Agur, Zarra

Mi primer equipo fue el Atlético de Bilbao. Fue por un llavero que me regalaron; su icono era el escudo de ese equipo. Yo era inocente infante, y sólo veía vida cotidiana donde sólo había Movimiento Nacional y Tentetieso. Zarra también era inocente. Y sólo jugaba al fútbol, y vivía su época. La mía, la suya. Eran los cincuenta. Aún había postguerra, pero era ya la postguerra de la postguerra. Los campos de fútbol se llenaban. Y Zarra le metía goles al Madrid. De cabeza sobre todo. Su cabeza sirvió para que en España sonara por primera vez, en el bando de los buenos, nada menos que Winston Churchill. La segunda cabeza después de Winston Churchill. No creo que ese dicho se conociera allende los Pirineos. Si Zarra, el bueno, el vasco esencial, el delantero centro por antonomasia, era la segunda cabeza, ¡cómo debía ser la primera! Fue, ya digo, la primera pedagogía democrática en lo popular que se dio en España. A Winston lo avalaba Zarra. Con ese dicho comenzaron a terminar los ecos del Eje en Celtiberia.
Acortaron su nombre, Zarra por Zarraonaindía; pero no ocurrió ello en la España mesetaria. Ya vino acortado desde la lluviosa Vizcaya. Zarra creyó siempre que se podía ser vasco y español, como los padres de Arzallus o del cocinero Arguiñano; pero menos fanático. La cabeza de Zarra buscaba golpear el balón, no lo esperaba para dejarlo rebotar en su frente. Violentamente golpeaba aquellos balones de los gajos cosidos, con su cordonera para cerrarlos. Esos balones que aún viven congelados en los escudos de muchos clubs. Otros delanteros se ponían un grueso pañuelo en la cabeza, para si diera la casualidad de que les golpeara en la frente la cordonera, atemperar el choque. Zarra, no. Ay del balón; y no ay de Zarra.
Pero el gol de su vida no fue con la cabeza. Sin duda el gol más pasado por televisión de todos los tiempos. Se adelantó al portero, y con el tobillo la metió dentro. 1-0, Inglaterra eliminada. Inglaterra; no el Reino Unido, detalle muy a menudo pasado por alto. Aquella pequeña venganza de Gibraltar no afectó a la Isla por entero. Pero pocos en España sabían tanta Geopolítica entonces. Y en los mapas de las Escuelas, ponía Inglaterra, a todo lo largo de la Isla. En algunos incluso abarcaba a Irlanda.
Ahora, después de meterle 85 goles a la vida, se ha ido para siempre al vestuario. En los accesos, de seguro que lo habrá estado esperando su amigo el cordobés Matías Prats, Senior, que no fue, como muchos siguen creyendo el inventor de aquello de la Pérfida Albión. Telmo Zarra, descanse en paz. El domingo iré al fútbol, tan sólo para guardar un minuto de silencio por él. Vale.
Hey, Jude, y la lluvia

Servidor, deben saberlo, es de los Beatles; no de los Rollings. Los Rolling, esos ultraconservadores que no han tenido la dignidad de morir como grupo en no sé cuantocientos años. Qué vergüenza. Y, dentro de los Beatles, yo soy de Paul Mc Cartney; no de John. Es muy bueno cuando hay de todo, Rollings, Paul y John… Yo lo celebro. Pero sucede que hoy, desayunando en la barra del café, mientras hojeo el periódico, ha sonado en la radio Hey, Jude: ¡Hey, Jude, / Take a sad song and make it better! Escucha, Jude, coge una canción triste, y hazla tuya. Y aquellos setenta se me vienen encima. Además, el barman tararea, a destiempo y con intervalos de silencio, como debe ser, la canción y ese spleen, o lo que sea del momento, se hace más intenso precisamente porque es más atenuado. Ustedes, si han llegado leyendo hasta aquí, lo entienden. Además, llueve afuera en la calle, que es una calle como todas las calles del mundo.
