logotipo

img_google
"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Notas de París


En un principio, pensaba titular a estos escritos que en sucesivos días aparecerán, si la actualidad lo va permitiendo, <>, pero me pareció demasiado pretencioso. Imposible convencer a nadie de que esa pervertida manera de soberbia que es la falsa humildad, no asomaba su rabo por el título. Quería haber dicho que en el mundo todos somos o perullos o snobs. Somos perullos aquéllos que no dejamos nunca de aprender, con lo que ello tiene de equivocarse una vez y otra. Incluso aprendemos cuando nos enseñan, que es lo más meritorio. Los snobs, no. Lo saben todo, y lo saben ya. Todo lo más, cuando observan, comprueban. No se puede sufrir a un snob cuando hace de maestro; o sea, siempre. Es prueba de carácter para un perullo soportar la lección de un snob.
Así pues, con este bagaje semántico en el ánimo, me marché a París, con A., la Semana Santa recién iniciada. Vacaciones. Veinte años atrás de la última visita, y treinta de la primera, Franco imperante. Qué diferencia, o qué diferencia en mí. O, acaso, en la Historia. Esto de la perullez me sirve para explicarme en el siempre difícil primer acceso a las impresiones de viaje. He encontrado, afirmo, que ya París es perullo también, como yo. Y como los lectores que quieran identificarse. Ya no es aquel emblema del imaginario español y provinciano de la primera burguesía carpetovetónica de los 60. Se acabó el espejismo. Hemos crecido los españoles, y hemos ganado en democracia y civismo. Por eso no nos pasma la libertad que habita las calles parisienses. Dueña de las calles la normalidad ciudadana, nada hay que separe en lo profundo a Madrid. Murcia o París. Las mismas gentes, vestidas de similar manera, y los mismos afanes: comprar, visitar, trasladarse… Por eso, despojada de los oropeles de la reverencia causada por el complejo de inferioridad de antañazo, París se muestra realistamente bella y atractiva. Se acabó el París símbolo y apareció el París real, que, además de bello y auténtico, es interesante, sobre todo.
No me cabe duda de que, además de esa entrada en la mayoría de edad de la burguesía española –vivero de perullos como se entiende más arriba- en el fenómeno de civilización que digo tiene que ver la llamada Globalización. No nos sorprende, pues, París, porque algo hay de París en la ciudad en que vivimos. Y en todas las ciudades. Aunque, pensándolo bien, ambas cosas: el fin del enanismo mental del español medio y la Globalización son la misma cosa, o partes ambas de la misma cosa.
Insisto, no estoy sorprendido, deslumbrado…; estoy interesado en París. Desconozco al que yo fui en el 84 y en 75, venido de otro mundo. Un mundo políticamente en el siglo XIX. Se me ocurre que, además, que esta constatación de ver sustituido el asombro por el interés, me indica que mi generación es depositaria de un magno designio: ha vivido dos épocas. Tecnológica y humanamente, volcó el caldero de la Historia. En mí hay un antes y un después: respetadme. Vale.


