San Isidoro, una leyenda
La fecha en que, tradicionalmente, la Iglesia celebraba a San Isidoro, era, todos lo saben, el 4 de Abril Ahora se ha pasado al 26 del mismo mes. O sea, más o menos, uno de estos días, cuando esta prosa sale a la luz. La Historia le conoce como San Isidoro de Sevilla, pero para nosotros, no es sino San Isidoro de Cartagena, santo entre cuatro hermanos santos, los mismos que atalayan hacia cada uno de los cuatro puntos cardinales desde las esquina del antepenúltimo cuerpo de la Catedral de Murcia, como vigilantes de la fe.
San Isidoro es una figura clave en el paso de la Edad Antigua hacia la Edad Media. Su concepción de los reinos nacionales como sucesores del Imperio Romano, no como continuadores, es decisiva para entender que se abre en tales fechas una etapa nueva. Etapa interrumpida por la irrupción del nuevo imperio islámico. Imperio islámico que en Murcia se asentó durante unos 200.000 días.
Hay una leyenda hagiográfica muy hermosa sobre San Isidoro. Cuenta tal conseja que, siendo niño, aún en cuna, dormía plácidamente cuando un enjambre de abejas vino a revolotear sobre él. Y hacíalo sin escándalo, con orden y concierto, comedidamente. Su runruneo era sosegado, susurrante, emanaba serenidad, paz, tranquilidad. Quienes lo vieron apenas movieron músculo alguno, pues señal era cierta de ser algo maravilloso. Las abejas venían directamente de la orilla del gran río de la Bética, que a la capital hispalense regaba. Habían libado en las más hermosas flores que, pues era Abril, habíanse abierto en los migajones de ubérrima grama cabe la corriente de agua. Particularmente, su hermano Leandro, ya casi un hombre maduro, aquietó a todos con su gesto. Mientras las abejas mantenían su vuelo, estáticas sobre la cuna de Isidoro, Leandro postróse de hinojos y comenzó a orar. Una a una, lentamente, y en tanto que iban cesando en su rumoroso aleteo, causa de su leve y sonoro retumbo, acudían a posarse en la boca del niño, que, con todo, seguía durmiendo con quietud perfecta. Y ocurrió que, así como de una en una se habían ido posando en los labios del niño Isidoro, también de una en una fueron levantando el vuelo. En haciendo esto, todo fue una que dieron en salir por la ventana, según se alzaban de la cuna. Cuando marchó la última, Leandro, tembloroso, levantóse y acudió a contemplar el resultado. Lo que pudo ver fue una gran bola de miel que, desecha por momentos, era engullida por la boca del durmiente, sin apenas percibirlo él mismo. Cerró los ojos Leandro, terminó de orar, y les dijo a todos:
-Este niño, Isidoro, regalo de Dios para todos nosotros, ha recibido el don de la elocuencia de lo Alto, pues no otra cosa significa la miel en sus labios. Sus palabras serán hermosas y convincentes, tendrán el don sagrado de la sabiduría.
Con la palabra hablada de Isidoro se extasiaron sus contemporáneos, con su palabra escrita, sobre todo en sus Etimologías, se abasteció de Ciencia Europa entera hasta Santo Tomás, justo, más o menos, cuando Murcia era reconquistada, sin sangre, para el Cristianismo hispánico. Vale.
La chica del beso
Ha guardado el secreto casi 55 años: ella es la mujer del beso. En la foto, tenía unos veinte abriles. En un café de París, sentada, celebraba, en el invierno de 1950, con esa intensidad de contenida pasión que es socialmente aceptable en público, el nuevo amor. Él y ella eran estudiantes de arte dramático. Robert Doisneau pasó por allí. Tenía un encargo: hacer un reportaje fotográfico sobre el amor en París como tema. Los vio. Se acercó a ellos. Les propuso posar con un beso de amor como clave de escena. Aceptaron.
Al fondo el Ayuntamiento de París. Un poco de bruma, y la gente paseando, o simplemente pasando por allí, de cabeza a sus asuntos. Hizo varias tomas, como un profesional. Ellos repitieron el beso tantas veces como el fotógrafo les dijo. Unían así sus dos pasiones, la recién estrenada del amor, y la no menos querida por ambos de la vocación común: la de ser actor. Acaso hicieron su mejor trabajo profesional.