¿Será posible que haya alguien que no tenga una canción triste propia? No hace falta comulgar con el argumento de la canción, ni comprenderlo siquiera. No hace falta saber la letra de Hey, Jude, para entender su mensaje de lúcida tristeza y arrullo interior; el mensaje que yo conocí cuando estudiaba en Santander, ay tiempos, y no sabía inglés. Ahora tampoco, pero algo sí que sé. Siempre sabemos algo de casi todo. Del corazón siempre sabemos poco. No hay que saber del corazón, creo. Del corazón, hay que sentir, pero tampoco estoy seguro. Llovía mucho en Santander, como aquí ahora. Noto frío en el cuello; he olvidado la bufanda no sé dónde, y notar frío en el cuello, me hace tomar conciencia del frío.
Hey, Jude, ha llegado al lalaleo coral, que libera las notas tristes de voz de Mc Cartney. El barman, que eso sí lo sabe, sigue muy bien el compás, mientras limpia un vaso con oficio de sabedor. Yo paso una página más del periódico. Y siento que ha pasado un carro del tiempo por en medio de la barra, buscando ese siempre huido final que nadie ha contado todavía. Solemne y cotidiana, oxímoron evidente, continúa la canción que habla de las canciones tristes, para escuchar en día de lluvia. O, mejor, para recordar en día de lluvia. Las canciones tristes que hacemos propias siempre son un recuerdo, nunca una experiencia. Aun la primera vez que las oímos, no eran sino recuerdo de algún pasado ignoto que el alma nuestra tuvo, cuando no era nuestra. Oyendo esas canciones tristes nos quedamos sin alma, solos, contemplándola como a vieja compañera, dada a la nostalgia.
De pronto, escucho la calderilla de devolución del cortado del vecino de barra, y todo se desmorona. Vale.
García Lorca, de paseo por Murcia

Allá por 1933, cuando García Lorca anduvo por estos pagos murcianos con su Barraca, para escenificar La Vida es Sueño y algunos entremeses de sabor cervantino, se paseó, como buen burgués que era, por la Trapería. Rafael García Velasco, el poeta murciano, uno de los primeros que cantara su asesinato, lo vio, y contando fue a todo el mundo lo extraño que resultaba que Federico fuese destocado. Época era aquélla de sombrerismo y bastón. Para el bueno de Rafael, el poeta de Granada, ataviado con el mono de trabajo de La Barraca, y sin sombrero, era toda una imagen surrealista. El Surrealismo, pues, se halla más en el ojo que ve las cosas, que en las cosas mismas. Hay un problema de perspectivismo al fondo. Para la mente de un niño, no hay sino cosas surrealista, pues aún no tiene conformada la imagen real del mundo; ni siquiera su propia imagen real.
Viene todo esto a cuento porque acabo de presenciar el homenaje al Surrealismo que Federico consumió en sus llamadas piezas breves. Lo han realizado los muy experimentados componentes del Teatro del Matadero, dirigidos por José Antonio Aliaga. La representación comienza con el Paseo de Buster Keaton, entre el onirismo y lo naif, continúa con ese sinsentido trágico de El Amargo, especie de cuadro surrealista extraído del más feroz verismo, un rizado del rizo únicamente abordable por Federico, y culmina con ese Don Cristóbal y Doña Rosita, en donde la comicidad muerde triunfante el surrealismo ambiente, para dar una versión más del viejo y la niña. La candidez, que se toca, como extremo que es, con la malicia de la enamorada primeriza, en La Doncella, el Marinero y el Estudiante. Y todo, centrado en la condena de la tortura, esclarecida en la escena del Teniente Coronel de la Guardia Civil con el gitano del río, sobre el fondo de las torturas de la cárcel iraquí de Abú Graib, que logra una universalización del mensaje, muy apropiada para el contenido desarrollado.
El Surrealismo siempre se entendió en España como un método, más que como un mensaje en sí, que es como salió de las vanguardias europeas de entreguerras. Lorca, y su intérprete, José Antonio Aliaga, de esa manera lo entienden; una manera muy telúricamente española, en las antípodas de lo folklórico o lo romántico.
