BUEN REY WENCESLAO. PRAGA

Buen rey Wenceslao,
súbeme a la grupa de bronce
de tu caballo bravo,
y muéstrame Praga en vuelo,
desde tu alto pedestal de mármol.
Llégate hasta la Plaza Vieja.
por el aire cabalgando,
sobrevuela las agujas catedralicias
y desciende luego
cabe el reloj astronómico
a las doce en punto del meridiano.
Lleguémonos después
a la Sinagoga Nueva y Vieja,
junto al Cementerio Judío,
de lápidas abarrotado.
Descabalga, Rey Wenceslao,
que el Rabino León
el Rabino más amado,
nos invita a pasar adentro.
y es de nobles corazones
ser buenos invitados.
El Golem amable, su criado,
me coge las riendas
principescas del caballo,
y se lo lleva, sigiloso,
hasta los escondidos establos.
Quedo yo solo
Con tu lanza, Wenceslao,
la puerta de la Sinagoga guardando.
Luego aparece de nuevo El Golem
con una bandeja de pan ácimo
y dulce vino de Israel en sendos vasos.
Bebéis, os abrazáis, y brindáis por la paz
y por todos los seres humanos.
Nos despedimos,
y de nuevo el vuelo alzamos.
Yo, a la grupa,
tú a las riendas del caballo.
Por encima de la Karlova,
a los jesuitas saludamos,
que desde el Clementinum,
en su Torre Astronómica,
nos dicen adiós con la mano.
Llegados a la torre primera
del Puente de Carlos,
volvemos a bajar,
y ante el Descendimiento
con piedad nos arrodillamos.
Vuelves a cabalgar,
y yo, orgullosamente,
abriéndote camino solemne,
voy delante como un espolique
de los tiempos de nobles y villanos.
Suenan las herraduras huecas
sobre el duro adoquinado,
y se arrodillan con respeto
los checos a tu paso.
Inclinan la cabeza las estatuas del pretil,
en solemne señal de acato,
y los turistas, risueños, nos sacan fotos,
entre sorprendidos y arrobados.
Montamos de nuevo, tú a las riendas,
yo a la grupa, y otra vez el vuelo alzamos.
Rodeamos las cúpulas de San Vito:
Desde allí, los puentes del Moldava,
las aguas y las brumas abrazando,
parecen paisaje de cuento
por un arcángel dibujado.
Bajamos al callejón de Oro,
y en el número veintidós,
sale Franz Kafka,
-su escribir, por verte, abandonado-
a desearte buenaventura
y buen siguiente milenio
para tu memoria de eternizado.
Luego te ofrecen un vino caliente
en cristal de Bohemia,
límpido, transparente, inmaculado.
Tú, apenas lo bebes,
pero agradeces la ofrenda
con solemne gesto ritualizado.
Me haces seña, y tornamos a volar,
alto, muy alto.
Entonces llega la nube de nieve loca,
que arroja ligeros copos leves
en furioso y disperso caos,
como amables municiones
de una guerra alegre,
de traviesos angelitos malos,
de algún rococó del Hdraçany escapados.
Pierdo de vista el suelo,
y de pronto –con todo acabado-
me veo en tierra, como al principio,
ante tu estatua, tú arriba, yo abajo.
Y creo entonces que todo ha sido
por mi imaginación soñado.
Pero, al mirar tu noble rostro,
tu regia testa en inclinado
comprendo que son los sueños,
si con nobleza imaginados,
una forma de verdad, y no una mentira
que pasara por la memoria de largo.
28 de Marzo, 2008
Dos cipreses caravaqueños

Se han salvado, por ahora, dos cipreses en el casco histórico, y qué casco histórico, de Caravaca, y toda la ciudadanís regional, nacional y universal debemos alegrarnos por ello. Mi amigo Ricardo Montes dice que son del tiempo de San Juan de la Cruz, y ello me emociona. Y a quién no. Pero dos cipreses no son dos cipreses solamente. Son dos cipreses con su entorno vegetal, que es parte de los cipreses. No son seres minerales. Ni siquiera pueden desgajarse de las paredes del venerable inmueble. Son carne viva de la Historia.
