NIEVA EN LJUBLJANA

Nieva en Ljubljana.
Es de noche, y, a algunas gentes
les parece un enojoso evento cotidiano,
propio del invierno. A mí, no.
Ocasional visitante por causa docta,
veo caer los lentos copos blancos…
Surgen silenciosos de la negra nada nocturna,
y las luces de las farolas perfilan
su vacilante trayectoria descendente.
Una alba capa de aérea levedad,
inexorable y certera, va cubriéndolo todo.
También mis hombros y mis guantes,
la feble carpeta de mis apuntes
y el verde fieltro de mi parco gorro.
Hay un algo de nostalgia rara,
o de perdón tras lejano agravio olvidado,
no sé, en este silencio de la nieve caída.
Me recuerda ese lúgubre estruendo
de la ola al desplomarse en la playa,
tras la tormenta, ya con el mar encalmado.
O acaso sea como un verso perdido
que nos volviera por fin
al territorio dócil de la memoria.
Nieva en Ljubljana,
y me hago cómplice de este silencio
materializado en los breves copos albos.
Y pienso que no nieva en Ljubljana
como nieva en cualquier otra ciudad.
Hay un encanto dormido que pocos ven,
y hay también eso que yo no sé,
pero que se parece
a una nostalgia imposible o estéril
sin recuerdo de partida alguno,
o, ya os digo,
a cierto extraño perdón
sin culpa conocida previa.
Yo no sé.
O al sueño de un silencio
que algún gigante filantrópico
desparramando fuera desde la noche alta
por las calles y las plazas
de esta ciudad verdaderamente impar.
Nieva en Ljubljana.
Es de noche, y me siento acogido
por este lenguaje blanco y mudo,
que entiendo apenas,
pero que, envuelto en metáforas,
sabe llegar hasta donde, medroso y aterido,
se acurruca el yo que yo más soy
ante el Cósmico Misterio del Ser.
Ljubljana-Murcia (27-29 de Noviembre, 2005)
Ahora, Ljubljana

Lo primero, no se vayan a morder la lengua intentando pronunciar con fonética española lo transcrito tras el adverbio de tiempo. Se lee Liubliana; así de fácil. Es la capital de Eslovenia, antigua nación la mayor parte de la Historia escondida en otros ámbitos geopolíticos. He ido allí a honrar a Cervantes y a su Quijote. Los eslovenos son acogedores y han sabido bien saltar a la universalidad desde su auténtica naturaleza de origen, que no era, ni el Imperio Austro-Húngaro de antaño, ni la Yugoslavia de hace poco. Ahora son europeos, y su tierra tiene la dimensión humana de lo recoleto y que se halla al alcance de la mano.
Un grupo de hispanistas, reunidos por la memoria del genio de Alcalá, dimos cuenta allí de nuestras lecturas, totales o parciales, de la prosa quijotestca. Pero, no se preocupen, que no les voy a dar aquí la tabarra mía al respecto. Quiero hablarles de lo poco, y encantador, que me dio tiempo a ver en aquella ciudad. Lo primero que agradecerán todos cuantos murcianos me lean es darles cuenta de la nevada que nos cogió el viernes por la tarde, y que no paró hasta casi un día después. Un metro largo de nieve por las aceras. Para un sureño como yo, mediterráneo y solar, todo un espectáculo contemplar el lento baile, difuso y descendente de los copos. Eché de menos que un espectáculo tan hermoso, tan bello, no fuera acompañado de grande estruendo. Lo era, por supuesto, de silencio. No sirve saber que la nieve no golpea, se posa. Hay cosas que el cerebro no comprende si no se acompaña de la correspondiente sensorialidad. De esa manera, a la belleza de suceso, se añadía el misterio.