Con esta representación, concluye verdaderamente, y propongo la metáfora, aquel paseo del 33 de Federico por la Trapería, al aire su incipiente calva, sin boina, gorra o sombrero, que tan surrelista / verité resultó ser para Rafael García Velasco. Y quede sólo mencionar a todos los acompañantes del paseo murciano del poeta granadino: Isabel Moreno, Javier Balibrea, Llani Valera, Enric Ortuño, Juan Carmona, Paco Navarrete, Manolo Ortín, Emilio Ayala y Beatriz Maciá. Vale.
El ataque de la lencería ligera (1 y 2)

1
Hay avalancha de lencería desde las paradas de los autobuses. Hermosas y estilizadas señoras lucen palmito y tipazo en carteles technicolor, que decíamos antes, cuando el Imperio hacia Dios Arriba España. Ya no se habla de diferenciar pornografía de erotismo. La vieja diferencia entre malicia y natura ha quedado obsoleta por esta costumbre de la vista, que ha integrado el sexo, como un tópico más de los anunciantes. Oh, la publicidad. Lo mismo hay para el sexo femenino: aguerridos mozos marcando paquete y vientre liso, musculazo, en callado llamamiento a la libido.
Pero ahora son las damas las expuestas. Sus perfectas líneas, perfectas según el modelo postmoderno último, reclaman ya no la atención al producto por vender, sino el cambio de canon de belleza. Una belleza realzada por la lencería objeto de venta. Aunque, bien mirado, no es sino al contrario: el breve tanga y el exiguo sujetador, sostén que decíamos cuando el Imperio, etc., que son los verdaderos objetos bellos mostrados, ven muy realzada su natural belleza por el acompañamiento de esos cuerpos de tortura diaria de la modelos. Al final, son dos los elementos en simbiosis: la nena y sus escasos centímetros de textura quién sabe si sintética o natural o ambas cosas, que ya lo epiceno se enseñorea del proceso fabril de cualquier cosa.
Y ya nadie dice hasta dónde vamos a llegar. Y los inmigrantes de otras culturas hablan de nuestra decadencia, y hacen cuentas de lo que nos queda por decaer, para recibir el patrimonio aún nuestro. Ocurre que no sé si toda la población se halla preparada para este ataque de la Lencería Ligera a las trincheras del ciudadano medio, cuya vista indefensa es ante las balas de tersura de piel y encantos lúbricos de lo anunciado. Vista que naufraga en los tópicos que ha recibido en herencia del Cromagnon, que no son otros que los relacionados con la fertilidad, averigüe usted a qué me refiero. Y nadie, digo, nadie, se fija en los ojos de las modelos, y en lo que de su alma, aun posando, surge de ellos como expresión incontenible de lo personal. Es el jardín cerrado para muchos, frente al parque abierto para todos.
Los ojos de una mujer en pose y actitud convencionalmente libidinosa son la mejor fuente de expresión que existe. Son ojos que se saben no mirados, y aprovechan para escanear hasta el último rincón del alma del hombre que las ve. Pero al varón poco le importa eso, ávido de tacto, se pierde, y olvida los registros nobles de sus sentidos, acuciado por la pasión. La mujer, no. Maneja mucho mejor los resortes de la dominación, que no otra cosa es la seducción, y aprovecha la ocasión para contemplarnos desarmados de prevenciones. Ahí nos duele. Vale.
2
Cantaba yo antes de ayer la donosa fermosura de las damas anunciantes de lencería ligera, que decía yo, en lugar de fina, para rimarla semánticamente con lo de ataque o carga, y hete aquí que, el mismo día, aparecieron no pocos anuncios de estos que digo semitachados por un cartel digno de mejor causa que rezaba que lo que allí se mostraba también era violencia contra las mujeres. En primer lugar, enhorabuena filológica al redactor del cartel, por no poner violencia de género. Las palabras son las que tienen género, no las personas. Las personas tienen sexo. Las palabras no se matan unas a otras, ni se agraden. Lo de género es una cursilería fernandezveguiana abominable.
