La batalla de Archivel, 48 a.JC.
Casi a punto de amanecer, con el campo iluminado todavía por las antorchas e incendios de los estragos, el centurión procedió a reclutar tres cuadrillas de velites auxiliares. Habrían de continuar camino hacia la Hispania Ulterior, y había que hacerlo recién salido el sol, según había decidido Cneo Pompeyo, Imperator desde su desembarco en Cartago-Nova. La primera cuadrilla habría de pasar dando la piedad de la muerte a los moribundos, a veces debajo de un amasijo de cadáveres. La segunda desvalijándolos. En ella iría el propio centurión, con un saco, para recolectar el ajuar del saqueo. Algunos de esta segunda cuadrilla irían recopilando armas en uso. Para la tercera cuadrilla habría de ser el trabajo de ir recogiendo cadáveres en la carreta confiscada a los lugareños. Luego, con los restos de una de las torres de asalto improvisadas con la leña de pino de los alrededores, harían una pira para incinerar los cuerpos. Nunca hay tiempo para enterrar a los muertos en las batallas. Los buitres, sin tiempo para picotear la carne muerta la noche anterior, esperando estaban en las cumbres aledañas. El castellum de Archivel había caído antes del ocaso. Los cesarianos que custodiaban el paso, frontera de las dos Hispanias, habían muerto todos, las dos torres de su enclave, semiderruidas, emanaban luminoso humo, producto de las brasas aún ardidas.
Eran los finales del verano del año 48 a J.C. Pompeyo ya ha muerto asesinado en Alejandría, ante la llegada del César victorioso. Cneo, el vástago pompeyano acude a Hispania para poner en pie de guerra a la clientela que su padre ha sabido organizar y fortalecer durante su imperio en la península occidental. El hijo de Pompeyo el Grande se ha hecho conferir el Imperium en Cartago-Nova, y busca a los aliados de su progenitor por los campos interiores de la Bética. Sube por el río Theodoros, el nombre del Segura de entonces, y enlaza con el Quipar y con el Argos. Arriba hasta los Villaricos, cabe la actual Ermita de la Encarnación en Caravaca, y asedia la ciudad. Se resisten sus habitantes, y el Emperador decide seguir adelante. Apenas ha marchado media jornada cuando advertidos es por los oteadores de que hay dos castella que guarnecen el paso a la cabecera de la Bética. Furioso el vástago pompeyano ordena el asalto y destrucción. De poco valen unos cuantos iberos reluctantes a sus espaldas, pero toda una guarnición de legionarios en castellum mucho es para dejar tras de sí. Pompeyo comprueba una vez más que la costa no le es favorable. No obstante, de sus puertos no podrán salir naves cargadas de garum, trigo o vino para el Lazio, mientras él controle las tierras del interior que lo producen.
Tres años después, será ejecutado, tras ser derrotado en batalla, en Munda, Córdoba. César habrá derrotado a su enemigo, y será el único Emperador. Sus historiadores, prestos sólo a gloriar al vencedor, no harán mención jamás de la derrota de sus castella en lo que hoy llamamos Archivel.
Es una efeméride de la tierra de esta Región, debida al trabajo de los arqueólogos, que saben leer el libro del subsuelo. Vale.
Cien años de Rubén
Hace cien años, mágico número diría él, que Rubén Darío publicó Cantos de Vida y Esperanza. Fue en 1905. La poesía volvió a vestirse de gala, de la gala del ritmo y de la rima, de la elegancia, del buen sonar, y volvió a ser una poesía de contenido poético. Gloria a Rubén. Barrió a la poesía realista de tren expreso y costumbrismo pequeñoburgués de emoción perfectamente descriptible, municipal y espesa. Rubén traía la belleza y la música, y forzaba al idioma a ritmos clásicos de tiempos de oro, anteriores a la barbarie medieval. Maridaba el hexámetro y el endecasílabo, y nos dejó un idioma a punto para que el 27 lo vistiera de definitiva modernidad, con Juan Ramón a la cabeza; Juan Ramón, que ahijado fue del nicaragüense. Sin él, sin Darío, el español jamás hubiera podido vestir las galas de encaje y puntilla, brocados y sedas, tules y celofanes que él supo cortar para el harapiento maniquí que era el lenguaje poético de los Núñez de Arce o Campoamor, retomando al inmortal Bécquer. Rubén dejaba escrito en el prefacio de su obra: <
Rubén era bohemio y universal, ciudadano del mundo, que hizo sus particulares Españas en un Madrid miserable y polvoriento. Valle lo hizo personaje de teatro en Luces de Bohemia, y nos lo presentó como un observador, el único posible, de aquel Madrid de la Restauración, canallesco de cochambre y cutrez.
