El Señor Santiago, al paro
Con el avance de Taifaña, este santo de caballo blanco y espada en ristre, matamoros y peregrino andariego, se va a ir al paro. Las mesnadas laicas lo persiguen y acorralan. Lo retiran de las capillas compostelanas y convierten en laborable su fiesta. Mismamente aquí, en la diócesis que dicen fue primera suya de España. Taifaña no cree en Santiago. En Galicia, quién lo dijera, se baten en retirada sus huestes electorales, ante el guerrillero Quintana o Kintana, o Kjnthana acaso, que vuelve a las meigas rurales y aldeanas como emblema de aquel cuadrado noroeste de Expaña, estado intermedio entre España y Taifaña.
No habiendo patria que patronar para qué tener patrón, santo o no. Su maestro Jesús lo llamó Hijo del Trueno, y parece que a ese rayo que enarbolaba en su brazo, como un Júpiter cristianizado, se le han fundido los plomos, y ya no tiene luz de fuego con la que defender aquel ‘¡Cierra España!’, que significaba cerrar las filas de los atacantes cristianos, para no dar resquicio alguno al sarraceno enemigo por el que atravesarlas. Es el verdadero fin de la Reconquista, la involución del expansionisno hispano, que ahora se hace involucionismo desintegrador. Es la Historia, con su ‘corso e ricorso, que ahora cumple ricorso, acabado el último eco de la postrera o. Estamos en la fonética vibración múltiple y rompedora del ricorso. También se acaba el grito de Pelayo en Covadonga, arrastrado hasta la revancha del 11M con sus mochilas miramamolinas/benimerines/almohades/almorávides y otras morerías al uso.
A España la reunieron las dinastías, con sus matrimonios endogámicos, que acabaron en el lamentable Carlos II, el Inerectado. Ah, qué otra cosa hubiera sido con los matrimonios homosexuales, si hubieran existido en el tiempo. Cuánta unión y desunión se vino abajo por no haber princesa disponible para el casorio real. Con un matrimonio homo entre príncipe y príncipe, adoptando luego al hijo del Valido; o mejor, al hijo de un rey tercero enemigo, todo hubiera sido más fácil. Pero no.
En fin, que Santiago Matamoros cumple ciclo. Taifaña no lo necesita, y lo despide como Carlos V despidió al anciano Cisneros, sin decirle adiós ni siquiera. ¿Para qué? Las masas fáciles de voto, licenciadas en la Universidad de Crónicas Marcianas y en los Másters de Aquí no Hay Quién Viva y de los programas basura van decidiendo, no sé si poco a poco, pero sí irreversiblemente, que aquí hay varias naciones. Que la Historia no es quién para decidir qué territorio es nación o no lo es, como hasta ahora. Que esa decisión corresponde a una minoría de profesionales del rencor histórico, obligadamente seguidos por la masa antedicha. Y no hay más que hablar. Así que, Señor Santiago, retírese a sus Cielos, y abandone esa poltrona, que hay muchos militantes, simpatizantes y colaboradores a los que colocar. Vale.
Los islamistas quieren matar el tiempo
No es su enemigo, el de los integristas islámicos, ese mar de injusticia que algunos, llevados de su propio, y autoignorado, integrismo ideológico, pregonan. No. No es tampoco la venganza del colonialismo pasado. No. No es, ni siquiera, el odio religioso. Por supuesto que para estos imanes y acólitos del terrorismo suicida puede que sea así, y crean ellos mismos que nos asesinan porque practicamos una religión falsa. Pero no es por eso. Matan y aterrorizan porque no aceptan que el mundo siguiera, y el tiempo continuara cambiando las cosas, luego de su tiempo fundacional, el del Profeta. Por eso visten y se comportan como cuando entonces. Por eso creen que sus mujeres poco más que el propio ganado son; al igual que en las jaimas de los beduinos de Arabia, donde nació el Islam.
