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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Esteban Bernal, en Chys


La Unión es tierra singular, tanto paisajística como humanamente. María Cegarra. Asensio Sáez, Hernández Cop, y algún otro que se me escapa, bien atestiguan esto que digo. Esteban Bernal es pintor que goza de esa magia unionense que combina alucinación y lucidez a partes iguales. Doble naturaleza de una luz única, la telúrica, que sale de las entrañas minerales de extravagante cromaticidad, y la solar del Mediterráneo, tan conocida por todos. Ahora este unionense, nuevo hijo de esta doble luz, expone en Murcia, en Chys, que es como decir en la Catedral del Arte vivo, el que se bate en el mercado, huyendo amparos públicos de mayor acomodo.
Los Espacios de Esteban Bernal tienen elementos fáciles de discernir: la arquitectura, el agua, la figura humana, y una gama de colores que expresan más que impresionan, que hablan de calidades mentales más que sensitivas. Pero tras esa facilidad identificativa, los Espacios de este pintor esconden mensajes arcanos. Su narratividad, algo borgiana, habla de una soledad de océano encerrado en interiores palaciegos abandonados, de sombras que ejecutan solitarias ondas en la superficie tranquila de unas aguas que usurpando suelo a la majestuosidad de logias, altos ventanales y bóvedas, trasunto son de cierta soledad humana, como pueden serlo los templos vacíos y olvidados.
Contemplando los Espacios de Esteban Bernal naufragamos en unos tamizados colores de ocaso o de difusos cenits del sol. Y es un naufragio dulce y placentero. Es como vislumbrar una soledad ajena y comprendida, que pudiera ser nuestra, pero no lo es. Como un Jano de doble cara, esos tonos cuya lejana referencia es la textura pastel, nos informan objetivamente, sin involucrarnos, de esa ausencia de tragedia que no es comedia. Porque estos espacios son en realidad, el negativo fotográfico de lo que creemos ver. Así, las tenues líneas de su arquitectura no delimitan la ruda materia de pórfido, granito o mármol, que el ojo, en primera instancia, ve y nos transmite. No. Esas líneas delimitan el aire que les queda fuera. Esos Espacios no son sino volúmenes de aire, perfilados por las caprichosas líneas de la arquitectura que engaña al ojo.
Y quedan esas figuras, androides alojados en los cuadros, dentro de la falsa cárcel del dibujo, hoyando el agua levemente, hasta arrancar la feble onda, que dota de movimiento al cuadro, frente a la mayestática estatidad de las líneas que conforman dibujo y volumen. Pero, ya digo, no habita la tragedia de la soledad en estos Espacios. Se ha trascendido la metáfora existencialista del humano frente a la oquedad del mundo. Estamos ante el mensaje superior de que hay algo ajeno a la materia que redime: esa luz, mitad mineral, mitad solar, que símbolo es de victoria frente a cualquier fatum.
Esteban Bernal, muchas gracias. Vale.
 