Ya viene el Cortejo, Ya viene el cortejo! / Ya se oyen los claros clarines. / La espada se anuncia con vivo reflejo; / ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines. Decía el poeta en aquel libro, y escuchábamos el sonar de los cuernos y los atambores, y nos hacíamos todos bajomedievales espectadores que veíamos regresar al triunfador como posando para un grabado de Gustavo Doré o un cuadro imposible de Sorolla. Ínclitas razas ubérrimas, decía en otro verso inmarcesible, gloriando a la América hispana, en una optimista salutación. El idioma era rescatado del desván de lo vetusto y gastado, y retomaba nuevos bríos para incitar a jóvenes rebeldes a derribarlo. Agradecer deberían todos los que derriban gigantes a quien generó tales gigantes. Hay hazaña porque hay gigante derribado. Y ese gigante era Rubén, y su verso de campanillas celestiales, sonoras y mostradoras directas de la belleza.
El idioma español hace cien años que conoció qué cosa era belleza. Había conocido qué cosa era sentimiento, de muerte, con Manrique, de desamor con Garcilaso, de hondura humana con Quevedo, de enamoramiento con Bécquer… El nicaragüense nos trajo un puñado de rosas de edénico perfume, que aún transita el aire de la lengua, a pesar de la sublime trivialización que hicieron quienes detrás de él vinieron.
Cien años de Rubén: escritores todos en lengua española, poneos en pie y honradlo. Vale.
27 de octubre, 300 días del 2005
No les voy a decir cómo lo he sabido, porque existiendo Internet, nada hay ya extraño en las cosas del saber, o de su sucedáneo el aparentar saber. De todas maneras, para los aficionados al cálculo la cuenta no es muy difícil. Los dos meses que faltan para las campanas y un poco más, de días, claro, y ya está la cuenta. Trescientos amaneceres con el de esta mañana, y trescientos atardeceres con el de esta víspera. Lo que queda es un rabo, calculado por los astrónomos desde los caldeos hasta los científicos de la NASA, que miden el tiempo con bisturí diamantino, llegando hasta las cifras postdecimales últimas, que, a lo peor, son virtuales y no existen sino en montón. La Física, desde Einstein, el amante de Marylin.
Trescientos es cifra cabalística que da mucho de sí, por lo menos, por lo menos, para llenar una artículo de página y cabo, medido por el cuentapalabras de word, que pasa de las quinientas, según la gana y el ímpetu del cronista. En un día trescientos hay que hacer cosas grandes, como declararse a la mujer amada, si es que eso se hace todavía, que no lo sé. Eso, si no es que ahora se hace al revés, los pájaros a las escopetas, que decía un refrán machista de antaño. Es un día fasto para las declaraciones, pero no de la renta. Pruébelo y me lo dice.
Así, este veintisiete travestido de trescientos se nos presenta como heraldo de lluvia, según todos los mapas de tiempo. Un viento sur, que llevará los 25 grados Celsius de temperatura hasta el norte peninsular. Cuando el viento sur da en el norte, se vuelven un poco locas aquellas gentes del norte, tan hechas a la bruma y al viento del septentrión, en vuelo directo desde Islandia. Después de la dilatación de los mercurios, llegará la borrasca atlántica, que dejará agüica de lluvia en todas partes menos en Murcia, aunque dirán que llovió en toda España. Pero eso será ya a partir del día trescientos uno.
En realidad, caigo en la cuenta, si siguiéramos la numeración sucesiva no diríamos hoy es tantos del mes cuanto, sino hoy es 245, por ejemplo, u hoy es 157. Sería mejor, nos obligaría a hacer cuentas mentales, y el cacumen se agilizaría. Los alumnos irían mejor en Matemáticas. Sería como si la Literatura y la Historia dejaran hueco a las Matemáticas, y sustityérmos a Julio César o el dios Marte por una cifra de una, dos o tres cifras. A lo mejor se dividía la sociedad, como antaño, en gentes de ciencias y gentes de letras. Los de letras serían cíclicos, repitiendo cada treintena de jornadas. Los de ciencias serían sucesivos, siempre adelante, marcando con cada centena las estaciones del año. El Eterno Retorno, letras, contra la Sucesividad. Parmenides contra Heráclito. Siempre los griegos al fondo de todo cuanto pretende ser nuevo. El círculo comtra la línea. Geometría pura. Nadie que no sepa Geometría entre aquí, dicen que puso Platon en su Academia. Y todos se afanaban en conocer el teorema de Pitágoras y las proyecciones de Euclides. Hoy, los bachilleres pasan de la Geometría teórica, pero se funden con la Geometría aplicada, y proyectan simetrías y asimetrías, proporciones de segmentos a sus peinados y a sus tatuajes, sin saberlo.
