Réquiem por las basuras tecnológicas domésticas
En el desván particular de mi casa, donde atesoro olvidos, inutilidades y extravagancias varias, yacen, fanés y descangayados, diversos materiales que si bien algún día supusieron innovación y alegría, vanguardia tecnológica y modernidad punta, hoy no son sino excrecencias obsoletas de la sociedad de consumo, hijas de la electrónica y de la expansión económica, asiática y norteamericana mayormente. Como en un cementerio de muertos aún en vida, purgan su pecado de obsolescencia con falsa muerte que no conoció senectud: algún ordenador que otro, televisores, transistores varios, unos auriculares, ciertas batidoras, más de un móvil... así como una vasta relación de objetos cuyo nombre hubo de acudir a la etimología griega para hallar un hueco en la objetonomia hodierna.
Como adolescentes muertos yacen –ya digo-, pero con vida posible aún, con su hálito de temblor fotoscópico de pantalla o dial vivo, pero no alimentado de corriente, y al que hubieron de renunciar un día ante la llegada de la nueva generación tecnológica. Como héroes jóvenes de alguna perdida épica mitológica, los imagino silenciosos y abnegados, bajo la vieja tela de sábana que los protege, cual sudario, del polvo irreverente que añadiría desidia a su injusto exilio. Como el arpa en el ángulo oscuro, ocupando geometría de un habitáculo indigno, y fundiéndose en esa nada que es el espacio inhabitado, deben llorar en su secreto idioma de máquinas que un día fueron metal en sus partes duras, y petróleo en las blandas, antes materia orgánica de antañona época geológica; con su corazón hecho de vida y latido.
Duro destino dejar el mundo de los vivos antes de haber llegado la muerte. Mueren porque llegaron sus descendientes jóvenes, no porque acabaran su ciclo productivo o vida propia, en su naturaleza de máquinas inscrita. Hoy todos los desvanes, buhardillas o altillos no son sino cementerios de seres vivos, aunque obsoletos. Porque obsoleto no quiere decir muerto, ni siquiera anticuado –que es un grado de nobleza-; obsoleto quiere decir enterrado en vida, quiere decir asesinado por sus propios hijos, cuales edipos tecnológicos matando al marido de Yocasta, Layo, su padre. Acaso la mitología estaba pensando ya en este parricidio cuando la sabiduría antigua decidió señalar el modelo, entre miles de comportamientos humanos, como prototipo.
Llegará el día, y en tales y tales casos habrá llegado ya, en que una ordenanza administrativa ordene entregar esos cadáveres vivos, y sean llevados a esos mataderos modernos que son las salas de desguace y despiece, donde sus entrañas de metacrilato, poliuretanos y cables de conducción de aleaciones misteriosas, sean ordenadas para insuflar nueva vida a otros portentos tecnológicos que aún no son nuestros. Será entonces su primavera gloriosa, pero serán de otra manos, y las nuestras habrán olvidado su tacto milagroso, y nuestros ojo o nuestros oídos, su luminiscencia vivísima, su melodía que alguna vez nos pareció hermosa. Pero, mientras tanto, sin haber cumplido no siquiera su otoño, la estación más hermosa, duermen su muerte extraña por decreto en nuestro desván. Vale.
El sepulcro de Don Quijote, 2
Tres días después, una silenciosa comitiva formada por el bachiller, que iba al frente, de gala vestido y a caballo ricamente enjaezado como para ver a duques, un carro contratado para la ocasión por el mismo Sansón Carrasco en Toledo, su correspondiente arriero, de desconocida procedencia y que cruzaba al azar las vastas tierras de España, así casi la totalidad del pueblo, que ahora sí encontró motivo para despedir a su ilustre vecino, acompañó tanto la ceremonia de exhumación del cadáver -que contó con la tranquilizadora aquiescencia del preste- como la procesión hasta las afueras del pueblo. Más allá, sólo siguieron, según fuera convenido, arriero, bachiller y carro con los despojos de Don Quijote.
Atravesaron Mancha adelante hasta llegar a La Alcarria, y es fama que aún siguieron, alcanzado serranos parajes de nemoroso entorno y soledad extrema. Cuando el bachiller lo juzgó oportuno, detuvieron su marcha, y procedieron a descargar el humilde féretro. Cavaron una fosa de profundidad suficiente como para defender al cadáver de las alimañas, e hicieron descender el ataúd hasta el fondo. Cubrieron luego la fosa, hicieron una sencilla cruz con ramas caídas que clavaron a la cabeza del pobre túmulo y rezaron un Padre Nuestro por su alma. Ni un nombre, ni un epitafio desvelaron el anonimato de su tumba.
Pagó el bachiller al arriero y dividieron camino ambos: hacia latitudes ignotas el arriero, de vuelta al olvidado lugar de La Mancha el bachiller y convecino de Don Quijote.
Sólo él supo dónde quedó el hidalgo, y es noticia que nunca a nadie dijo dónde inhumó los restos del Caballero de la Triste Figura. Tampoco nadie le preguntó en el pueblo dónde quedaban Palacio y Panteón de los Duques por aragonesas tierras.
-Requiescat in pace... idealismus demens –dijo antes de arrojar el último pellón de tierra sobre la tumba.
De viejo, ya casado con la sobrina, y abuelo feliz, el bachiller tuvo pesadillas, según contara la propia sobrina, su esposa. Pero no sabía explicar qué diablos, de todos los que había en el infierno, perseguían a su marido. Íbase entonces la sobrina a consultar con el cura, ya viejísimo, y éste la consolaba con explicaciones fútiles sobre los estudios del bachiller, que afloraban a traición en la mollera, y que de ahí que el estudio y la lectura no fueran recomendables para la gente sencilla y buena. La sobrina recordó entonces lo que sucediera con su señor tío, luengos años atrás, y, conformándose con tales razones, decidió que, acaso convendría también quemar los libros en que su señor marido leía con fruición alguna tarde que otra.
