Quien nada escribe

Quien nada escribe
y no habrá de ser, por consiguiente,
jamás con los ojos escuchado…
Quien nada escribe
y no se derrama en letra,
sobre el limpio papel en blanco…
Quien nada escribe
y deja dormir eternamente
risas, sombras, alegrías y quebrantos…
Quien nada escribe
y deja pasar la vida eternamente
durmiendo, pero jamás soñando…
Ése, quien nada escribe,
sea entre los hombres todos anatema,
el más pobre entre los pobres posible;
y sea también de todos el más avaro.
Pues sólo él, únicamente,
entre todos los humanos,
posee las exactas sombras,
las perfectas esquinas
de todas sus zozobras,
de todos sus pesares y sentires,
de su risa y de su llanto.
Mas, si con nadie las comparte,
nunca sabrá,
aquella medida inconcreta
que el lector devuelve
cual espejo convexo o cóncavo;
liso jamás, nunca plano.
Aquella medida
que sirve para sabernos
puramente humanos,
por sentir de otros humanos
el contacto.
Sólo él,
quien nada escribe,
conoce el cielo que ha soñado,
el aire que ha sentido
y el suelo que ha pisado.
Pero es un falso conocer,
un aparente interpretar,
un tesoro equivocado.
Sentimiento incompartido,
puerta falsa es
al vacío pavoroso de la soledad,
vacua nada de lo extraviado.
Ni una carta de amor,
ni un poema,
ni una nota protestando;
ni una tarjeta postal,
ni una queja, llena de considerandos…
Quien nada escribe,
anatema sea de lo humano,
y olvidado quede por el mundo,
pues no otro fue su intento,
sino ése… estar hecho del polvo
que la nada, en la nada va dejando.
Garrucha-Mojácar, 3-4 de Febrero, 2004 / 31 de Marzo 2006
Un vasco entero: Jon Juaristi

Hablo de Jon Juaristi, amigos. Un vasco entero. Y advierto que he pasado largo rato buscando el adjetivo. Y todavía no me gusta, no me gusta, el encontrado, pero ya la urgencia de columnista de a diario me urge a entrar en la prosa que ha de sustanciar el elogio. Oh, elogio, que vocablo tan gastado para lo que pretendo. Mal comienzo. Casi ha logrado apagar el fuego de lector que me ha ardido al leer su artículo dominical Cigüeñas, en el ABC de este día, tercero ya de la vida que nos regala, como un señor feudal de antañazo a sus súbditos, la Eta. No es eso, no es eso, dijo otro en otras circunstancias española, si bien distintas, iguales en el fondo.
Como la cigüeña, dice, no piensa ir, volver para él, a su País Vasco. Allí, donde han hecho a la zorra guardián del gallinero. Prefiere quedarse cigüeña en Alcalá. Cita a Cernuda, y su aceptación de no aceptado en la España casposa de los 50. Feliz el hombre que encuentra en una cita literaria fondo y forma para explicarse cabalmente, sin necesitarlo. Eso mismo le hace a él, clásico.
Gran poeta. Filólogo e intelectual lúcido, a quien tanto debe no tan sólo la dignidad del hombre, y por ende la del hombre español, sino la misma ciencia humanística de todos. Como un aguafiestas, a contracorriente, Jon Juaristi no descorcha el cava reglamentario, tampoco la furtiva sidra, ni el heterodoxo cava manchego o riojano, para celebrar nada. Quede ello para los esbirros que en sus celdas de privilegio, tal hacían para memorar los mortales golpes de la banda, más celebrados cuanto más letales.
Todos los vascos otros no son enteros. Lo vasco se difumina, en solución de mismidad, con el llano alavés y los riojanos y burgaleses lares adyacentes. No hay vasquidad completa sin esa extensión bárdula, en antañón vocablo, castellano en romance desde el VIII. Él sí es vasco entero. Por eso hace de ese exilio complutense reducto de su dignidad personal y científica. En él va a vivir la verdadera dignidad vasca que no contempla pagar a los sicarios su perdón de la vida a los demás. En él habitará la razón, la ilustrada decisión de anteponer la palabra a las pistolas, hoy guardadas debajo de la mesa, aunque igualmente dispuestas para ser usadas.
Contigo estoy, poeta, aunque español de abajo; mediterráneo de sangre castellana y aragonesa mezcladas, con una gota gallega; de apellido burgalés de la raya vascona. Europeo. Las letras me enseñaron que no hay lugar honrado para el apesebrado acomodo, ni el áulico destino del escritor de cámara. Queda a la intemperie del cobijo nacionalista, que hace corral de tu tierra. Tu tierra, como la mía, es el mundo entero. Gracias, y felicidades, Maestro. Vale.
A vueltas con Darwin