De mozárabes en Las Claras




Escucho, con delectación propia de adicto, a Isabel Velázquez, latinista madrileña, hablar del legado mozárabe en Las Claras. Nos muestra pizarras visigodas de más acá del 711, demostrando que hubo Hispania, después de Guadalete. Su palabra encendida me hace recordar a los últimos mozárabes murcianos, o tudmirenses, que todavía existían el XI. Y recuerdo las palabras de Rodríguez Llopis sobre el asunto. García Ximénez fue un castellano que mantuvo Aledo cristiana tres años de fines del XI. Imaginé un poema en el que hablan el paladín burgalés y un mozárabe que sale con él desde Aledo, cercada por el almorávide Yusuf. Alfonso VI vino a liberarlos, y decidió no defender la plaza. Ahí van ambos textos, prosa y verso.
"Cuando a fines del siglo XI, tropas castellanas enviadas por Alfonso VI conquistaron Aledo y se mantuvieron allí durante algunos años, los mozárabes del entorno aprovecharon la ocasión para introducirse en la villa y colaborar con ellos. Son las últimas noticias que se conservan de estas minorías" (R. Ll.).
Altas eran las llamas / que se veían / Altas eran las llamas / e bien complidas, / cuando Alfonso, el sesto, / de Aledo se iba, / buscando camino cierto / hasta Castilla. // Altas eran las llamas / e bien complidas, / cuando Alfonso, de Aledo / se salía, / mandando quemar torres / et almenías. // Ya Alfonso cabalgaba, / el primero iba. / Et con él la mesnada, / muda seguía, / que no aquel paladín / de Don Garçía, / que Ximénez por todos / se le desçía; / caballero como él / allí no había. / Lloraba de sus ojos, / et tal desçía: / -¡Ay, muralla de Aledo, / alta e garrida, / nido de águilas fuiste, / hoy de gallinas! // ¡Ay, muralla de Aledo, / mucho os quería, / mas hoy de aquí me parto / sin alegría! / Tres annos te mantuve / en cristianía, / Aledo, con las armas / et mi valía. / Frente a miles de moros / mi fe vençía... / Pero ya hoy, Alfonso, / de ti se huía. / Y Yúsuf, ese infiel, / bien se reía. / ¡Lexos quedan cristianos, / lexos Castilla...! // Oyó desçir murçí / que entr´ellos iba, / et ansí respondióle / sin acedía: / -Mil annos ya mi sangre / la Cruz sabía, / desque apóstol Santiago / bien la desçía / de Cartagena a Espanna, / cuando Castilla / non era nata en mundo, / nin tal había. / de romanos e griegos / porción había, / et godos de Toledo / bien se veían. / Mil annos ya mi sangre / la Cruz sabía, / y a María rezaban / e la querían... / Si tres annos lamentas, / buen Don Garçía, / por dexar esta tierra / de maravilla, / cuánto he de llorar yo / que aquí nasçía... / Yo, que ya non poseo / la tierra mía, / et dexo río e mar / que bien quería." // Miróle el espadero / et fincó aína / espuela a su caballo, / que non quería / partir pena con quien / más della había. // Altas eran las llamas / que se veían. / Aledo, ayer cristiana, / mora se hacía. // Altas eran las llamas / e bien complidas, / cuando Alfonso el sesto, / de Aledo se iba.

 
La tumba gnóstica de Mazarrón



En el museo de la factoría de garum del Puerto de Mazarrón, se da cuenta de una de las tumbas de la necrópolis del lugar. Poseía, además de los restos humanos correspondientes, tres lámparas de aceite, una entera, una rota y otra ricamente decorada, con el lugar de su llama mirando hacia el ocaso. La decoración de la última incluía una cruz griega, de pie y brazos pariguales, custodiada por dos columnas. Es de finales de la Edad Antigua, en los albores de la oscura Edad Media. La confección de la salsa de pescado hispana conoció entonces su último auge. Hubo un floreciente comercio con Túnez, antes del colapso total. El ciudadano inhumado allí era, sin duda de creencia gnóstica; es decir, afirmaba conocer la naturaleza divina, no sólo creer en ella. Tampoco sentirla, tan sólo. No era ni un creyente, ni un místico. Mucho menos un pagano o un ateo. Él conocía a Dios. Traído por causas que nunca conoceremos, arribó al Puerto un día de aquellos en que Atila entinieblaba Occidente, y los últimos misioneros apostólicos desembarcaban por los gélidos puertos del brumoso norte.
Se hizo enterrar con las tres lámparas, que acaso simbolizaban la Hagia Triada cristiana, trasunto de tres categorías intelectuales que él y los suyos conocían. Prefiguración de las tres carabelas que mil años más tarde arribarían a la nueva tierra prometida, las tres lámparas habría de guiar su viaje póstumo hacia el Nuevo Mundo que los demás llamaban Paraíso. Un mundo virginal, sin pecado ni maldad. Al tercer día, su alma volvió a su cuerpo, pero ya no eran ni su alma, ni su cuerpo, sino las ideas de ambos. Levantóse, y vio cómo las tres lámparas se levantaban con él. Anduvo, invisible como trasgo, y se encaminó, sin saberlo, hacia el mar. Allí lo esperaba el barco fenicio, hundido mil años atrás, cerca de la orilla. Sumergido, tomó posesión de él, y el barco dejó ir entonces sus propios perfiles de materia, fondo adentro, quedándose reducido a mero volumen de madera. Surcó el abismal suelo, iluminado por las tres lámparas, siempre piélago adelante.
Las tres mariposas de luz ardían en milagro. Una de ellas era perfecta, y simbolizaba al Creador. Otra, la rota, no era sino el Paráclito, sacrificado por los hombres redimidos. La tercera, la decorada, era el Espíritu. La Cruz griega, no latina, era la Gnosis misma: Religión y Filosofía. Las dos columnas eran las de Hércules, en el Reino del Ocaso, sobre los montes Calpe y Abyla. Puerta del Mar donde naciera la Razón, que custodia la Fe.
Arribó al Nuevo Mundo, y su alma transfirióse al cuerpo de un chamán de tribu. Aceptó entonces la fusión de hombre y naturaleza como forma suprema de Sabiduría. Vale.