En Ljubljana tienen el raro mérito de haber dado el mejor sitio de la ciudad a la estatua de un poeta: France Preseren, el Bécquer de allí, o el Heine… el poeta romántico en todo caso, el que dio a la lengua eslovena la credencial de servidora de la belleza literaria, y a los eslovenos, la sensación de poseer una patria propia, como su misma poesía, enraizada en la cultura europea. Escribió sonetos, y conocía, entre otras, la Literatura Española. En la plaza donde se alza su estatua, y en una de las calles que allí abocan, los eslovenos han colocado, en falsa ventana esculpida en el muro de una noble mansión, el relieve de Julia, según me dijeron, su amor imposible. Él y ella son así, eternos protagonistas de una historia de amor hermosa. El poeta, con toda la gloria del bronce que le da imperecedera fama, alzado en noble pedestal, nada puede hacer por descender e ir a cortejar a la dama de sus sueños. Ella, eternamente también asomada a la plaza, desde su pétrea naturaleza, nunca podrá ver cómo el galán acude bajo el alfeizar a requebrarla.
Pero, pienso yo, cada vez que alguien cuenta de nuevo la historia, en esa misma plaza a algún recién llegado, algo en ellos se estremece y revive, porque contar una historia, desde que algún hombre primitivo lo hiciera por primera vez, es recobrar la verdad de lo que pasó. Ése es el milagro de la Literatura. En Ljubljana, capital de Eslovenia, sucede en el mismo centro de la ciudad. Vayan a verlo. No importa que esté lejos. En el habla popular eslovena se dice la frase spanska vas, que quiere decir, lejano como lo español, para ellos casi sinónimo de exótico. Ojalá que después de leer esto, sientan un algo más cerca este país que digo: Eslovenia. Vale.
Don Quijote no fue andaluz

Vaya por delante que la presente comunicación no asume cientificidad alguna. Os presento una conjetura, una ocurrencia vana, una observación acaso ociosa, pero de la que espero obtener por algunos minutos vuestra atención. Apenas se recurre a las citas de autoridad, y para nada se debaten fechas, datos de intertextualidad, ni documento alguno que no sea extraído del propio Quijote.
Si os habéis fijado en el título, parece que estamos ante una perogrullada. Ya sabemos que Don Quijote fue manchego, no andaluz. Por eso se llama “de la Mancha”, y no “de Andalucía”. Pero, y adelanto mi tesis, si es posible la palabra con el preámbulo ya consumado, jamás un personaje como Don Quijote pudo ser andaluz. Y lo digo pensando en la época. ¿Estoy diciendo que el andaluz es incapaz de “Quijotismo”, de comportamiento idealista. No. Naturalmente que no. No digo eso.
Partamos de la mente cervantina al crear a Don Quijote. Lo llama “Ingenioso Hidalgo”. La palabra ingenioso no debe ser tomada, dicen los expertos, tal y como la entendemos hoy; esto es aplicable a alguien capaz de repentización, ya sea verbal o actuativa, en cualquier situación humana, que obtiene el beneplácito de los circunstantes. Precisamente, ésa, entre otras, es una fuerte característica del andaluz de hoy y aun presumo que de ayer. Por ingenioso, en la época, se entiende “raro”, de carácter singular, acaso al borde de la patología. La palabra, y no descubro nada con ello, viene de la obra de Huarte de San Juan “Examen de Ingenios”, especie de prontuario pre-psicológico de la época. Sin embargo, muchas de las obras de teatro de la misma época, o acaso un poco más tardía, se anunciaban como debida a “Un Ingenio de esta Corte”. En este caso, la palabra se nos presenta como connotada. No así la acepción debida a Huarte. Parece que Cervantes adopta esta última.
Compartimos la teoría de que El Quijote es, en principio, una Novela Ejemplar. Lo es, en tipología y extensión, hasta el fin de la primera salida. Se trata de “ejemplificar” el caso de una patología conocida: la locura debida a la literatura. Pero, Cervantes descubre que no está ante un caso “ejemplar” más, como en La Gitanilla, que puede resolver con los recursos novelísticos que domina. No. Don Quijote le “habla” a Cervantes, y le pide más y más prosa. Comienza la novela moderna, como proceso de descubrimiento, por parte del propio novelista, de su propio personaje y de su circunstancia. Ha detectado un “ejemplo de ingenio”, y ha procedido a incorporarlo a su serie de novelas ejemplares.