Y acabo, con 555 palabras hasta el punto y aparte anterior. Esto es la coda. Feliz día trescientos. Vale.
Tierra sin Mal, buena novela
Tenemos todos la costumbre de recomendar aquellas novelas que estimamos buenas, que nos han hecho pasar un buen rato. En el caso de las novelas históricas, además, tenemos la ocasión de aprender. No es difícil, teniendo un mínimo de formación, deslindar lo anecdótico de lo categórico en esta narrativa tan en boga hoy en día. Jesús Sánchez Adalid es uno de los novelistas históricos españoles actuales más sobresalientes. Escribe novelas largas, bien documentadas, y fuertemente basadas en las secuencias de tiempo real, que dan gran impronta de verismo.
En Tierra sin Mal, Adalid desarrolla la peripecia paralela de dos extremeños del siglo de Oro, Tomás Llera, hidalgo rural, con el ansia de poder, riqueza y aventura en su ser, y Enrique Madrigal, jesuita platónico y utopista. La novela nos sitúa en la España del Quijote, y tiene por objeto narrar cómo marcharon a hacer las Américas dos tipos de españoles: aquellos que fueron responsables de que la llamada Leyenda Negra tuviese base sobre la que afirmarse, y aquellos que no lograron sino ser carne de erudición de letra pequeña en las crónicas de la Conquista.
Nos situamos en la Corona unificada para toda la península ibérica. Tomás Llera es alejado de su Zafra natal para evitar mayores males a la familia, dada su condición de pendenciero, descarado y atrevido. Luego de vagabundear por Madrid, logar integrarse en los tercios españoles, y hacerse ayudante de un sargento cínico y ambicioso, que integra una trama mafiosa, dirigida por portugueses, que tiene por objeto evitar el traslado a las tierras limítrofes de Brasil y Paraguay, de las órdenes humanitarias que ha dado el rey. Casi protagonista de esas órdenes civilizadoras, es Enrique Madrigal, trujillano, sacerdote de la Compañía, que habrá de hacerse cargo de una de las famosas reducción jesuíticas del Paraguay, donde la Orden pudo hacer realidad las utopías de Moro y Campanella.
El territorio era tierra de promisión para los jesuitas, españoles e italianos, y tierra de cacería de esclavos para los portugueses de Sao Paulo: los malvados de la novela, que también lo fueron verdaderamente en la Historia. Los fundamentos económicos de la urbe actual, en Brasil, no a otra causa deben su prosperidad, sino a las cacerías de esclavos, que los bandeirantes como el Clemente Alvares de la novela, hacían en territorio español gobernado por los jesuitas. Pero los portugueses no nos han descargado nada de nuestra leyenda negra.
Viene a ser como aquella película “La Misión”, pero con más verdad y minuciosidad. Con más precisión y esclarecimiento. Una novela que relata una historia de buenos y malos, y que, por una vez, no difiere de la realidad. En las tierras aledañas al Iguazú, había unos malos: los bandeirantes portugueses cazaesclavos. Y unos buenos, los jesuitas españoles, que luchaban por conferir la dignidad humana a las tribus indígenas. Un siglo más tarde de esta historia, conseguían ganar los malos. A veces, el maniqueísmo acierta. Vale
Espinosa y Gaya
He titulado con los nombres de estos dos grandes creadores este artículo que acabo de empezar, y no sé bien si voy a hablar más de mí mismo que de ellos dos. Han sido mis contemporáneos estrictos, también mis coterráneos, y han sido asimismo, sin duda, las dos más grandes figuras en el campo de lo intelectual que esta Región ha dado a la universalidad en el siglo XX. Y yo no he sido lo suficientemente agraciado por el destino como para conocerlos, y entablar conversación con ninguno de los dos, nunca, nada. El caso es que veía llegar y cumplirse este destino, y nunca hice nada por contradecirlo. Siempre me pareció obsceno tratar de vencer a esta inexorabilidad que vi llegar en el caso de Espinosa, y que más que apreciarla, la comprobaba día a día, si hablamos de Gaya.