Yo felicito a la ciudadanía caravaqueña que se ha movilizado porque se detenga la pica inclemente, salvaje y arboricida del falso progreso. El Huerto de los Cipreses era una factoría de paz, una cascada de espiritualidad y un viento de cultura él mismo. Un huerto es algo especial, dijo Ramón Gaya. Un huerto no son las huertas. Y quien quiera saber que lea al maestro. Escuchar los pajarillos entre los cipreses, arrayanes y caléndulas del florido patio de las monjas era arriesgarse a que a uno le sucediera lo que a aquel monje que, en escuchándolos, dejó pasar tres o cuatro siglos, creyendo que apenas eran un instante. Leyenda europea es esta del monje y los pajarillos. Tener un escenario válido para ese avatar es maravilla o privilegio. El Ayuntamiento, la cosa pública, debería saberlo, y ampararlo con las leyes y las protecciones más eficaces.
Si es verdad que se salva el Huerto de los Cipreses, seremos en esta Región todos más cultos, y más sabios. Porque sabio es el que pondera y aprecia la vida de los árboles centenarios como éstos. La savia que asciende por sus leñosos troncos sabe los versos del místico, que escuchara la tierra misma desde la que suben, buscando la unión con el Todo, como el frailecillo de Fontiveros hacía, al escaparse en la noche oscura del alma, para buscar al Amante Eterno, que pocos encuentran.
Y ésa debe ser la lección: los dos cipreses son como dos versos murcianos del santo abulense, que nos dejara de regalo en esta tierra. Son doblemente sagrados, por poesía y por germinar desde semilla, justo cuando, peregrino de la española tierra, rendía viaje en nuestra Caravaca de la Cruz. Amar a los árboles es amar al ser humano, y es amar a Dios. Vale.
Invitación a San Carlo, de Torino
Ahora invito a todos a pasear lejos de aquí. Os señalo la Piazza San Carlo, en Torino. No quiero hacer una guía informativa o histórica. No. Antes deseo memorar la firme dulzura, la elegancia adusta del Piamonte, adensada, sabia y misteriosamente, en esa plaza. Acaso sea una de tantas en Europa. Las hay, probablemente, más bellas. O más espectaculares o históricas. No se me ocurre en qué pueda destacar que os interese, como puede interesar a un viajero una plaza de una ciudad ajena. Únicamente, perdonadme, me vienen a la cabeza categorías personales, afectivas. La Concorde parisina, universal y amplia; la Grand Place, bruselense, corazón de Europa; Picadilly, cosmopolita… Y tantas y tantas otras, de cuya memoria favor os hago de obviar.
Pero allí, en alguna parte de sus generosos soportales de capital del norte alpino, amparo de lluvia y de nieve, habita algo que no es mágico, pero que lo contiene; que no es entrañable, pero que, asimismo, lo posee. Uno sé qué, humano y cotidianamente maravilloso, valga el oxímoron, que me cautivó con una cierta suerte de levedad seductora, que aún perdura. Ocupa los medios de una avenida añeja. Es plaza encontrada al paso del caminante urbanita, que traslada sus cuidados de un lado a otro de la ciudad. No es plaza de término o de punto central de irradiación callejera. No. Es, ya os digo, plaza humilde, como calle ensanchada o venida a más.
Tiene estatua de prócer en sus medios. Manuel Filiberto de Saboya, monarca del Quinientos, que le inaugurara capitalidad a Turín. Algo de fundacional tiene, pues, la plaza por su figura. Y lo fundacional emana cierta energía que mi sensorialidad oculta acaso advierte. Pero no es eso sólo. Hay orden en la neoclásica uniformidad de ventanas, ventanales y mansardas sobre las simétricas arquerías. Pero hay algo más que orden, también. El orden sólo es perfecto. Hay vida. Siempre que pasé, mostraban dispersión de celosías abiertas, cerradas, semiabiertas, entornadas… La plaza vivía… no sólo en la calzada donde andamos los paseantes; también en sus alturas.
El Risorgimento, un nacionalismo integrador, se hizo mayor de edad en sus cafés. Un bicerino, arcano turinés de chocolate y café, tomado en medio del ambiente decimonónico de una de sus cafeterías, quizá sea el bebedizo que me enamoró de esa plaza. Por eso hoy, la memoro y me permito encareceros la visitéis. Vale.
