Patrimonio inmaterial

Recibo la revista Parpalacio, de la Fundación Joaquín Díaz, de Urueña. Urueña, ya les conté un día, es un pueblo de Valladolid, con una fenomenal muralla, y que sirve de guarida cultural a gentes como este Joaquín Díaz y Luis Delgado, musicólogos y tradicionistas, amantes de la investigación antropológica auténtica, a quienes debemos no pocas recuperaciones de romances, canciones, coplas y otros elementos de la cultura popular española. Entre sus noticias, me llama la atención una referente a un curso sobre "Patrimonio Inmaterial". Y a mí comienza a temblarme la barriga, como siempre me pasa al aprender algo nuevo, importante y hermoso.
Y doy en pensar cuánto de ese patrimonio inmaterial; es decir, no sujeto a soporte matérico alguno, tenemos aquí en la Región de Murcia. Habría que hacer un inventario, al igual que se hace el del Patrimonio Material: bellas artes, artesanía, urbanismo, orfebrería, etc. Lo inmaterial hace referencia a los sentidos, y también a lo efímero, lo efímero pero repetido; o mejor, repetible. Yo lamento no conocer a fondo toda mi Región para iniciar este inventario mágico que puede ser el Patrimonio Inmaterial de la Región de Murcia. Pero, voy a intentarlo. Ahí van unas cuantas ideas:
Los colores del Mar Menor, desde la plata del amanecer de un día de anticiclón, hasta el rojo fuego de un crepúsculo de arreboles infernales. Pasando por las gamas de azules y grises de un día de tormenta en otoño.
La luz del ocaso de Mayo iluminando el Imafronte de la Catedral de Murcia.
La sinfonía de verdes, a últimos de Abril, en el Campo de San Juan, en Moratalla.
Sentir tres mil años de Historia, sentado en el muelle del puerto de Cartagena, con las piernas colgando sobre el agua.
Vivir el clima de blancos y azules en Lorca, cuando el Viernes Santo.
La fragancia de azahar en florecimiento primaveral en cualquier parte de la Vega Media del Segura.
Leer la primera página de "La Voluntad", de Azorín, desde lo alto del Castillo, en Yecla.
Escuchar el rumor del río en Archena, mirando el secarral de uno y otro lado del cauce.
La forma verbal "correvés".
Escuchar a los Auroros la tarde del Jueves Santo en la Plaza de San Agustín, de Murcia.
Entregarse a un ataque de Cansera.
Subir por la carretera de Ricote y palpar el olivo milenario, sintiendo la seria rugosidad de su retorcida corteza.
El sabor de los vinagrillos que surgen multitud bajo los cítricos.
El sabor del zumo que rebosa la boca, cuando se muerde un melocotón de Cieza.
El mareíllo de la tercera caña, acompañada de hueva, mojama y almendras, un mediodía de viernes, soleado y magnífico.
Un asiático en el Pedrín, a las ocho de la mañana.
Un partido de fútbol en Águilas.
Y etc. Vale.
Un poema de Soren Peñalver

Cuánto más pobres seríamos todos en esta Región, cultural y aun espiritualmente hablando, si no existiera Soren Peñalver. Acaso es nuestro poeta más universal. No más internacional; digo más universal. Soren también es internacional. Ahí están las traducciones a decenas de idiomas de sus poemas. Y ello, a pesar de que no ha publicado ni un solo libro. Otra cosa es tenerlos escritos.
Ahora, con motivo del centenario del nacimiento de su padre, Soren ha confeccionado con ese encanto artesanal al alcance de todos que es la moderna informática, un díptico encantador, que me ha hecho llegar, y que un servidor, con su permiso, pone aquí para la Red. Es un díptico en color morado pálido. En medio de la portada, hay una imagen. Un paisaje nocturno alberga tres cipreses y una luna llena. Nada más, salvo la línea del horizonte. Debajo, el título. CENTENARIO DEL NACIMIENTO. Más abajo. Isidro Peñalver Navarro Rivas-Hermosilla. Y en medio, tercer renglón: (1905-2005). Un cordón del mismo tono que la hoja y aterciopelado tacto abraza el eje por donde dobla el díptico. Una vez abierto, se puede leer, en lugar de los títulos de crédito, la explicación de las dos fechas. Tras un alfa griega, la del nacimiento: 22 de Diciembre de 1905. Debajo, tras una omega asimismo griega, la del deceso: 31 de Agosto de 1996.
