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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Espadañas y campaniles


Una espadaña es un lienzo de fachada, superior al resto, en el que unos huecos diseñados a propósito, albergan las campanas, siempre varias, con que el templo en cuestión llamaba o avisaba al pueblo de distintos mensajes y avisos. Las horas canónicas, los rebatos, las cruces de Mayo y Septiembre, los duelos, las glorias, etc, etc, etc.
Un campanil es otra cosa; es una pequeña torre acabada en cuádruple hueco en el que, si se podía, disponíanse las campanas, una por nota musical de grave a aguda. O bien las que la disponibilidad económica de la comunidad cristiana podía costearse.
En Murcia pueden ustedes ver una espadaña en el convento de las Agustinas, en la Plaza, precisamente llamada de Las Agustinas, frente al Museo de la Ciudad. Un campanil lo tienen bien cerca, en la Plaza de San Miguel. Es el que corresponde a la antigua Iglesia de San Esteban, hoy convertida en salón de actos del Palacio Regional, sede de la presidencia de la Comunidad Autónoma.
Y ahí quería yo llegar. En ese campanil conviven dos épocas de la comunicación: una campana, en el hueco sur, y una antena de televisión, especial para comunicaciones, en el hueco occidental. La campana lanzaba mensajes, la antena los recibe. La campana llegaba a algún centenar escaso de metros, el ámbito de la parroquia. La antena recibe señales electromagnéticas, que vienen desde el último repetidor o satélite, pero cuyo primer emisor se halla a centenares de kilómetros. Y allí conviven, pues, la Edad Media y el siglo XXI. Forman una curiosa pareja de hecho, antena y campana. Ondas acústicas y ondas electromagnéticas, en maridaje perfecto y complementario.
Seguramente que la campanita, pequeña y humilde, tiempo hace que no voltea; puede incluso que no tenga cuerda de la que tirar, y hoy su misión sea la figurar y dar ornato al campanil, vestirlo, quizá como sudario más que como traje o mono de faena. A su lado, la antena, de morfología absolutamente distinta, parrillas que salen al exterior como palmípedos tentáculos, prestos a atrapar las invisibles ondas de arcanas frecuencias que el oído humano no percibe, parece cómoda en ese nicho antiguo, ancestro suyo en el mundo de la comunicación.
Hoy, el campanil escucha, recepciona; no emite, no comunica nueva alguna a la población. Antaño, el envío era indefectiblemente religioso; hogaño, lo llegado es múltiple, civil, incluso laico y hasta pecaminoso. Desde la aldea hasta lo global, el campanil alberga ese secreto secular de la comunicación, que, si varia de formas, no cambió, por lo menos aquí, de ubículo receptor. Fue la campana lengua, y es la antena oreja. Es, pues, el campanil cuasi rostro al que le faltan los ojos y la nariz. Algún campanil famoso sí que tuvo mirada. Fue aquél de La Regenta, desde el que Don Fermín de Pas espiaba con su anteojo a la población de la heroica ciudad de Vetusta. Se me ocurre entonces que los campaniles o las espadañas vienen a ser como la faz de esa criatura de piedra o ladrillo que es el templo, surgida bien a la misma altura del cuerpo, las espadañas, bien luego de una alto cuello erguido, los campaniles. Vale.