 
Más Durero


Decíamos ayer que el Maestro Durero no alcanzó a comprender, en su plenitud, el mensaje renacentista. Eso, en nuestra lectura de espectadores de su exposición de grabados y dibujos del Prado. Siguió creyendo más en la iconografía medieval que en la composición armónica de los hijos del Humanismo. Creía en el cuadro como amontonamiento de cosas, las cosas censadas por su condición de voyeur incesante y censista, y no en el cuadro como armonía de cosas equilibradas. Hay un horror vacui que lo analoga al abarrotamiento de El Bosco, y lo desanaloga de Da Vinci, por ejemplo.
Sus autorretratos nos dicen de un joven rubio, de atirabuzonadas guedejas y gordezuelos labios, glaucos ojos y perdida mirada. En el del Louvre, que también vimos, portaba en su mano un cardo, símbolo de fidelidad, pues era un retrato de nupcias. Pero la fidelidad de referencia mayor no era la conyugal: era la de época.
Durero viajó por el Norte de Italia, pero no lo hizo para aprender, aunque él siempre viajaba con su maletín lleno de papeles y de lápices. Y, quieras que no, algo aprendió; imposible no hacerlo si se es artista y se viaja por Italia. Durero huía de la peste, declarada en su Alemania natal, y no había pasado los Alpes por motivos discentes en lo artístico. No obstante lo anterior, su Adán y Eva de El Prado, a los que dotó del canon de nueve cabezas de altura, y desvistió de acompañamientos de abarrote, sí que rozan lo renacentista. Son dos desnudos gloriosos, en los que el cuerpo no es la suma de músculos concatenados como sí son los desnudos de los dibujos. Por cierto, la cara de Eva es un retrato, sus facciones respiran naturalismo; no así el de Adán. Los dos son rubios, como el propio Durero. Lo cual que no sé de donde venimos los morenos. Durero, también Boticelli, tenía fijada la excelencia humana en la tez clara y el pelo dorado. En eso, también se mostraba renacentista.
Junto a la liebre, se admite otro dibujo como emblemático del buen hacer del artista. Es el ala de la carraca. La carraca es ave de plumaje azul en varias gamas. Durero muestra tal ala de carraca, desplegada y exacta, como un primer ejemplo de hiperrealismo. Cada brillo y cada textura de dicha ala se percibe en el cuadrito como un milagro que reta a la fotografía de hoy, juege ésta con el número de píxeles que juege. Acertadamente, el cartel anunciador de la exposición en El Prado ha escogido tal referencia como reclamo. Yo mismo me compré una postalita del ala, para verla de contino, que diría un clásico, frente a mí, como símbolo de la exhaustividad y rigor.
Hay un grabado que viene a ser la apoteosis de Durero: es el del caballero, la muerte y el diablo. Todo el siglo XV se halla en dicha obra de arte. El caballero, ya rehén de la edad cansada, se ve atosigado por la muerte, a su lado, y por el diablo, detrás, figurado en horrible bestia unicorna. Por el plano inferior, las patas de los caballos se entrelazan inextricablemente, y por el alto, las torres de los castillos y las frondas de los bosques propician una atmósfera sombría y pesimista. Tal como, decimos, pensaba un medieval. Vale.
 
Impresiones de Durero

Paso por Madrid, entre alba y ocaso, de camino de vuelta a Murcia, y me acerco por el Prado, a ver al maestro Durero. Dos horas y media de cola, y entramos por la Puerta de Goya, la que da al norte, como si el artista hubiera venido desde Nuremberg y hubiera ingresado directamente por allí, viniendo de sus teutónicas tierras. De entrada, te enseñan su autorretrato a los trece años; así como el de su padre. Ya no necesitó adquirir más oficio. Un poco más allá su autorretrato ya de veintañero. Es la efigie de un observador, con su algo de desconfiado. Todo observador es un desconfiado, un receloso de las cosas que le rodean, y a las que tiene que tener controladas. Todo control empieza por un censo. Durero es el último gótico. Se queda a las puertas del Renacimiento. Es un gran artista del Gótico postmortem que asalta la muralla del Quinientos. En esta lectura mía, El Maestro de Nuremberg no obtiene el galardón renacentista. Permaneció siempre fiel a su técnica de grabador y dibujante. La observación del detalle le impidió ver la obra de arte al completo. Fue un miniaturista venido a más. Un dibujante extraordinario, que utilizó el grabado para expandir su obra. Es como la Celestina en España. Su medio pie en el Renacimiento no soporta su peso, que es recibido por el pie y medio en el Bajo Medievo.
Todo el mundo se acerca a ver la liebre de Durero. Una pieza del tamaño que viene bien a un dibujante: la hoja de un cuaderno. Y dentro de la liebre, el ojo de la liebre, que refleja la realidad del cuarto donde fue imaginada, a partir de los apuntes tomados del natural, y de un conejo casero que le sirvió de referencia. Pelo a pelo, la liebre pasó de la realidad imaginada de Durero al papel en el que hoy vive eternamente. Leí durante el viaje un artículo del cineasta José Luis Borau, en el que decía haber acudido a ver el cuadrito con la íntima esperanza de verse a sí mismo retratado en la pupila de la liebre. Esperaba ver en lugar de la pupila, el Aleph de Borges, ese punto del Universo en el que se hallan misteriosamente completas todas las cosas del mundo. No les voy a decir lo que se ve en el ojo de la liebre, Vayan a verlo, hagan sus dos horas de cola y les será revelado el secreto.
Lo que sí quiero contarles es mi relación con la liebre de Durero. Ocurrió allá por los ochenta mediados. Mi amigo el escritor Pedro Cobos me contó su novela "La Vida Perdularia". En ella, el diablo Xanguas recorre toda la Región de Murcia en pos de una liebre que poseía el secreto de la eterna juventud. Y perdonen todo aquellos admiradores de Pedro el brutal resumen amputador de la novela. Bien, pues igualmente, me refirió su problema acerca de la portada que le ponía al libro. A mí se me ocurrió de inmediato:
-Pues la liebre de Durero, Pedro.
Lo consultó con el pintor Martínez Gadea, quien corroboró el dictamen. El libo lo tiene en Hiperión. Es, todavía hoy, una de las mejores novelas del postfranquismo en España, aunque muchos críticos todavía no se hayan enterado. Por eso, si van a ver el cuadro, y se leen la novela, sabrán tanto como Pedro Cobos y yo. Vale.
 