¿Pero dónde ha detectado a este hidalgo trasnochado, crepuscular, que le ha sugerido la novela? Cervantes viajó más por el sur que por el norte de España. La atracción del Mediterráneo, debido a sus viajes, cautiverios y hazañas, fue mucha en su vida. Conoció Andalucía, como recaudador de impuestos, y Murcia, y Barcelona. Pero sólo encontró al hidalgo en La Mancha. Don Quijote es el retrato de una soledad. Allá en su aldea de olvidado nombre, Alonso Quijano se encuentra solo. Nadie lo acompaña en sus lecturas, en las que gasta no poco de su hacienda. Acaso su bisabuelo, del que heredara la oxidada armadura, guerreara en la conquista de Granada. Pero él, no. Seguramente tampoco su padre o su abuelo. Don Quijote es el último vástago de una estirpe agotada. Su soledad es no sólo personal, que también lo es, es una soledad histórica. Imaginemos que ya agotó la caza como divertimento, o lo alejó de ella la lectura. ¿Qué más da? No hay guerras a las que acudir. No tiene afán viajero, ni deseo de conocer mundo. Vive en un mundo cerrado, aunque vasto: La Mancha. Un mundo con apariencia de infinito: la llanura inacabable que de ordinario unimos a su imagen. En cierto modo es hermano del hidalgo de Toledo, del Lazarillo. Gentes sin nada que hacer. Descendientes de unos linajes a los que los Reyes Católicos despojaron de todo poder, convirtiéndolos en cortesanos, si eran pertenecientes a la nobleza alta o medio alta. Para la nobleza baja, ¿qué quedaba? La respuesta es nada. Una nada disfrazada de patética soberbia, o una nada andrajosa, metáfora del tedio y del sinsentido.
Quiero imaginar que La Mancha fue para Cervantes trasunto del tiempo detenido, de la inanición, de la Historia dormida. Y creo que, por contraste y observación, Andalucía, Extremadura, el Reino de Murcia, la costa levantina toda, era lo contrario. Quiero creer que desde Despeñaperros para abajo, todo era ebullición: o bien camino de Sevilla para pasar a las Américas, o bien de Cartagena para pasar a Italia, como fue su caso. Málaga era arribada de cautivos como él mismo cuenta en el Quijote. Murcia, buena para acabar en feliz anagnórisis el periplo manchego de la gitanilla. Barcelona, la Antimancha, con la derrota del Caballero de la Triste Figura. Todo tierra de movimiento, de búsqueda de nuevo horizontes. Pero La Mancha, no.
Don Quijote es un ser crepuscular, habitante del ocaso histórico, que busca no un nuevo amanecer, sino un viejo amanecer; el de la Edad de Oro, donde no había –recordemos- ni tuyo, ni mío. Los que van a hacer las Américas, y que inundan Sevilla entera y los caminos andaluces que conducen a ella, van precisamente a buscar lo suyo: encomiendas, minas de oro, lances y amoríos, hazañas en Italia. Es una España dinámica, frente a la España aquietada que es La Mancha. Ni siquiera Extremadura participa de esta característica: ahí están los innumerables extremeños que descubren y conquistan media América. Extremadura vive en clave andaluza, o comparte la misma clave, que viene a ser lo mismo. Sólo en La Mancha hay hidalgos ociosos, descolgados por la Historia, inadaptados a los tiempos, como Alonso Quijano. Don Quijote no podía ser periférico, en aquella España.
Se da una circunstancia curiosa. Entre los conquistadores y descubridores hay también muchos lectores de novelas de caballerías. Por eso bautizan a las nuevas tierras, además de con los nombres de su tierra de procedencia –Cartagena de Indias, Trujillo, Guadalajara…- con nombres extraídos de las tales novelas de caballerías: Patagonia, California…y en el siglo anterior, Lanzarote en las Islas Canarias. Su comportamiento es exactamente opuesto en cierto modo al de Don Quijote. Ellos adaptan, convencionalmente, la realidad a sus fantasías. Don Quijote quiere precisamente todo lo contrario: que su fantasía sea reconocida por la realidad. Los que bautizan a las nuevas tierras con topónimos extraídos del Amadíses o los Esplandianes, lo hacen con un deje de añoranza, sabiendo que la realidad es otra. Don Quijote, no. Don Quijote busca en su propia tierra la fantasía. Es como una protesta ante esos que buscan la aventura más allá del océano, los inquietos. Renacimiento significa, en parte, viaje, cosmopolitismo, abrir España. Es el primer paso, ciertamente, de la globalización. Don Quijote no quiere abrir España, quiere seguir manteniéndola cerrada, en esa Edad Media de caballeros andantes que le da naturaleza.