Carolina Coronado, de Madrazo, en el MUBAM

Acudo al Museo de Bellas Artes de Murcia, a ver la exposición traída por el Museo del Prado "De Goya a Sorolla", y, entre otras joyas, acaso más notorias, me encuentro con el que muestra la efigie de la escritora Carolina Coronado, hasta ahora tan sólo un nombre literario para mí. Su rostro, bello y triste, me subyuga. Se la llamó la Bécquer femenina. De familia liberal, tuvo que visitar a su padre en las cárceles fernandinas, y el batallón isabelino de Badajoz contra los carlistas, llevaba bandera bordada por sus manos. Feminista avant la lettree, renegó de la formación de mujer de su hogar recibida, y a los diez años empezó a escribir. Se inventó un amante, Alberto, al que hizo morir en el mar., y al que cantó como si verdad hubiera sido. Y verdad parece, leyendo los versos que le dedicara.
Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.
Fama cobró su belleza, que aún se contempla y goza en el retrato que decimos. Transida belleza por la tragedia de la prematura muerte de su primogénito, aún reciente cuando posara. Desde el cuadro nos mira una mujer inteligente, dueña de sus destinos en una época en que aún a muchos hombres tal condición les huía. Hay una luz en los ojos, que quiere cumplir con el deber o tradición de aparecer hermosa y feliz para la posteridad, canon acaso del tiempo. Pero el artista, como el Arte es milagro, supo darnos la clave misteriosa para que percibiéramos la nube de tragedia que la ensombrecía.
Su poesía oscila desde lo pasional hasta lo extático, al borde de un misticismo de clave panteísta. Dueña de la rima y el ritmo, escribió novelas y dramas. Murió en 1911, en Portugal. Sufría de catalepsia, y más de una vez pregonaron su óbito. Conocía la muerte de cerca. Embalsamó a su marido, Secretario de la Embajada Norteamericana, por no enterrarlo, y a Badajoz fue traída junto con él, luego de fallecida.
Quede orla de mérito para Federico de Madrazo, el pintor, y termine esta prosa con versos de la propia Carolina, en el mejor de los garcilasismos posibles escritos, en los que invita al amante a venir a ella, juntamente:
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
Vale.
La letra Ñ se hace mayor de edad

Para el resto del mundo que vive leyendo en caracteres latinos, la letra ñ es una extravagancia española. Los primeros ordenadores no traían esta letra tan nuestra. No la necesitaban en sus lenguas, donde la sustituían por el grupo gn o nh, según. O no tenían el sonido correspondiente. Costó Dios y ayuda que los teclados hicieran hueco, allí, a la derecha de la n; antes de la diéresis y la coma. O sea, la consideraron un signo diacrítico más. Y tanto era así, que, luego de celebrar la victoria de la ñ sobre los teclados, cuando fuimos a guardar archivos, por ejemplo, nos dimos cuenta, que estaba, pero como de prestado o como de favor. No servía para usarla en títulos de archivo que llevaran esa letra ñ. De la misma manera que no podíamos introducir ningún otro signo entre letras de verdad.
De esa manera, en los listados de ordenador, en cualquier ámbito, los españoles que poseían una ñ en su apellido, ya sabían que tenían que ir a buscarse a los últimos lugares. Los Núñez, los Goñi, los Mañueco, etc, lo saben.
Yo no sabía qué era peor, estar con status de segunda división, o no estar. Ambas situaciones eran humillantes. Pero, oh, milagro. En el día de hoy, sucede que ha saltado la noticia. Ya es posible inscribir nombre y títulos con ñ, incluso en los dominios de Internet. La última batalla está lograda. Hemos vencido.
Ahora bien, supongo que en los ordenadores foráneos que abran nuestras webs con eñes, saldrá todo un galimatías de tantos por ciento, almohadilla y vocales acentuadas varias, que dará pavor verlo. Entonces, lo que tendrían que hacer es comprarse un teclado español, con ñ. Que se lo pidan a los Reyes Magos o a Santa Claus. Porque, además, la ñ existe en vasco y en gallego. No es castellana en exclusiva, aunque sí española.
Es un gran hallazgo español, una letra para un fonema bien distinto de cualquier otro. Es para celebrarlo. Es un gran día para las Letras Hispanas, no españolas solamente. Por eso lo canto yo aquí, e invito a todos los filólogos que me lean a que, cuando hoy levanten una copa, caña, vaso o jarra con algo digno del evento, brinden en silencio por la salud de la letra ñ. Vale.