 
Un cuadro de Rembrandt


No sólo los quijotes viven de cuatricentenerios; también Rembrandt. Holanda va a ser una fiesta con el recuerdo del pintor. Me sumerjo en Internet por el Océano Rembrandt, y descubro que todos celebran el cuadro en el que el pintor retrató a su madre leyendo la Biblia. Algunos dudan que fuera su madre, pues también sus discípulos retrataron a la misma mujer. Da igual. El cuadro es todo un monumento a la libertad de pensamiento, configurada en la libre interpretación de las Sagradas Escrituras. La anciana, de espaldas, a la luz, para que ilumine el grueso y amplio códice, se halla envuelta en un manto rojo, algo fucsia, que se complementa con una casulla que hace juego. No es una mujer anciana, aunque sí mayor. Se la ve bien alimentada, a pesar de estar envuelta por completo en su vestimenta. Es todo un retrato de la burguesía europea reformista de su tiempo. En primer lugar, hay riqueza material en la confección del vestido. Hay cultura; a pesar de ser fémina, y mayor, sabe leer. Por ese tiempo, al pie de firma de algún noble español, se leía: "Es Noble", justificando así la ausencia de rúbrica. Tal hecho no se en entendía como disculpa, sino como ornato. Un noble, ni escribe, ni lee, ni trabaja. Pero nuestra dama sí lee.
Lo de la luz por la espalda, también es muy significativo. En los territorios de la Contrarreforma, el Sur de Europa, la luz en los cuadros de santos viene de frente, para iluminar al individuo. Es la forma del éxtasis como acceso a lo divino. En la Europa de la Reforma, la luz viene de atrás, justo para iluminar lo que se lee; la Palabra, que ha de entrar por los ojos, para llegar a la Razón. En cierto modo, el Luteranismo supuso el empleo de la cabeza para asumir el hecho religioso. El Catolicismo insistía en el corazón. La interpretación de la Palabra era confiada a los Doctores de la Iglesia.
Hoy, la fusión de los contrarios ha ganado Europa. No obstante, podríase argumentar que los fundamentos del Protestantismo van ganando terreno, dentro y fuera de las almas. La Religión va quedando como algo particular, y la Religión espectáculo, exaltación de la Liturgia, pierde horizontes, aunque pervive.
Pero nos vamos de la plástica del cuadro. Su impronta es puramente barroca. La dama se abalanza sobre el códice, sus páginas onduladas dan una idea visual de blandura. Hay un escorzo corporal sólo entendible en tal estética del Seiscientos. La textura del manto sugiere sedosidades cercanas al lujo, lejos de la austeridad española. Y la difusa diafanidad de la luz, a pesar de su direccionalidad, inunda todo el cuadro. Lejos de la concepción tenebrista del Barroco español
 
POEMA DE TOULOUSE



Toulouse nos recibe
con la vieja tristeza, tan mojada,
de la tarde invernal francesa.

Las hojas de los plátanos tapizan
las verdes riberas de los canales del Garona.
Y la luz escapada deja paso,
ya sin descanso alguno,
a la noche prematura de la estación
destemplada y larga.

Las gotas de los cristales del autobús
abigarran los neónes urbanos a mi vista,
y veo caminar a las gentes
con la indiferencia del acostumbrado.

Siento nostalgia del sol murciano
en la tarde infinita del Malecón,
y huérfano me acojo
a su grato recuerdo alegre y cálido.

La muy dulce llanura de Aquitania
hace sonar el órgano de nubes del cielo,
y resuena la lluvia en la Catedral,
aérea y grandiosa,
de los valles y colinas que el Garona riega.

¡Ay de mí,
indeciso entre la lluvia y el sol,
a merced de la nostalgia, y prisionero
en esta cárcel del clima, atlántico y francés,
de las verdes llanuras de Aquitania.
 