Pero vamos con el cartel justiciero y malentendidamente feminista. Una modelo, pose como pose, nunca es cómplice de ninguna violencia. El violento no lo es por la incitación que recibe. Decir que esos cuerpos de modelos, sin olvidar al fotógrafo, son inductores de violencia es creer lo mismo de la Venus de Boticelli o de cualquier San Sebastián. O, variando algo, aunque muy poco, el punto de vista es justificar a aquel juez que excusó al violador aduciendo que la víctima portaba minifalda.
Para anunciar lencería hay que fotografiar a sí a las modelos. Y si no, qué… ¿le ponemos en tanga y el suje encima del burka? Lo que sí es utilización espúrea de la mujer es utilizarla de esa guisa ataviada para anunciar coches o yogures. Pero, en lo suyo, está muy en el guión, de largo. Las modelos son profesionales como la copa de un pino. Mantenerse en forma y tipo les cuesta sufrimientos sin fin y renuncias innúmeras. Son la cúspide de toda una industria que da de comer a mucha gente, y, en muchos casos, sus hallazgos plásticos son pioneros del Arte.
Por otra parte, siempre vi muy mal el abuso de términos, en uso metafórico, que tienden a expandir contenidos demasiado trágicos. Es el caso de violencia o terrorismo. No se debe hablar de violencia contra las mujeres, si no hay víctimas con daños evaluables. Del mismo modo que no conviene devaluar a la palabra terrorismo, aplicándola a significados inocuos: terrorismo verbal, terrorismo administrativo, etc. La violencia y el terrorismo hay que dejarlos en su sitio para evitar costumbre, y ocurra que, algún día, pierdan su capacidad de movilizarnos.
De modo, que, dicho queda: para nada esos hermosísimos carteles son culpables de nada, y mucho menos de violencia ninguna. Precisamente, su mensaje de mujeres liberadas es el que llega a los más. Los menos, los delincuentes que acosan y agraden, lo son por otras causas. A mí, me ha dado mucho gusto mirar la frescura y el buen gusto de todos ellos. Vale.
La Banda de la Inclusa

Hace casi cincuenta años que debo esta prosa. Hubo un entonces, en aquella Murcia de mediados de siglo. Y hay un ahora, en este mediado Febrero del año seis. Transcurría la Semana Santa, y yo, inusualmente, pues las procesiones pasaban por casa, me hallaba entre las rodillas de algún mayor sentado en la correspondiente silla, esperando que pasase la procesión del día, en pie sobre el adoquinado…
Pero antes, quiero decir la particular magdalena de Proust que ha desatado el tremedal de la memoria: me hallaba yo presentado, al escritor Antonio Crespo, en ámbito académico, cuando el narrador recordó su novela Un Plazo para Vivir. El protagonista, desahuciado por un cáncer, pasea la Murcia nocturna del tiempo de mi ensoñado recuerdo. Y pasa por la Inclusa, en Santa Teresa. Memora a los incluseros, y echa en cara a la sociedad del momento, la existencia de estos niños expósitos, producto de una sociedad injusta y marginadora. Al oír estas palabras del escritor, surgió como un torrente de la roca del desierto del olvido al ser tocada por el bastón de algún Moisés, el recuerdo que digo.
Sucede que, de pronto, unas cornetas anuncian la inminente llegada del cortejo. Ah, la gran ocasión. Seguramente comienza la procesión la banda de los niños de la Inclusa. Yo desconocía la palabra. Pero la rodeaba de un prestigio raro, el conseguido por la admiración y envidia de ver a unos niños, casi como yo, tocar la trompeta y los tambores, rítmicos, marciales, uniformados… Ciertamente que su mal rapado pelo ponía una nota de discordancia, pero el ser centro de atención de todos, cualquier atisbo peyorativo ocultaba.
Me quedé mirando al más pequeño: un corneta de coro. Marcaba el paso, meciéndose solemne y atento al compás del tambor. Oh, sí, admiración y respeto, envidia de no estar con él, allí mismo. Yo podría aprender aquello, ¿por qué no? De pronto, percibí que me miraba. Pero el suceso fue cruel, no grato. En su mirada había rabia, desprecio, casi odio. Yo era un niño con padre y madre, con casa de cama caliente y ropa de cambiar. Me sorprendió y me dolió. Duele sobre todo la ignorancia. La mía sobre qué cosa era la Inclusa, y la suya, que nada sabía de mi amorosa admiración por lo suyo. Bajé la mirada, menos poderosa que la suya, avergonzado de haber pretendido emularle, y no supe qué hizo él. Al levantar la cabeza, ya había pasado. Al día siguiente averigüé, por mi padre, qué cosa significaba Inclusa. Apenas una orientación y lo entendí todo: aquella mirada mía de sana envidia y admiración, ofensiva era para el chico, que me la había devuelto con creces.
