La minoría étnica ve, oye y calla... y aprende
Por una de esas casualidades de la vida (jubilaciones, traslados, etc.), uno tiene el raro privilegio de ser cada día en el comedor del trabajo el único hombre fijo del grupo. Este hecho, unido a la más que evidente hermosura de las comensales (veremos qué modestas son), hace despertar la envidia de más de un compañero.
Hay días en los que la conversación discurre por lugares comunes y "unisex" en los que uno puede meter baza (incluso puedo introducir de tanto en cuanto determinados temas más propios de hombres, como deportes o política). Sin embargo, en más de una ocasión, el privilegio de única representación del sexo masculino conlleva adoptar una postura poco activa en las conversaciones que surgen.
Hoy ha sido uno de esos días poco participativos. De la moda a los dolores menstruales, pasando por las dietas y conservar la línea, sin olvidar detalles de manicuras y pedicuras o el oportuno repaso a determinados especímenes masculinos ("qué poco culo tiene aquel", "qué creído que es tal o cual", "a este no lo iba a dejar escapar", etc.). Y en medio de todo, una mirada al pobrecido hablador y un comentario con risita...
"- Pobrecito, ¿de esto no puedes hablar mucho, verdad?"
Qué se le va a hacer, son la "etnia dominante". Con todo, es bueno verse inmerso en una situación como ésta: se puede entender (en parte) lo que como hombres no atisbamos a comprender y se aprende lo que tendríamos que decirles y hacer... Ser el infiltrado en esta situación tiene sus ventajas. Además, ¿a qué vale la pena el riesgo?
Hay días en los que la conversación discurre por lugares comunes y "unisex" en los que uno puede meter baza (incluso puedo introducir de tanto en cuanto determinados temas más propios de hombres, como deportes o política). Sin embargo, en más de una ocasión, el privilegio de única representación del sexo masculino conlleva adoptar una postura poco activa en las conversaciones que surgen.Hoy ha sido uno de esos días poco participativos. De la moda a los dolores menstruales, pasando por las dietas y conservar la línea, sin olvidar detalles de manicuras y pedicuras o el oportuno repaso a determinados especímenes masculinos ("qué poco culo tiene aquel", "qué creído que es tal o cual", "a este no lo iba a dejar escapar", etc.). Y en medio de todo, una mirada al pobrecido hablador y un comentario con risita...
"- Pobrecito, ¿de esto no puedes hablar mucho, verdad?"
Qué se le va a hacer, son la "etnia dominante". Con todo, es bueno verse inmerso en una situación como ésta: se puede entender (en parte) lo que como hombres no atisbamos a comprender y se aprende lo que tendríamos que decirles y hacer... Ser el infiltrado en esta situación tiene sus ventajas. Además, ¿a qué vale la pena el riesgo?
Comentario:
Me estrujado los sesos para decir una gran chorrada y al final la he perdido, porque sera?
Comentario:
Dicen que en una charla de hombres los únicos temas que se tratan están relacionados con los coches, el deporte (en especial el football) y las mujeres. El pobrecito hablador, guiado por su amor a la ciencia, se sacrifica introduciéndose poco a poco en el hábitat de las conversaciones femeninas. Como el naturalista que lentamente va introduciéndose en el mundo de los gorilas (o macacos o chimpancés u otros especimenes sociales) él va desarrollando su tesis: “De que hablan las mujeres” ya que a estas alturas ellas lo hacen con total normalidad ignorando su presencia.
Buena suerte Pobrecito Hablador.
Buena suerte Pobrecito Hablador.