Aún no se habían acabado los ecos de la controversia sobre Darwin en Estados Unidos, acerca de si debe ser enseñado o no en las escuelas, desterrando las propuestas creacionistas, cuando vuelve el mismo nombre propio al candelabro de la actualidad. No al candelero, que es cosa de una sola llamita pequeña: al candelabro que es grande cosa monumental, de velón gigante, o incluso de varias velas. Sucede que los genetistas últimos, ya no creen, del todo, que la diversidad de las especies acaece por causa de la lucha contra el medio. La especialización más eficaz, cuando sobreviene cambio en el ambiente, supervive; las especies que no se adaptan, desaparecen. Dependería, así, todo, de un cierto azar: la especie capaz de vencer al entorno, se halla en medio de ese entorno. Las especies que equivocan el lugar adecuado, desaparecen. Una migración errónea, debida a un otoño alargado o a un invierno sobrevenido, que les hace llegar a lugar perdido, etc… Y, claro, una enorme cantidad de años.
Pero no; resulta que las perspicacias de estos evolucionistas genetistas intuyen que hay jerarquía y calidad entre los genes. Que los seres vivos que disponen de estos genes especiales son los que manejan la mutación pertinente al caso. Que no es, o no es tan sólo, la influencia del medio, imponiéndole la adaptación al ser vivo en cuestión, la responsable del cambio: son los genes, si los hay, aptos para hacer frente al cambio. Hablan estos científicos de generales, oficiales, suboficiales y tropa, entre los genes. Y, además, dicen también de genes de Estado Mayor, que incorporan cierto tipo de inteligencia en cuanto que deciden la maniobra que han de llevar a cabo, en su disciplina estructural, los otros.
Por supuesto, esto va de especie a especie, no dentro de las especies: por lo tanto, no vale asignarla dentro de la especie humana. No es un apoyo a ningún racismo. Pero tampoco es un espaldarazo a la Creación del ser humano por la divinidad, que sería la que habría puesto esos genes en algunas especies; el sembrador de inteligencia. No apunta esta teoría, o esbozo de teoría, a un Deus Omnipotens, sino más bien a un Deus Faber. Un dios fabricante, más bien con minúscula inicial. Lo que los filósofos post aristotélicos llamaron un demiurgo o ser intermedio entre Dios y la Creación, encargados de fabricar el mundo. Ese demiurgo sería harto eficiente, pero no omnímodo. Apuntaría más a un super ser extra-terrestre que a un ser absoluto.
El azar no se encuentra solo como motor de la evolución, coexiste con un determinismo endógeno, que puede vencer a la agresión exterior. Hay un principio de defensa genético que lucha cuando sobreviene el cambio exterminador. Estamos, pues, ante un corso e ricorso, que decía Croce de la Historia, sólo que ahora en la Biología Genética. Vale.
El nuevo paisaje sin campaniles

Hay muchas novedades en el paisaje, en esta era global. Uno de ellos es el de las nuevas poblaciones de adosados o polaris que podríamos llamar. La geografía regional-murciana, y gran parte de la española, está cambiando la tradicional perspectiva desértica, el medio ambiente de los lagartos y los yermos irredimibles, por risueñas neopoblaciones, con o sin campos de golf. Pero no voy ahora a batallar eso.
Antaño, cuando no éramos globales sino simplemente post-prehistóricos, en cuanto se levantaba aldea o villorio, allá que iba la iglesia, la ermita o la mezquita o sinagoga. Ahora no. Ése es el tema hoy. Los urbanistas han eliminado de sus proyectos las necesidades espirituales. No sé si definitivamente. Por muchos polaris que vean por ahí, no verán ninguno con su campanil de avisar las horas o las liturgias de turno en el día. Si recuerdan, al final de cada carretera, se alzaba la torre de la iglesia del pueblo, con su espadaña y su cupulita, distinta según las zonas. Recuerdo las negras y puntiagudas de la zona de Madrid, las chatas de La Mancha, las de azulejo de Valencia, y así. Ahora, al final de la autopista sólo vemos la zona de rodeo del pueblo siguiente. Y, si miramos a la izquierda o a la derecha, el pueblo con su torre bien amada, emblema de todas las gentes de la comarca.
Los habitantes de los polaris, ya digo carecen de tal motivo de orgullo. Tienen zona de servicios, donde hay zonas de esparcimiento y otras fruslerías, pero carecen de ámbito sagrado u oracional alguno. Podría argüirse que son segundas viviendas, de condición efímera en cuanto a ocupación por sus dueños; pero eso sólo palia la ausencia. Ausencia que no sé muy bien si es o no es defecto. Se trata, pues, de una arquitectura horizontal, donde nada sobresale. Se ha eliminado la verticalidad de la torre o del alminar. El humano quiere todo a su dimensión, y nada que le haga sombra. Es la llegada de una generación de incrédulos o de laicos. El ser humano globalizado se autoabastece de espiritualidad o elimina necesitarla. Muy caro es el metro cuadrado de terreno polaris para sufragar tanto espacio como necesita ermita o iglesia parroquial. Además, también parece ser que hay pocas vocaciones sacerdotales, y sería aumentar oferta para una demanda moribunda.
Así pues, el laicismo horizontal contra la vertical espiritualidad, todo sobre la plana superficie del terreno recalificado para mayor gloria del municipio y el desarrollo vecinal, o del terreno directamente edificable, encontrado por el constructor. En todo caso, sucede en esta tierra, arrebatada al alacrán y al grillo, que siguen teniendo espacio ancho y glorioso por ahí. Pero, me vuelvo a ir por peteneras que no son las de esta prosa. Vale.
Libro de Andrés Salom