A los dos los he estudiado, y de los dos he hablado y publicado; pero con ninguno de los dos cruce palabra en vida. Una suerte de leve tristeza, lúcida y de lejano amargor, me invade al saber ya concluso este designio como de desaire que el destino me ha deparado. Recuerdo dos poemas de Borges, que me brindan ese amparo, acaso decadente, que destila la poesía que hace diana en algo muy profundo de tu adentro. Uno es aquél que se titula, creo, Desdicha. No quiero buscar la cita precisa. Prefiero quedarme en la nota de bolsillo de la chaqueta del recuerdo, que me es más grata. Sea la perfección con otros. Los primeros compases del poema decían, más o menos así: “He cometido el mayor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz…”. Bien cortado en endecasílabos, así decía, o dice, el maestro argentino. Aplicado a mi condición, menor o mayor, de hombre de letras, me siento identificado con esa desdicha: viviendo en las mismas calles que Espinosa y Gaya, no tuve el valor, o la osadía, o el atrevimiento, no sé, de dirigirme a ellos. Tampoco hubo nadie que, en caso de coincidencia, hiciera presentación alguna. Sin duda, pecado mío ha sido haber dejado pasar la oportunidad, que el mismo destino me ofrecía, y que el mismo destino me ocultaba.
El segundo poema a que me refiero, también de Borges, es aquel dedicado a un poeta menor de Antología. De dicho poeta, mentado en segunda persona por el autor, se dice en el poema: “Entre los asfódelos de la sombra, tu vana sombra pensará que los dioses han sido avaros… Sobre otros arrojaron los dioses la inexorable luz de la gloria…”. Corten ustedes los endecasílabos, que mi memoria, acaso muerta en una noche de luna en la que era muy hermoso no me acuerdo qué, incapaz se ve para hacerlo. Luego, reduzcan el campo de aplicabilidad a esto que digo, y que pretendo hacer pasar por el meollo del artículo. Sobre otros arrojaron los dioses la oportunidad de hablar y conocer, en otros casos hasta entablar amistad, con los dos genios.
Y eso es todo. En ello pensaba mientras veía las fotos de quienes fueron a la inhumación de Ramón Gaya. Yo no fui. Creí en la estricta intimidad del acto, que decía la nota de prensa. Lo sentí como la firma del destino a pie de documento, sellando como definitiva su decisión de no concederme allegamiento a ellos. Sea como decidido fue. Y acabe aquí todo. Vale.
RECORDANDO A CERVANTES EN ESPAÑOL, FRANCÉS E ITALIANO
CERVANTES, ÚLTIMAS VOLUNTADES
De todos los duelos y quebrantos
que de mi vida hicieran
parte propia, no quiero ya acordarme.
Decido ahora, que cumple mi tiempo,
resaltar únicamente
aquellos dones que del Cielo tuve,
y que hicieron de mí hombre discreto,
cabal, honrado y bueno.
Sea el primero de ellos
haber viajado a Italia,
donde tiene su casa la belleza.
El haber navegado es el segundo,
y no hay más qué decir para quien sepa
gobernar el timón o hinchar las velas.
Ser un hombre de Letras fue el tercero,
y ver puesto en imprenta
cuanto yo iba escribiendo en verso y prosa
más que consuelo fue, que fue grandeza.
Y pues en mí, juntóse de consuno
todo ello, quiero dar testimonio
a los Cielos de mi agradecimiento,
que bastaran los tales dichos dones
a reparar las penas
que Aquél, que con mi vida novelara,
en líneas y capítulos
con tan grande abundancia compusiera.
Santiago Delgado
(Mayo, 2004)
CEVANTES, SES DERNIERES VOLONTES
De tous les deuils et déchirures
qui firent partie de ma propre vie,
je ne veux plus me souvenir.
Je décide maintenant que mon heure arrive,
de relever uniquement
ces quelques dons que j'eus du Ciel,
et qui firent de moi un homme discret,
sensé, honnête et bon.
Soit le premier d'entre eux
le fait d'avoir voyagé en Italie
oú réside la beauté.
Avoir navigué est le deuxième,
et il n'y a rien à ajouter pour celui qui saurait
manier le gouvernail ou gonfler les voiles.
Etre un homme de Lettres fut le troisième,
et voir imprimé
tout ce que j'écrirais en vers ou en prose
fut , plus qu'une consolation, de la grandeur.
Et, de cet ensemble qui se trouve en moi,
je veux témoigner ma reconnaissance au Ciel
puisqu'il suffirait de tels dons
pour réparer les peines
de Celui qui écrirait un roman de ma vie,
et qui composerait
en lignes et chapitres
avec une si grande abondance.
Traduction de Rosa María Cano
CERVANTES, ULTIME VOLONTA’
Di tutti i dolori e le pene
che nella mia vita fecer
partita, non voglio rimembrare.