Únicamente el blanco y negro podía sacar esa magia de la famosa foto "El beso", de Robert Doisneau. Ese París de mañanas sin cielo, lejano el estío. Un París que comenzaba a olvidar una guerra cruel. Un París que iba recuperando a sus transeúntes de siempre, a su normalidad, a sus amantes por las aceras, gozando ese dulce ámbito de libertad para el amor que sólo Francia concede.
El dulce escorzo del abandono de Françoise y la viril impetuosidad de Jacques vertebran el eje de la instantánea, flanqueados por esa mujer sin beso que apenas asoma tras el amante, y por ese paleto de la boina, hierático, que camina tras los protagonistas. En primer plano un reborde de esas exiguas mesitas tan parisinas de los cafés de las aceras. De fondo, la fachada del Hotel de Ville, que habla de arte y de historia, de raigambre arquitectónica, como un telón de fondo de cartón piedra, para ennoblecer la estampa. Un morro, posiblemente de un once largo, el coche de aquel año, elegante aún, esbelto, pleno de femeninas curvas su diseño, como el mismo cuerpo de Françoise al ser besada, asoma por la calzada. El pelo ondulado del galán, su desabrochada camisa y su americana, que recoge los vuelos de una bufanda más ornamental que funcional conforman el centro de fuga de la instantánea. Toda una época está recogida en la feliz foto, más feliz que si fuera espontánea.
Françoise había guardado el secreto, más allá de aquel fugaz amor, que no pasó del otoño, y más allá aún de la muerte de su compañero de beso, acaecida en la pasada década. Ha salido a recoger lo que es suyo: los derechos de recaudación de la subasta del original. Suya es la intangible imagen, plasmada millones de veces desde entonces. La reproducción eterniza igual que la primera copia de revelado. Y es merced a esa decisión que, al fin, podemos ver el rostro de Françoise, velado por el escorzo al que la torsión del placer la obliga. Y he aquí que vemos a una Françoise hermosísima, a sus 75 años, con una sonrisa muy luminosa, sosteniendo una copia de la foto, en el mismo lugar de los hechos. Feliz decisión esta de subastar la foto, pues que nos ha dado ocasión de conocer el coqueto encanto de la sencillez de esta mujer, el discreto placer de la vida que puede esconderse tras un beso de amor. O mejor, tras una fotografía de un beso de amor. Vale.
Muerte de bebé en patera
Ala misma hora en que, acaso, más de un Cardenal cambiaba su voto ante la irresistible ascensión de Herr Von Ratzinger, Eminentísimo y Reverendísimo Cardenal de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, para favorecer al citado elegible en el Sacro Colegio Cardenalicio, un bebé, quién sabe si tendría nombre ya o no, exhalaba sus últimos suspiros en este mundo, a bordo de una patera, a la vista de la tierra prometida: la ansiada Europa.
Ni los pechos de su madre, fríos como el mismo aire marino de Abril en el Estrecho de Gibraltar, lograron darle el calor que su cuerpecito requería. Pienso que tendría sus ojos muy abiertos. Los niños negros siempre parecen tener los ojos muy abiertos, pues el blanco de sus retinas contrasta sobremanera con el hermoso tostado de su piel. Nadie escribió su ausente nombre en papeleta alguna, desfigurando la letra, para evitar reconocimientos. El número de erres iniciales sobre las papeleteas comenzó una escalada imparable aquella misma mañana del 19 de Abril, bajo los frescos de Sanzio y Buonarrotti. Puede que ni en el libro del destino estuviese el nombre de este niño al que conocerá la tierra española que habrá de acoger su cuerpecito.
Sí, hay que utilizar, hay que repetir, diminutivos sensibles, sensibleros incluso. Hay que mover las conciencias ante este sufrimiento. No hay más remedio que acudir a la demagogia, para tratar este asunto. "De aquí no se marcha nadie, ni tú, ni yo, ni el loco, ni el suicida... ", decía León Felipe ante el cuadro de Velázquez El bobo de Coria. Perdón si equivoco la cita. No es éste un artículo de lucimiento cultural. De aquí no se marcha nadie hasta que esto no esté arreglado. Esta muerte, y las muertes que habrán de venir, y que, por lo visto, nadie, ni yo con este escrito, ni tú, lector de este mismo escrito, vamos a arreglar. Tampoco el Papa, al que interesan más las almas que las vidas. ¿Estaba bautizado?, preguntaría ante la tragedia.