Cuando escuchó la propuesta, el bachiller cerró los ojos y suspiró. Al día siguiente, preparó viaje, dijo que a Toledo para buscar comprador de los libros que peligraban ser quemados. En realidad buscó, sin encontrarla, la perdida tumba de Don Quijote. Cuando volvió, todos comentaron lo mucho que, últimamente, había envejecido el bachiller, y lo callado que se había vuelto.
-Los libros... -dijeron todos en la aldea. Vale.
El sepulcro de Don Quijote, I
En algún lugar de sierra, lejano ciertamente de su querida Mancha, y de cuyo nombre, quien pudo, decidió no querer acordarse en adelante, deben yacer los restos mortales de Don Quijote. Lo enterraron, acaso, en un día lluvioso y gris. Y quizás por eso, casi ninguno de sus convecinos acudió. Acompañaron el féretro el cura, que marchaba delante revestido para el Oficio de Difuntos, y la sobrina, que, acompañada por el bachiller Sansón Carrasco, sollozaba contenidamente, más por cumplir con el rito y dar buena impresión ante el apuesto bachiller, que por veraz compungimiento. El ama, con un principio serio de catarro, quedóse en casa, recogiendo los desajustes del duelo. El barbero pretextó un servicio a enfermo para no acudir.
Al día siguiente, que amaneció soleado, el ama, por lealtad, madrugó y procedió a llevar a su patrón un ramo de flores silvestres, de las pocas que aún quedaban en aquel día de otoño. Luego, volvió, temprano todavía, para atender sus ocupaciones domésticas. A mediodía se llegó el bachiller hasta la tumba, para ver si se había removido la tierra durante la noche, a causa de la lluvia. Asombróse primero, y espantóse después, de ver el ramillete de flores bajo la cruz del enterramiento.
A la tarde, después de comer, y preocupado, acudió a la iglesia con el objeto de ver al cura.
-Señor cura –le dijo- ha pasado algo preocupante. He visto un ramo de flores en la tumba de Don Quijote.
-¡¿Cómo?! –respondió el eclesiástico, saliendo de improviso del sopor en el que había empezado a entregarse como sucedáneo de la siesta que el bachiller disturbaba.
-Como lo oís. Puede ser una epidemia... –afirmó tajante el recién llegado.
-¿Y qué se puede hacer? –preguntó el cura, confiando en la conocida inventiva de Sansón Carrasco.
-Tengo una idea, pero necesito de vuestra ayuda –contestó el visitante. Asintió el aludido, y siguió hablando el bachiller-. Ante todo, esto no puede saberlo nadie. Ni el barbero, nuestro amigo, tan dado, por su oficio, a charlar con sus clientes. Mañana mismo partiré a Toledo, con pretexto relacionado con la herencia de Don Alonso. Volveré cuanto antes, y diré que me he visto con enviados de los señores Duques de Aragón con los que se hospedó Don Quijote. Anunciaré que pretenden los señores Duques honrar, aun póstumamente, a nuestro ilustre vecino. ¿Cómo? Cediéndole su propio panteón familiar para que repose allí eternamente, rodeado de mármol, y con su nombre esculpido a cincel, seguido del patrio apelativo de la comarca nuestra, y que no es otra que La Mancha. Con lo cual, además de verse en imprenta, nuestro amigo se verá rodeado, a perpetuidad y con este nombre, de todos nosotros. Con este fabricado lance, alejaremos del aldea nuestra y de sus buenas gentes, la tentación grave de ser infectada de la colérica bilis, caliente y seca, que inficionó a Don Alonso, y vivirán tranquilos el resto de sus vidas. Y así sus nietos, y los nietos de sus nietos. (Continuará). Vale.
El secreto de las mujeres, 3
En una película cuyo nombre acaso nunca supe, hay una escena que, calculo, los cinéfilos juzgarán antológica. Están Billy Cristal y Meg Ryan en una Cafetería, sentados, y, supongo que viniendo a cuento, la chica va y empieza a simular un orgasmo, así, sentada a la mesa, en medio de la gente. ¿La han visto? En televisión la suelen poner mucho. Casi al terminar, una otoñal, vecina de mesa, se dirige a la camarera, y le dice:
-Por favor, tráigame lo mismo que a esa joven.
Al varón no le es dado simular al completo tal suceso.
Yo conocí en Santander, durante la época de mi educación sentimental, a un cacereño que contaba de un coterráneo suyo que, en carpetovetónico concurso, había logrado repetir hasta once veces la hazaña. El mito de las veces es parejo al de la longitud. Dos medidas del pensamiento débil aplicado al sexo. Y tampoco es que tales magnitudes, frecuencia y extensión, sean ajenas al busilis. Ocurre que no lo son todo. Dicen los de las sex-shops que se venden más los de tamaño extra. Por algo será.
En otra película, española ésta, recuerdo asimismo, otra escena en la que una prosti de luxe, o así, lee una novela por encima de los hombros del cliente, estando acostada claro, mientras inflinge el aire con los estudiados gemidos que han de servir para convencer al usuario de sus servicios de que sus hombría la colma. Y es que en el proceso de homologación europea del macho ibérico, la ametralladora cacereña fue sustituida por la impronta de dispensador infalible de orgasmos. Quizá en la siguiente etapa, el varón acabe aceptando su verdadero papel en el asunto. Los que sobrevivan a la caída, claro.
¿Existirá mujer que nunca haya fingido en el trance? ¿Por qué no puede ser, en algunas ocasiones, positivo tal fingimiento? ¿Es siempre un acto de hipocresía? Y, mirado desde la perspectiva varonil: ¿Debe el hombre dar recibo de su fracaso en caso de no alcanzar el cúlmen su pareja? Si no hay responsabilidad en el logro, ¿por qué va a haberla en el fiasco?