Ojalá, lejano amigo, que la vida haya sido después contigo pródiga y grata, y pues no te dio familia, prosperidad y buen destino te haya deparado. Eso te deseo fervientemente. Vale.
El Gran Molina Sánchez

El próximo día 22 de Febrero, la Real Academia Alfonso X el Sabio de Murcia presentará el volumen en homenaje al insigne Maestro de pintores que es José Antonio Molina Sánchez, Académico de número de la misma. Unas decenas de autores brindan su trabajo sobre la persona o la obra, o bien sus investigaciones humanísticas, al homenajeado. Se cierra el libro con una selección de textos periodísticos, de diversas épocas, en torno siempre a Molina Sánchez.
Su obra, que abarca diversas épocas de la Historia de la Pintura Española del siglo XX y del XXI, está abocada al sentido lírico de dicho arte. Sus flores y sus ángeles, sobre todo, nos hablan de un mensaje consagrado a la belleza y a la calidad lírica y cordial, ya digo; que nunca va a pasar. Recientemente, he tenido la fortuna de visitar la exposición antológica que el Ayuntamiento de Ceutí, siempre en vanguardia de la mejor cultura regional y universal, ha montado en Ceutímagina. Una delicia, contemplar toda la vida pictórica del poeta-pintor, de una sola mirada, casi.
Incansable creador, continúa Molina Sánchez en estos días, trabajando con nuevos materiales, siempre con egregios resultados. En el tomo figura este poema que les brindo, y que la admiración por el pintor me hizo componer:
LOS ÁNGELES DE MOLINA SÁNCHEZ.
Cual pincelada sobre lienzo en blanco,
deslizábase su mirar atento
hacia los rostros vírgenes
de muchachas en flor,
que la costumbre de la primavera,
por las calles de Murcia, ofrecía
como dádiva natural y hermosa.
Muchachas contemplaba, mas sus dedos
ángeles de este mundo, y no del otro,
pintaban, ataviados en los pétalos
de las rosas, violetas y azucenas
de algún jardín que acaso él soñara.
Y eran muchachas, y eran también ángeles.
Eran seres en plenitud de gracia
y hermosura, como si verdaderos
ángeles, a posar, hasta su estudio,
hubieran descendido de los Cielos.
En algunas auroras de abril, cuando
ya la noche va recogiendo estrellas,
y surge muy dudosa por oriente
la ceniza de luz del nuevo día,
hay ángeles que atisban las ventanas
de su estudio, por verse del maestro
retratados, según el alto canon
de Belleza que el Gran Hacedor puso
en su espíritu, junto a las espigas
granadas del amor
y las flores amables
del huerto ubérrimo de su bondad.
Y, cómo no aludir a la exquisita bonhomía del pintor, merecedora ella sola del homenaje. Así se atestigua repetidamente en el volumen. Y no son tiempos de desdeñar esta impronta personal. José Antonio, junto con su mujer Amparo, llenaba los lugares por donde iba de la misma atmósfera de tranquila felicidad que de sus ángeles y flores emanaba. Hoy, ya desgraciadamente, sin Amparo, esa impronta se aterciopela de una cierta espiritualidad, que, misteriosamente, embalsama a quienes le queremos. Vale.
La nieta de Willendorf, en bicicleta

Willendorf es lugar de Austria donde encontraron esta imagen que digo en el título: la Venus de Willendorf. Es una estatuilla que cabe en la mano, y es una de las muchas semejantes, de mujeres desnudas, con grandes pechos, nalgas y muslos, provenientes de hace más de veinte mil años. Se han encontrado por muchas partes. Dicen que representa la fertilidad. Únicamente se destacan en ella los órganos relacionados con el alumbramiento.