Cientos de millones, acaso miles, veían al XVI de los Benedictos Romanos proclamarse Labrador de la Viña del Señor. El bulto del bebé muerto, envuelto en una manta de la Cruz Roja Española, sólo fue visto por unos cuantos miles de ibéricos, perdida su imagen en el resto de las ofrecidas por los informativos, entre liturgias de consumo y ritos audiovisuales varios. Antes del postre, supongo.
El problema se llama corrupción en el Tercer Mundo, el problema se llama tráfico de armas, que se lleva lo poco recaudado en esos países. El problema se llama paraísos fiscales, ubicados en el Primer o Primerísimo Mundo, a donde van a parar los créditos internacionales, a nombre de los autócratas. El problema se llama Deuda Externa, y se llama sida, y se llama malaria, y se llama ébola, y se llama minas antipersona, y se llama analfabetismo y se llama ablación, y se llama fanatismo y se llama odio tribal. Cosas todas ellas muy complejas para poder ser entendidas por un bebé de tres meses que lo único que hizo bien en su vida fue morir en los brazos de su madre. Pero cosas, ay, muy fáciles de ser entendidas por el prohombre que aquella misma tarde proclamaban, Urbi et Orbi, Sumo Pontífice de una religión de hombres blancos, acaso el único con posibilidades de empezar a cambiar el panorama antedescrito. Vale.
Defensa de Cervantes
Realmente, este escrito no es, en propiedad, una defensa. Me refiero a las sospechas que de homosexualidad vienen recayendo sobre Don Miguel de Cervantes Saavedra, finado el sábado que viene hará 389 años en Madrid y autor del mismo Quijote cuyo IV Centenario celebramos este año de gracia 2005. En primer lugar no se trata, en todo caso, de acusación. Nadie es culpable de ser homosexual. Tampoco de ser heterosexual, aunque a algunos les gustaría. Y, por supuesto, para nada se involucran la valía literaria de su obra y su condición humana en cuanto a su práctica sexual de preferencia. También aunque a algunos les pese. Cervantes debe su hondura humana a su particular condición de persona, ni más, ni menos.
Vienen las determinaciones de homosexual, sobre todo, de su etapa de cautivo –eufemismo de esclavo- en Argel. Allí trató de escaparse hasta cuatro veces, y las cuatro fue perdonado. También en las cuatro requirió para sí toda la responsabilidad, eximiendo al resto de cristianos que lo acompañaban de culpabilidad alguna. Se dice que el Bey de Argel, Hasán Bajá, conocido homosexual, le perdonó otras tantas veces la vida a cambio de sus favores sodomitas. Es posible. Los tormentos, continuados hasta la muerte, que esperaban a los cautivos reapresados eran espantosos; mucho más si eran reincidentes. Pero aceptar ser sodomizado para salvar la vida no es algo reprobable. Acaso la famosa frase cervantina:
-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.
Y, pues, si por la libertad se puede aventurar la vida, qué importa, para salvar la vida ese pormenor somático de la sodomización. Miguel Espinosa dijo también lo mismo. Lo hizo en "Escuela de Mandarines". No importa el contexto, que aunque es otro, les aseguro que viene a cuento. Las palabras del personaje de Espinosa ante quien le reprocha apariencia de cooperación con la Feliz Gobernación, son:
-¡Toma! Para salvar la vida, cuestión nada inmoral.
Es decir, el más que probable hecho de que Cervantes fuese conocido de varón, no significa nada, en puridad de hechos. Ni demuestra que fuera homosexual, ni deja de demostrarlo. Como tampoco demuestra nada el también hecho comprobado de que tuvo dos hijos, uno en Italia, llamado Promontorio, y otra en España: Isabel. Ambos espurios, fuera del matrimonio.
Un dato que abona su sexualidad normativa del tiempo: la heterosexualidad, es que no fuera mencionada la contraria por su plagiador Avellaneda entre las muchas injurias con que obsequia al de Alcalá en su Quijote Apócrifo.
Quede pues la controversia en dos acuerdos: Primero, la condición sexual del autor es ajena a su valor como literato. Segundo, no tenemos pruebas determinantes acerca de cuál fuera, en realidad, dicha condición sexual. Pruebas circunstanciales de algún peso, sí. Quien intente hacerlas conclusivas, en un sentido o en otro, yerra. Vale.