Decido ora, che il mio tempo compie,
risaltar unicamente
tutti quei doni che dal cielo ebbi,
e che fecer di me uomo discreto,
retto, onesto e buono.
Il primo di questi fu
d’Italia il viaggiare,
dove ha dimora la bellezza.
L’aver navigato fu il secondo,
che nulla aggiunger urge a chi sa
governare il timone o issar vele.
Esser uomo di lettere fu il terzo
e veder nero su bianco
quanto scrivendo andavo in verso e prosa,
che più che consolazione fu grandezza.
Poiché in me si congiunse
tutto questo, ai Cieli
voglio testimoniar la riconoscenza,
sì che bastaron tali doni
a compensar le pene
di Colui che con la mia vita ha novellato,
e in righe e capitoli,
con copiosa abbondanza ha accomodato.
traduzione de de Maurizia Rolfo
EN HOMENAJE A RAMÓN GAYA

(Ramón Gaya, por AGB)
A MIS AMIGOS
Como si hubierais muerto y os hablara
desde un ser que no fuese apenas mío;
como si sólo fuerais el vacío
de mi propia memoria y os llorara
con una extraña pena que oscilara
entre un cálido amor y un gran desvío;
como si todo fuera ya ese frío
que deja un libro hermoso que cerrara
sus páginas sin voz; como si hablaros
no fuese como hablar sin el tormento
de ver que hasta sin mí mi sangre gira.
Sólo puedo engañarme y engañaros,
hacer como que estáis, como que os siento,
cuando el mismo miraros ya es mentira.
Ramón Gaya
(De Seis sonetos de un diario, México, 1939)
En este soneto, escrito aún en plena guerra civil, y que Ramón Gaya dedica a la memoria de sus amigos, de quienes se ha alejado por causa de la contienda, la soledad del creador, persona humana ante todo, se apodera de la escritura; la soledad y su dolor de alma. Gaya vivo, añora con triste dulzura la compañía de quienes protagonizaran su amistad.
En la lectura de hoy, con el creador ya definitivamente desaparecido, es fácil para sus amigos, fácil y doloroso, ponerse en el lugar del Gaya de 1939, Y recitar: “Como si te hubieras muerto y te hablara / desde un ser que no fuese apenas mío / como si sólo fueras el vacío / de mi propia memoria y te llorara…” Sentir por su definitiva ausencia personal, lo mismo que él nos dijo que sintiera, cuando la ausencia de sus amistades, tanto le pareció semejarse a la muerte.
LA ENVIDIA DE ZEUS
Aquel día, uno de los últimos del otoño, Zeus se despertó en el Olimpo algo tarde. Se asomó displicente por la galería columnada de su palacio, y contempló las nubes que, por debajo de él, ocultaban su divinidad a los mortales.
Entonces fue cuando bostezó.
El impulso nacido en sus entrañas salió hacia lo alto, alejándose hacia occidente, si bien, buscando el sur. Cuando cayó, abrió un hueco en la vasta nubosidad. A través del círculo provocado en los blanquecinos nimbos, pudo comprobar el padre de los dioses que un barco navegaba desde el golfo de Corinto hacia la Magna Grecia. En un rayo de pensamiento ordenó a Hermes, el de los alados tobillos, que bajara a enterarse quiénes y por qué viajaban tan fuera de estación propicia. Al momento, el mensajero del Olimpo, se zambulló desnudo en la espesa capa del nublamiento.
Cuando arribó al barco observado por Zeus, adoptó enseguida, como era dios y podía hacerlo, las formas y vestimentas de uno de los marineros que dormía. Así, observó la carga, y se enteró de las intenciones de los nautas. Enseguida, desapareció, volviendo a ganar las nubes del primer invierno que tapaban toda la Hélade.
-Padre Zeus, son helenos que llevan a algún lugar de la Magna Grecia doce estatuas de bronce –le comunicó a su amo, Hermes, el mensajero.
-¿Son estatuas de dioses? –tornó a preguntar Zeus.
-No, son hombres, guerreros en diversas posturas.
-¿Son bellas? –inquirió de nuevo el padre de los Dioses.
-Son bellas como si fueran de dioses; pero son hombres. Más aún, dioses hay no tan bellos como esas estatuas pregonan de los hombres.
-Sin duda serán de Fidias, agraciado en exceso por Apolo. No quiero que los hombres piensen que la Belleza es predicable de ellos. Las estatuas que participan de la Belleza han de ser tan sólo de los dioses. Cuando vean nuestra Belleza en sus cuerpos, dejarán de creer en los Olímpicos.