El gesto de Allenby

Sir Edmund Allenby, jefe militar del legendario Lawrence de Arabia, fue el protagonista de un bello gesto, que tanto tiene que ver con la festividad que en el mundo católico celebramos hoy: Domingo de Ramos. Era el 9 de Diciembre de 1917. La Primera Guerra Mundial toca a su fin. El Mariscal Allenby ha llegado hasta la Puerta de Damasco de Jerusalén. Ha llegado desde Gaza. En su ejército se integra la llamada Legión Judía. Jerusalén es turca. El Imperio Turco agoniza; es el enfermo de Europa. Los turcos se rinden. Allenby dispone las cosas para entrar en la Ciudad Santa en magnífico alarde tropas. Al frente figura él mismo, a caballo. Pero, llegado ante la Puerta se detiene. Desmonta. Toma de las riendas a su corcel, y dice:
-Si Jesucristo entró en esta ciudad a lomos de borrico, no voy yo a hacerlo a lomos de briosa cabalgadura.
Allenby entró a pie, para tomar posesión de la ciudad. El Protectorado inglés duró hasta acabada la Segunda Guerra Mundial, en que se constituyó, no sin conflicto bélico con los árabes, el Estado de Israel. Pero lo que queda es el gesto de desmontar de su caballería.
<-Id al pueblo que se ve allí enfrente, al entrar, encontraréis amarrado un burro que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traédmelo. Si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: "El Señor lo necesita y lo devolverá pronto".
Fueron y encontraron al burro en la calle, atado junto a una puerta, y lo desamarraron. Algunos de los que allí estaban les preguntaron: "¿Por qué soltáis al burro?" Ellos le contestaron lo que había dicho Jesús y ya nadie los molestó.
Llevaron el burro, le echaron encima los mantos y Jesús montó en él. Muchos extendían su manto en el camino, y otros lo tapizaban con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante de Jesús y los que lo seguían, iban gritando vivas:
-¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en el cielo!>>. (Marcos 11, 1-10).
Son dos historias, la de Allenby y la de Jesús de Nazareth, que marcan pauta para todo el que entra en Jerusalén. Hoy, entramos todos en Jerusalén. El anglicano Allenby lo hizo para dar administración cristiana –que no dominio- a una tierra que luego sería judía. Pero eso no importa ahora. Se me ocurre que debiéramos preguntarnos más a menudo si no estamos subidos al caballo de la soberbia, sobre el cual no se debe entrar a Jerusalén. Y no sabemos cuándo entramos en alguna Jerusalén. Son dos gestos de humildad: cabalgar a lomos de borrico es rechazar el encumbramiento que supone el caballo o el carro triunfal. El borrico es humildad; la entrada a pie, llevando las riendas del caballo de un Mariscal inglés en la mano, es sumisión de la propia personalidad ante la Historia asumida como raíz propia.
Para eso sirve conocer Historia: para hacerla maestra viva de la actuación propia, y para honrar memorias sublimes. Vale.
 