El caso es que la mujer no posee el derecho a ser creída sin sombra de duda. Toda expresión inarticulada de la fémina en los momentos álgidos no tiene sino la credibilidad que el varón, graciosamente, le dé. En cambio, el hombre... ahí está. Fluye, y presenta siempre prueba material de su acaecimiento. En cierto modo, el secreto de la mujer es también una condena, si se mira así. Desde otro punto de vista, el fingimiento viene a ser el arma más poderosa de la mujer. A buen seguro que imperios completos han caído por un orgasmo fingido. Se me ocurre que la bíblica Judith algo así hizo con Holofernes, por ejemplo.
-¿Y eso era todo, jefe? O sea que el secreto de la mujer es lo que únicamente ella sabe, ¿no? Pues vaya perogrullada.
Perogrullada, tautología, redundancia... En realidad, todo aserto lo es. El deber de un artículo no es superar la perogrullada, sino llegar al final del folio. Con este tema hemos llegado tres veces.
-¿No decía usted que lo de la frecuencia era cacereño?
En casa del herrero... Vale.
El secreto de las mujeres, 2
Tengo leído que Gregorio Marañón, un sabio de antes de la guerra, dijo algo así como:
-No hay mujeres frígidas, sino hombres inexpertos.
Es lo malo de hacer frases. Todas tienen fecha de caducidad. A mí no me gusta la palabra orgasmo. La aprendí mal, como ograsmo, y, claro, recién salido de la infancia, me sonaba a ogro. No entendía por qué había que llamar así a aquello. Mucha ‘o’ tiene la palabra, la mía equivocada y la verdadera. Por eso digo, y escribo, éxtasis, palabra que a mí no se me ha contaminado con porquería de discoteca. Pero, sigamos con la frase de Don Gregorio. Dos oes, malo. De entrada, supone la intervención ineludible y determinante del varón para que la fémina logre el éxtasis. Error. Tal asunto depende más del estado de secreción hormonal femenino que de otra cosa. Y más, mucho más que de la maña mecánica del varón, depende de la maña psicocariñosa del mismo varón. Sin que sobre la otra. La quinta velocidad no sirve para arrancar el coche. Ni la primera para adelantar a un camión en vacío. ¿Me entienden?
-¿Y del secreto, qué?
No sé si Juno me ha dado permiso para esclarecerlo. Pero, en todo caso, tal cosa se debe hacer en clave, codificadamente. Jamás en román paladino. Cada varón debe saber eso como antiguamente se sabían los misterios religiosos: con unción y humildad. El neófito que llegaba a ser iniciado en los secretos debía pasar unas pruebas de madurez y renuncia antes de conocer el misterio, que, además, sólo le era dado en lenguaje simbólico.
Lo de las siete veces que el éxtasis femenino, y va de revelación, supera al del varón, tiene que ver con las veces que, de promedio, el varón impreparado en las dos facetas antedescritas, conoce su éxtasis solo, que no a solas. La Medicina llama a tal hecho Eyaculatio Precox. Una epidemia, según me temo. Así, la naturaleza, en impecable acto de justicia distributiva, premia cada vez de pleno acierto femenino con esas siete veces del adagio tiresiano. Lo cual no obsta para que, aun de no mediar jornada alguna en blanco, sigan valiendo las siete medidas de lo femenino.
Cierta vez, una voz femenina enunció ante mí:
-Es lógico que la mujer goce más. ¿Un placer ubicado internamente, central, cómo no va a ser mayor que un goce casi en los límites más exteriores corporales, por demás transitorios, como lo es en el caso del varón?
Son teorías para explicar el aserto de Tiresias. Pueden valer. Pero no cercan ni acotan, para nada el secreto de las mujeres. Y eso que he llegado al final. Juno me da la gracia de una tercera entrega. Merced que me hace. (Continuará). Vale.
El secreto de las mujeres
Cuentan que hubo un tal Tiresias en la antigua Grecia, que, además de ser adivino, tenía el don, o la desgracia, o ambas cosas a la vez, según viniera la cosa, de ser alternativa y sucesivamente hombre y mujer. Nunca las dos naturalezas a la par. Naturalmente, Tiresias no se privaba de practicar el sexo, ya fuera de una manera, ya fuera de otra. Tampoco es que criara fama de promiscuo o vicioso.
-O sea, una cosa normal, ¿no?, jefe.
Pues sí. El caso es que conocía los dos placeres. Nada se sabe del tercero. Por eso, y tenía que pasar, alguien le preguntó en cierta ocasión:
-¿Quién tiene más placer en el amor: el hombre o la mujer?
Tiresias, como si estuviera esperando la pregunta desde tiempo, respondió sin pestañear:
-La mujer, siete veces más.
El número siete para estas cosas de la diferenciación ha sido siempre mágico. La frase evangélica de “setenta veces siete”, para determinar el número de veces que hemos de perdonar al prójimo, tiene la misma tradición. Ser siete veces más que otra cosa es ser algo más, cualitativamente hablando, que esa cosa con la que se compara. Lo del Séptimo Cielo también va por ahí. ¿Entendido? O sea que el éxtasis masculino es una bazofia de éxtasis comparado con el de la mujer. Siempre según Tiresias, y siempre que creamos en su sinceridad. Nada se dice sobre si contestó a la pregunta siendo hombre o siendo mujer. Circunstancia importante.
Pero, bueno, no íbamos a eso. Seguimos con la historieta. Se enteró Juno, la esposa de Júpiter, algo así como la Reina-diosa consorte, e indignada porque Tiresias había revelado el secreto más íntimo de la mujer, lo dejó ciego. De las venganzas femeninas nos libre el destino, amén. Pero Júpiter intervino. No podía deshacer lo que había hecho su señora esposa, pero sí remediarlo en alguna medida. Y concedió a Tiresias el don de la adivinación. Como tal adivino sale en la Odisea.
-¿Y qué más, maestro?
Pues que Juno mintió. Hizo creer que el secreto más íntimo de la mujer es su mayor goce, por naturaleza, en el acto sexual, pero escondía el verdadero secreto último de la mujer. Utilizó a Tiresias para poner una cortina de humo sobre el asunto, y desviar la atención.
-¿Y usted sabe cuál es ese secreto, tío listo?
A ciencia cierta, no; pero lo sospecho. (Continuará, si Juno me deja). Vale.