 
Ocho dragones cupulares, ocho


Ocho dragones celestes, ocho, se han descubierto pintados alrededor del ojo de la cúpula de la Capilla de San Antonio en la Catedral de Murcia, partiendo del mismo centro, en los gajos limitados por las nervaduras. Habían sido colocados en aquel amén de siglo, cuando alboreaba el último medio milenio, cuando América y cuando La Celestina y cuando la Imprenta. También cuando la Gramática de Nebrija, la mayor herejía de todas, pues daba crédito a la lengua franca del vulgo. Eran como una despedida del Gótico, como un vade retro Modernidad, pintado en la feroz pose de los endriagos. Vade retro Herejía, vade retro Clasicismo, vade retro tiempo nuevo del Heliocentrismo galileico… Luego, dicen expertos, en el XVIII taparon con argamasa de ilustración, seguramente tardía y vergonzante, a los fieros guardianes celestes.
La Cúpula, toda cúpula, señala un agujero blanco para entrar al Cielo; un Cielo que se sostiene por el secreto de la misma cúpula, que, dicen, concediera el demonio a los constructores de Catedrales, luego del Románico, junto con la nueva soberbia de querer hacer templos que igualaran al mismo Cielo, nuevas Torres de Babel, gérmenes de altivez que con la misma divinidad querían compararse. Por aquel Agujero Blanco podían las buenas plegarias llegar al mismo corazón de la Virgen, Gran Intermediaria, y lograr sus píos propósitos. Mas, para poder escapar por aquel Sacro Punto, umbilical Cordón entre Cielo y Tierra, hacía falta atravesar la selva de los ocho dragones. Subiera la plegaria por la nervadura que subiera, allí había un Dragón Custodio. Uno por cada uno de los pecados capitales: la avaricia, la soberbia, la gula, la lujuria, la pereza, la envidia, y la ira. Y un octavo Dragón que no obedecía sino a la Gracia de Dios, por cuya pechina se elevaban las preces de los simples de alma y limpios de corazón, que hallaban gracia a los ojos del Altísimo. Mas, ay, cómo saber cuál Dragón era, cúya era la nervadura de la Gracia, el acceso al perdón y a la clemencia. Siete Dragones, siete, hacían justicia, y ningún pecador pasaba entre ellos. Pero en un octavo, habitaba la misericordia, para los arrepentidos y penitenciados.
Las ocho nervaduras creaban círculo, que no es sino trasunto del Cielo, de las siete esferas celestes, broncíneos diámetros de las esferas armilares. Siete esferas, y la octava que no es sino el Punto Alfa, o Aleph Universal, donde mora el Absoluto. En aquella Cúpula catedralicia escapaba el mundo material de los siete días del Génesis al trasmundo increado y etéreo, anterior a la transgresión de Luzbel. Durante un cuarto de milenio, el último transcurrido, descreídas gentes lo ocultaron a los fieles, más obedientes al método y a la luz de la razón, que a la llama de amor viva que mora en los rincones oscuros de la sangre, presta a la penitencia y al arrepentimiento. Ahora vuelven los dragones a su tarea de célicos aduaneros. Las cosas ocurren, y creen los humanos que son por azar, nombre de la nueva deidad baálica de los impacientes que desatienden su deber de esperanza. Anuncian nuevos tiempos viejos estos dragones, rescatados energúmenos del curvado techo de la Cúpula de la Capilla de San Antonio. Estemos preparados, que siempre es buena conseja, ¿no? Vale.

 
Memoria de San Beda, el Venerable

Cuando ya España, Spania que decían o escribían visigodos, estaba dominada por el Islam, merced a la traición de los hijos de Witiza, de cuyos arteros designios fuera brazo ejecutor el Conde Don Julián de Ceuta, hacia el 735 de nuestra era, moría en la Inglaterra del Norte, en Northumbria, antes de ingresar en las montañas escocesas, el Venerable Monje Beda. Lo hizo un día de estos últimos de Mayo, cuando ya el calor impera y es el frío casi un olvido. Notable escritor, intérprete de las Sagradas Escrituras, poeta e historiador, Beda, según nos cuenta él mismo no salíó jamás de aquella su tierra anglosajona y cristiana.
"Nací –nos dejó escrito- en el territorio del monasterio ya mencionado, y a la edad de siete años fui dado, por el interés de mis familiares, al reverendísimo abad benedictino Biscop, y después a Ceolfrid, para recibir educación. Desde entonces he permanecido toda mi vida en dicho monasterio, dedicando todas mis penas al estudio de las Escrituras, a observar la disciplina monástica y a cantar diariamente en la iglesia, siendo siempre mi deleite el aprender, enseñar o escribir".
Sí salió en cambio su espíritu, que fue libre como el viento mismo que va de acá para allá, visitándolo todo; su espíritu, que en el carro mágico de la lectura, conoció todos los mundos accesibles para su conocimiento, escritos en la lengua franca del tiempo: el latín bajomedieval, al que su prosa dignificó más que nadie.
Canten otros las glorias de sus escritos, que fueron muchas y meritorias como ellas solas, quede para mí el privilegio de contar dos leyendas de milagros que en su persona ocurrieron, y que me place versionar. Vaya la primera:
Habiendo salido Beda con un compañero de monasterio a predicar la Palabra a las gentes, y siendo así que se hallaba ya ciego, debido tanto a la edad como a la enfermedad que lo habría de llevar a la tumba, detúvose el lazarillo, cansado, en un recodo del camino, en el que unas rocas, desperdigadas por la ladera del monte, daban fácil asiento al fatigado. Quiso el demonio tentar al joven monje acompañante, y tomando su lengua le hizo decir:
-Podéis empezar a predicar, Padre… está el lugar lleno de gentes que os escucharán.
Hízolo así, como se le indicaba, el anciano, y al acabar pronunció el ritual: "Por todos los siglos de los siglos…". Y entonces todas las piedras respondieron:
-Amén.
El segundo milagro acaeció después de su muerte. El fraile encargado de redactar su epitafio había compuesto tan sólo un fragmento, y, encontrándose cansado, se fue a dormir. El fragmento tenía un hueco laudatorio, que el amanuense no acertaba a descubrir. Lo escrito decía: Hac sunt in fossa Bedae … ossa (Yacen aquí los resto de… Beda). A la mañana siguiente, y con la caligrafía que sólo un Ángel podría conseguir, el hueco en el pergamino apareció rellenado con la palabra Venerabilis. O sea, Venerable, digno de veneración, de respeto sumo. Tal es el origen del apelativo que ya desde entonces acompañó a su nombre. Vale.