Por eso, si adjudicamos ese desasosiego antropológico al ser profundo de lo andaluz, la quietud antropológica, contrapunto de aquélla y esencia de Don Quijote, sería, fue, manchega. O más exactamente, mesetaria, centroibérica. Vale.
El verdadero fracaso escolar
Las cifras del fracaso escolar español son tan altas, que no apuntan a éste o a aquel sistema educativo. Ni la Escuela Selectiva, ni la Escuela Comprensiva; ni LOCE, ni LOE. Fracasa la misma concepción del Escuela como salvadora de la sociedad. La incidencia de la Escuela en la formación de la juventud es mínima: la televisión y sus modelos sociales constantemente lanzados en tan privilegiado medio, con el torrentismo, granhermanismo y cronicomarcianismo, y similares programaciones, hacen añicos cualquier labor de formación en valores que se pueda dar, ya sea religiosa, laica o ideológica. Hay que abandonar la idea de la Escuela Redentora, propia de tiempos pasados, bien tradicionales o tradicionales renovados (LOE), bien ideológicos (LOGSE).
No hay metodologías capaces de asimilar la total falta de voluntad de integración de los objetores escolares, que saben que un tal Boris, haciendo un calvo en la tele, gana más que sus padres en todo un año. O que tal moza, por contar sus escarceos sexuales con el famoso Menganito, ya cobra por aparecer en los programas rosa, tanto y tantazo. O que su compa Fulanito gana pasando pastillas en la disco para cambiar de moto cada año. Frente a eso, no vale pedagogía ninguna. Ninguna, digan lo que digan los psicopedagogos, que hacen de lo que nunca han practicado, o practicaron décadas atrás, su dedicación profesional. Más se desintegra aceptando a un objetor activo en clase, que estableciendo un curriculum alternativo. Y de dar paso de ese modo a la desigualdad de oportunidades, gran razón del Pseudoprogresismo adueñado de la política educativa de toda la Transición, nada de nada. Repito que la Escuela ya no es la expendedora de oportunidades en una sociedad de multiconsumo e hipercomunicación como la nuestra. Eso, en los tiempos de la Institución Libre de Enseñanza todavía era pensable. Hoy en día, no. Tampoco era salvadora entonces, pero era comprensible que se pensara.
Sobra, pues, la escolarización única y obligatoria hasta los dieciséis años, y sobra, más todavía, la comprensividad de los currículos. A cada cual, currículum según sus aptitudes y, sobre todo, sus actitudes. Quien no muestra interés por la Sabiduría, no la merece. El Estado debe dar formación hasta que el individuo esté colmado, pero ni una medida más. Obligarle a más es atribuirse el Estado derecho sobre la conciencia y la voluntad del individuo, sea menor o no. Cuando la Enseñanza se prestigie por sí sola, ya vendrán a ella, no obligatoriamente, sino con voluntad y respeto. Obligar a insertarse en ella a quien no quiere, es meter dentro del sistema el tósigo de su degeneración material, acompañado, además, por la prohibición del uso de antídotos.
Todo esto no quiere decir que la sociedad, configurada en Estado debiera desvincularse de la necesidad educativa de los ciudadanos. Muy al contrario. El café para todos es contraproducente. Al final es aguachirle para algunos y para otros, nada. La devolución del respeto social a la Escuela Pública no pasa solamente por normas de disciplina para alumnos y/o profesores. La autoridad reside fundamentalmente en la actitud del que la acepta, más que en los hechos del que la ejerce. Dotar de instrumentos de autoridad al profesor no sirve de nada, si el alumnado no reconoce su condición subordinada. Y no es el caso.
A una Escuela Pública de prestigio sí vendría la mayoría, aceptando las reglas de la disciplina interna. A esta Escuela de hoy, mendiga de prestigio social merced a universalizaciones discentes y comprensividades curriculares, no quiere venir nadie, salvo el que no puede ir a otra parte. Repito, la igualdad de oportunidades ya no reside en la Escuela. Pónganse al día, señores progresistas de salón. El fracaso de la Escuela no es atribuible a ella misma. Es el fracaso social, que confundimos con el de la Escuela, porque es donde mejor se manifiesta. Vale.