El agua de todos se la dan al mar
Miro el mapa del tiempo, y por segunda vez en este invierno, una lengua de nieve se alarga desde las profundas gargantas del Ártico, hasta los mismos confines de la costa sur del Mediterráneo. Ello quiere decir que tanto los Pirineos, como el Sistema Ibérico y la Cordillera Cantábrica van a estar repletas de nieve hasta la primavera. Y ello quiere decir también que los ríos que en tales montañas nacen, y sus afluentes, van a estar deshelando durante bastante tiempo. Y, en consecuencia, las cuencas correspondientes tirarán al mar unas cantidades de agua para cuya medición ya no sirven los tradicionales Hm cúbicos. Hay que medirlas en trasvases. ¿Cuántos trasvases van a salir al mar, para mayor gloria de la insolidaridad, infantil, perversa y retrógrada de quienes no consienten compartir nada que pueda servir a los demás, una vez satisfechas todas sus necesidades? Y, si como parece inevitable, jamás se lleva a cabo esta obra de beneficio mutuo que es el Trasvase, ¿cuánta agua va a ir al mar, a salarse, a inutilizarse, a perder su capacidad de convertirse en salarios para inmigrantes, en riqueza de mercados abastecidos, en solidaridad en una palabra, de aquí a que todo acabe?
‘El agua para donde llueve’, reza la frase de batalla de estas gentes que hacen de su egoísmo bandera de progresía y razón de ser. No cabe mayor pensamiento pequeñoburgués, que encima quieren hacer pasar por colmo del ecologismo. Y es que han raptado la razón científica, como las religiones antiguas raptaban la razón, subordinándola a la Teología. Lo mismo que hay que compartir los adelantos científicos y la cultura, hay que repartir el agua. Y para eso están los trasvases. Si algo del agua de Centro-África pudiera desviarse hacia el Sahara, siquiera al Sahara Sur, se abriría una esperanza muy fuerte para toda esa región del planeta. La distribución del agua es azarosa, y el ser humano debe corregir esa imperfecta regulación de las aguas dulces. No con el capricho, sino con la ciencia y con la solidaridad.
El Trasvase, que es tan sólo una pieza de un plan más amplio, el PHN, sólo contempla las aguas sobrantes, y de ellas se lleva una mínima parte: el 5%. Negar esa cantidad relativa de agua sólo es defendible desde el sectarismo, no desde la razón. Así, sin trasavase, los Pirineos se hacen provincianos, como el campanario de la aldea, que se cree lo más alto del mundo, y el río Ebro, que dio nombre a toda la península (Ibérica), se hace arroyo privativo, sin esta grandeza de la solidaridad entre cuencas.
Hay una izquierda que arremete contra todo lo que huela a riqueza, porque ello demuestra que el Capitalismo puede resolver los problemas económicos de la gente. Hay que negar validez a cualquier solución proveniente de la técnica y de todo entorno social de la libre empresa, porque hay que demostrar su fracaso, para que pueda volver a aparecer la idea colectivista como la única posible. No han aceptado todavía su derrota en el Guerra Fría. Ni la aceptarán nunca. Por eso se han apoderado de Ciencia Ecológica, y la han sometido a dogma, que es como funciona su manera de ser y de actuar. A esa Ciencia Ecológica le han mandado la consigna: trasvases no, que propagan riqueza. Su fin último: pobreza para todos –menos para el politburó del partido- no puede verse entorpecido por soluciones ‘capitalistas’, como la del reparto del agua mediante trasvases. Vale.
Orellana, descubridor del Amazonas
Un 12 de Febrero del año 1542, Francisco de Orellana, primo segundo de Francisco Pizarro, entraba con su bergantín Victoria en el cauce del Amazonas, al que puso nombre. Había llegado desde el Coca, después de atravesar Los Andes partiendo de Puerto Viejo (Perú), para alcanzar a Gonzalo Pizarro, que había salido sin esperarlo, en búsqeda las Tierras de la Canela y El Dorado. Orellana construyó el bergantín, y surcó el río, dirección norte, pensando llegar al Pacífico, pero, tras seguir con fortuna dispar el laberinto de afluentes del Amazonas, dio con el cauce principal. Al poco, fue hostigado por indígenas entre los que, observaron, figuraban numerosas mujeres. La reacción fue inmediata: Amazonas, Río de las Amazonas.
El imaginario tardomedieval de los descubridores y conquistadores españoles actuó. Según la mitología griega, las amazonas descendían de Marte, dios de la guerra, y de su propia hija, la ninfa Armonía. Sólo vivían entre mujeres, y destacaban en la guerra. Criaban a sus hijas para ser cazadoras y luchadoras. Con este fin, quemaban su seno derecho para facilitarse la práctica del tiro con arco. Debido a esta tradición, las amazonas recibían este nombre, ya que en griego significa «las que no tienen seno». Se unían con hombres durante periodos muy cortos y con un fin estrictamente procreativo. Sólo conservaban a su lado a las niñas. Una niña no se casaba antes de haber matado a un enemigo. Algunas envejecían sin haberse casado por no poder cumplir esta misión. Herodoto es la fuente.
Luego, las amazonas son revividas por la mitología caballeresca pre-renacentista, y de ahí las toman los conquistadores. Otros nombres como California o Patagonia ninguna otra génesis tienen. Cuando los castellanos, extremeños o vizcaínos bautizaban con tales nombres aquellas tierras estaban haciendo una demostración de modernidad, entendida en su tiempo. Es lo mismo que sus descendientes hoy, mestizos o no, hacen cuando bautizan a sus hijos con los nombres de Byron, Rommel o Washington. Poner nombre a algo nuevo es conquistar ese algo nuevo, lo cual, considerando la extrema novedad que es para los españoles de secano un río de cien kilómetros de ancho en la desembocadura, y que de largo tenía lo suficiente como para hacerles emplear 8 meses en recorrerlo, no es poco. La magnitud de la naturaleza descubierta no les arredró: aprehendieron lo descubierto, bautizándolo, suma liturgia del ser humano en todo tiempo y lugar para tomar posesión.