Hermes calló, dejando pensar a Zeus; como esperando que de un momento a otro, le enviaría con nuevo recado a la Tierra. Al cabo de un rato, tornó a hablar el Crónida:
-Quiero que le lleves a Poseidón la orden de que haga naufragar ese barco. Esas estatuas deben de desaparecer de la vista de los hombres. Sólo los dioses pueden ser representados con tanta Belleza.
En un momento Hermes se vio en la costa africana, en una playa, frente al mar, donde empezó a llamar a voces al dios del piélago. Cuando lo tuvo frente a sí, le dijo.
-Zeus ordena que provoques fuertes tormentas sobre el Mar de Jonia, para hundir un barco que osa navegar por tus aguas, lejos del verano y de la costa. Ha zarpado de Corinto, y pretende llegar a la Magna Grecia.
-No puedo obedecer esa orden, enviado de Zeus –dijo el dios del tridente.
-¿Vas a desobedecer? –le preguntó extrañado el casquialado dios.
-Hay una razón mayor. Los nautas de ese barco, sabiendo las inclemencias del invierno, me han ofrecido al salir un magnífico taurobolio como ofrenda para amparar su periplo. Un dios no debe abandonar a sus fieles –dijo Poseidón, que añadió- ¿Por qué razón quiere Zeus hundir ese barco?
-Lleva unas estatuas de Fidias, que, representando hombres, son más bellas que los mismos dioses. Eso es una impiedad a los ojos del Crónida.
-Mayor impiedad es no aceptar sus sacrificios.
Quedóse pensativo el dios marino, y Hermes, conociendo el suceso, aguardó a que decidiese qué mensaje habría de llevar de vuelta al Olimpo. Enseguida se oyó la voz del señor del piélago:
- Zeus no quiere que el barco se hunda, sino que las estatuas no sean vistas de los hombres por más tiempo, ¿no? Entonces bastará mandar una marejada algo fuerte, de tal manera que los nautas se asusten, y arrojen esas estatuas por la borda. Al pesar menos su navío, el peligro de zozobrar disminuirá. Luego ordenaré a los tritones que, ayudados por los pulpos y cangrejos de la zona, entierren con la arena del fondo las estatuas impías, de manera que nunca puedan volver a ser vistas de los mortales. De esa manera, Zeus habrá sido obedecido, y yo habré cumplido mi deber de amparo a quien se me ha encomendado.
Oyó estas palabras Hermes, y saltó hacia el cielo, buscando el Olimpo. Cuando llegó, Zeus no estaba. Nadie sabía a dónde había ido. Todos respondían con la mirada cómplice de quien conoce las andanzas metamófico-amatorias del padre de los dioses.
El asunto había sido olvidado.
Sin pensarlo dos veces, el poseedor del caduceo acudió nueva vez junto al barco. La tormenta ganaba en intensidad. Vio cómo arrojaban dos de las estatuas por la borda, en medio de la tempestad. Hermes procedió entonces a llamar a Eolo, que habitaba la isla de Stromboli, y era hijo del mismo Poseidón, al que recordó un viejo favor: un encargo de tercería amatoria acerca de la ninfa Lao, que moraba en la vecina costa tirrena.
Eolo, favorable a los designios de Hermes, lanzó tan gran viento que el barco salió de las ondas del mar, atravesó las nubes de la Hélade, y arribó al mismo Olimpo, donde Hermes, aprovechando la ausencia de Zeus, hizo llevar las diez estatuas restantes, a sus aposentos, para poder gozarlas él solo para siempre.
A continuación, el mismo Eolo tornó a llevar el barco a la costa Jonia, donde los nautas que lo gobernaban creyeron despertar de un sueño.
Los bronces de Riace que yo vi
La joya artística de la Calabria son, sin duda, estas dos estatuas del siglo de Pericles, que se encontraron a ocho metros bajo el nivel del mar, en Riace, en la costa sur de Italia, frente a Sicilia. He tenido la oportunidad de verlas, en el museo de Reggio Calabria, y, la verdad, es que impresionan. Ambas logran ese milagro del idealismo que se apoya en el realismo, de tal manera que quien lo desee, puede admirar el conocido mimetismo con la realidad que tanto alaban las miradas poco formadas estéticamente. Pero, si quien los contempla mira bien, más con los ojos del cerebro, debidamente formado e informado, que con los del rostro, servidores tan sólo de los sentidos, puede apreciar entonces los cánones del más exigente idealismo, tanto en el conjunto como en los detalles.