Son violentos porque no admiten la evolución en sí mismos, y les encorajina que sí cunda en los demás. La vocación de exclusividad que emana del Corán es superior a la de toda otra manifestación de fe, ideológica o religiosa, conocida. No es la libertad de la mujer en Occidente, que ya les molesta, ya. No. No es la idolatría que achacan a los cristianos, así como su politeísmo; torpe manera de entender el trasmundo cristiano. No. No es el progreso en forma de avance tecnológico y social, que también les fastidia. No. Para el Islam los derechos humanos son antítesis de la Sumisión que le da nombre y naturaleza propia. La Umma lo es todo para ellos, la unión de los fieles, de los creyentes, en un solo cuerpo.
Atacan y tratan de acabar con lo que no entienden ni aceptan: el paso del tiempo que cambia las costumbres y las gentes. El turismo, el cosmopolitismo, la liberación femenina, todo lo labrado por Occidente, que no son otras cosas que el resultado de aceptar el paso del tiempo como brindis a la evolución, postura copernicanamente contraria a la suya, les causa dolor metafísico. Así le sucedió al Califa que incendió la Biblioteca de Alejandría: ¿Qué añaden estos libros y pergaminos al Corán? Dicen que preguntó. La respuesta ortodoxa era clara y evidente: Nada. Pues, entonces, sólo pueden restar sabiduría a lo dicho por el Corán: quemémoslos. Fue la misma causa que sentenció a las Torres Gemelas. No debe haber nada que pueda hacer sombra a la luz que emana del Corán. Por eso dinamitaron a los Budas de Badmiyán, en suelo afgano.
El Islam llegó para detener las mutaciones ligadas al tiempo que pasa. Occidente, basado en otras concepciones bien distintas, judías, clásicas y cristianas, inauguró los tiempos cambiantes, y se hizo dueño del mundo. El cambio venció al estatismo, y ahora éste se venga. Y se venga con terrorismo, que es una manera de aceptar la propia derrota; a cambio, eso sí, de que el vencedor no pueda celebrar mucho su triunfo, parva y miserable satisfacción. Pero el vencedor y el derrotado han quedado claramente definidos sobre el campo de batalla. Su terrorismo es como la postguerra de la guerra del tiempo. Todo terrorismo es una manera de reconocer la propia incapacidad para vencer; o, dicho de otra manera, autodefinirse como derrotados. Vale.
Historias de España
Hace ya algún tiempo que tengo la afición, no sé si el vicio, de leer Historias de España resumidas. Es un género ensayístico muy sugestivo, también sugerente. Empecé por la de Pierre Vilar, que tendré que releer para poder decir algo de ella. Ah, cuán frágil es la memoria. Luego, la de Vicens Vives, la García de Cortázar (la que más cita a Murcia, de largo), la de Domínguez Ortiz, la de Vaca de Osma… y ahora, cae en mis manos la de Valdeón, Pérez y Juliá. Ésta es la más sectaria. Es mi primera lectura de verano. Ya voy por Carlos V. Hasta ahora más bien es una Historia de los territorios peninsulares sin Portugal, que una Historia de España; tanta es la vigilancia que ponen en evitar que la unidad española se evidencie. Lógico: Santos Juliá, el redactor de la tercera parte, la contemporánea, del libro, es uno de los gurúes de El Pais (sin acento, por favor), uno de los cuatro o cinco que conforman la consigna progre desde la penúltima página del Pais Domingo: Pradera, Estefanía, Ops, él mismo y otro cuyo nombre no me hace el cielo la gracia de recordarme.
Obvian, como figura de la cultura islámica en la península, a Ibn Arabí, al que no mencionan ni siquiera. Tampoco a ningún otro intelectual mursí. Tal dato es suficiente para remitir a Septiembre al trío de historiadores. Pero, luego, para evitar remordimientos al examinador que los envía a Septiembre, dicen que Gonzalo de Berçeo es el máximo representante del "Mester de Juglaría", enmendando la plana a todos los historiadores de la Literatura que decían lo contrario. Berçeo amaba a los juglares, y reclamaba para sí el éxito popular de los mismos, pero él escribía en "syllabas cunctadas" y extraía sus temas de los libros. Si eso no es "Clerecía", que venga Menéndez Pidal y lo vea.