Vienen las determinaciones de homosexual, sobre todo, de su etapa de cautivo –eufemismo de esclavo- en Argel. Allí trató de escaparse hasta cuatro veces, y las cuatro fue perdonado. También en las cuatro requirió para sí toda la responsabilidad, eximiendo al resto de cristianos que lo acompañaban de culpabilidad alguna. Se dice que el Bey de Argel, Hasán Bajá, conocido homosexual, le perdonó otras tantas veces la vida a cambio de sus favores sodomitas. Es posible. Los tormentos, continuados hasta la muerte, que esperaban a los cautivos reapresados eran espantosos; mucho más si eran reincidentes. Pero aceptar ser sodomizado para salvar la vida no es algo reprobable. Acaso la famosa frase cervantina:
-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.
Y, pues, si por la libertad se puede aventurar la vida, qué importa, para salvar la vida ese pormenor somático de la sodomización. Miguel Espinosa dijo también lo mismo. Lo hizo en "Escuela de Mandarines". No importa el contexto, que aunque es otro, les aseguro que viene a cuento. Las palabras del personaje de Espinosa ante quien le reprocha apariencia de cooperación con la Feliz Gobernación, son:
-¡Toma! Para salvar la vida, cuestión nada inmoral.
Es decir, el más que probable hecho de que Cervantes fuese conocido de varón, no significa nada, en puridad de hechos. Ni demuestra que fuera homosexual, ni deja de demostrarlo. Como tampoco demuestra nada el también hecho comprobado de que tuvo dos hijos, uno en Italia, llamado Promontorio, y otra en España: Isabel. Ambos espurios, fuera del matrimonio.
Un dato que abona su sexualidad normativa del tiempo: la heterosexualidad, es que no fuera mencionada la contraria por su plagiador Avellaneda entre las muchas injurias con que obsequia al de Alcalá en su Quijote Apócrifo.
Quede pues la controversia en dos acuerdos: Primero, la condición sexual del autor es ajena a su valor como literato. Segundo, no tenemos pruebas determinantes acerca de cuál fuera, en realidad, dicha condición sexual. Pruebas circunstanciales de algún peso, sí. Quien intente hacerlas conclusivas, en un sentido o en otro, yerra. Vale.
La higuera del Beato y la olla quebrada
(A todos mis amigos de Alcantarilla)
Andrés Hibernón, franciscano reformado según la regla de San Pedro de Alcántara, fue natural de Murcia, junto a la misma Catedral nacido; aunque Alcantarilla fuera su tierra en verdad. Fue contemporáneo estricto de Cervantes. Hijo del cartagenero Ginés y de la conquense María, pastoreó cabras, como Miguel Hernández, también por tierras valencianas, al igual que el poeta de Orihuela. Luego, ya como adulto, no pasó en su vida religiosa de cocinero, portero y encargado de recados varios; pese a que eminentes teólogos le reconocían, literalmente, ciencia infusa en lo concerniente al dogma. La Iglesia lo hizo Beato en el XVIII. Murió el 18 de Abril de 1602. Sus restos yacen, luego de ser saqueados y quemados por vándalos escudados en ideologías libertarias, durante los incivilismos del 36, en Gandía, último lugar donde profesó. Dios los haya perdonado.
En Alcantarilla debieron morir hace poco los últimos paisanos que vieron la hermosa higuera, tronco único en tres brazos -como símbolo de la Trinidad-, que, dicen, plantó el Beato cuando niño. La que Diego Riquelme, autor en cuyas fuentes bebo, vio en 1962, no es hija suya. Aquella la perdimos, sin duda que por nuestros pecados, disfrazados de la característica negligencia hacia lo propio de los murcianos. Dicen también, acaso como conseja propia de flor de santidad, que sus frutos no tenían pepitas, y toda su carne no era sino pulpa melosa y colorá. Los vecinos, con motivo de cualquier fiesta, engalanaban las ramas de la higuera con cintas y colgajos de colores, Era árbol totémico, cuya semilla, enterrada y regada por el Beato, poseía todos los númenes de la villa. El tiempo de la degradación y la decadencia llevó para siempre aquella santa higuera, tan santa por lo que significó para el pueblo, como por haber sido sembrada por Andrés, el franciscano que levitaba en su celda cuando hacía oración.