De los 36 a los 56

De vez en cuando, ya saben, les cuelo algún poema mío, así, puesto en renglón, separando los metros por barras inclinadas. Bien, pues hoy toca uno. Lo hice hace veinte años. Lo sé por el cumpleaños que menciona. Lo empecé ese mismo día pre-primaveral que marca mi aniversario, y lo acabé, ya se advierte en el texto, en un día de Junio pre-veraniego. Toda una estación para componer la cosa. No está mal. Saco éste, y no otro, porque en él se habla del folio y sus tachaduras. Recuerden que hace poco hablaba de tales cosas como desaparecidas. Poco sospechaba yo que, veinte años más tarde, la tecnología invadiría este mismo despacho, y mis dedos ya no apretarían cálamo alguno, sino que pincharían en acordado baile alfabético, sobre las teclas adecuadas para redactar mensaje. Y es que, ciertamente, ahora, el Recado de Escribir es otro: teclado, ratón, columna, pantalla e impresora. Eso como mínimo. En fin, ahí va el poema o cosa:

Aquí estoy ahora, / me digo, una tarde más, / como tantas otras / -treinta y seis años ya- / urbanamente emparedado. / Escribo: / La calle suena / y un grifo gotea, cercanamente, / acompasados. / Oigo el silencio / de la casa vacía / desde mi despacho, / y puedo escuchar, / si los miro, / a los libros, / a mi alrededor, callados. // El folio en blanco / voy llenando de palabras / -quién podrá decir / alguna vez que son de versos- / y, poco a poco, / mi ventana va cazando / los fragmentos de garabato / de las golondrinas / que traen consigo el verano. // Un perro ladra, / y la tarde huye / como el tubo de escape / de los automóviles / que deben pasar por abajo. // Un cenicero limpio / -yo no fumo- / de cristal, / me enseña su borde desdentado, / y observo / que los versos / que he decidido / ir tachando, / han tapado el folio / que hace unos instantes / estuviera completamente en blanco. // Sé bien que nada / tengo que decir / y que debo ir acabando, / pero no es poco, pienso, / escribir un poema / sobre una tarde / del mes de Junio / en que estaba solo / en mi despacho. // Así, teniendo un papel, / una pluma / y una vaga idea / de cómo hacer de la nada, algo; / me puse a redactar / en rima pobre, palabras tristes / y estilo claro, / no sé bien qué cosa, / que decido acabar en el verso sesenta y cuatro.

O sea, que hacer versos es hacer algo de la nada. Vale.

 
La Primavera

Pues es noticia que sea noticia que ha llegado la Primavera a la Región de Murcia. Nunca era noticia, porque, apenas pasado Enero, se metían los 15 ó 16 grados, y la primavera era gradual como una cuesta donde crece el orégano. Pero aqueste año no, no ha sido así. Desmintiendo a los apocalípticos del calentamiento, en todo el hemisferio norte ha hecho un frío como no recordaban los más ancianos, que salían en todos los informativos de televisión proclamándolo. Se helaron las lechugas, el bróculi y los almendros, y yo no me quité la gorra desde la Purísima. Otros años, se cuentan con los dedos los días en que me es imperativo usarla. Hizo frío, sí, e hizo mucho tiempo frío. Tal es la novedad en estas latitudes.