Luego, a la derecha, el poema. Helo aquí:
ISIDRO
A Remedios Zapata López
De los muchos, largos años por ti
vividos, un periodo preciso
de tu juventud, cuando de muchacho
andabas por el pueblo –rubio, guapo,
amigo de todos, como lo seguirías
siendo en tu vejez-, viene
y te detiene en el tiempo. O en aquella
otra escena en una ciudad con puerto
y agitadas palmeras, apuesto
con tu uniforme oscuro,
pronto a finalizar la guerra.
Estábamos en ti, con tus diecisiete
y tus treinta y cuatro años,
entonces; en una y otra, en todas
las instantáneas de tu vida.
Los cuatro, de ti repetimos rasgos,
perpetuados por tus nietos. Estamos
contigo, donde el arco de un siglo
completa el puente por el amor
transitado, y por el misterio.
Soren Peñalver.
Poca explicación precisan tan emotivos versos, pero más obediente a la inercia prosista que a necesidad alguna, escrito quede: esta guirnalda que, con flores del tiempo, Soren ha confeccionado para el recuerdo de su padre amado, lleva la filacteria hermosa del amor filial, atada con el lazo primoroso de esa alusión a los nietos, que perpetúan, felizmente, la sangre. Vale
El sol sube

Desde el solsticio de invierno, hemos ganado ya casi media hora de sol. Cuando paso por la Plaza Mayor de Murcia, camino del trabajo que llena mis horas y mis días, el reloj de San Nicolás, a las nueve en punto de la mañana, ya es iluminado, exacta y completamente, por el sol. La sombra de los altos edificios colindantes marca la tangente inferior de la esfera, eso sí, un algo inclinada. Enrobinada esfera, añado. Y es como si el tiempo, en ese reloj, fuera ya pasado inmediato todo él. Nunca presente, como los relojes todos. Al pie de la torre descubrieron un cementerio musulmán, siete siglos durmiendo. Parece todo un sueño borgiano, lleno de culturas y cansinos relojes, sumergido en la fría humedad del invierno de Murcia. Los sueños de las mil y una noches vagan por la fresca mañana, emanando del subsuelo. Yo los siento cuando paso.
La remontada del sol durante la estación fría es epopeya digna de escritor antiguo clásico, como de Aquiles o Gilgamesh. El héroe civilizador, el sol, lucha impenitente durante cien días contra el Dragón Invierno, que tiene encerrada a la doncella de la Primavera. Es una lucha titánica, en la que el héroe arranca medio minuto al día, resuelto en luz, que no, todavía, en calor. De vez en cuando el Dragón contraataca con una ola de frío y escarcha, incluso, si es preciso, con impías heladas. Pero el sol posee el secreto de la victoria: el que resiste, gana. Lo dijo el Maestro Cela, Maestro a pesar de sus pesares, que no fueron pocos.
Pero hay otra concomitancia añadida en esta plaza mágica por la que atravieso de lunes a viernes a la matinada: en el lienzo de la fachada de la iglesia hay una piedra, labrada, acaso extraída de tumba romana. En ella se puede leer el nombre de Petronius, sin duda ciudadano de la Urbe. Con él, toda la mágica paganía de la Roma, yo quiero suponer que republicana, se suma al sueño arábigo y al reloj cristiano.
Y hay naranjas.
Sí, es el tiempo natural de la granazón de las naranjas. Su color es un secreto del Paraíso. Es el rojo del Infierno, atemperado con el gualdo veneciano del oro de las playas primeras de la Creación, cuando en aquél día primigenio, el Alto separó tierras de aguas.
Y hay el agua, el agua de la fuente central, enorme taza que desborda su sobrante. Cuando paso por su lado, trazando la diagonal de la plaza, me parece ser yo mismo el hebraico Moisés, atravesando Suez, a la par que las aguas se le separaban por delante.
Y, entretanto, el sol continúa su cotidiana tarea liberadora de la blanca doncella, en la cósmica guerra callada de las estaciones del año. Vale.
LaCabeza del Genio

No han logrado discernir, a pesar de todo su golpe de ADN y eso, si la cabeza de Mozart es la cabeza de Mozart o la de algún compañero de tumba, de aquel día lluvioso, en que Salieri y no sé quien más se quedaron en el porche de la iglesia, creo que de San Esteban, en Viena, dejando lo de acompañar al fúnebre carro hasta el cementerio para otra reencarnación. Únicamente un perrillo, más piadoso que los humanos, trotó alegremente cabe las embarradas ruedas, acaso al compás de los ultrasonidos que del cerebro del genio salían, y que sólo él escuchaba. Milos Forman lo contó muy bien.