Fantasía quijotesca final

Acuarela de José Luis Martínez Valero, 2005

Camina ya este año Quijote por los tramos finales de su andadura. Si analogáramos estas calendas del 2005 a la propia novela cervantina, estaríamos ya en el camino de vuelta desde Barcelona a La Mancha; a ese lugar no recordado, o no querido de ser recordado, o que no importa ser recordado. Don Quijote se vuelve a la nada, al no lugar, desde el lugar por antonomasia, Barcelona. Un lugar tan real y tan realista, que Don Quijote pasa desapercibido en él. Un lugar tan preñado de verismo, que puede ser utilizado por El Caballero de la Blanca Luna para derrotarle. Mientras estuvo en Mesetaña, el caballero de los Leones nunca pudo ser vencido. Don Quijote era hijo de la meseta, y es el mar quien le vence. La aventura de verdad, el barco turco en las aguas del puerto catalán, vence a las aventuras de libro, de ficción del Caballero de la Triste Figura.
Este viaje de vuelta que todos hacemos en este mes de Diciembre es, pues, esa vuelta en derrota de Don Alonso Quijano. Don Quijote ya no es Caballero. Ha dejado de serlo al incumplir las sagradas Leyes de la Caballería, según me enseñó mi Maestro, Santiago Arellano, un navarro entero, pleno de fortaleza culta y humana. Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, lo ha derribado sobre la arena catalana de la playa de levante. Le ha puesto la lanza en el pecho y le ha dicho:
-Vencido sois, cauallero, y aun muerto, si no confessais las condiciones de nuestro dessafio.
Las condiciones son que reconozca que su dama, la del vencedor, es más hermosa que Dulcinea, la dama soñada de Don Quijote.
-Don Quixote, -dice Cervantes- molido y aturdido, sin alçarse la vissera, como si hablara dentro de vna tumba, con voz debilitada y enferma, dixo:
-Dulcinea del Toboso es la mas hermosa muger del mundo, y yo el mas desdichado cauallero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraudé esta verdad; aprieta, cauallero, la lança, y quitame la vida, pues me has quitado la honra.
El vencido, según las leyes de la Caballería, escritas por Raimundo Lulio, debería aceptar todas las condiciones impuestas por el vencedor, pero Don Quijote encuentra, que más allá de la fidelidad a las leyes de la Caballería, se ubica su amor al ideal que Dulcinea representa, y prefiere dejar de ser Caballero. Por eso dice hermosa, y no fermosa, y esta, en lugar de aquesta. Ya no es Caballero, y ya no precisa, pues, seguir hablando en el castellano antiguo de sus novelas de caballería. Es otra vez Alonso Quijano. El idealismo había convertido a Alonso Quijano en Don Quijote, y la fidelidad a ese idealismo le hace volver a ser Alonso Quijano el Bueno.
Así todos, pienso, podemos imaginarnos acompañando a Don Alonso Quijano a la niebla manchega de su irrealidad, desde la novelesca realidad de su aventura catalana. Poco a poco, como el propio Miguel de Cervantes dijera en el prólogo a su Persiles y Segismunda, diremos con ambos, el novelista y su personaje:
-¡A Dios, gracias; a Dios, donayres; a Dios, regozijados amigos; que yo me voy muriendo, y desseando veros presto contentos en la otra vida!.
Vale.