 
Jacarandas taladas


En mi ciudad, en el espacio público y peatonal, que no sé si llamar Parque o Jardín, que hay aledaño al Ayuntamiento, y que se llama Glorieta de España, se alzaban, hasta hace bien poco, unas hermosas jacarandas, altas como torres de castillo airoso, que, llegado este mes de Mayo, dejaban caer, en helicoidal y verticalísimo vuelo, las moradas campánulas múltiples de sus eflorescencias. Las cuales, llegadas al suelo, componían una aterciopelada alfombra de diminutos calicillos, que, al ser pisados, liberaban un sutil aroma, feliz contrapunto del calor pre-estival de la temporada.
Ya no están.
Dicen las malas lenguas que, habiendo sido repintada la Casa Consistorial, con un almagre furioso, enmarcado por las cintas pajizas de las separaciones de cuerpos arquitéctónicos del edificio, alguien, con poder para decidirlo, sentenció a las jacarandas a muerte, por causa de impedir la perspectiva del recién pintado Consistorio. Tribute con su muerte lo natural, las jacarandas, a lo artificial, la obra del Ayuntamiento, dicen que dijo... Pero, ¿quién sabe la verdad? El caso es que ahora se aprecia muy bien la mediocre arquitectura de la institución municipal, y las jacarandas no están.
En fin, algún día hablaremos de los árboles ajusticiados por el hacha municipal, en esta mi ciudad barroca y mediterránea, que no son pocos. Entre tanto, les transcribo lo que me inspiró un día la flor de la jacaranda, en verso, por si les sirve para amar más a estos singulares árboles que celebran el Mayo, regalándonos el vuelo de su flor y la alfombra de honor de sus pétalos:
Lágrimas violeta de la jacaranda, / que por el suelo yacéis derramadas; / alfombra de mayo, espumas lloradas. / Decidme de quién estáis enamoradas / que no os atiende, que no os llama. / Hermosas crecéis en lo alto y no hay galán / que amor os traiga. // Y año tras año, primavera tras primavera, / caéis de las altas ramas, / púberes vírgenes suicidas / que buscáis morir, / hermosas e intocadas, / antes de convertiros / en añosas dueñas de tez ajada. // Lágrimas violeta de la jacaranda, / eterno llorar de cuaresma pálida, / decidme de quién / estáis enamoradas, / que no os atiende, / que no os llama, / y os deja morir / así, por los suelos, / entre olores que son esencia pura / de vuestras lágrimas.
Leo que las jacarandas son brasileñas de oriundez, y, por tanto, portuguesas antes que españolas. Quizá por eso, me salió, por ventura, la letra de un fado. Qué bien, es perfecto. Hay un amor llorado en las débiles cuaresmas de la jacaranda. Un amor escrito en su genoma y habido en algún momento de la cruel selección de las especies. Tienen los árboles su vida secreta, sin duda. La de las jacarandas no puede ser sino la de un amor traicionado por el olvido, como el de Doña Rosita de Lorca. Acaso sea el viento, cuando, luego en verano, mueva las ya melenadas frondas, quien sepa traducir la rima de sus penas. A su sombra me pondré a escuchar por si entiendo algo. Prometo contárselo, Vale.