Orellana era políglota, y entendía varias lenguas amerindias. Era tuerto, como su contemporánea, la Princesa de Éboli –de rara belleza, según mi querido y lejano libro de Historia-. En Agosto de ese mismo año, Llegaban a Nuevo Cádiz, en la desembocadura. De allí buscaron la costa centroamericana, ya castellanizada, para retornar ante el Emperador a fin de darle cuenta, como leales soldados que eran, de las tierras ganadas para la Corona, para España y para la Cristiandad, sin ningún complejo histórico.
Que los escolares españoles desconozcan las increíbles gestas de los descubridores y conquistadores es una de las causas de la actual decadencia identitaria de este país, que sólo fue derrotado, ante todo, por un invento: la imprenta libre al servicio de sus enemigos, esclavos de su envidia histórica. Vale
Naranjas
Naranjas
Están recogiendo las naranjas bordes de los jardines de Murcia. Ayer se hallaban todas las plazas de la ciudad con sus naranjos cuajados del oro quemado de tales cítricos. A primera hora de la mañana, cuadrillas de operarios municipales procedían a descargar de su dulce peso a estos emblemáticos árboles, tan mediterráneos. La naturaleza dio en juntar ese color, al que da nombre el fruto, con el verde oscuro de las hojas. Los frutales nunca son grandes árboles, desvían todo su poderío hacia la excelencia del fruto, en vez de hacerlo hacia la robustez del tronco o de la fronda. La poda de estas naranjas marca para mí el primer aviso de que el invierno ya ha oído clarines. Hoy, las hojas de los naranjos han quedado viudas. No hay esa múltiple nota cromática, redonda y rotunda, familiar y amable, que orna, por contraste, la exigua fronda, tupida y espesa, de las hojas.
Un naranjo cuajado de frutos es una sabia agregación de la naturaleza. En él se juntan la seriedad y la alegría, componiendo un todo perfectamente complementado, trasunto de riqueza. La abundancia de naranjas colgadas de las ramas, diseñadas para la altura humana, es palanca de optimismo y solaz para la vista. Ay, cómo quisiera uno que siempre estuvieran así los naranjos, como ayer mismo, con su colorido complementario y adusto, que lleva en sí ese sabor ácido que sólo puede venir del sol. Acaso las naranjas sean rayos de sol concentrados, corporizados por la acción de esas hojas-novias, que, con su verde adusto, han sido las únicas que lograron convencer al astro rey de su excelencia como esposas de los rayos de sol, sus hijos. Por eso, cuando ingerimos naranja, encarnamos sol puro del Mediterráneo, que es el mejor del mundo.
Leí cuando pequeño que las naranjas bordes se exportan a Inglaterra para hacer mermelada de naranja, de la que ellos, los ingleses, gustan mucho en el desayuno, y a la hora del te. El sol de las naranjas en mermelada, es un sol tibio, de invierno, bueno para los hijos de la rubia Albión, que apenas ven el sol remontar torpemente los más altos edificios. Son los ingleses desterrados del sol, por eso vienen aquí cuando jubilados, a saciarse de luz y calor.
Pero, escrito lo dejo ya: hasta ayer o antes de ayer, las ramas de los naranjos en Murcia se combaban, levemente alabeadas bajo la dulcísima, y ácida a un tiempo, gravedad de los hesperidios segureños. Mas hoy, lloran savia sobrante por los muñones de la poda, sabiendo, empero, que es preciso morir para renacer, para seguir viviendo. Otras naranjas vendrán el invierno próximo, y nosotros, que cuando vemos naranjas en el árbol apenas somos algo más que nuestros ojos, seguiremos siendo los mismos, como el naranjo, sólo que un poco más viejos.
Es un mensaje de despedida de la belleza urbana invernal, de la que por sobreabundancia, no somos muy conscientes aquí en Murcia, como tampoco lo serán en Palermo, Haifa o Tánger. Nuestra perspectiva de paisaje cotidiano nos impide apreciar, incluido lo efímero del suceso, la familiar hermosura de los naranjos de las plazas de nuestra ciudad, repletos de redondos frutos, como dije, del color que tiene el oro quemado. Vale.
Están recogiendo las naranjas bordes de los jardines de Murcia. Ayer se hallaban todas las plazas de la ciudad con sus naranjos cuajados del oro quemado de tales cítricos. A primera hora de la mañana, cuadrillas de operarios municipales procedían a descargar de su dulce peso a estos emblemáticos árboles, tan mediterráneos. La naturaleza dio en juntar ese color, al que da nombre el fruto, con el verde oscuro de las hojas. Los frutales nunca son grandes árboles, desvían todo su poderío hacia la excelencia del fruto, en vez de hacerlo hacia la robustez del tronco o de la fronda. La poda de estas naranjas marca para mí el primer aviso de que el invierno ya ha oído clarines. Hoy, las hojas de los naranjos han quedado viudas. No hay esa múltiple nota cromática, redonda y rotunda, familiar y amable, que orna, por contraste, la exigua fronda, tupida y espesa, de las hojas.
Un naranjo cuajado de frutos es una sabia agregación de la naturaleza. En él se juntan la seriedad y la alegría, componiendo un todo perfectamente complementado, trasunto de riqueza. La abundancia de naranjas colgadas de las ramas, diseñadas para la altura humana, es palanca de optimismo y solaz para la vista. Ay, cómo quisiera uno que siempre estuvieran así los naranjos, como ayer mismo, con su colorido complementario y adusto, que lleva en sí ese sabor ácido que sólo puede venir del sol. Acaso las naranjas sean rayos de sol concentrados, corporizados por la acción de esas hojas-novias, que, con su verde adusto, han sido las únicas que lograron convencer al astro rey de su excelencia como esposas de los rayos de sol, sus hijos. Por eso, cuando ingerimos naranja, encarnamos sol puro del Mediterráneo, que es el mejor del mundo.