Pero, al fin, como decían en secreto los oráculos antiguos, la vida resucita. Ya se escuchan pájaros por las mañanitas, y se puede ir por la calle con las manos fuera. En alguna habitación solitaria algún poeta nuevo andará componiendo sus primeros versos… ¡O no…! ¿Se habrá perdido la Poesía? No me extrañaría que no. Los profesores casi no pueden impartir otra literatura que la visión festiva del texto, y Bécquer queda algo olvidado, al mezclarse la Literatura con la Lengua y reducir horarios ambas juntas. Bueno, pero a lo mejor al poema le llaman ahora letra de canción. Y vale lo mismo. Así vuelve el poema a donde nació. Entre las notas de un ritmo de siega o de herrería, o de nana; ligado a la música. No obstante, el verso libre de música de canción; es decir, ligado sólo a la música interior de su métrica, ha dado ejemplo gloriosos.

Hay una poesía primaveral y una poesía otoñal. Madrigales y elegías. La Primavera de Boticelli es un madrigal, con tanta dama floral y nemorosa, con bellos varones y vaporosos vestidos, preludio de las transparencias hodiernas. Para el otoño prefiero el soporte fotografía. Vale un honesto, y orondo, afroamericano de Harlem tocando el saxo, en blanco y negro, sentado en la escalinata de su casa del barrio, con papeles sucios por aquí y por allá, algún Packard del cincuentaytantos aparcado y… soledad. No hay más belleza en una que en otra muestra.

En la ciudad donde vivo, la Primavera son los desfiles procesionales y el azahar gloriando las plazas, esas plazas de Nápoles o Palermo extraviadas en Murcia. El fresquito de la amanecida frente a la Iglesia de Jesús, viendo salir los pasos. El morado en clave de revolución urbana y los sones de burla de las tubas. Ya saben de qué hablo. No me olvido de los campos de lilas en los baldíos del Campo de Cartagena, compitiendo con los jaramagos. Los vencejos, yendo y viniendo de alero a jacaranda, y de terrado a cúpula barroca. Los ojos de todos, y las pituitarias, abriéndose ante el nuevo y viejo milagro. Eso es la Primavera.

‘Que por Mayo era por mayo / cuando hace la calor / cuando los enamorados / van a servir al amor’, decía el romance antiguo, tan lleno de sintética sabiduría. Ahora se pierden las estaciones. Los jóvenes sirven al amor en cualquier estación, y se enrutina, al verse privado de milagro y excepción. Y eso es lo que han perdido con esta nueva manera de ver la Primavera. O lo que han ganado, ¿quién sabe? Vale.

 
Síntesis vs. Abreviaturas


Comenzamos por la presencia, en el título, de una abreviatura: vs, que quiere decir, explico para indoctos, versus; en latín, contra, frente a. O sea, que el título alude a que hay guerra entre tales dos formas de expresión semiabortada. En segundo lugar, hay que aclarar que la expresión a la que se refiere la crónica, no es otra sino la escrita. O, mejor dicho, digitalizada. Ya no escribimos. Escribir es un hiperónimo, o nombre genérico que se despliega en una serie de concreciones. Se puede manuscribir (antes, tan sólo escribir, sin más), se puede (podía) mecanografiar, y se puede, y se hace, digitalizar. Ya no escribimos con la mano, sino con los dedos. Y la mayoría, como yo, con dos dedos: en mi caso, los dos dedos corazón. Estos párrafos adquieren su realidad mediante la digitalización.

-O sea, jefe, que en la Escuela del Futuro, el maestro dirá: ‘Niños, vamos a digitalizar una redacción’, ¿no?

Exacto, pero siempre en el caso de que siga habiendo maestro, que a lo mejor hay tutor electrónico a distancia, o sea, virtual. Pero, sigamos con los nuestro. El caso es que hoy digitalizamos. Manuscribimos poco, y mecanografiamos menos, casi nada. Escribir queda como palabra supernumeraria, por encima de las tres antedichas.

-Entonces, hay dos maneras de digitalizar, ¿es no es?