La Poesía, de nuevo
Doy una segunda vuelta al último libro de Eloy Sánchez Rosillo, ahora con el lápiz en la mano, anotando en los márgenes las lucubraciones que su lectura me produce, y veo que ya está bien para dar mi comentario a esta columna periodística que sustento día a día. Bien sé que no es éste sitio para decir cosas definitivas acerca de lo leído. No es, ciertamente, el papel, o el destello virtual de una pantalla de plasma, sustituto del mármol o el pórfido; pero tengo ya la costumbre adquirida, y por seguirla una vez más no se van a romper las puertas del séptimo sello. Por otra parte, lo escrito es siempre asaz misterioso y bien pudiera ser que algún adverbio mío esclareciese a alguien qué sé yo qué cosas de la poesía de Eloy. Ningún sabio, siempre lejos de mí, se verá empecido por la lectura que a partir del renglón siguiente se va a hacer en esta prosa, que, en el mejor de los casos, tendrá la vida efímera de un par de días perdidos en un anónimo mes de Noviembre de un año con muchos ceros entre sus guarismos.
Anotemos para empezar que el libro se llama La Certeza. Ello invita a pensar si es que acaso todo lo anterior no era sino formas de la duda. Y, en efecto, encontramos motivos para afirmarlo así, aunque bien conocemos el relativismo inherente a todo comentario sobre textos poéticos o simplemente creativos. Hay una lectura inmediata, que resalta la novedad del Optimismo antropológico que, tras saltar aquí y allá, esporádico, en el libro, se afirma como mensaje al final de la colección. Ese Optimismo sería la certeza aludida, mientras que el tono elegíaco del resto de su obra, y muy presente aún en este libro, sería la Duda.
El poeta, tras insistir, variando los matices, sobre sus topica: el verano, la infancia, el recuerdo inasible pero inefable, la felicidad climática, la narratividad del suceso categorizado, la metapoética, etc., asciende hasta una cierta ascética del dolor metafísico; un dolor basado en la imposibilidad de asumir intelectualmente la paradoja de la unidad de los contrarios. El poeta proclama su creencia en ella, mas deja testimonio de que se trata de una asunción dolorosa. Es una paradoja resuelta en varias formas: principio y fin, bien y mal, tiempo ido y tiempo presente, alegría y dolor, lo fugaz y lo eterno, etc.
Eloy acierta a presentarnos ese dolor mediante unos razonamientos que, si bien van envueltos en esa expresividad tan suya de la fluidez oracional, basada en los encabalgamientos continuos y en la cuidada estructura levemente envolvente de sus periodos, logran emocionar primero y llegan a hacer vibrar nuestro ser después.
Creo que sí, en efecto, si todo lo anterior en la obra de Eloy se puede englobar como los hitos de un proceso de decantación, de depuración en lo elegíaco; este libro se aparta, no con ruptura, pero sí con decisión centrífuga firme y gradual, de dicha línea. No tanto por ese Optimismo hímnico, muy rastreable en La Certeza, como por testimoniar ese nuevo dolor que no convoca ya a la melancolía, sino a la perplejidad de saberse, como humano, campo de batalla de lo paradojal. Vale.
Recordando a Miguel Hernández

Llueve en esta tarde, entrado ya Noviembre. Y hace frío. Son un poco, la lluvia y el frío, algo así como heraldos de la muerte. Y me traen mensajes tristes, de gentes que, aunque nunca conocí, sé de ellos por los libros. Cuánto más conocemos por los libros que por nuestra propia experiencia personal… Es así como me viene a la memoria que, en un día como éstos, frío y gris, acaso con lluvia, en el Noviembre de aquel lejano año de 1941, el poeta Miguel Hernández, preso político en la cárcel de Ocaña, contrajera la tuberculosis que le habría de llevar a la muerte, casi seis meses más tarde, en Marzo de 1942, tercer año triunfal de sus enemigos, que también lo eran de la libertad del pueblo español. Fue trasladado a Alicante, donde el germen de la enfermedad se desató imparable hasta conseguir de él el descanso eterno. Quiso ser fiel a la causa a la que había entregado su corazón y permaneció en la militancia que le había dado naturaleza, fuera de la Religión; la cual, una y otra vez, con insistencia aliada con la crueldad, persistía en ofrecerle mejores cuidados si se reconciliaba con la fe activa de su adolescencia y juventud.