Si acaso alguna vez canonizan a este ejemplar rezador, que movía a obrar bien, habría que hacerlo patrón de los cocineros; pues cocinero y refitolero (encargado del refectorio) fue en casi todos los retiros donde profesó, y como cocinero obró uno de los primeros milagros que el pueblo le reconoce, y que fue el siguiente, según la personal reconstrucción, que como autor con derecho a innovación, me permito componer:
"Ocurrió que yendo Andrés, de niño, en busca de su padre, ocupado en labores de hortelano, para llevarle la comida en un puchero, dio en escuchar los trinos de unos pajarillos que, pues era Abril, lanzaban festivos entre ciecas y cañares. Absorto, no se percató de unas piedras que, en medio del sendero que llevaba a la huerta, habían aflorado tras las recientes lluvias que habían acarreado el albero que las cubría. Tropezó en ellas, y desparramóse el guiso de arroz que su madre había preparado para la comida de ambos. Con toda su fe, procedió Andrés a volver a juntar los pedazos de la olla de barro dispersos por el suelo. Con sus mismas manos, asimismo, tronó a introducir el arroz cocido y la carne guisada en la olla que, milagrosamente, iba quedando pegada, trozo a trozo. Cuando llegó donde su padre, éste se hacía maravillas de lo sabroso del guiso, y aun hizo convite a sus compañones de bancal a que probasen el condumio. Dio para todos, y todos se extasiaron de comer aquello. Ginés de Cartagena, bien vio la olla quebrada y recompuesta, mas nada dijo". Vale.
Andrés Hibernón, franciscano reformado según la regla de San Pedro de Alcántara, fue natural de Murcia, junto a la misma Catedral nacido; aunque Alcantarilla fuera su tierra en verdad. Fue contemporáneo estricto de Cervantes. Hijo del cartagenero Ginés y de la conquense María, pastoreó cabras, como Miguel Hernández, también por tierras valencianas, al igual que el poeta de Orihuela. Luego, ya como adulto, no pasó en su vida religiosa de cocinero, portero y encargado de recados varios; pese a que eminentes teólogos le reconocían, literalmente, ciencia infusa en lo concerniente al dogma. La Iglesia lo hizo Beato en el XVIII. Murió el 18 de Abril de 1602. Sus restos yacen, luego de ser saqueados y quemados por vándalos escudados en ideologías libertarias, durante los incivilismos del 36, en Gandía, último lugar donde profesó. Dios los haya perdonado.
En Alcantarilla debieron morir hace poco los últimos paisanos que vieron la hermosa higuera, tronco único en tres brazos -como símbolo de la Trinidad-, que, dicen, plantó el Beato cuando niño. La que Diego Riquelme, autor en cuyas fuentes bebo, vio en 1962, no es hija suya. Aquella la perdimos, sin duda que por nuestros pecados, disfrazados de la característica negligencia hacia lo propio de los murcianos. Dicen también, acaso como conseja propia de flor de santidad, que sus frutos no tenían pepitas, y toda su carne no era sino pulpa melosa y colorá. Los vecinos, con motivo de cualquier fiesta, engalanaban las ramas de la higuera con cintas y colgajos de colores, Era árbol totémico, cuya semilla, enterrada y regada por el Beato, poseía todos los númenes de la villa. El tiempo de la degradación y la decadencia llevó para siempre aquella santa higuera, tan santa por lo que significó para el pueblo, como por haber sido sembrada por Andrés, el franciscano que levitaba en su celda cuando hacía oración.
Si acaso alguna vez canonizan a este ejemplar rezador, que movía a obrar bien, habría que hacerlo patrón de los cocineros; pues cocinero y refitolero (encargado del refectorio) fue en casi todos los retiros donde profesó, y como cocinero obró uno de los primeros milagros que el pueblo le reconoce, y que fue el siguiente, según la personal reconstrucción, que como autor con derecho a innovación, me permito componer:
"Ocurrió que yendo Andrés, de niño, en busca de su padre, ocupado en labores de hortelano, para llevarle la comida en un puchero, dio en escuchar los trinos de unos pajarillos que, pues era Abril, lanzaban festivos entre ciecas y cañares. Absorto, no se percató de unas piedras que, en medio del sendero que llevaba a la huerta, habían aflorado tras las recientes lluvias que habían acarreado el albero que las cubría. Tropezó en ellas, y desparramóse el guiso de arroz que su madre había preparado para la comida de ambos. Con toda su fe, procedió Andrés a volver a juntar los pedazos de la olla de barro dispersos por el suelo. Con sus mismas manos, asimismo, tronó a introducir el arroz cocido y la carne guisada en la olla que, milagrosamente, iba quedando pegada, trozo a trozo. Cuando llegó donde su padre, éste se hacía maravillas de lo sabroso del guiso, y aun hizo convite a sus compañones de bancal a que probasen el condumio. Dio para todos, y todos se extasiaron de comer aquello. Ginés de Cartagena, bien vio la olla quebrada y recompuesta, mas nada dijo". Vale.