 
Música de Órgano en una Catedral vacía y oscura

Tengo ante mí, invisibles, oscilando como fantasmas del recuerdo de una sensación reciente, unos cuantos elementos que he ordenar, o desordenar, en esta prosa diaria del Recado de Escribir. Una es la oscuridad física, que dilata la pupila, condenada a delimitar perfiles y aquilatar sombras. Otra es la grandiosidad de una Catedral vacía: la de San Serenín de Tolosa de Francia, estrecha y larga nave de cañón románico de medio punto. La tercera es el frío aquitano del Otoño, húmedo y pirenaico, que parece emanar de las viejas pilastras desnudas. La cuarta y última es la sonoridad grandiosa del Órgano de Saint Sernin, que se adueña de las naves primero, y de las almas después, cuando desciende de la cuasi militar formación de los metálicos tubos hasta la nave catedralicia.
El quinto elemento soy yo mismo. Mi espíritu acaso, rodeado en esa oscuridad, querida por el azar, en ese enclave de fe medieval, en pleno Camino de Santiago. Soy, junto con un reducido grupo de privilegiados, oyente espectador de esa envolvente cascada de notas plenas y rotundas, en los medios de la Catedral, ubicación donde se nos ha dicho más perfecta es la audición. Medito, mientras escucho, lamentando no tener mayor formación musical para apreciar el privativo concierto, que la música de órgano no rompe el silencio. Lo ordena según cánones trascendentes que a los humanos escapan, y que apenas pueden hacer otros instrumentos. Tan sólo antes, cuando la fe abarcaba al todo Occidente, dados eran a conocer a algunos fieles.
No era el Órgano la Voz de Dios, pero sí era su sustituto en la Tierra. Ya no eran tiempos medievales, ciertamente, cuando la tecnología del Órgano evolucionó lo suficiente como para mostrar la plenitud de hoy. Pero podemos pensar que un Johan Sebastián Bach lo pensó así o un Buxehude. Leí cierta vez que el joven Bach anduvo –a pie, claro- más cien kilómetros para escuchar a este organista, y aprender. Es posible que únicamente siendo simple de alma, como he apreciado que son organeros y organistas, puedas apreciar toda la grandeza de una partitura de Órgano. La espectacularidad aparente de sus frases musicales no es sino el envoltorio del regalo magnífico que es sentir el contenido de dicha música en el espíritu. Y no comporta ello que el Órgano se encuentre restringido al contenido religioso, ni mucho menos.
La luz exterior del mundo moderno se filtraba por las alturas de las vidrieras catedralicias, poniendo una ligera pátina de semipenumbra en la nave, mas no lograba romper la magia del evento. La música de Cesar Frank, repitiéndose cada vez más enriquecida en acompañamiento e intensidad, abrazaba una por una las esbeltas pilastras y la perfecta bóveda románica hasta llegar, allá a lo lejos, al Altar Mayor, donde eran recogidas por el ábside, y de donde algunas volvían, sacralizadas, cabalgando en el eco, hasta su mismo origen. El frío y la oscuridad revestían de realismo la ocasión, como inesperados cómplices de la memoria personal de los oyentes. Lo interpretó Michel Bouvoir. Sucedió uno de los últimos día del Otoño de un año de principios del siglo XXI. Vale.
 
Dos poetas montañeses


Pocos poetas han recogido tanto consenso en torno a su obra como José Hierro. Su poesía, anclada en la raíz de lo humano, cabalgó siempre sobre lo existencial y lo social. No fue la estética pura, ciertamente, su preocupación exclusiva. Incluso su forma buscó más la comunicabilidad que la musicalidad en el idioma o cualquier otra exquisitez ancilar al uso. Su voz fue, ciertamente, una de las más dignas de la poesía del inicio de la segunda mitad del siglo XX español.
A poco que se ahonde en las posibles causas de este pormenor, la amalgama de ética y estética en la obra poética de José Hierro, se acaba dando en la fuerte y perdurable relación, casi de paternidad poética, que hubo entre Gerardo Diego, el poeta del 27, y el propio José Hierro. Santanderinos ambos, mantuvieron durante largas y fructíferas décadas una relación que se iniciara, adolescente aún José Hierro, en la común ciudad de ambos, recién comenzada la Guerra Civil. Y que no acabó sino con la desaparición física, no de uno solo de ellos, sino del último de los dos, ya que Hierro continuó honrando la memoria de su maestro y amigo aun tras su fallecimiento.
Hierro, al contrario del Pablo Neruda, que no supo salvar a Miguel Hernández y que para lavar su conciencia dio en arremeter verso en ristre contra los dámasos y los gerardos, sí supo apreciar el valor intrínsecamente poético de Gerardo Diego. No fue cegado por la intransigencia ideológica que asaltaba a todo aquel que veía en la poesía “un arma cargada de futuro”. Siguió fiel a su maestro, y defendió, explicó e interpretó su poesía a todo lo largo y ancho de toda su vida. No es dato menor en la exégesis de la obra de Gerardo Diego, el aprecio de José Hierro sobre su poesía.
Todo esto se puede leer en la compilación de los artículos escritos y publicados en diversos órganos de prensa, que firmados por cada uno de los dos poetas, llevaban como referencia temática al otro. Dicha compilación se encuentra en el libro “CUADERNO DE AMIGOS (GERARDO DIEGO – JOSÉ HIERRO)”, editado por Devenir/Ensayo, bajo la dirección de F.J. Díez de Revenga. Son cuatro ensayos de Gerardo sobre Hierro, y dieciséis de Hierro sobre Gerardo, junto con el prólogo del encargado de la edición, que ilumina y pone de relieve los pasajes más significativos.
Estamos ante unos textos que celebran como ningunos otros, la continuidad de la poesía española a todo lo largo del siglo XX, desde el postmodernismo que animó a Diego en sus principios, hasta el experiencialismo que animó la última producción poética de José Hierro, pasando por todas las etapas y escuelas intermedias, tanto temporales, como temáticas. Un libro que merece la pena, imprescindible para todo aquél que deba, o quiera, saber de la poesía española del XX. Vale.