 
Historia del Arte


No lo toquéis más, que así es la rosa. Dicen que decía el poeta respecto del poema. Pues lo mismo pasa con el título de esta prosa. Ni salvad la Historia del Arte, ni La Historia del Arte no se toca, etc. No lo toquéis más, que así es mi título. La Historia del Arte es lo que da fundamento a la persona humana, y su estudio debería estar de fijo en los estudios comunes de Bachillerato, para ser estudiada por todas las personas de cultura media-baja. Pero, en la realidad, sucede todo lo contrario. Puesta como optativa en el último curso de Bachillerato, nadie la coge. Es difícil, dicen. Lo difícil, ha decretado la Psicopedagogía evolutiva, dueña de la Educación en este país, o este residuo de país, ha decretado, decía, que lo difícil es clasista, y hay que eliminarlo. Todo lo que cueste esfuerzo para ser aprendido hay que eliminarlo, pues sólo opera separación entre el alumnado. Naturalmente, así las cosas, lo que más une e iguala es la ignorancia. Fidias, Da Vinci, Goya, Le Corbussier o Chillida son engorros para el igualitarismo al que aspiran estos psicopedagogos triunfantes. Hay que quitar la Historia del Arte.
Cuando tengan más poder, que todo se andará, ya irán a eliminar el Arte mismo, tan segregador él de por sí. Minar las Pirámides, derribar el Golden Gate, cementar las fachadas de las Catedrales y penalizar la entrada a los Museos. Muerto el perro se acabó la rabia. Ya verán como llegan a eso, ya verán.
El pretexto es la unificación universitaria en Europa, que es algo a lo que nadie puede oponerse salvo ser reo de caer en la políticamente incorrecto. ¿Por qué hay que unificar? ¿No estamos quedando que la variedad, la pluralidad y todo el resto de sinónimos es lo más valorado últimamente? En todo caso, hay que unificar lo que se pueda unificar, y no todo por sistema. Europa no es una nación ni un Estado, es una Asociación de Estados, que no tiene por qué tener al centralismo bonapartista como modelo. Que los contenidos de Historia del Arte pasasen a ser subcontenidos de otra carrera de espectro más amplio sería un retroceso, y una reducción del saber. Pero esto lo saben bien esos agentes del colectivismo igualitario submarinizados en los despachos de la burocracia europeísta. Quieren retroceso, reducción y su consecuencia natural: la ignorancia de las propias raíces, para poder imponer en las futuras mente blancas de los que sólo estudiaron la nada gelatinosa de las cosas en general, sus modelos de Papá-Estado, donde no cabe la individualidad.
Cuando la sociedad está pidiendo a gritos cultura y cultura, hasta el punto de que hoy en día en Turismo Cultural está siendo un pilar de las alternativas al Turismo de Sol y Playa, van estos burócratas de la psicopedagogía evolutiva y aconsejan eliminar los estudios específicos de la materia. Desde luego, podrán argüir razones de esa disciplina a la que sirven; no quiero llamarla ciencia; pero no desde la realidad social, que hace clamor de la necesidad de personas que sepan de Arte con fundamento, Ellos, la Psicopedagogía evolutiva, sí que deberían desparecer. Vale.
 