Son dos cuerpos desnudos perfectos, masculinos, en bronce; dos guerreros, que se explican por su debida disposición permanente para la batalla, su apostura y fortaleza muscular, que no cede ni una sola oportunidad al exceso de masa corporal.
Se sabe que Pericles encargó a Fidias doce estatuas de guerreros; pero no se ha podido documentar que estos bronces formen parte de ese encargo. Se supone que la tripulación del barco que transportaba ambas piezas las echó por la borda, descargando así de peso al navío, seguramente en trance de zozobrar por causa de alguna marejada que amenazaba con echarlo a pique. Aliviada la embarcación, elevado de nuevo el bordo sobre las aguas, pudieron continuar singladura fuera donde fuera que fuesen.
Parece que no gusta en el entorno museístico que se hable del guerrero joven y el guerrero viejo. Prefieren hablar del guerrero prevenido y del guerrero en relajo. El primero, con menos cobre y más estaño en la aleación de su bronce, es más oscuro, y su pose la de un centinela en alerta o en revista. La del otro, más que de relajamiento, transmite una sensación de antesala de la decadencia, cuando aún la apostura es visible, pero no arrolladora. Entre uno y otro han transcurrido veinticinco años. La tecnología del bronce ha avanzado, y la sensación de plenitud del primero ha pasado al sentimiento propio de quien, o bien ha conocido ya alguna derrota, o, mejor, ha conocido el precio de la victoria. En el primero encontramos un mensaje más cercano a la divinidad; en el segundo, una expresión más humana. Este distinto mensaje es observable, desde mi punto de vista, más que en ningún otro detalle, en el acabado de las respectivas nobles partes viriles de ambos; precisamente, en el distinto ángulo de caída: buscando la ortogonalidad con el eje anatómico el centinela, y aproximándose al paralelismo respecto de la misma referencia su compañero de sala museística así como de dos mil quinientos años bajo el fondo del mar en la costa calabresa.
Con todo, conviene, como siempre, evitar que los árboles no nos dejen ver el bosque. Los árboles serían en este caso, la condición guerrera, creciente en el primero, estacionaria en el segundo. Estos árboles hablarían del culto militar de un pueblo que endiosa a sus defensores. El bosque, el verdadero significado de la metáfora, no es otro que el que habla de un pueblo, el griego, de Atenas o de Siracusa, que amaba el arte, y que lo utilizaba además para expresar dos sentimientos humanos: la confianza en la victoria y la experiencia de la victoria, acaso no tan dulce como quizás pudiera pensar alguien a priori. Vale.
Vengo de Calabria

Calabria es una lejana región de Italia, poco visitada por los españoles, y eso que se pierden los españoles, sin duda. Dentro de la bota italiana, Calabria es lo que va desde un poco más arriba del tobillo, hasta el tacón y la punta. Y contra lo que los españoles pudieran pensar a priori, es una tierra húmeda y boscosa, preñada de ríos y de costas hermosísimas de acantilados y de playas. Y llena de Historia también. Como en toda Italia, el arte asalta al viajero por aquí y por allá pero no es por su belleza, natural y debida ala mano humana, por lo que se puede amar a Calabria. Se puede hablar de la hospitalidad de sus gentes, de la sencillez proverbial de los calabreses, difícil de olvidar, como principal gancho para atraer visitantes. Y se puede hablar de los recovecos que la Historia ha ido olvidando en cada pueblo, en cada valle o playa de esta tierra.
Fueron parte de la Magna Grecia, y fueron romanos, y sus paisajes contemplaron la hazaña de Espartaco y sus hombres libres. Más tarde, normandos. Franceses del de Anjou. Luego aragoneses. Con el Imperio de Carlos V, fueron súbditos españoles. Padecieron el absolutismo de una rama borbónica, hasta que la Unidad de Italia los redimió. Hoy son parte de la Comunidad Europea, con rango de objetivo Uno.
Pero, la sorpresa para un murciano como yo y como la mayoría de lectores a los que llega esta prosa, es conocer las bases económicas de la Calabria de los siglos post-renacentistas, hasta la modernidad. Les juro que cuando escuchaba al profesor que disertaba sobre el tema, me entró un escalofrío de hermanamiento mediterráneo con los calabreses: la seda, el pimiento y el esparto. Muy bien, dirán mis conregionales murcianos de la costa; eso es el interior, pero y las orillas del mar… Eso mismo me pregunté yo. Pero la respuesta la obtuve algunos días después, en la localidad de Maratea, perteneciente a la vecina región de Basilicata, pero inmediata a Calabria. Hay allí un pequeño islote, llamado del Santo Yanni, en el que se fabricaba, adivinen qué; pues nada más y nada menos que garum. Sí, garum la pasta de vísceras de pescado y cabeza, salazonada y condimentada según secretas recetas, que, aquí mismo, y en la isla de Escombreras, se hacía para el mercado romano. Ambas islas se hallan muy cerca de la costa, y ambas, sobre todo la de Santo Yannis, son pequeñas.