El ataúd, de falso fondo, dejó caer al abismo de la fosa común, el ensabanado cuerpo del joven, y fue, enseguida, un habitante más de aquel lugar definitivo. Luego, algún amante de los grandes significantes vacíos, sustrajo la testa del músico. Imagino que hubo asamblea de finados sobre qué cabeza deberían brindar al profanador. Y quién sabe, si resultó ganadora la del propio Mozart, y, oh suerte sublime, simula ser la de otro, que a su vez, quiere pasar por la del propio Mozart. Los tirabuzones sonoros de sus melodías alambicaban todavía más la frase musical, alcanzado la gloria en forma de partitura.
Ahora el compositor y sus compañeros de fosa ríen en común, como si espectadores fuesen de una opera bufa de aquella Viena del tiempo. Nosotros somos los malos cantores de ese espectáculo, que creemos tener algo si la cabeza del genio tenemos. Hubo un tiempo de falsa ciencia, en que se creyó en aquella fisiognómica determinante. Somos tan medievales aún, que veríamos de distinta manera la amojamada testa que por alguna parte alguien guarda.
Ciertamente, llovía en aquella jornada vienesa. Y llovía fuerte. Por eso los deudos no caminaron detrás del carro. Jubilosos, imagino al resto de enterrados de misericordia, al recibir los restos del músico. Uno más de ellos fue. No tuvo panteón, no tuvo epitafio, no tuvo esculturas de mármol, ni grandes cruces. Tuvo sólo tres palas de cal mojada, con desgana profesional administradas por los funcionarios municipales, sin duda mal pagados por el municipio vienés. Y eso fue todo. El resto no es silencio; es clamor de oberturas y fulgor de sinfonías, que habrán de seguir sonando por los siglos.
Mozart ya no está en su cabeza. Como en los labios fríos del amante ya no está el amante, sólo están sus labios. Qué misterio es la vida, y qué misterio es el genio. Y qué misterio la Historia, que teje y desteje libérrima, administrando destinos y consignando azares. Del misterio salió Mozart, y al misterio volvió, al cabo de casi 25 años. Qué difícil es creer que no queda nada de misterio en su cabeza. Vale.
Elogio de Cabo de Palos

Sierra Espuña y Cabo de Palos son los iconos regionales que desde más lejos se ven. Son, más o menos, las señas de identidad primeras con que recibimos al que llega. El río Segura no se ve si no estás encima, y el paisaje, apenas cambia viniendo desde Castilla. Las ramblas de alba arenisca con verde lecho de agua y palmeras son ya compañía de los ojos, cuando son divisadas. Únicamente estos dos accidentes geográficos que digo son avistados por el viajero como lontananza del horizonte.
Hoy quiero dedicarme al Cabo, tierra cartagenera extrema, que hace doblar a los barcos que suben por el mapa hacia francos septentriones o catalanes; o bien, bajan hacia el moro, buscando las Columnas de Hércules. Esquina española a Oriente, que recibiera a los primeros discípulos del Rabí que universalizara aquel Monoteísmo exclusivo de los semitas. Es un cabo que se mira en el cristal de la laguna, de donde recibe nombre, en latina jerga: Palus. Hay agua y hay tierra, firme roca de la elongación terrestre. Y el aire, limpio aire del paisaje azul que se mira en la plata marina. Es un aire mediterráneo, envuelto en una luz cambiante, acaso mimética con la variedad de pueblos que en su ribera acamparon. La luz nítida del viento norte, la lechosa del levante, la luz arriscada, que mueve las aguas, del poniente, y la luz cálida, amarilla del desierto, de la componente sur. Y hay el fuego, el fuego del antiguo Faro, que iluminara feliz a los navegantes, avisándoles de la costa. Y hay el fuego de los volcanes, ahora dormidos, con el Carmolí haciendo de Capitán de todos. Son los cuatro elementos: Tierra, Agua, Aire y Fuego, que dan naturaleza a este Cabo, y le otorgan la noble condición de Grande de España entre las grandes apellidaciones geográficas que en la hispana península son. Una vez, llevado por esta misma emoción, compuse estos versos al Cabo. Helos aquí, precedidos de una cita antigua, con dos notas.
CABO DE PALOS:
‘A continuación sobresale el cabo Trete (1), estando situada junto a él la pequeña isla de Stróngile (2)’.
Rufo Festo Avieno
(1) Trete es Horadado, en griego, por las calas -en forma de mordiscos a un pastel- que delinean el perímetro del Cabo, hoy llamado de Palos, del latín Palus, laguna.
(2) Isla Grosa, frente a La Manga del Mar Menor.
Lo vio Aníbal,
el púnico guerrero de Cartago.
Y Escipión el Africano
un día también lo vio.
Lo vio el Zebedeo Yago.