Leí cuando pequeño que las naranjas bordes se exportan a Inglaterra para hacer mermelada de naranja, de la que ellos, los ingleses, gustan mucho en el desayuno, y a la hora del te. El sol de las naranjas en mermelada, es un sol tibio, de invierno, bueno para los hijos de la rubia Albión, que apenas ven el sol remontar torpemente los más altos edificios. Son los ingleses desterrados del sol, por eso vienen aquí cuando jubilados, a saciarse de luz y calor.
Pero, escrito lo dejo ya: hasta ayer o antes de ayer, las ramas de los naranjos en Murcia se combaban, levemente alabeadas bajo la dulcísima, y ácida a un tiempo, gravedad de los hesperidios segureños. Mas hoy, lloran savia sobrante por los muñones de la poda, sabiendo, empero, que es preciso morir para renacer, para seguir viviendo. Otras naranjas vendrán el invierno próximo, y nosotros, que cuando vemos naranjas en el árbol apenas somos algo más que nuestros ojos, seguiremos siendo los mismos, como el naranjo, sólo que un poco más viejos.
Es un mensaje de despedida de la belleza urbana invernal, de la que por sobreabundancia, no somos muy conscientes aquí en Murcia, como tampoco lo serán en Palermo, Haifa o Tánger. Nuestra perspectiva de paisaje cotidiano nos impide apreciar, incluido lo efímero del suceso, la familiar hermosura de los naranjos de las plazas de nuestra ciudad, repletos de redondos frutos, como dije, del color que tiene el oro quemado. Vale.
El OLifante
Le oigo pronunciar a mi amiga Marina la palabra olifante, y, de pronto, se me viene a la memoria la antigua lectura de la Chanson de Roland, la Épica francesa, madre de todas las épicas europeas. Hasta el XIX este tronco florece, en Finlandia, con el Kalevala, epopeya nacional de aquel país nórdico. Luego, ya hay novelas nacionalistas, o invenciones a la carta, como la de Sabino Arana. Pero, mientras tanto, ahí están los hijos legítimos de Mío Cid o de los Nibelungos, ya bajomedieval. Os Lusiadas, renacentista y portuguesa. La Chanson era nieta de la Eneida, y bisnieta de la Iliada. Y ésta, pariente era del Gilgamesh babilónico. Y así hasta el posible nieto o sobrino de Adán, que pusiera, minimalistamente, en alguna pared de abrigo rupestre, el éxodo de su ancestro, tras ser expulsado del Paraíso.
En la Chanson, el paladín, Roland, Roldán en español, va por detrás de Carlomagno, el de la barba florida. La hueste francesa vuelve allende los Pirineos, tras comprobar que Zaragoza no se rinde, merced a las malas artes del traidor Ganelón. De esa manera, el rey franco puede marchar sin temor a la emboscada. Pero los moros, alevosos y felones, dejan pasar al grueso del ejército franco, y esperan a la escasa hueste de Roldán. Y cuando ya queda lejos el monarca con su ejército, asaltan cobardemente a la mesnada del paladín. Sólo cuando ya está perdida la batalla, Roldán, sacando fuerzas de flaqueza, hace sonar, con las escasas fuerzas que le quedan, el olifante, o largo cuerno de caza que siempre lleva consigo. Aunque se halla bien lejos –no voy a comprobar detalles en la Red-, Carlomagno escucha la llamada, y vuelve grupas, para ayudar a su sobrino, el más preclaro caballero de la Francia entera. Suena el olifante con desesperación, y el monarca pica espuelas, seguido de los suyos. Roland, tras intentar en vano romper su espada Durandarte, muere sobre ella, para ocultarla a los viles sarracenos que lo han vencido ayudados de su cobarde mayoría y emboscada artera. Con su guante en alto en la mano derecha, mirando hacia España –España, dice el cantar, ya antes de que fuera Castilla, Aragón ni ninguna otra nación peninsular...-, el olifante en la otra mano, Roldán expira, plantando cara al enemigo de la Cristiandad y de Francia, la dulce patria de sus sueños de Caballero.
Por eso, el olifante es símbolo de lealtad. Sólo se debe sonar cuando se ha perdido, no para pedir ayuda, sino para advertir, a quien has guardado de ser traicionado, de tu negra suerte en la batalla. No es la corneta del Séptimo de Caballería, que anunciaba liberación y final feliz a los colonos rodeados de cámaras de cine, comanches y/o arapahoes. El olifante es trasunto de la Europa que perdía con honor, ganando su personalidad histórica. Poco importa que los asaltantes de Roldán, en la burda realidad sin sentido alguno profundo, fueran lugareños vascos, en represalia por el saqueo que Carlomagno, para ahorrarse una paga a sus tropas, hiciese de Pamplona, cuando iba de arribada hacia Zaragoza. Lo que importa es ese sentido de la Caballería Medieval del autor de la Chanson, un sentido de la lealtad, inseparablemente unido al sentido cristiano de entonces, que comenzó a forjar Europa. Vale.
LLueve en la Calle Aístor
Vuelvo del trabajo por la Calle Aístor, así, pronunciada con hiato, no con diptongo, que es como dos vocales divorciadas, y obligadas a ser pareja de hecho. Y llueve. Es calle corta, como la que cantara Jorge Guillén de la Aurora con su arco al fondo, por donde antaño veíase la huerta, y hoy no. La Calle Aístor, como yo la pronuncio es cordón umbilical o túnel entre culturas. Sale de la Plaza Mayor, europea, castellana imperfecta, como todo lo murciano, que es castellano imperfecto, sin quererlo. La Calle Aístor va hacia el norte, más o menos, buscando el Polo Magnético, más que el geográfico, como sabiendo qué es lo que vale, más allá de lo perfecto.