También recuerdo una pifia gorda de Eslava Galán, el novelista metido a historiador, cuyo nombre he olvidado en la enumeración de arriba. Decía que Aledo está entre Murcia y Valencia. No se molestó en mirar un mapa. De cualquier manera, la de Eslava Galán, que se anuncia como una Historia de España para escépticos, es la más amena y la mejor escrita. No tiene prejuicios, y es tan españolista como taifañista. Saca a Aledo a colación del asunto de Alfonso VI en dicho enclave, con el Miramamolín cabe sus murallas, junto con todos los taifas islámicos del resto de Al Andalus. Muy bien visto que Aledo fuera el centro político de España en aquellos años 80 del segundo milenio recién comenzado.
Para éstos, todo empieza el 711. Nada de andanzas anteriores, que sólo sirven para la causa españolista: la monarquía visigoda, y eso. España empieza por una división, no por una unidad, faltaría más. Una división y una invasión, ahí es nada. Disimulan, con un rápido pasaje por esos tiempos, pero lo dejan explícitamente claro: lo anterior a Guadalete es historia del territorio, no Historia de España.
Es una Historia para adeptos; pero no para adeptos de la Historia, sino para adeptos ideológicamente hablando. Estando vacunado, no hay peligro; al contrario, se aprende mucho, descubriendo los trucos de perspectiva disfrazados de objetividad.
Les seguiré informando. Vale.
El celibato subvertido, novelado
Cae en mis manos una novela, casi misteriosamente titulada "Aura". Su autora es una mujer, Rosa Cáceres. Por los datos de solapas y contraportada, me entero del tema: el adulterio entre sacerdote y vecina acomodada en la carpetovetónica Mancha de los cuarenta. Hoy no es tema de actualidad el celibato de los sacerdotes católicos. La sexualidad libre ha logrado una meta impensable hasta hace muy poco: las uniones entre homosexuales, legalmente bautizadas como matrimonio. Pero, sin embargo, nadie se ha acordado de este problema que, de seguro, más extensión tiene que la que preconiza el silencio sobre el caso.
Rosa Cáceres, en la edad del verdadero novelista, recordemos la biografía de Cervantes, afronta el problema con las muy robustas armas del realismo novelístico más genuino. Cuida los entornos de la novela, con primor de investigadora o documentalista, y maneja el lenguaje con la maestría y el savoir faire de quien ha estudiado los secretos de las Letras en el ámbito universitario, y los ha continuado luego en la dura trinchera del aula, como docente. Así, vemos pasar por la novela, como si fuera por la pantalla de un cine, contextos maravillosamente logrados como la Minadanao de 1943, primer destino como misionero del protagonista, la economía del arroz en Las Filipinas, la malaria, la vocación sacerdotal fuerte y vigorosa… de parte del elemento pasional masculino de la novela. Por la otra, la femenina, la correspondiente a Aura, apócope de Aurelia, nos es presentada, en toda su crudeza rural, Zafranera, un lugar inventado, mítico, literario, compendio de todos los atrasos y todos los prejuicios de una sociedad cerrada, sin contacto con el exterior. La autora vuelve a hacer gala de la creación de ambientes: el costumbrismo del azafrán, la sociedad estamental, la zafiedad de los lugareños, la liturgia nacional-católica, etc.