Miguel Hernández no hacía versos de narciso, como Luís Cernuda, ni siquiera de claveles, como Alberti; o de rosas como Federico. Sus versos eran de barro y de retama, de higos verdes y de limones en agraz. Por eso, aunque no los escribiera él, esos versos que se le atribuyen como últimos, escritos en la pared de su celda, están escritos con la sangre de su mejor estro poético, y merecen ser de él. La mente y la mano que los compuso, si no las del propio Miguel, sí eran de su barro y de su retama, de su limonero. Recordémoslos: Adiós, camaradas, amigos, / despedidme del sol y de los trigos.
Basado en esos versos técnicamente apócrifos, compuse ha tiempo esta rima larga en su honor que a continuación transcribo:
Cuando ocurrió tu muerte, / ya habrías dejado escrito / sobre el muro de tu celda / aquellos versos: / Adiós camaradas, amigos, / despedidme del sol y de los trigos. / Tendrías vuelta la cabeza / para el otro lado del hilo / de luz del infame ventano / de tu prisión de castigo, / -daña la luz de vida / al moribundo presentido- / y habrías tornado a acordarte / de tu mujer, Josefina, / y quizá también de tu hijo. / No te vendría deseo alguno / de verte arrepentido / por cuanto hiciste / por tu pobre pueblo vencido. // De pronto, nada, un instante, / acaso un suspiro, / y acabó todo en un instante / casi sin haberlo sentido. / Adiós, Miguel, compañero / del alma, amigo. / Que la tierra te sea leve, / como el vuelo de un pajarillo, / como la brisa que viene / del campo los domingos, / como las miradas de amor / de los novios primerizos. / Adiós, Miguel, / Poeta del Pueblo, amigo, / sean tuyos por siempre / la rosa del huerto florido / y la espiga del campo de trigo.
Vale.
Un anfitrión de lujo
Hace ya más de un mes viajé a Calabria. No importa ahora por qué ni para qué. Quedan las categorías, pasan las anécdotas finalistas u originarias. Formaba parte de un grupo de tres franceses, Martine, Alain y Nicolas; una lituana, Dalia, y un austriaco, Herwig. Determinado día de nuestra estancia, fuimos invitados al llamado Palazzo del Capo, situado a la vera del mar, en Bonifati, al norte de la costa tirrena. La silueta del Stromboli, cónica y volcánica, se perfilaba imponente en el horizonte, al sur de aquel día azul y hermoso del primer otoño.
El Palazzo, una fortificación de defensa costera, mayor y de más consideración que las demás, había sido convertido en hotel de lujo por su dueño, un descendiente de los Duques de Anjou, aristónimo sin par en la zona; aunque el título había ido a parar a otros miembros de la familia. Anjou, por mor del gasto que las gentes hacen en las palabras, había devenido Aloe, vocablo más aéreo y evocativo.
Su pelo era canoso como el de un senador romano del Imperio; su porte, el de un gentleman del Imperio Británico en viaje por cualquier parte exótica, lejos de los territorios de Su Majestad. Todo el entorno del Palazzo-Hotel tresmanaba clase, estilo y buen gusto por doquier. Sus ideas me recordaron aquellas de Lampedusa en El Gatopardo: “Es necesario que algo cambie para que nada cambie”. Era contrario a la industrialización de Calabria, aduciendo la falta de materias primas, en un tiempo en que lo que cunde económicamente es la plusvalía de la manufacturación. Y era partidario de que prosiguiera la emigración en aquella tierra, si bien disfrazada de “exportación de la inteligencia”. Por supuesto, también era contrario al Gran Puente entre el Continente y Sicilia.
No obstante, su hospedaje rezumaba concesión de privilegio por todos sus poros. Sacó su mejor vajilla, su cristalería de Murano, su cubertería de plata y nos obsequió con un menú preparado especialmente para aquella visita nuestra europea. Todo ello, con un trato perfectamente ambiguo, entre la familiaridad y el rigor del protocolo.