Ha habido tormenta durante la hora de la siesta. Los rayos y los truenos se ve que habían comido a hora europea, cosa del mediodía, como los franceses y los portugueses, éstos sólo por hacer la contra a los castellanos, a pesar de tener su mismo horario de sol. Comieron al midi, y claro, a las 4 y a las 5, les tocaba rayear y tormentear al personal de esta Castilla Imperfecta que es Murcia. Andalucía fue, aunque no se llamara nunca así, Castilla la Novísima, después de aquella Castilla la Nueva, que decíamos, imperfectamente, en la Escuela de los cincuenta. Murcia, dos, Murica y Albacete, y era otra mentira, o verdad fugaz, que es casi lo mismo, pero no. Tronó y llovió copioso, pero, ahora, a la hora de volver a casa, cae una fina lluvia, como del norte, sobre la Calle Aístor.
En Chile hay un señor que sale por Internet, y se llama Aístor. ¿Será un nombre propio? Acaso fue un primigenio Aítor, vasco enrolado en la hueste de Alfonso X, cuando Infante, o de Jaime I el Conquistador, al que cupo en suerte la casa y la calle, el adarve de los musulmanes expulsados, y que, luego, por una hipercorrección del pueblo, devino Aístor, así, con una ese en medio, que enfiniza mucho para el personal murciano, que perdió la gracia de las eses finales de sílaba o de palabra. La ese es un parámetro de calidad para el murciano. El murciano, en su imperfección, descree mucho y se avergüenza de su habla, y eso no hay quien lo pare ni lo remedie. Por eso, lo que hay que hacer es tener los dos registros, el castellano imperfecto, o murciano, y el castellano eterno, en cuyos dominios no hay Calles Aístor, ni nada parecido.
En la Calle Aístor hay una buganvilla, que desborda una tapia de patio particular, seguramente arrumbado. Una puerta de sobrios casetones guarda del transeúnte el patio de la buganvilla, impidiendo ver su tronco, al que se adivina múltiple. Dos siglos miran la calle desde esos casetones, y la vieron con albero por tierra, y, más tarde, ya calzada, venir la piedra y el asfalto a tapar el rostro del padre suelo. Más allá o más acá, el Callejón Brujera, que hace referencia a aguas afloradas -o aguas brujas- abre la calle Aístor a un mundo mágico, intermedio entre los cristianos viejos de la Plaza Mayor y más allá, y los cristianos nuevos de la Arrixaca, como un respiro pagano entre dos monoteísmos.
Es ese misterio, que, ahora, cuando ya ha caído la tarde, y llueve como de mentira en Murcia, despunta como jamás sobre el yermo de la imaginación mía, volviendo a casa.
Vale.
Ha habido tormenta durante la hora de la siesta. Los rayos y los truenos se ve que habían comido a hora europea, cosa del mediodía, como los franceses y los portugueses, éstos sólo por hacer la contra a los castellanos, a pesar de tener su mismo horario de sol. Comieron al midi, y claro, a las 4 y a las 5, les tocaba rayear y tormentear al personal de esta Castilla Imperfecta que es Murcia. Andalucía fue, aunque no se llamara nunca así, Castilla la Novísima, después de aquella Castilla la Nueva, que decíamos, imperfectamente, en la Escuela de los cincuenta. Murcia, dos, Murica y Albacete, y era otra mentira, o verdad fugaz, que es casi lo mismo, pero no. Tronó y llovió copioso, pero, ahora, a la hora de volver a casa, cae una fina lluvia, como del norte, sobre la Calle Aístor.
En Chile hay un señor que sale por Internet, y se llama Aístor. ¿Será un nombre propio? Acaso fue un primigenio Aítor, vasco enrolado en la hueste de Alfonso X, cuando Infante, o de Jaime I el Conquistador, al que cupo en suerte la casa y la calle, el adarve de los musulmanes expulsados, y que, luego, por una hipercorrección del pueblo, devino Aístor, así, con una ese en medio, que enfiniza mucho para el personal murciano, que perdió la gracia de las eses finales de sílaba o de palabra. La ese es un parámetro de calidad para el murciano. El murciano, en su imperfección, descree mucho y se avergüenza de su habla, y eso no hay quien lo pare ni lo remedie. Por eso, lo que hay que hacer es tener los dos registros, el castellano imperfecto, o murciano, y el castellano eterno, en cuyos dominios no hay Calles Aístor, ni nada parecido.
En la Calle Aístor hay una buganvilla, que desborda una tapia de patio particular, seguramente arrumbado. Una puerta de sobrios casetones guarda del transeúnte el patio de la buganvilla, impidiendo ver su tronco, al que se adivina múltiple. Dos siglos miran la calle desde esos casetones, y la vieron con albero por tierra, y, más tarde, ya calzada, venir la piedra y el asfalto a tapar el rostro del padre suelo. Más allá o más acá, el Callejón Brujera, que hace referencia a aguas afloradas -o aguas brujas- abre la calle Aístor a un mundo mágico, intermedio entre los cristianos viejos de la Plaza Mayor y más allá, y los cristianos nuevos de la Arrixaca, como un respiro pagano entre dos monoteísmos.
Es ese misterio, que, ahora, cuando ya ha caído la tarde, y llueve como de mentira en Murcia, despunta como jamás sobre el yermo de la imaginación mía, volviendo a casa.
Vale.
Xiquena, el Castillo del Diablo
Salgo de Murcia, subiendo del Sangonera, hasta Lorca, y desde allí, abandono la autopista. Continuando cabe el mismo río, ahora llamado Guadalentín, llego hasta la raya con Almería, en los predios de los Vélez, donde el río vuelve a cambiar de nombre: río Vélez, precisamente. Antes de abandonar tierras lorquinas, se yergue junto a la carretera el Castillo de Xiquena. Echo pie a tierra, y subo hasta las ruinas. Allí, recordando lo leído en el libro sobre el tema de Juan Torres Fontes, se me revelan estos versos que transcribo, con la entrada en prosa explicativa del autor citado, a la sazón Director de la Real Academia Alfonso X el Sabio, de Murcia:
CONTRAODA AL CASTILLO DE XIQUENA
Son muchos los autores que derivan el nombre de Xiquena del árabe Gikena o Gehenna, con el significado de infierno...