Cuando todos los contextos están logrados, la novela se centra en la atracción irresistible de los dos personajes. La autora se introduce en las mentes de ambos, y nos lleva de la mano por sus sufrimientos, por sus componendas morales, y la atracción fatal que los involucra. Sin ahorrar texto a los momentos pasionales y escatológicos, se nos va narrando cómo poco a poco se cierra el cerco en torno a los castos amantes, castos a pesar de su pasión realizada. En un difícil escorzo moral, la novelista defiende a capa y espada el puro amor de los protagonistas, frente al farisaísmo de la totalidad del pueblo, que, aquí, representa a una España paupérrima en lo moral y fundamental cristiano. Pero, no nos confundamos, la lectura de la obra no busca el acomodo fácil en una moral posterior al tiempo de autos. La solución viene en el hecho de que la autora no concluye su obra, al clásico modo, en el desastre penal en que acaba el adulterio. No. Nos lleva, en vertiginosa velocidad literaria, hasta la ancianidad de los amantes, esposos ante ellos mismos, en cuyo espacio temporal asistimos a las muertes naturales de ambos, lejanas una de otra, en un ambiente moral más lúcido y humano, en el que ambos son, no sólo inocentes, sino mártires.
Las páginas finales, de clave ciertamente poética, buscan escapar del reducto de la novela, y saltar al espacio estelar de la poesía, como una guirnalda de honor para los dos mártires de un amor ciertamente prohibido… aun hoy. Vale.
El Ara Pacis cartagenero de Barcelona
En Barcelona, dicen que comprado al amparo de la ley, tienen un monumento labrado en mármol de Carrara, que, cuando Jesucristo vivía en Palestina, se hallaba en Cartagena. En algún templo de la ciudad de Asdrúbal servía para dar culto a Esculapio. O bien, para, según otros, conmemorar la paz y el progreso augusteo del Imperio. Es un bloque de altura más o menos así (póngase la mano a la altura de los hombros), labrado por sus cuatro caras. En una de ellas aparece el dios Esculapio, con su vara en la mano. Acaso sea el mismo Emperador, mostrando la rama de olivo de la paz, condición previa a la felicidad. En otra, la parte superior de un timón, simbolizando el buen gobierno de Augusto o Tiberio. La tercera presenta dos cornucopias, o cuernos de la abundancia: la prosperidad. La cuarta es una rama de olivo en la que se enrosca una serpiente: el caduceo mismo símbolo de la farmacopea. Y todo, no se olvide, en mármol de Carrara.
Bien, pues en el Museo Arqueológico de Barcelona gozan desde hace tiempo de esta pieza cartagenera tan ancestral. La Senadora Belén Fernández-Delgado, del Partido Popular, ha tenido la iniciativa de solicitar al Gobierno de la Nación Española, se sirva hacer saber a la Generalitat la conveniencia de la devolución de la pieza. Su lugar es el futuro Museo Arqueológico de Cartagena, a donde dicho sea de paso, debería revertir todo lo arqueológico provincial. No caben creo, dos museos de lo mismo en la Región, tenga una, dos o cuatro provincias. Dicho Museo, para el que no lo sepa, es obra de Moneo, el mismo que el del Museo Arqueológico de Mérida.
Si es cierto que hay recibo de compra, y quien debe demostrarlo es la Generalitat, lo correcto, para coincidir en la senda marcada por la misma institución, es hacer una venta, de precio simbólicamente igual a lo que se pagó, y que la pieza vuelva a Cartagena. Si no se hace así, cuenten conmigo para formar parte de una Comisión por la Dignidad de las Señas Históricas Regionales, y para manifestarse donde haga falta, Barcelona incluida.
Se encontró en el Monte Sacro, actualmente en remodelación urbanística de alcance, en el siglo XVI, y el Obispo de la diócesis, que vivía en Murcia más de dos siglos, se lo regaló a un aristócrata murciano. Sus descendientes, desperdigados por Cataluña, las enajenaron, dicen que mediante venta, a su actual poseedor, no se sabe si propietario, la Generalitat de Catalunya. Creo que lo que el buen sentido, seny que se dice en catalán, dicta que sea su destino final volver a la ciudad de Cartagena, con un motivo tan fasto como la inauguración del Museo antedicho. Si así se hace, de justicia será añadir un cartelito junto a la pieza, alabando el buen sentido catalán de comprender que la misma justicia que reclama para sí, debe practicarla con los demás. Vale.