Y sucede que vengo de Ceutí, en esta tarde gris de los introitos de Febrero. Me han llevado a ver el Museo del escultor Antonio Campillo. Una hermosura que nadie en esta tierra se debe quedar sin ver. Y contemplo, una vez más, ese icono de Campillo que es la mujer desnuda pedaleando en bicicleta. Se trata de un arquetipo campillano, repetido el exacto número de miles de veces que ha sido necesario, y que sólo las manos del escultor han sabido, y saben, contar. La matrona en bicicleta es a Campillo, como la copa de cristal es a Gaya o las meninas a Velázquez, los yermos a Avellaneda o los ángeles a Molina Sánchez. ¿Entendido?
Y a mí me parece que esa joven matrona que pedalea pausadamente, con una tranquilidad femenina, natural y sosegadamente trivializada, es una nieta lejana de aquella Willendorf que decíamos en el primer párrafo. Cansada de peregrinar, la mujer primigenia, y tras haber pasado de ser trasunto de la fertilidad en la Prehistoria, a depósito de la honra, familiar o nacional, en el Medievo, y luego de sex-simbol a liberada feminista en nuestra época, esa mujer primigenia, digo, se fue a vivir al caletre creador del escultor murciano. Y allí retomó, con algún pulimiento, las formas de su abuela austriaca. Y, acto seguido, se fue a pasear en bicicleta. Son las matronas biciclas de Antonio Campillo. Son mujeres desnudas, de grandes caderas y ancha muslosidad, no muy breves senos, e imagen misma del eterno femenino. Un eterno femenino en ausencia de hombres, a los que no llama con la lubricidad familiar de su cuerpo, acaso el más inocente desnudo que se ha dado en el arte. Son mujeres-verdad, que pedalean no en busca de idealidad masculina alguna que les dé naturaleza. No. Son mujeres que no buscan nada, que transmiten esa idea zen de que nada es importante salvo darse cuenta, precisamente, de que nada es importante.
Las bicicletas son metáfora del tiempo, que también habita en su vientre, con la promesa de la renovación. Ellas vienen a ser una evolución de aquella su abuela de la Edad de Piedra, a la que no ponían rostro. Las Campillo sí tienen rostro, pero en él no necesitan expresar sentir alguno distinto al sosiego en plenitud que emana de su corporeidad toda. Vale
Con M. H. en Rosal de la Frontera

Como todos los vencidos del 39, Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, hubo de acabar buscando frontera para salir. Ninguno entre sus pretendidamente amigos madrileños pudo salvarle: ni una embajada, avión o barco del que salir de aquella España que empezaba aboliendo a la otra España. Nuestro poeta, acabó aquí, en este pueblo onubense, junto a la raya de Portugal. Había llegado desde Sevilla, donde su última esperanza, el poeta Romero Murube, se había difuminado con la llegada del mismísimo Franco, que estuvo a unos pasos de Miguel, en los jardines de los Reales Alcázares.
Con otros compañeros de huida, Miguel eludió atravesar la Calle Mayor del pueblo. En su final se ubicaba la aduana; el Ayuntamiento y la Iglesia, pegados, en su principio. Peligroso pasar por la misma frontera, pensó. El paso clandestino se enmarcaba en cierta rutina acostumbrada. Más allá de la raya, a este lado aún del Guadiana, una caminata hasta Moura. En unos días se agota el dinero sacado entre Orihuela y Madrid, unas doscientas pesetas. Miguel mira su muñeca. Luce en ella aún el reloj que Vicente Aleixandre le regalara por su boda, el único amigo que no se reía de él en su ausencia por causa de su aspecto y modales rústicos. El usurero de Moura desconfía. Avisa a los guardinhas, El Portugal del Estado Novo no quiere españoles anarquistas o revolucionarios; el aspecto de Miguel, moreno, flaco, campesino en suma, y huido, proclama sospecha por todos sus poros. Su muñeca ahora está vacía. Incluso en el frente, había sabido conservar como un tesoro aquel regalo de boda. Pero ya no lo tiene. Consternado, escucha al esbirro salazarista:
-¡Vuelve a España, ladrón!