La Campana de Huesca
En la Sala Noble del Ayuntamiento de Huesca, antaño sede del Justicia de esa ciudad, se halla expuesto el famoso cuadro de Casado del Alisal,”La Campana de Huesca”. Todos los escolares de los 50 y los 60 hemos visto una reproducción en nuestros libros de texto. La temática del cuadro se basa en una leyenda. El Rey Ramiro II el Monje ha hecho venir a la cúpula de la nobleza aragonesa a Huesca. Los ha invitado a ver una maravillosa campana que habría de oírse en todo Aragón. Descreídos y displicentes, los nobles, señores de horca y cuchillo, dueños de la guerra en el territorio, acuden a la ciudad prepirenaica. El Rey monje hace pasar uno a uno a la mazmorra donde dice construir la descomunal campana. Según descienden, los va haciendo decapitar. Forma con sus cuerpos y cabezas un remedo de campana, y hace entrar al resto segundón. Ese es el instante elegido por el pintor para plasmar la leyenda con sus pinceles. Espantados, todos retroceden ante el horror. Ellos habrán de ser quienes propaguen las ondas expansivas de esa campana que, sin sonar, se oyó, no sólo en todo Aragón, sino mucho más allá de aquel tiempo, hasta nosotros mismos.
Cánovas del Castillo escribió una versión en clave novela histórica decimonónica con el mismo título
Aragón gozó, con aquellos indeseables muertos, paz y prosperidad. En lugar de cientos, acaso miles, de muertos del pueblo llano, sólo hubo 15, todos nobles degenerados por el poder feudal y la riqueza basada en la sangre y el sudor de la plebe. Si se mira la pintura desde la puerta de la sala, sin dejar ver el marco, lo descrito en el cuadro parece la realidad que ocupa la estancia. El efecto es muy real. Parece, jocosamente, tal que una advertencia del alcalde a los concejales potencialmente díscolos.
El rey aragonés, para obrar así, siguió los consejos de su maestro, el Abad del monasterio del que había sido sacado para reinar, y que, por toda contestación a la pregunta sobre cómo debería iniciar su reinado, tomó las tijeras de podar, y, en silencio, fue cortando todas y cada de las coles del huerto monacal.
Es una de tantas historias tremendas de aquella Edad Media, feroz y sangrienta, a la que únicamente dulcificaba un algo la Religión. Yo rememoro el suceso terrible, en tanto en cuanto es una imagen de mi infancia o adolescencia, así como la de muchos. No nos mostraban la estampa como canon de horror y tragedia, sino como determinación real ante la insurrección. Hoy, las dos lecturas se entrecruzan, mostrando esa complejidad hodierna, que tanto y tanto tiene que ver con la perplejidad, verdadero signo de los tiempos. Vale.
Silva gongorina de la lluvia en la Catedral de Murcia

Fotografía bajada de la web de La Verdad, el 14 de Septiembre de 2007
El agua quiere ser como la piedra:
Arte de Catedral solemne y gótico
o ascendente y helicoidal, barroco.
Y conquista para ello
la mentida quietud
de la instantánea fotográfica
que casi engaña al ojo
Advierte la pupila
cual acuoso tirabuzón, gran chorro
suspendido en el aire,
luego de resbalar, como un arroyo
encauzado entre bárbaras
gárgolas, que cual fieros grifos roncos
entre las oblongas canaletas
hasta tierra lo llevan,
muertamente acabando como lodo.
Pero la imagen, en tanto que mágica,
su camino detiene,
y a dejarse engañar invita al ojo.
Y así, vemos al agua como piedra,
de arquitrabe barroco,
tal como salomónicas columnas
de celeste cristal,
que ingrávido y caótico,
en la memoria nuestra para siempre
descubrieran insólito acomodo.
24 de Septiembre de 2007
Lorca y Hernández

Dentro de poco, cuatro meses, se cumplirán setenta y cinco años de que Federico García Lorca y Miguel Hernández se conocieran en la ciudad de Murcia, en la Calle de la Merced, en la casa que había, hasta hace muy poco, justo enfrente de la librería Expo-Libro, que rige mi buen amigo Alfonso, sabio de ediciones y anaqueles, una librería más de las del barrio librero murciano, donde es monarca Diego Marín. Bien, pues para celebrarlo, y sacar a Murcia del sopor mediático en que se encuentra, he presentado al Ayuntamiento, un proyectito, cuya resolución, espero, nos haga recordar a todos a estos dos poetas, los mejores, sin duda, de todo el siglo XX. Será, Dios mediante, a principios de Enero, en medio de las Navidades.