Zuloaga


Voy a ver el otro día la exposición de Zuloaga, en Cajamurcia, y me reencuentro con la pintura que no juega a ser genial, con la pintura que hace del mérito un valor, y de la investigación de la realidad, una forma de existencia. Entre el levantino Sorolla y el muy castellano Solana, Zuloaga se enmarca en una suerte de tierra de en medio muy veraz y de alcance. No tiene ni la adoración a la luz del valenciano, ni los tenebrismos del cántabro. Son tres maneras de entender los inicios del XX, ya lejanos los amenes del XIX. Sorolla se entiende con los últimos modernistas, mas no con el degollador de tales últimos modernistas: Juan Ramón Jiménez, que a partir de 1916, desidealiza su estro poético, haciéndolo empírico y voluntarista. Juan Ramón aleja el bonitismo de las musas decadentes y crespusculares, y le da una oportunidad al propio ego expresivo. Sorolla, no. Exprime las lecciones de la vibración lumínica del Impresionismo, y aún hoy deslumbra con su maestría que hace competencia al mismo sol. Juan Ramón, Solana y Zuloaga ya sabían que el pasmo verdadero no ha de venir por el preciosismo perfeccionista, sino por una hondura que no tiene receta, y que las más de las veces se escapa. A Sorolla no se le diluía ninguna última ratio de las por él buscadas. Por eso, su pintura está pasada, como el tiempo de las certezas.
Zuloaga, fuera siempre del preciosismo sorollesco, no se decide a dar el paso de ruptura hacia la modernidad, dejando libre a su pincel. Es un realista que, en tanto que vislumbra la modernidad, da paso al psicologismo de retrato. Ahí está Valle Inclán, con ese medio frente que no ocupa más que si fuese un perfil. Y esa familia del pintor, en donde no puede dejar de hacer competencia, aunque sea testimonialmente, a la fotografía. Las castellanías segovianas de Zuloaga son más reales que las negras pinceladas, más espirituales que materiales, de Solana. El cántabro pinta con el cerebro, el vasco deja al alimón a su cerebro y a sus ojos el manejo del pincel.
Hay un bodegón, constituido por ocho manzanas, sobre fondo informe en la exposición. Están alineadas, en una fila absolutamente espontánea, como en un ejercicio admirable de sapiencia zen. En la piel de las manzanas se ven las pinceladas, sin disimular. Y poseen, sin embargo, la textura de manzanas. Ahí está la modernidad de Zuloaga. La pintura, su cocina, sabe asomar junto a la realidad aparente del objeto referido.
Vi la exposición con mi amigo, el Profesor Santiago Arellano, un navarro que venía a hablar sobre el Quijote a los profesores de Lengua de la Región. Por la noche, y luego de haber triunfado ante casi cien docentes con su idea sobre el Quijote, me llamó, y me dijo:
-Santiago, comunica a los profesores que me han escuchado, que bajen a ver la exposición de Zuloaga. Que vean el bodegón de las manzanas. Cuando entiendan el mensaje de sencillez y realidad de esas pomas, habrán adquirido la sabiduría necesaria para entender el Quijote.
A mí me pareció que el mensaje debería extenderse a más gente, y por eso lo traigo aquí. Vale.
 
Lloran las moreras


Es Primavera mediada, y lloran las moreras de mi ciudad, ya rendidas al calor y a la condena canicular que no cesará hasta los amenes de Octubre. Es Primavera mediada y es el tiempo de las moradas flores de la jacarandá y de la caída de las bayas de las moreras, que, dispersas por el suelo, alrededor de los alcorques, pisadas son por los viandantes que pasan. Es como si las dulces y carnosas moras no fueran sino frutales lágrimas que caen por no sé qué pena oculta que tienen las moreras. Y son moradas, como el color del luto divino, católicamente sentido; de ahí su nombre.
Ya no veo moras en los mercados populares, a tanto el kilo. La pequeña y jugosa baya ha sido desterrada del paladar de los consumidores. Antes, cuando no eran sino compradores, bien que gustaban de ellas. Su cuerpo de tamaño uva, pero más abollonado y menos protegido por piel alguna, prometía sabor directamente al paladar. Hoy, tan sólo unas cuantas de ellas sirven para destilar un mosto de suave dulzor y delicada coloración que garantiza el buen saber de quien lo solicita.
Pero tal final para dichas bayas no es sino residual, como dicho queda. La mayoría acaban como éstas que ahora gloso, por el suelo, pisadas acaso por quien nunca las probó. Y veo las verdes frondas; breves como corresponde a la tala brutal que recibieran en pleno Otoño, como preparación para esperar la lluvia sátira que hace a sus troncos posar desnudos, lúbricamente, con una suavidad de lascivo torneado, que ya cantamos en su tiempo, cuando mediaba el Otoño, que no la Primavera.
Son lágrimas negras, como el lamento de Bebe y Cigala, derramadas y estalladas por las aceras de mi ciudad, secas ya cuando se las percibe desde la altura de nuestros ojos, a la sombra de sus grandes hojas. Hay quien las considera suciedad, y se avergüenza en secreto de ellas. Yo no. Yo las siento expresión personal de esa pena que tiene la morera como destino de árbol al que le fue negada la gracia del naranjo cargado de hesperidios o la belleza del almendro florecido, la alegría del cerezo en flor… La morera se retuerce en el placer de la lluvia autumnal, mostrando sus ramas y tronco deslizantes como la piel de una musa de eterna juventud, pero ahora en el preámbulo estival, llora lágrimas de penitencia, que buscan en el corto suicidio de su caída, la redención de algún pecado escrito en su genoma, para el que no hay bautizo salvador.
Ay, si la morera pudiese hablar. Es un árbol que sabe de arrepentimientos y de renuncias. Da, o daba, alimento al milagroso gusano de la seda, que fabrica la más hermosa fibra textil del mundo, concediendo esa gracia dorada que él no tiene. Quizá, por tener ese principio inmediato del oro, mas únicamente para que otro destile tal milagro, y no poder ella misma granar sus bayas con semejante belleza, sea por lo que ha de conformarse con ese color apenado, cuyas entrañas vemos pisadas, estalladas en informe perfil, en las aceras, por fuera de los alcorques.
Ay de las moreras, ay. Vale.