En su honor, compuse este poema, respecto del cual, ni yo mismo sé si va en serio o no. Júzguenlo los tiempos por llegar. Yo no alcanzo a tanto:
PALAZZO DEL CAPO, BONIFATI: Cuando fui un muerto / me llevaron enseguida / ante el Gran Jurado Divino. // Y no sabían si darme el último / lugar del Purgatorio o condenarme. // Entonces, se levantó mi abogado defensor, y dijo: // -Esta alma fue invitada un día, a su mesa, / por el Gran Duque de Aloe, en su Palazzo del Capo, / en Bonifati de Calabria. // Y el Buen Dios, que todo lo oye, / ordenó al punto que el caso fuera sobreseído. // Por eso ahora, os escribo desde el Cielo. // No obstante, debo añadiros, / sigo añorando la hospitalidad del Duque.
Vale.
Puentes
Me llega a mi correo electrónico un Power Point dedicado a fotografías de puentes de todo el mundo. Precioso, como todos o casi todos los PPS que se reciben. Nocturnos, diurnos, atardecidas, amanecidas… con un puente en primer lugar. También los hay antiguos, medievales, barrocos. Hay todo un género visual en esto de los PPS. Un preciosismo maravilloso que recrea la vista, pero que va cediendo ante la dictadura de lo abundante. Tanto y tanto PPS con fotos de primor abotarga, y es que la ley de la escasez es indispensable para valorar las cosas. Nada hay tan insoportable como la rutina. Me contaba una amiga que un señor de cierta ciudad que no mencionaré, tenía por una esposa una mujer bellísima, una realhembra de tronío. Pero, que no obstante, mantenía una querida, más por acceder al grado de señorito que por otra cosa. Un día, alguien le afeó su comportamiento infiel, ponderándole las excelencias de los encantos de su esposa. El fulano en cuestión respondió:
-Hombre… es que todos los días pollo…
El pollo, en aquellos tiempos de Maricastaña, era un boccato di Cardinale, pues aún no había granjas avícolas que convirtieran a las gallinas y sus gallos en cosas industriales, apenas semovientes.
Y eso es lo que pasa con las fotografías que digo, de primor. Tantas, todos los días, acaban con la excepcionalidad de la belleza. Si hubiese miles de Venus de Milo otro galla cantaría en esto de la belleza. ¿O no?
Bueno, pues hablábamos de puentes, sí. En la Edad Media excomulgaban a quien destruía un puente. Los particulares, así en general, no se dedicaban a destruir puentes. Mayormente, porque aún no había mercado negro de armas, y mucho menos de explosivos, que no existían. Pero los señores feudales sí destrozaban puentes, los del enemigo sobre todo. Llegó la Iglesia, y pudo salvar algunos. Todavía nadie se lo ha agradecido a la Iglesia. Yo lo hago ahora.
En el Juego de la Oca, que algunos dicen que es el Camino de Santiago convertido en juego por los Templarios, si caes en puente vas de puente a puente; o sea, avanzas un montón, o un huevo que se dice. Llegar a un río sin puente en el Camino de Santiago era una desgracia. Tenías que vadear el río, y aventurarte por zonas no seguras o menos seguras, hasta llegar a un vado. Y, encima, mojarte. Hoy el puente es una cosa trivial, y el mundo está lleno de Calatravas. Pero entonces no. Los constructores de puentes hicieron avanzar Europa más que nadie o tanto como el que más. Los monjes copistas de los monasterios y los constructores de puentes eran los progresistas de entonces. Los feudales que quemaba bibliotecas y destruían puentes, los retrógrados.
Y así llegamos hoy en día ante este PPS de puentes, que a mí me encanta, a pesar de la rutinariedad que digo. Yo no he puesto más puentes que los que ponía en el Belén sobre el río de plata o de cristal. Y, en cuanto lo ponía, podía escuchar la expectación de todas las figuras de barro, por ver a cuál de ellas pondría sobre el puente. Yo era muy clasista al revés, y ponía siempre a la figura más humilde: a la señora con el pollo en la mano y la cesta en la cabeza o alguna similar. Protestaban algo todos, y luego se callaban. Pero sé yo que a todas les hubiera gustado ser la figura sobre el puente. Era el lugar más privilegiado.
Por eso quiero dedicar esta prosa a todos los que saben construir o han construido puentes, con mi agradecimiento. Vale.