Es, ciertamente. Las dos maneras de digitalizar son las del título. Ocurre que de cincuentones para arriba, somos hijos, o nietos más bien, del telegrama. Y optamos por digitalizar en clave de telegrama. O sea, plasmamos en el móvil mensajes del tipo: ‘Todo bien stop llego mañana stop saludos stop’. Una mezcla de lenguaje de indio apache de película y de niño pequeño que aprende a hablar. En cambio, los treintañeros y demás jóvenes, optan por la abreviatura: ‘tdo bn, llgo mña, slds’. ¿Lo cogen? Es la predilección por la abreviatura, frente a la preeminencia dada a la síntesis. La síntesis era una estación obligada por la economía. El telegrama se pagaba por palabras. Y en esta tesitura, las preposiciones, artículos y demás partículas átonas eran sacrificadas en aras del siempre parco bolsillo. Esto de los telegramas merece capítulo de nostalgia aparte; aquellas palomas azules de corazón blanco, plegadas como abrazo íntimo, siempre portadoras de lo más malo y de lo más bueno. Pocas veces era triviales sus mensajes. El cartero con telegrama siempre suponía momento de intensa zozobra para los receptores. Ya seguiremos, afirmo, con el tema.

La generación móvil, los nacidos más acá de la Transición, huyen de la síntesis, y practican, con entusiasmo de pecadores noveles, la abreviatura. No ahorran una palabra, pero la travestizan de siglas indicativas en minúscula. El ahorro no vale: el mensaje vale lo mismo, y su dedo pulgar vaiviene a la velocidad de la luz por el pequeño teclado digital enviando sus mensajes crípticos, pero completos. Vale
 
199 Quijotes, y ninguno murciano

Como decíamos el otro día, hay Quijote para rato. En algún Centro de Enseñanza hay alumnos que comienzan a estar hartos. A ver si con las vacaciones se pasa tal cuidado La aportación viene ahora de la mano del Museo de la Ciudad, en Murcia. Una exposición sobre ediciones del Quijote, que abre la serie de celebraciones oficiales de la ciudad para el IV Centenario. Sí, una exposición de libros. 199, según reza el título de la exposición. Su comisario, Ramón Jiménez Madrid. Su dueño, Diego García López, que ha coleccionado Quijotes como pasatiempo de lujo. Más de seiscientos asegura tener este mulero que hace grande a su tierra, y a su persona, con este quehacer. Se acompaña la exposición con cuadros de Armiñana (excelente su Don Quijote y yo), Pablo de la Peña, Salvador Nicolás y Antonia Ruiz Belando. Vaya a verla y adquiera el catálogo. Don Quijote lo haría, que era muy curioso el hombre de todo lo que fuera sacarle a él en imprenta.
Le pregunto a Ramón Jiménez si cree que en la Región se ha editado alguna vez un Quijote, y me dice que está seguro de que sí, por el contrario de lo que yo creía, que éramos ágrafos de Don Quijote, que es herejía impresa muy de considerar. Hasta La Gitanilla con que en 1905 se conmemoró el Tercer Centenario fue editada enMadrid. Habrá que preguntarle a Juan González Castaño, que es asesor en Mula de Diego López, si la hay, y habría que rescatarla.
-¿Y si no la hay, jefe, deberíamos hacerla?
Pues yo creo que sí. Por lo menos, la Gitanilla sí se va a hacer, ya ha pisado imprenta en Ceutí, lugar de los hechos cervantinos, con edición a cargo de F. Javier Díez de Revenga, Catedrático de Literatura Española, aquí en la Universidad de Murcia. Y es que vamos a la zaga en esto de editar en la Región al Caballero de la Triste Figura. Ocurre al contrario de lo que sucede en cuanto a comentaristas del Quijote. Murciano capitalino fue su primer comentador, nada menos que en 1833. Por cierto, dos ediciones de este personaje se muestran en la exposición del Museo de la Ciudad. Nos estamos refiriendo a Don Diego Clemencín, liberal de pro, en tiempos de Doña Isabel II. A partir de lo que él explicó respecto de la novela de Cervantes, siguieron los comentaristas todos el camino, hasta llegar a Don Francisco Rico, que parece ser el más genuino explicador de qué quiera decir todos y cada uno de los párrafos de la novela.
Falta, pues, en la exposición, ese ejemplar de Quijote regional nuestro, salido de linotipia murciana, cartagenera o lorquina, que mostrase al mundo que alguien se preocupó de que hubiera tinta y papel, amén de linotipia, para la inmortal novela.
-La única manera de saberlo es toparse con un ejemplar. No hay ninguna otra pista –me dice Ramón, comisario del evento. Y yo me muero de envidia de no ser entendido en libros viejos, para poder decirle alguna librería de viejo, donde se pueda encontrar ese Quijote murciano, acaso nonato. Vale.