 
Un caso aislado de sexismo étnico


Dos magrebíes andan por una calle del Sur de España. Son inmigrantes sin trabajo. Van, o vienen, del INEM hacia ninguna parte. Tienen recién sacado el permiso de trabajo y residencia en el país. Han abandonado el campo, donde cosechaban hortalizas como ilegales. Piensan que en la ciudad tendrán mejore oportunidades laborales. Viven con otros diez en un piso realquilado cerca de la Estación de Autobuses de la urbe. Caminan por la acera. Es una acera estrecha, del barrio viejo; por ella sólo caben dos personas juntas. De pronto, en el horizonte visual de ambos aparece una mujer, vecina del barrio de toda la vida. No es ni vieja, ni joven. Lleva un bolso colgado de un brazo. Camina con las manos cogidas por delante. Va pensando en sus cosas. Los dos parados ni aceleran, ni aminoran el paso. La mujer tampoco. Ninguno de los tres va pensando, conscientemente, en cómo se van a cruzar, cómo van a repartirse la acera.
Ante el asombro de los dos magrebíes, la mujer española sigue caminando hacia ellos, más allá de lo que una mujer marroquí o argelina hubiera hecho, antes de apartarse, respetando su preeminencia de varón. Se miran entre sí, y vuelven a mirar a la mujer, ajena a tal costumbre, sin sensación de culpa, de los africanos. En ese momento, la mujer se da cuenta de que tiene el paso cerrado, y trata de pasar de perfil junto a la pared. La maniobra altera el orgullo de la pareja. Hay que bajar de la acera a la mujer, sea española, cristiana, musulmana o sueca. La acera es de los varones. Consecuentemente con ello, el que marcha por el interior cierra el paso ostensiblemente, pegándose a la pared. En eso, la mujer levanta la vista, y percibe el ceño fruncido en gesto de enfado de los magrebíes. Azorada, deriva hacia la calzada, dejando la acera.
Todo se ha resuelto sin dejar de andar. La mujer aligera el paso, pero no puede evitar que el pie del otro, el va por el borde de la acera, choque, sin violencia, pero con decisión, con el tobillo de la española. Conseguida la expulsión de la acera, se miran levemente ambos varones, y sonríen apenas un instante, olvidando a continuación el asunto.
Yo, que he contemplado todo el proceso desde la otra acera, cruzo y me dirijo a ellos lo más calmado que puedo. Les recrimino, acompañándome de gestos. Se miran, ponen cara de entender nada, y, dando por terminado el encuentro, prosiguen su andadura, dejándome a un lado. Apenas nos hemos separado, cuando uno de ellos, se vuelve, y me grita:
-¡Racista!
Quiero pensar que no representan a la mayoría de los inmigrantes magrebíes, y que la gran parte de ellos, ya ha asimilado que ésas no son formas para andar por las calles de Europa, que algún tiempo más, y no le darán importancia a sucesos como el descrito. Quiero pensar, y pienso, que hay que tener paciencia, sí. Muchos españoles de la Emigración a Alemania, orinaban por las calles teutonas, según hacían en España (yo lo vi), antes de adoptar costumbres más civilizadas. Ojalá que tal paciencia dé algún día sus frutos. Vale.