 
Pitol, Sergio; Premio Cervantes


Ya tenemos Premio Cervantes, en este año del Quijote. Un mexicano. Muy bien. Celebro, en primer lugar que no se lo hayan dado a Benedetti, el denostador de lo español como cultura invasora de Sudamérica. Pitol es escritor. No es ni novelista, ni poeta, ni dramaturgo; tampoco ensayista. Es, ya digo, escritor. Pertenece a esa pléyade o estirpe de escritores de la América del Sur que son, a la vez, diplomáticos: Carpentier, Octavio Paz, Abel Posse y otros muchos. Es hermosa costumbre ésa de hacer representantes de sus respectivos países a los escritores. No sucede en España, donde son muy celosos de los suyo los diplomáticos, el funcionariado más orgulloso de todos. Eso que se pierde España. Todo lo más, políticos son los únicos que lograr colocar a algún adicto en embajadas. Los escritores españoles sólo son profesionales de lo suyo. Lo cual no es bueno. No se puede ser sólo escritor. Se deja uno la vida aparte. Además, eso te impide saber idiomas. Pitol sí sabe idiomas, y ha traducido a muchos centroeuropeos. Le entusiasma Praga. Los escritores españoles, mayormente, no saben idiomas. Juan Ramón Jiménez sí sabía idiomas; por eso pudo hacer progresar a la poesía española. Incluso de Machado se dice que sabía a duras penas francés, a pesar de ser catedrático de dicha lengua. Se hizo universitario más tarde, licenciándose en Filosofía. No sé yo si se puede ser tal cosa sin saber alemán. Como tampoco se debía de ser Licenciado en Letras sin saber latín.
Bueno, el caso es que Pitol sí sabe idiomas, y pasa mucho de los géneros. Sus libros son eso, libros. Algún cuento, muchas ideas, prosa y prosa, que busca la lucidez, más que la gracia, el ritmo, la intriga o el destello genial. Buscando por la Red, les he encontrado este texto que les corto y pego, que trata de esta era industrial en que hemos metido al arte. Lean:
"A pesar de los complejos intereses que se mueven en torno al libro, de los sofisticados mecanismos mercadotécnicos, de la salvaje competitividad de algunos círculos, sigue existiendo un público sensible a la forma, lectores exigentes cuyo paladar no toleraría historias tan truculentas ni la lacrimosa salsa del folletón, un público que se enamoró de la literatura desde la adolescencia, y contrajo ya antes, en la niñez, la adicción a viajar por el espacio y tiempo a través de los libros. Y entre este público que sí sabe leer, se encuentra un grupo minúsculo, pero que es en verdad un supergrupo, el de los escritores, o los adolescentes y jóvenes que van a ser escritores en un futuro próximo".
O sea, que a pesar del optimismo inicial, resulta que, aunque sea sólo un poco, los escritores escriben o escribimos para nosotros mismos. Eso se llama una confesión. La masa se sirve de truculencias y folletones, últimamente de davincianismos, señoranillismos, harrypotterismos y otros. Yo pienso que son tiempos de cambio, y la letra, impresa o virtual, está buscando su lugar entre el universo de la imagen. La novedad es que interfiere el mercado, con su hijo natural la globalización. Estamos en el ojo del huracán, y nada se puede aventurar acerca del final del conflicto. Sucedió cuando la escritura hizo su aparición en un mundo oral, y cuando la imprenta barrió al manuscrito. En fin… Sergio Pitol, enhorabuena. Vale.