el mayor error de tu vida.
Le verás de nuevo en el 8 y medio????