El caso es que, de pronto, caigo en que al morir, de tuberculosis en la prisión de Ocaña Miguel Hernández, le quedaron los ojos abiertos, y nadie pudo cerrárselos, ni en la cárcel manchega, ni el hospital, ni en el cementerio. Unos ojos saltones, que, según está escrito, molestaban algo a Federico. Ambos poetas no congeniaron ni mucho ni poco. Lorca era un señorito, liberal, de izquierdas si se quiere. Miguel no era señorito. En los ambientes madrileños se le huía por su exceso de rusticidad, que él, histriónicamente, exageraba a veces, haciendo cosas como subirse a los árboles, y así. Por otra parte, en aquel primer encuentro, Miguel se autodeclaró como Primer Poeta de España, cosa que sentó muy mal, pero que muy mal, al verdadero Primer Poeta de España, al ya laureado Federico García Lorca.
Bien, pues resulta, que invitado por el poeta Fulgencio Martínez para colaborar en su Revista de Letras Ágora, monográfica sobre el poeta oriolano, vuelvo a leer el último capítulo de la excelente biografía, la mejor, sin duda, de José Luís Ferris sobre Miguel Hernández, y retomo el asunto de los ojos del poeta, de cuya tonalidad, hermosamente verdes o así, discutieron algunas tratadistas de la poesía del cabrero de Orihuela. Y se me viene entonces a la cabeza la versión musical de un poemilla de Lorca, correspondiente al Cante Jondo, que dice así:
Muerto se quedó en la calle / con un puñal en el pecho. / No lo conocía nadie. / ¡Cómo temblaba el farol! / Madre. / ¡Cómo temblaba el farolito de la calle! / Era madrugada. / Nadie pudo asomarse /a sus ojos abiertos / al duro aire. / Que muerto se quedó en la calle / que con un puñal en el pecho / y que no lo conocía nadie.
Las condiciones premonitorias respecto de su propia muerte de Federico son ya un tópico. Ahora, un par de detalles de este poemilla, publicado en 1921, se proyectan trágicamente sobre su antagonista poético, Miguel Hernández. El de Orihuela murió a las cinco y media de la madrugada. Y nadie pudo cerrar sus ojos. Yo, cada vez que, desde ahora, canturreo la letrilla de Federico, veo el rostro de Miguel, dibujado por Buero Vallejo, con sus grandes ojos fijos en el infinito. Vale.
Insomnio de libros

Quienes padecemos de insomnio crónico nos vemos sentados, solos, muchas veces en el sofá del salón, a oscuras, a altas horas de la noche. Nos rodeamos de esa semitiniebla nocturna, procurada por las luces de la calle y el apagado interior, tan sólo desmentido por algunas luces testigo, rojas y breves. La pantalla del televisor, negra, invisible, se mimetiza con la extendida penumbra El tic-tac de algún reloj de esfera horada la noche, señalando el silencio, como la gota que cae descubre el océano, con sus ondas circulares.
Tengo, no sé si cinco mil o siete mil libros. Las cuentas no coinciden nunca que elaboro el algoritmo modular para cuantificarlos. Sociológicamente, son muchos. Pero pocos, si lo comparamos con los que, acaso, debiera tener para haber escrito tan sólo uno de los libros míos. Todo es relativo. Ni me jacto por ello, ni me apocopo, compungido.