Oscar Arnulfo Romero
Un día de Marzo de hace 25 años, en 1980, el capitán de la Fuerza Aérea de El Salvador Álvaro Rafael Saravia disparaba contra el cuerpo indefenso de Monseñor Romero, Arzobispo de la capital de dicho país mientras decía misa. Su delito: denunciar los abusos contra los débiles, por parte del gobierno militar de su país, en las homilías de los domingos. La Iglesia Católica ha esperado estos 25 años para iniciar (sólo iniciar) el proceso de beatificación de quien es conocido en todo el subcontinente como San Romero de América. Por aquel mismo tiempo del asesinato compuse yo una elegía que ahora retomo para honrar a este hombre, y celebrar que, por fin, el Vaticano restituya justicia, aunque tarde y con dificultad, a quien ya hubiera merecido más celeridad y exaltación en ver reconocidos sus servicios a la Iglesia; unos servicios concretados en un testimonio admirado por todas las conciencias limpias. He aquí el poema, con algunas prosas explicativas delante:
EN UN SOLO SEGUNDO Y CON UNA SOLA BALA (OSCAR ARNULFO ROMERO)
Fue asesinado mientras estaba celebrando la misa en la catedral de San Salvador, poco después de su muerte se le conocía ya como "el mártir por la opresión de los pobres"
(Larousse).
-¿Quién asesinó a Monseñor Romero?
--El informe de la comisión de la verdad señala al fundador de Arena, Roberto Dabuisson, como el principal responsable.
Entrevista con María López Vigil, periodista nicaragüense y biógrafa de Oscar Arnulfo Romero, La Verdad, 20-4-1994).
El tribunal de California que condenó a ARS dijo también que la muerte de Romero por los escuadrones de extrema derecha había sido <
(Manu Leguineche. La Verdad, 31 de Marzo de 2005)
Oscar Arnulfo Romero, / ya no quedan lágrimas / para llorarte, hermano. / Están todas / bajo tierra, sepultadas, / alimentando geológicas raíces, / libando al dios de la venganza, / que duerme subterráneo / un sueño de ira entre la grama. // Sólo tu voz, / venablo de América, / hermosa, verdadera y clara, / podría alcanzarlo y que despertara / a la vigilia espléndida / del amor, la justicia y la esperanza. / Pero te han matado, Arzobispo hermano, / en un solo segundo y con una sola bala. // Que no te confundan, Arzobispo amigo, / con aquellos que predicaron sin palabras / una liberación con sangre, / de fusiles, metralletas y granadas. // Oscar Arnulfo Romero, / Arzobispo, camarada, / que el Dios crucificado te conceda / otra vida sin muerte / donde triunfen tus palabras. / Allá en las altas catedrales silenciosas / del amor eterno, / en el Trópico de la Esperanza.
Creo que Monseñor Romero es quien merece, más que el Ché, la condición de símbolo universal de lucha contra la injusticia. La internacional progresista ha fabricado en torno a la imagen del guerrillero un emblema de la revolución sangrienta, hija del odio. Monseñor Romero sólo usó la palabra. Con ella hizo más que cualquiera por cambiar el mundo.