 
Versos en ordenador
De vez en cuando, al columnista se le permite hablar de sí mismo. Hay que hacer lírica a veces, ya digo; no todo va a ser épica de costumbres, política o cosa cultural. También el columnista tiene su corazoncito. Bueno, pues les digo mi novedad personal en esto de la Literatura, o de la literatura, con minúscula. Ya fabrico mis versos directamente a ordenador. La cosa, dicha así parece que no tiene categoría, que no pasa de anécdota, personal por demás. Pero sí la tiene. Yo fui renuente a esto de la Informática, luengos años ha: empezando los ochenta para ser más exactos. Ya he perpetrado basura tecnológica que les decía hace poco. Al principio, di en trasvasar los modos y maneras de la antigua tecnología, mecánica, no electrónica, de la máquina de escribir. Mi primera máquina de escribir era de mi abuelo, teniente del ejército. Con ella se alistó a voluntarios para la Guerra de Cuba. Ahora la tiene mi hermana como reclamo ornamental en un rincón noble de su casa. Bueno, pues, cuando la máquina de escribir -la mía fue una olivetti azul- yo manuscribía todo lo mío, novelas incluidas. Luego, lo pasaba a máquina. Un tormento doble. O triple o cuadrúple, pues había que corregir, intercalar, etc. Todas esas operaciones eran manuales, con pegamento y tijeras incluidos.

Llegó el ordenador –ya no lo escribo con mayúscula inicial- y pensé que era lo mismo. Craso error. No era lo mismo, era otra galaxía. Las labores de borrado, intercalado, etc… iban incorporadas en el procesador de texto. Pero yo seguí manuscribiendo primero. Y elaboré toda un bella teoría noble sobre la letra personal, y el pulso del corazón, que llega a la muñeca, que gobierna a los dedos, que sólo aprietan el cálamo. El latido personal llegaba así, con la manuscripción, a la letra en folio. Era un nacimiento legítimo. Escribir directamente era bastardo. La máquina se interponía entre la creación y el folio. Boqueadas postreras de un romanticismo acabado. Pero mi concepción del mundo se resistió heroicamente a la novedad. Comencé por abandonar las torretas defensivas del castillo. Acepté que la prosa bien podía sufrir la intermediación del artefacto. La prosa se hace con el cerebro, y no otra cosa sino un cerebro ideó el ordenador.

Pero quedaba la poesía, perdón, el verso. Se nace poeta, y hay poeta si el poeta nacido tal, se hace. Pero yo no nací poeta. Mas otra cosa es escribir versos, actividad para la que hay amparo constitucional. Así ha sido hasta hace bien poco. Ah, los folios con tachones de versos, luego aprovechados, al ser mezclados con soluciones asimismo desechadas; los dibujos imprevistos, casi mecánicos, que eran testigos de lo que iba saliendo sobre la blancura del folio; las líneas bajo las sílabas, encargadas de medir, en caso de necesitarse Métrica… Todo ello se ha perdido. Ahora, a no sé qué galaxia de lo virtual habrán ido yendo a parar todas las exclusiones efectuadas, todas las soluciones desechadas, luego de salir de mi memoria. Al final, la pantalla queda con el poema final, como si hubiera nacido así, limpio, definitivo y, como dijo el Dante, puro e disposto per uscire alle stelle. Vale.