Por eso, cuando, al visitar los pueblos a los que mis gentiles anfitriones me invitaban, percibía esa complicidad que siente uno al hallarse con viejos camaradas. Y ello era debido a las ristras de pimientos que, colgando de las ventanas de los particulares, esperaban su punto de sequedad adecuado para convertirlo en pimentón. Recordé con nostalgia aquellos tiempos pre-industriales en que las ñoras, o pimientos redondos, ocupaban grandes extensiones de terreno, con el fin de secarse al sol, confiriendo a Murcia una impronta paisajística peculiar. En Calabria, las ventanas de los pueblos han sabido conservar la costumbre.
Por todo ello, y por varias cosas más, que espero irles contando poco a poco en estos días, les digo: merece la pena ir a Calabria, aunque esté lejos. Vale.
Boda de los pequeños inmigrantes

La cosa ha ocurrido apenas una hora antes de que yo escriba esto. Ha sucedido en la Plaza Mayor, aquí, en Murcia. Pero, a buen seguro, se habrá repetido por toda la Región. Y aun por toda España. Dos parejas, mínimamente reconocible su indumentaria de boda, apenas distinta de la de diario. Supongo que la diferencia estaba en la luz de los ojos de los contrayentes. Han preferido un fondo de cipreses, con la piedra de la de San Nicolás entreverada tras ellos. Él, muy formal, con su camisa blanca de chorreras, apenas diferenciadas del liso general de la misma. Ella, con falda roja, con un algo de vuelo por el lado y detrás. No soy modisto, ni entiendo de ropas de gala, pero había intención de estilo en ambos. Igualmente en los que deberían ser los padrinos, junto al fotógrafo, asimismo semiengalanado. Por cierto, era fotógrafa. Cambiaron de pose, pero no de fondo. Acaso lo hicieran cuando yo terminé de pasar por allí.
Eran cinco para celebrar la boda. Pero su callado gozo valía por quinientos. Los pocos transeúntes que transitábamos la plaza nos hemos mirado con ternura cómplice, y un algo de su felicidad, cierta hoy, quién sabe si también mañana, nos ha llegado. Creo que todos nos hemos alegrado que esa nueva vida que, como inmigrantes, han venido a buscar a España, a Murcia, haya comenzado con tanta fuerza como para autoimponerse una unión matrimonial, que en su cultura y en la nuestra, nace con vocación de perpetuidad, realidad aparte.
Y eran pequeños de estatura, como los de su raza, natural y orgullosamente pequeños, y eran pequeños socioeconómicamente hablando, qué duda cabe; pero eran grandes en felicidad. La formalidad antigua de pose para fotografía del novio, su sonrisa no forzada, pero sí propia de quien no tiene la costumbre de sonreír, archicaracterística de todos los novios del mundo, y la desenvoltura de ella, feliz y radiante, natural y encantadoramente nerviosa, han constituido un gratificante espectáculo urbano, sencillo y amable, que ha iluminado de luz interior esta plaza de mi ciudad esta mañana de viernes.
Pienso en que esta tarde iniciarán un corto viaje de novios, acaso a la costa. Seguramente, el próximo lunes tengan que volver a ese trabajo precario o sumergido que les alimenta, y alimenta asimismo a quién sabe cuántos más en su país de origen, supongamos, que en Ecuador. Mentalmente les he deseado feliz casorio, y casi, casi desdigo de mi rubor en ofrecer mis servicios de fotógrafo para que pudieran tener un recuerdo los cinco juntos, celebrantes, padrinos y amiga fotógrafa.
Ellos no lo saben, pero han traído a España esa energía necesaria para extraer ese tipo de sonrisa, más interior que exterior, que es ver la felicidad ajena, inocente y pura, una mañana luminosa sí, pero gris en tanto que metida en esa maraña informe que el clásico tituló con aquello de las horas y los días. No sé si se la estaremos pagando, o es una energía que, o se da gratis, o no existe. En todo caso, se la debemos.
Bodas habrá más con más fasto e invitados, pródigo es el español que en tal trance se halla. Ya lo contó Cervantes en las de Camacho; pero yo os lo aseguro: boda con más galanura que esta de la mañana del 30 de septiembre, no la habrá; como ella, jamás. Vale.