También he de decir, además, que nada tengo en contra de que se beatifique a Juan Pablo II, otro luchador por la Paz. Pero entiendo que nadie se debería tomar a mal que antes se produjese la canonización de este hombre, que, además, fue mártir. Vale
Y parís, 3: Mona Lisa
Y acabo con este asunto de París, me guardo el resto. Decíamos que la Tercera Dama del Louvre es la Gioconda o Mona Lisa. No me gusta mucho. El Maestro Leonardo tenía una concepción vicaria de la pintura. O, mejor dicho, más vicaria que los demás. Todos querían decir algo con la pintura: inspirar devoción, halagar al señor retratado, conceder una realidad plástica a la idealidad, etc. Pero Leonardo los supera a todos. Se guarda aquello para lo que presta su pintura. Sus cuadros son enigmas; pero enigmas humanos, pensados por hombre; esto es, son jeroglíficos. En la galería que lleva al cuadro, situado en un extremo del amplio Louvre, se hallan, como aperitivo, los sanjuanes de Da Vinci. En todos ellos, el santo del desierto levanta misterioso y sarcástico un dedo, sonriendo al espectador, como diciendo:
-Aunque veas este dedo y esta mirada, con el entorno que ha pintado el Maestro para mí, no te vas a enterar de lo que aquí queremos decir.
O sea, el Maestro jugaba al escondite. Dicen los enterados de hoy en día que el Arte se ha ensimismado; esto es se ha hecho autónomo. No precisa referencias externas para justificarse. Otra cosa es meros apoyos visuales. O sea, que se puede ser a la vez ensimismado y figurativo; no sólo abstracto. Pero es que Leonardo escondía sus verdaderos referentes. Por eso es tan agradecido para los novelistas que buscan claves secretas y demás zarandajas con el fin de hacer best-sellers.
La Mona Lisa que yo vi tenía tonos verdes de fondo, tras los cristales de protección. Me pareció más pequeña que cuando la primera vez, y no me dijo nada su sonrisa para adentro, tan conocida. Me da igual el enigma que suponga, incluido el sin-enigma. Si hay enigma no hay arte, hay juegecito de adivinanza. El arte es para el sentimiento o para el cerebro, pero no para el ingenio, la intuición o el golpe de listeza sobrevenido por empatía ante el cuadro.
Por todo eso la Gioconda es un Signo; no un símbolo o una réplica, que decíamos de La Venus de Milo o de la Victoria de Samotracia. Es un signo cuyo significado no es que se nos escape, sino que se nos oculta, se nos esconde. Yo no voy a los museos a jugar que me digan:
-Caliente, caliente…
O, bien:
-Frío, frío…
Según me acerque o no a los arcanos designios de lo que ha querido decir el Maestro. La Gioconda tiene secreto, no misterio. El secreto es de humanos; el misterio es sagrado. No me interesa entrar en sociedades secretas que tienen claves trascendentes de no sé qué cosas. Para secretos, los míos. Los del Maestro Da Vinci, para él, y para todos los amantes de lo esotérico. Vale.
Más París: la Victoria de Samotracia
Decíamos de la Venus de Milo que era mujer, réplica verista de mujer. De las tres Damas del Louvre es la única mujer. Incluso se puede dar otra vuelta de tuerca a la identificación y analogar la logia en cuyo fondo se encuentra, con su techo en arco de medio punto, con el luengo conducto vaginal que acaba en su vientre. Espermatozoides son todos quienes hasta allí arriban, mirándola desde lejos, pues está en alto. Y, así, al contemplarla, ya a la distancia en que el ojo intima, sobreviene el acto fértil que gesta nuestro ingreso en la belleza.
La Victoria de Samotracia, en cambio, no es mujer. No tiene sexo, tiene género. Género femenino, pero no sexo femenino. Su mensaje es el mismo para hombre y para mujeres: es el mensaje de la gloria, de la victoria, del inicio del salto que supondrá el vuelo, dejando la Tierra. Es una metáfora de la apoteosis del vencedor. Es, por tanto, un símbolo. No una réplica de mujer bella. Luego, iremos a la Gioconda, y veremos que es un signo. En el símbolo, significado y significante, aun conformando maridaje arbitrario, poseen relación necesaria de vínculo. No arbitrariedad convencional.
Podemos suponer a la Victoria de Samotracia en la proa de una carroza que rodara por la Quinta Avenida, lleno su aire de confetti y sonando gran fanfarria americana de banda militar; carroza desde cuyo lugar de honor saludaría el mismísimo Julio César, recién vuelto de la Guerra de las Galias. El mármol de la Venus de Milo pretende aprehender la cálida belleza de la mujer habida en la mente del escultor. La piedra de la de Samotracia no sirve al cuerpo de ninguna mujer; sirve a la idea de la gloria, de la victoria y de las demás pasiones de la supremacía de unos hombres sobre otros.