No cuadra, un pobre campesino buscavidas con ese lujoso reloj en la muñeca. Miguel hace protestas de inocencia, puede escribir a Don Vicente que mande el recibo…; pero es inútil. En Portugal no caben ladrones, y menos, ladrones españoles. Identificado, es devuelto al otro lado de la frontera. El poeta desanda, custodiado, el kilómetro largo de carretera entre los dos puestos. Contempla cómo reciben cinco pesetas sus captores de los guardias civiles, por devolver a un furtivo de la raya. Una vez al otro lado, es reconocido como notorio enemigo del nuevo Régimen. Un guardia de Callosa, Salinas, lo reconoce. La última oportunidad se ha perdido. Su vida carcelaria previa a su infame óbito ha comenzado. Orina sangre de la paliza que le dan en la misma cárcel de Rosal de la Frontera los civiles.
Portugal nos recibió acabando Enero, con los primeros almendros florecidos que yo veía este año. Como un homenaje a su memoria, las aladas almas de nata levantaban sus pálidas rosas al aire azul portugués, libre hoy, casi setenta años después. En la misma Plaza de España, esquinando a la Calle Mayor, fue encerrado Miguel hasta su devolución a Madrid. Hoy es un Centro Cultural. Unos versos suyos sobre la libertad ornan la sencilla fachada, enjalbegada de blanco y fuerte albero. Vale
Aquellos terraos…

Cuando dejé de ser niño, ya con los planes de desarrollo y la tele única en blanco y negro, di en descreer de los terraos. Y, ya para siempre a ras de suelo, abandoné el sueño de ser hermano de las nubes. Mientras fui chiquillo de pantalón corto gustaba de subir al terrao de mi casa, grande como un campo de fútbol y limitado hacia la calle por una baranda de hierro oxidado, amojonada con pilares en escuadrado remate acabados. Yo veía el mundo desde mi terrao. A mi izquierda, el Oriente o Reino de la Luz; a mi diestra el Occidente o Reino del Ocaso. La Glorieta de España y el Malecón. Enfrente la sierra que impide al río discurrir hacia el Mar Menor. Más cerca, hacia el mismo mediodía, el río Segura, Guadalaviad para los mursíes, Theodoros para los helenos. Yo nací, respetadme, en el centro de un triángulo mágico: la Catedral, el hotel de los toreros y los baños árabes de Murcia.
Había que coger la llave, aquellas llaves de antaño, de ojal y largo tubo, finiquitadas en los irregulares dientes férreos. Pronto alcancé con mi mano la alcayata donde pendía aquel pasaporte al paraíso. Permitido paraíso tras la Primera Comunión. Fácil era convencer a algún hermano para subir a ver los pavos del corral, propiedad del vecino, y disfrutar de la panorámica antedescrita. Y era el repasar los bártulos desechados, arrinconados por la obsolescencia o el deterioro: una radio vieja, con ecos de parte de guerra, un montón de periódicos, acaso tras la Victoria escondidos, y con noticias libertarias o sindicales, antiguas llaves eléctricas, de las de grifo y cazuelilla, y otros etcéteras por el olvido sin piedad devorados.
Otros días, llegaba la aventura prohibida. Abierta era la ventana que daba al tejado inclinado, interior, y comenzaba el azaroso andar por el angulado suelo de las vetustas y alabeadas piezas, negras del musgo podrido surgido al amparo de traidoras lluvias, pronto sucedidas por la sequía, siempre pertinaz entonces. Ya no había la baranda protectora, sólo el cuidado de caminar como funambulista por alambre, no tanto para no perder el equilibrio sobre un plano inclinado, como para evitar zona frágil, propicia al derrumbe, aun ante leve peso de infante. Algunas veces, observados éramos por adultos desde la calle, y nos veíamos señalados, con evidentes muestras de presentido peligro.
Pero la diversión madre no era sino la de jugar al fútbol en tan ancha extensión. Cuántas pelotas se nos fueron a la calle, saltando la baranda. Aún veo botar a alguna, alta y potente, más incapaz de volver a nosotros. Las hicimos de trapo y periódicos, y duraron más, ciertamente, casi tanto como para llegar hasta aquel día en que, ya digo, cambié mi piel de niño. Vale.