Y lo vio Todmir,
aquel visigodo astuto y bravo.
Lo vieron después
-¡canta, canta, recuerdo vago!-
un Barón de Carlomagno
y un morabito arábigo,
un pirata berberisco
y un bandido cristiano.
Y pasaban y pasaban largos, largos
los siglos largos
y el navío de la Historia
siempre la mar doblaba,
de Levante a Mediodía,
por el faro de Cabo de Palos!
Vale.
Deconstrucción de Alatriste (1y 2)

I
Me llaman para participar en una mesa redonda sobre el personaje de Pérez Reverte, en Mayo, y me cojo las vacaciones de Navidad para revisar a este héroe cansado aurosecular, miembro notorio del Tercio Viejo de Cartagena. Deconstrucción es un voquible filosófico, ya asimilado por cierto nivel de cultura popular. Es lo que hay entre la construcción y la destrucción. Es una construcción imperfecta, que da un resultado muy concordante con el auge de lo fragmentario, propio del presente cambio de siglo. El creador de la voz es el francés Derrida.
Alatriste se llama Diego Alatriste y Tenorio, y es por el mismo nombre por donde podemos empezar a deconstruir. Diego, según la etimología más solvente es la evolución laica de Yago. La variante piadosa triunfó: Santiago, y así, Diego es como si al Apóstol le hubieran quitado el santo, la parte celestial. Y fuera condenado a sempiterna condición humana. Hiperbolizando, podemos decir que a este Diego le han birlado la santidad. Es un nombre de plenas reminiscencias áureas: El Lindo Don Diego, Diego Velázquez… El único reino posible para Alatriste es de este mundo, no hay para él sitio en ningún más allá feliz e inefable. Tampoco hay infierno pues ya lo vive en su presente. Un infierno más interior que exterior, aun siendo éste ya de por sí bien sufrido.
Su apellido, que le da denominación, es Alatriste. La ambivalencia de la palabra ya lo dice todo. Ala y alegría comparten paronomasia. El Capitán de Reverte tiene alas de espíritu, para poder volar, pero esa terminación lo impide. Triste no viene de tristeza, que es potencia romántica. Alatriste no es un romántico. Viene de tristura o de tristedad, que es, éste último, palabro de mi invención. Tristeza es virtualidad sentimental, tristura o tristedad lo son de alma o de mente. Las alas tristes de Don Diego velan porque el personaje no se duerma en ningún laurel, y se reconozca antes en el infortunio que en las gayas ocasiones. Hay un designio muy español en el fatalismo interiorizado del personaje. Posibilidad de triunfo, sí; pero machacada por algo que es superior al fatum clásico o al destino romántico.
Reverte ha buceado en el fango oscuro de la Leyenda Negra, que urdieron los enemigos de España, que fueron, ay, los mismos que inventaron la imprenta. Y en su buceo constante, a través de libros y libros, ha encontrado la albísima perla del muy posible Capitán Alatriste, que basa su fidelidad en la huida de la duda. Tu rey es tu rey, le dice a su ayudante y biógrafo Iñigo Balboa. Todo, alrededor de esa máxima es duda y desconcierto. Pero tal frase no es certeza, sino simple ausencia de duda. Y a ella se somete.
Del apellido Tenorio, ya hablaremos. Vale.
II
Un tenorio, en la versión que ha quedado en el acervo popular, es alguien mujeriego y valentón. Distingamos valentón de valiente. El valentón necesita de público ante el que actuar. No hay valentones en silencio. Se nutren de la expectación. La valentía es otra cosa. Don Juan Tenorio empieza a ser valiente delante de las estatuas de los que mató. Se halla solo en el cementerio, y no tiene contempladores de sus osadías. Es un primer atisbo de conducta ética, antes de su salvación. Alatriste es valiente. No lleva a cabo sus hechos de armas para asombrar a nadie. Recordemos en El Oro del Rey, cuando se quema el brazo, en lugar de torturar a su interrogado, para ilustrarle lo que haría si el silencio del inquirido persistiera. Eso es valentía.
Don Juan Tenorio, o Don Miguel de Mañara, había sido tío abuelo de Alatriste, según cuenta en Limpieza de Sangre. Es lo único que le viene del apellido Tenorio. La valentía, hermana de su desprecio al valentonismo.
Así, pues, tenemos que Alatriste, por su nombre es alguien doblemente descielado, sin el santo de su patronímico y sin ese vuelo por el cielo corto del paisaje, que le es obviado por esa tristedad que el ensombrece el visage. Su “tenoridad” se encuentra asimismo menoscabada. Sólo entiende el amor de pareja, bien con La Lebrijana, bien con la holandesa del Molino de Heyden, y, en todo caso no hace del coito un objetivo vital.