Por disposición del monarca (Enrique IV) se convertía (Xiquena) en villa de asilo para los homicidas, para los homicianos autores de omecillos según el lenguaje de la época. Hombre o mujer, autores de la muerte de otra persona, que vivieran en Xiquena año y día, no podrían ser presos, ni acusados, ni embargados de sus bienes, quedando libres de toda culpa o acción de la justicia contra ellos...
Protegidos por su situación privilegiada los homicianos refugiados en Xiquena aprovechaban la cercanía de Lorca para cometer toda clase de desmanes, crímenes y delitos en ella; a la vez, otros aventureros estantes o en situación de paso en Lorca, favorecidos también por la proximidad de un refugio tan cercano y hospitalario como Xiquena, no vacilaban en ejecutar cualquier clase de delitos por la seguridad de poder escapar, ya que huían a Xiquena, dispuestos a vivir en ella año y día y quedar libres de las penas en que hubieran incurrido...
Juan Torres Fontes
(Xiquena, Castillo de la Frontera,
Real Academia de “Alfonso X el Sabio, Murcia, 1979)
Mirad bien estas ruinas,
levantadas sobre el cerro.
Si despojo son hoy, en verdad, del tiempo,
y derrumbe son ciertamente todas
sus almenas y torres elevadas,
sus fosos, barbacanas y atalayas;
sus aljibes, troneras y armerías...
DÍAS hubo en que no fue sino altiva
fábrica de soberbia, fortaleza
arrogante, que miedo en la comarca
sobre todas las almas imponía.
Castillo fue del Diablo,
y desde aquí su negra hueste
la maldad esparcía por las vegas,
aldeas, alquerías, y caminos
de Lorca hasta Los Vélez de Almería.
Homicianos sin ley lo gobernaban,
asesinos con expiación pactada
de culpa, que sirviendo al rey un año
perdonados serían de castigos,
penas, destierros y demás justicias.
Miradlo ahora, sin embargo cómo
desolación del páramo es, triste
pasto del implacable, hiriente olvido,
materia pobre de la misma nada.
Cuando a Xiquena lleguéis,
parad momento breve, caminantes,
y con parva oración pedid a lo Alto
por aquellos temibles homicianos
de entonces, y las desgraciadas víctimas
que hubieron de sufrir
constantes, sus feroces,
sanguinarias afrentas.
Seguid presto después vuestro camino,
gentes que vais de paso,
mas no olvidéis que aquí
ofició su mandato el mismo Diablo,
como señor feudal de horca y cuchillo.
Con fervor lo aclamaban
en este patio de armas los malditos.
Sobre esa piedra holló con su pezuña,
sobre esotra la garra de su mano
posó; y su cornada frente bajo
aquel arco quedó expectativa,
escuchando los estridentes gritos
de la chusma feroz
de bergantes, ladrones y bandidos.
Sabedlo, caminantes:
entre estas ruinas, verdaderamente,
el infierno hubo aquel lejano siglo.
CONTRAODA AL CASTILLO DE XIQUENA
Son muchos los autores que derivan el nombre de Xiquena del árabe Gikena o Gehenna, con el significado de infierno...
Por disposición del monarca (Enrique IV) se convertía (Xiquena) en villa de asilo para los homicidas, para los homicianos autores de omecillos según el lenguaje de la época. Hombre o mujer, autores de la muerte de otra persona, que vivieran en Xiquena año y día, no podrían ser presos, ni acusados, ni embargados de sus bienes, quedando libres de toda culpa o acción de la justicia contra ellos...
Protegidos por su situación privilegiada los homicianos refugiados en Xiquena aprovechaban la cercanía de Lorca para cometer toda clase de desmanes, crímenes y delitos en ella; a la vez, otros aventureros estantes o en situación de paso en Lorca, favorecidos también por la proximidad de un refugio tan cercano y hospitalario como Xiquena, no vacilaban en ejecutar cualquier clase de delitos por la seguridad de poder escapar, ya que huían a Xiquena, dispuestos a vivir en ella año y día y quedar libres de las penas en que hubieran incurrido...
Juan Torres Fontes
(Xiquena, Castillo de la Frontera,
Real Academia de “Alfonso X el Sabio, Murcia, 1979)
Mirad bien estas ruinas,
levantadas sobre el cerro.
Si despojo son hoy, en verdad, del tiempo,
y derrumbe son ciertamente todas
sus almenas y torres elevadas,
sus fosos, barbacanas y atalayas;
sus aljibes, troneras y armerías...
DÍAS hubo en que no fue sino altiva
fábrica de soberbia, fortaleza
arrogante, que miedo en la comarca
sobre todas las almas imponía.
Castillo fue del Diablo,
y desde aquí su negra hueste
la maldad esparcía por las vegas,
aldeas, alquerías, y caminos
de Lorca hasta Los Vélez de Almería.
Homicianos sin ley lo gobernaban,
asesinos con expiación pactada
de culpa, que sirviendo al rey un año
perdonados serían de castigos,
penas, destierros y demás justicias.
Miradlo ahora, sin embargo cómo
desolación del páramo es, triste
pasto del implacable, hiriente olvido,
materia pobre de la misma nada.
Cuando a Xiquena lleguéis,
parad momento breve, caminantes,
y con parva oración pedid a lo Alto
por aquellos temibles homicianos
de entonces, y las desgraciadas víctimas
que hubieron de sufrir
constantes, sus feroces,
sanguinarias afrentas.
Seguid presto después vuestro camino,
gentes que vais de paso,
mas no olvidéis que aquí
ofició su mandato el mismo Diablo,
como señor feudal de horca y cuchillo.
Con fervor lo aclamaban
en este patio de armas los malditos.
Sobre esa piedra holló con su pezuña,
sobre esotra la garra de su mano
posó; y su cornada frente bajo
aquel arco quedó expectativa,
escuchando los estridentes gritos
de la chusma feroz
de bergantes, ladrones y bandidos.
Sabedlo, caminantes:
entre estas ruinas, verdaderamente,
el infierno hubo aquel lejano siglo.