Mis libros son mi historia. Ahí están, frente a mí. Escucho la queja de aquellos que no leí. Amargo son de reproche escapa de sus lomos, como palabras del bocadillo de un cómic imposible, pero certero. Otros, en cambio, juzgan peor su suerte de abandonados en plena lectura. Y proclaman su condición de repudiados, como peor que la de ignorados. Ay de los tales, pienso, mientras descodifico sus voces de silencio resonando en el desolado hueco cerebral de mi insomnio. Hay otros, aristócratas ellos, que alardean de haber constituido motivo de vivencia impar en mis horas y mis días. Y dicen a todos de su lomo arqueado, prueba de haber sido leídos por completo. Y se regodean en recordar, cómplices de mis neuronas, frases, conceptos, azares…
Y mientras, la noche avanza. Y algún ruido de la calle asalta fugaz esta asamblea de los libros, a la que asisto como acusado. Aunque ni siquiera sé si es un juicio. Algunos de ellos callan, para no culparme de haberlos leído mal, o con prejuicio. Y guardan su secreto de letra y papel, arcano para mí, quién sabe si para siempre. Hay libros, conmigo, en mi librería, que ya no volveré a abrir. Cómo saber cuáles son. Los hay que tiene la voz grave, proveniente de gruesas páginas de brillo e imagen, en formato amplio que brazos requieren para ser abiertos. Otros, tienen argentada voz, y son los de poesía, que piden manos, dedos para emanar el cordial aroma de sus páginas. Y hay vetustos volúmenes, de páginas cuyos bordes amarillean, con amenaza de seguir hoja para abajo…También mueren los libros. Y vuelven al polvo.
Los libros que me regalaron hablan de dueños anteriores, con más o menos prosapia. También hay libros que robé, que hacen extraño guiño de voz que sólo yo entiendo. Y hay voces de libros olvidados, perdidos, que nunca volví a encontrar, y que lloran su extravío, solitarios.
A todos los llamo mis libros, pero son ellos, en realidad, quienes me poseen Yo soy el que soy de ellos; no ellos de mí. Vale.
Las canciones de m i vida: Salve Regina

Las canciones son canciones siempre. Laicas, civiles, militares, religiosas o de excursión. En una vida hay de todo. No existe la obligación de circunscribir la música que nos ha tocado el corazón a lo lúdico y a lo frívolo. Porque, en efecto, uno de los cantares que más me hecho vibrar el alma, el corazón o lo que sea, ha sido el Salve Regina. Así, con artículo en masculino. Así quedó en mi corazón, y así lo transcribo. Cuando hay liturgia mariana, siempre se termina con el Salve Regina. La última vez que lo canté fue en la Catedral de Murcia, al acabar la Misa de Romería. Septiembre de 2007. Sobre el escabel de entrada a la Capilla del Cristo del Milagro, tras el Coro, en el Lado de la Epístola. Como siempre, me emocioné. Yo soy poco religioso, y nada litúrgico, pero quedó en mí la costumbre de esta hermosa canción. No sé cuándo la aprendí de memoria. Yo la pensaba obra de Santo Tomás de Aquino, pero no. En el siglo XI, ya se conocía. Lo que sí se sabe es que San Bernardo de Claraval compuso el melisma final con rima en ía, que tan majestuosamente termina la composición.
Cuando la canto me siento polaco en la Catedral de Cracovia, siciliano en Monreale de Palermo, y peregrino en Compostela. Europeo en fin, y advierto en mí unas raíces nobles, nada excluyentes, que me dan sentido. Además, por tanto, de una emoción religiosa, de la que me siento orgulloso, hay algo más. Leo por ahí que diversas naciones se disputan el honor de haber sido la cuna de tan sentida canción. Lo cual no me extraña. Mil años para unas notas piadosas, que son mucho más que unas notas piadosas, son un goloso galardón. Sea de donde sea, la Salve Regina es una hermosura europea, y un monumento estético, que debería ser puesto junto a las grandes obras del arte todo del viejo continente. Es el canto a una madre para que interceda ante el airado padre, una situación universal, y su melodía es un prodigio de sencillez y eficacia, absolutamente coherente con la letra. Mostrar indiferencia por militancia laica es delito de lesa estética. Por el mismo motivo debería desecharse la Pietá de Miguel Angel o la Última Cena de Da Vinci. Y es una obra de arte viva. Nadie le reza al Cristo de Velázquez, pero cuando suena en las voces del pueblo, en Austria, en Irlanda o en París, suena viva, mostrando una fe que pervive hace más de mil años, cuando aún se entendía la letra por entero.
SALVE REGINA: Salve, Regina, Mater misericordiae: / Vita, dulcedo, et spes nostra, salve. / Ad te clamamus, éxsules, filli Evae. / Ad te suspiramus, gementes / et flentes in hac lacrimarum valle. / Eia ergo Advocata nostra, / illos tuos misericordes oculos ad nos converte. / Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, / nobis post hoc exsílium ostende.
O Clemens: O pía: O dulcis Virgo María.
Vale.