Es un personaje, pues, cercenado, carencial, desde su propia apellidación.
Un elemento omnipresente en todas las novela es la sangre. Demasiada para algún lector benévolo. En la reconstrucción de este capitán, que tampoco es capitán, como no es santo, como no es ave voladora su espíritu, entra destacadamente la sangere, la propia y la de los demás. Aparte de ser una constante en la vida de entonces, todo el mundo portaba espada, es algo necesario. La materia de Alatriste no es el barro del Génesis: agua y tierra. Es sangre y tierra. La sangre de los enemigos, la sangre de Iñigo Balboa, la de sí mismo y la de sus compañeros de Flandes, venida de todas partes de las Españas, en voluntad colectivista del autor, que siente como suya esa patria de Alatriste, decadente y con el esplendor de la miseria en el alma. Hay sangre en Madrid, en Breda y en Sevilla; en las bocas del Guadalquivir y en las ciénagas del Escalda. En las ejecuciones sobre los rudos proscenios enmaderados de la Inquisición del Madrid de Felipe IV. Es toda ella, metáfora de un tiempo despiadado. La sangre era la moneda con que pagaba el pueblo, en toda Europa, el impuesto de su incultura y su atraso, ante el fanatismo egoísta de los poderosos. Es un débito del autor al verismo de la época. No sobra en estas novelas sangre; falta sangre, y sobra humor, en los cronistas de la época, en los literarios y en los oficiales. Pero ellos, tan encima de su mismo tiempo de vida, lo tomaban como elemento de paisaje. El perspectivismo de lo habitual les cegaba para apreciarlo. Pérez Reverte, a casi 400 años, es lógico que sí advierta su importancia. Vale. (Seguirá).
Don Quijote, Flores y el Gaya
Cierran el año en el Museo Ramón Gaya, con la obra de Pedro Flores dedicada a la figuración del Quijote. Qué delicia, y qué acierto del Museo. El pintor se fue de este mundo en el aniversario del Quijote, y ahora, en esta que fue su casa, celebran, una vez más, a la inmortal obra de Cervantes.
Flores dio en un Cubismo barroco y jocoso, muy murciano, que redimía a tal estética de su extravagancia vanguardista y algo snob. Mirando estos cubismos lúdicos del Maestro Flores, nos sorprende una sonrisa interior, como de niño cómplice de alguna travesura oculta cometida por otro. Los cuadritos del Maestro murciano de París exhalan candor y poesía, con su horror vacui y su cromatismo de parchís, elaborado con alguna de aquellas cajas Alpino, tan amadas por los Reyes Magos de los 50.
Este Quijote es como el envés de la rigurosa e hiperseria versión de Gustavo Doré, que todos tenemos en la cabeza. Quién lo diría, lo serio para un francés, lo desenfadado para un español. Claro, que si se aclara que el español es un murciano, muy huertano, todo es más fácil de entender. Doré no captó sino la veta filosófica y profunda de Don Quijote, ayudado no poco por el rigorismo del grabado. Flores, al modo de los españoles coetáneos de Cervantes, prefiere el fino humor, tampoco la carcajada. Hay que leer el Quijote, con un ojo en los grabados de Doré, y con el otro en los gouaches y pasteles de Flores.
Destaco un dibujo, a lápiz, o grafito que dice el chivato junto a la obrita, en que, sentados Caballero y Escudero, bajo frondosa encina y al amparo de algún fuego, charlan de sus cosas, que son las de todos. Don Quijote tiene los brazos en alto, vehiculando con ellos la alta moral de su mensaje. Sancho, con los brazos cruzados sobre sus rodillas, escucha con atención. Hay toda una semiótica de los brazos en esta figuración deliciosa. No sólo es la postura en uno y otro. Se trasluce en ellos la humilde subordinación de la incultura ante la Sabiduría, que es orden de cosas hoy extraviado. Un ambiente nocturno, muy sugerente, añade el dato, preciso y precioso, de que la transmisión del saber ha de hacerse en ese ambiente sereno y lúcido, de soledad conjunta de maestro y discípulo. La noche manchega de aquel entonces es metáfora de la tranquilidad de espíritu que es connatural al acto docente.
Alguien debería afrontar la edición de un Quijote con estas figuraciones, bien editado. Y lograr con ello que la serie del Maestro Flores entrara, por lo menos en las mentes de muchos murcianos, regionales incluidos, como vinculadas de manera natural al Quijote de todos.
¿Quién se anima? Vale.