 
Identidades preislámicas


El barco fenicio de Mazarrón, la Dama de Cehegín, el Plomo del Cigarralejo, el Teatro Romano de Cartagena, las Epigrafías virgilianas de Fortuna, las ruinas de Ello, el Martiryum de La Alberca, la Basílica de Algezares, la mano de Sabacios, el guerrero ibérico de Archena, las pinturas de Montearabí, la Cruz Monogramática de Cehegín, la familia de Severiano (los cuatro santos cartageneros), las juderías de Lorca, Las piedras romanas de la Contraparada, Teodomiro de Orihuela, y otras muchas más que ignoro en detalle, mas no en sentido profundo, como pueden serlo las numerosísimas toponimias, no sólo preislámicas sino incluso prerromanas, diseminadas por toda la Región son ya lo suficientemente sólidas y numerosas como para que dejemos de pensar en un pasado exclusivamente ocupado, en cuanto al carácter de fundación del tiempo histórico en la Región, por lo musulmán.
Antes del 713, fecha en que Teodomiro de Orihuela pactase con Abdelaziz, el hijo de Muza, esta tierra tenía ya propietario asentado y enraizado. Los árabes, y quienes con ellos vinieron, sirios, egipcios, bereberes y eslavos, no comenzaron nada que no estuviese hecho. La semilla doble de Roma: espiritual y material (Cristianismo y laboreo agrícola), ya estaba echada. Mérito suyo el regarla y abonarla. Menos mérito, por lo que de beneficio propio tiene, el cosecharla.
La Región debe hacer un esfuerzo pedagógico por asumir esta herencia cultural, y ponerla en parangón con la islámica. No se trata de desnudar a un santo para vestir a otro, sino de aupar a un nuevo santo, hasta ahora desnudo, al altar de nuestra veneración identitaria. En 1613 salían los últimos moriscos, tan españoles como murcianos, del Valle de Ricote. Ríos de tinta se han escrito sobre la ignominia, sin ponerse a pensar en la alternativa, habida cuenta de la mentalidad del tiempo, de los gobernantes del momento. Muchos conocen tal hecho, acaecido en la citada fecha. Pero pocos conocen cómo en 1080, o un poco antes, los últimos mozárabes murcianos, descendientes de los que poblaban el territorio cuando el Pacto de Todmir y Abdelaziz, tuvieron que salir con la tropa que Alfonso VI había mandado para permitir evacuar Aledo, ante el acoso de toda –toda- la fuerza militar musulmana de Al-Andalus y Marruecos. Mal en un caso, y mal en el otro, pero que nadie se atribuya en exclusiva el papel de víctima de la Historia, porque son muchas las páginas escritas; aunque muchas menos las difundidas por una cultura autovergonzante, que encuentra cierto placer masoquista en asumir culpas históricas, que no son patrimonio exclusivo de nadie. De nadie.
Insisto: urge que nuestros profesores de humanidades en los centros escolares de todos los niveles, traten el significado de los símbolos emblemáticos que arriba enumero, y de otros, y restituyan la memoria histórica. Hay que destruir la máxima "Ante Islam, Tenebras". Hay mucha historia, mucho arte y mucha vida anterior al Islam en la Región. Invito a los amantes de la verdad a descubrirla y a propagarla. Vale.
 
El nuevo escudo de Lorca

En Lorca, como en todas partes, tienen un escudo nobiliario. En él se ve una torre, se supone que de su castillo. Hay otros elementos más, pero les hago favor de la omisión, en aras de su atención a lo que sigue. El Castillo de Lorca define por antonomasia a la población, es, digamos, emblemático del lugar. El lorquino, también la lorquina, mira para arriba, y ve la línea del castillo, su Castillo. Más largo que ninguno, y con dos torres que tienen nombre. Ahí es nada: la Torre del Espolón y la Torre Alfonsina. Si no ha ido todavía a ver Lorca, Taller del Tiempo, muy mal. Ya me dirá cuando se decida.
Bien, pues sucede que esta línea del cielo que alimentaba el imaginario identitario del lorquino de pro, está sufriendo un ferocísimo ataque iconoclasta, disfrazado de progreso. Compitiendo con las dos torres y la alongada muralla, va a aparecer, o ha aparecido ya, la mole moderna y pinturera de un Parador de Turismo. Muchos lorquinos no están conformes, y uno de ello, mi amigo Manolo, me informa del desaguisado, a lo peor, ya irreversible.
Agarro Internet, y veo en foto la maqueta del Parador. En adelante, Lorca no será ciudad con Castillo, sino ciudad con Parador. Como Isaac, Lorca, equivocadamente representada para esto por los elegidos democráticamente, ha vendido por el plato de lentejas de unos cuantos puestos de trabajo fijos, y poco más, su seña de identidad más preciada y común a todos los lorquinos y lorquinas: la Línea del Cielo, de su cielo. Es como si a la Cibeles de Madrid, por unos cuantos euros, o millones de euros, le pusieran, para siempre, un casco de piloto de Fórmula 1, para promocionar dicho deporte. ¿Accedería algún madrileño? ¿Alguna madrileña? El símil es exacto. Servidor de ustedes que no tiene de lorquino más de lo que sus amigos Pedro y Manolo le quieran prestar, también va a sentir que le han birlado algo, cuando, de camino para Andalucía, mire hacia el Castillo, y en lugar de ver la Historia, hermosa, fecunda y noble, que antes veía, vea un reclamo de comfort modernoso y tilburí. No sé qué significa la palabra tilburí, pero expresa de manera absoluta lo que quiero decir.
Y eso que no he entrado en los hallazgos, estrictamente secretos, de arqueología que se han descubierto en lo que habrían de ser los cimientos del Parador. Dicen que una Sinagoga, y nada menos que del siglo XV, y un palacio nazarí. De ser así, serían muy importantes, dado que a la judería lorquina poco tiempo le quedó para usar la Sinagoga, y los nazaríes, poco tiempo anduvieron por Lorca, luego de la caída del régimen hudita. Son dos joyas arqueológicas, respecto de las cuales, sólo hay promesa de respetar dentro de las instalaciones del Parador. Muchas gracias. Pero, de verlas y estudiarlas los expertos oficiales e independientes, nada de nada.
Yo voto porque se traslade el Parador, y que si se queda dentro del recinto del castillo, que no se vea desde el valle. Claro que entonces, no les conviene a ellos. Pues que no les convenga, y punto.
Ah, sí lo del nuevo Escudo de Lorca. Pues ocurre que, claro, ahora que el Parador ha sustituido al Castillo, ¿no habría que eliminar éste en el escudo y poner en su lugar una réplica del Parador, todo modernoso y tilburí ya digo, con su cartelito del logotipo de la marca? Yo creo que sí. Los escudos deben llevar la seña de identidad más evidente, ¿no? Pues eso. Vale.