Los ropajes no están para cubrir, acaso con pudor, las femeninas formas; están para ocultarlas, pues no convienen a la idea que se representa, los encantos de atracción. La función de las alas es doble. Por un lado, nos traen la noción de vuelo. En tierra se quedan los perdedores, quienes fueron derrotados. Al Cielo ascienden los hijos de la Victoria. Es una dicotomía evidente y universal. Pero también contribuyen a desleir la naturaleza femenina, a alejarla del sexo, dejándola tan sólo en el género. En la iconografía cristiana, las alas son de ángel, no de mujer, recordemos.
En el Louvre la Victoria de Samotracia se halla al final de una gradería ascendente, sumida en semitinieblas. Ella se encuentra arriba, e iluminada. Las alas parecen señalar, una a cada lado, las nuevas graderías, siempre hacia lo alto, en que se abre el espacio. De ambas partes recibe luz. Y, así, somos un poco esos vencidos, que, viniendo desde las tinieblas subterráneas, rendimos el tributo de nuestra admiración a quien ganó la batalla. No somos recibidos como amantes, caso de la Venus, sino como poseedores de la derrota. Ante la Samotracia vamos a rendirnos, ante la Venus vamos a admirar. Vale.
Más notas de París: la Venus de Milo
Les decía, hace algunas jornadas, que pasé la Semana Santa en París. El Louvre fue cita obligada, y, dentro de él, más obligado todavía, acudir a ver a las Tres Grandes Damas del Palacio: La Victoria de Samotracia, La Venus de Milo y la Mona Lisa o Gioconda. Luego hablaremos de alguna que otra presencia.
De dichas tres damas, sólo una es mujer: la Venus de Milo. En su vientre rotundo, amplio, ancho como el mar, según la encumbrada opinión de Rodin -nada menos-, está toda la feminidad posible. Es el vientre verdad de una mujer real; por eso es atractiva. Atrae su verdad de mujer desnuda. Luego, podemos ver esa esbozada línea de movimiento, no congelado, sino misteriosamente detenido y en movimiento a la vez, que, posee, creo, por el hecho de haber perdido los brazos. El verdadero movimiento es el del torso y los hombros, los brazos sólo son ejecutores. Es como si toda la corporeidad muscular desde el vientre hasta los omoplatos viniese a ser la ecuación matemática que da vida a la ascensión de los cohetes espaciales, siendo los brazos esos mismos cohetes espaciales. ¿Comprenden? Sucede que esa ratio mathematica que todos albergamos, más o menos despierta, en los recovecos neuronales reconoce las constantes y funciones de dicha ecuación, y hete aquí entonces que en dicho reconocimiento estribe, acaso, la sensación de belleza que apreciamos. Es decir, vale más la intención de movimiento demostrada en el delicado helicoide del tronco, que el posible desarrollo terminal del mismo en los brazos.
De hecho, sucede que ninguna versión de la Venus, con unos u otros brazos, satisface tanto como el ejemplar conocido de la diosa, nacida en Milo y naturalizada parisina. En la cultura española tenemos otro caso de obra de arte truncada, que debe su encanto a la mutilación: el Romance del Infante Arnaldos. Búsquenlo, y me dicen.
Por cierto, ese vientre rotundo que decíamos mal se compadece con la exigua prominencia de los pechos, que son los de una virgen; no obstante, esta falta a la regla de la naturalidad del vientre redunda en ese resultado de perfección global que caracteriza al conjunto.
Aprendí que esta Venus fue hecha en dos piezas, inferior y superior: la primera, descrita se halla más arriba; la segunda compuesta es por los paños que ocultan sus piernas, y que se muestran, también, en clave de espiral ascendente, contribuyendo así a esa especie de homenaje al movimiento que es la pieza al completo.
De su rostro podemos decir que responde a un cierto tipo de belleza clásica, en cierto modo tópico. Es inexpresivo, salvo que únicamente exprese su olimpismo; es decir, su pertenencia a un mundo donde los sentimiento de felicidad o infelicidad no tienen cabida. No ríe, ni sonríe; tampoco llora o gime, ni se lamenta. Su realidad se halla por encima de las pasiones y de las penalidades. No obstante, mira, con esos ojos sin pupila de diosa, que hasta nosotros han llegado como apropiados para las deidades clásicas, en una dirección levemente por debajo de la horizontal. Ello la humaniza; justo lo mismo que consigue el vientre. Vale.