La Mulata, de Velázquez

He andado por Sevilla, en estos nevados amenes de Enero, y he contemplado el cuadro de Velázquez, La Mulata, versión del Chicago Art Institute, dentro de la Exposición “De Herrera a Velázquez”, comisariada por el cartagenero Francisco Pérez Sánchez.
Qué hermosura, un bodegón, una lección de antirracismo, y un alegato teológico, con Santa Teresa de fondo intelectual: Dios en los pucheros. Me recordó la lectura que Ramón Gaya hacía de la serie de los pobres bufones de Corte. Habla el Maestro murciano de una luz ética, que embalsama de dignidad a los retratados. Creo que Velázquez inicia con este cuadro esa idea. Los mulatos, discapacitados de dignidad fueron hasta el XIX. Y todo ello, envuelto en el manto del gran arte. El poema salió solo. Helo aquí.
LA MULATA
(Diego Velázquez 1617-23 )
Chicago Art Institute
Poema de Santiago Delgado
Sevilla, 26 de Enero de 2006
Es una señera indagación de los valores de luz en la pintura llevada a cabo por un Velázquez que no contaba aún veinte años.
Juan Bosco Díaz Urmeneta
Porque la luz de Velázquez no es, como suele ser la de otros muchos pintores, una luz... pictórica, es decir, ocupada en modelar, en resaltar las formas, las bellas formas del mundo; no es una luz estética, sino ética...
Ramón Gaya
A mis compañeros de viaje
Quiero imaginar
que tuviste larga vida,
en aquel siglo para mí lejano
y que fuera de Oro
ciertamente para otros,
que no para ti,
mujer mulata de Sevilla.
Sí, quiero pensar, ¿por qué no?
que hubiste de morir anciana;
si no respetada, acaso gozante
de una cierta displicente tolerancia
que te permitió vivir
en aquel mundo puro,
en el que condena era la mixtura,
y ciencia la ignorancia.
Y quiero imaginar también
un momento fugaz de tu vida,
perdido en la selva
de tus labores y tus días,
cuando servías en aquel figón,
recuerdas, perdido de Sevilla.
Despreocupada, ordenabas
en la cocina los cacharros,
luego de algún acostumbrado ágape
por los criados blancos servido.
Uno de los comensales,
un hombre joven,
acertó a pasar por delante
de la puerta de tu obrador.
Se detuvo, y te miró
apenas un instante. El mínimo
necesario para no perder el paso
que lo llevaba, sin duda,
al excusado, al otro lado del patio.
Lo miraste tú también,
sin darte cuenta, y bajaste
súbito los ojos, arrepentida
de haber mantenido la mirada
a un hidalgo castellano,
no importa si joven o viejo.
Nunca más volviste a verlo.
y fuera mejor así, pues no acaecía
insólito el venéreo capricho
que, al verte, los sevillanos
tomaban, entendiendo inútil
tu pobre voluntad de esclava.
En la retina del joven quedaron
la línea grácil de tus hombros,
y el rubor sumiso de tu gesto.
El brillo de la loza,
y el reflejo del bronce.
La noble rugosidad del esparto,
y la luz puramente blanca
del tocado que ornaba
como una corona de sencillez,
tu espléndida cabeza.
Has de saber, mujer mulata
de aquella Sevilla de entonces,
que la mirada de aquel joven,
pervivir te hizo más allá de tu muerte,
la cual ahora, cerca ya
del final de estos versos,
más tardía te deseo que antes,
cuando a escribir empezara
este pobre poema
que de tu memoria habla.
La pena de tu raza,
la digna compostura de tu porte,
y ese misterio que es el gran arte…
en el mágico encantamiento eterno
de este cuadro para siempre quedaron,
celebrando, acaso, de feliz manera,
ética y estéticamente a la par,
la hermosura de la Creación Divina
en el ser humano encarnada,
único y distinto ser humano
en su misma realidad plural.
FIN