 
El palacete de la Seda

Pocos deben ser, si es que aún queda alguno, los murcianos que no conocen, ni siquiera de oídas, qué cosa sea el Palacete de la Seda. Sin lugar a dudas es uno de los máximos orgullos de la hostelería regional. Allá, en el camino que lleva desde Murcia a la raya con Alicante, en medio de la huertana llanura, en la Pedanía de Santa Cruz, se alza este emblemático caserón noble, en una de tantas encrucijadas de la Vega. Una Vega que va dejando atrás su sobrenombre de Media, para tomar el de Baja.
En varias ocasiones he tenido el honor de sentirme huésped de tan acogedor y elegante enclave. La última, el pasado sábado con motivo de la boda de la hija mayor de un mi amigo, con quien comparto tanto amor a las Letras y a la Cultura. La penúltima, fue más acto cultural que gastronómico, sin que éste desmereciera en nada del primero: la presentación de una imagen de Santa Teresa de la escuela de Salzillo, restaurada con primor y con rigor. Tiempo tuve, ya digo que el pasado sábado, de extasiarme, en la visita guiada, dirigida por el feliz dueño del lugar, con las cerradas volutas doradas del delicado borceguí de la santa, asomando entre los barrocos pliegues de la túnica…
Y sucede que, desde hacía meses, tenía yo abierta la composición de un soneto, que si bien no iniciada su escritura con la inspiración y el arrebato, sí desde luego lo estaba con toda la dedicación y el oficio de que soy dueño. Soneto que había decidido, asimismo, dedicar a expandir la mayor honra de esta institución que aúna hostelería, Arte y acogimiento impar. Loor a Francisco Fuentes, a quien creo su hacedor.
Sucede, digo, que esta última estancia entre sus nobles muros, tan repletos de arte y nobleza me hizo acelerar su terminación. Hélo aquí:
"Llamadlo Palacete de la Seda / y pensad un caserón barroco / en medio de la Huerta, con un poco / de aquella dignidad que ya no queda / de clara construcción que nunca enreda // los estilos, como palacio loco. / Pensad cómo de noche alumbra un foco. / O, cuándo el extraviado halla vereda. /// Veréislo entonces, en la Vega alzado, / ladrillo humilde en entraña noble // del gran pacto inmortal que allí han sellado // con una alianza felizmente doble / la hostelería del mejor cuidado / y el Arte, ambos cual único mandoble // con espada certera, /por la muy justa causa asestado, / del más sereno goce imaginado. ".
Al final, salió con estrambote, como el mejor poeta que había en Cervantes quiso hacer aquel inolvidable soneto al Túmulo de Felipe II en Sevilla. El Palacete, leo en la prosa memorialista de la invitación, fue Estación Sericícola en el XVII, casi a punto de concluir la Casa de Austria su monarquía en España. Siempre, tuvo, pues, en sus entrañas, belleza: la natural que laboraban a la par los huertanos y la blanca mariposa, y la creada por la mano y el talento del ser humano, artistas y empresario aunados, como creo haber dejado escrito en los endecasílabos de arriba. Vale.