Hay murcianos que han nacido donde les da la gana. No es como en Bilbao, donde todos tienen ese privilegio. Aquí, en Murcia, no; no es así; sólo atañe a algunos. Ese es el caso de Andrés Salom, que nació en Santanyí, en la isla de Mallorca. Es poeta, y hombre bueno, como lo demuestra su doble condición de comunista y romántico, ambos en versión militante. También es militante en Flamenco y Literatura, campos en los que es recalcitrante y empedernido entusiasta.
Ahora, va y saca un libro, así como de antología, prologado por la Profesora María de los Ángeles Moragues, que ya tiene oficio en mostrarnos a estos escritores si no malditos, sí apartados del escaparate del establishment literario de la Región. Moragues nos hace un recorrido por la obra de Salom, imprescindible ya para quien haya de glosar la obra de Andrés; tarea que ya está pidiendo un ejecutor a gritos. En el paisaje humano de la Murcia de la segunda mitad del siglo pasado, y lo que va de éste, Andrés Salom es un elemento natural. Si Murcia fuera un belén, Andrés sería el Ángel anunciador a los pastores de la buena nueva. A los pastores, no a nadie más; al pueblo llano, que dormía a la intemperie.
Como en un árbol frondoso, el libro nos muestra desde las raíces familiares del poeta, hasta sus preocupaciones metafísicas, cual le corresponde por autodefinirse como heredero del homo heilderbergensis,; a sí como sus fobias y filias personales, en verso y en prosa. Gran conocedor de la Biblia, también de los intelectuales del postmarxismo, Salom, este murciano de Mallorca, se nos manifiesta como un amante del verso libre, y marido tiempo ha de la más rigurosa métrica, labrada en el sonetismo. Siempre vio a la actualidad intelectual como materia poética, y el sarcasmo, la ironía y el doble sentido salvaron a su tarea literaria de la maldición del panfleto y de la soflama, que a tantos otros alcanzó, y perdió, y malogró. Andrés primero fue poeta, y después, alma comprometida en el sentido sartriano de la palabra. Como dijo Tierno Galván, Andrés es uno de esos ateos a los que nunca abandona el Buen Dios.
Sempiterno cuentista aspirante al Gabriel Miró, premio que se quedó sin el honor de contarle entres sus ganadores, nos muestra al final alguno de sus mejores relatos cortos, en ese género que podemos llamar de la memoria inventada, la única válida, que no aspira a la crónica. Los Día Más Allá del Tiempo, denomina a su antología, como reconociéndose en un tiempo prestado, o acaso al tiempo, fuera del tiempo, en que la literatura lo sacó de su tiempo cronológico, transportándolo a alguna región al margen de ésta tan injusta que le tocó vivir. Enhorabuena, Andrés Salom. Vale.
Los Alporchones, fin de la Reconquista en Murcia

El 17 de Marzo de 1452, a un año terminar la Edad Media, acaeció la famosa batalla de Los Alporchones, en las inmediaciones de Lorca. Hacía ya cerca de 200 años que el Reino de Murcia era cristiano, y había sido integrado en Castilla. Aquel invierno, hubo hambruna en la comarca de Vera, que hoy es provincia de Almería, y que entonces era lorquina; no murciana, pero sí lorquina. Al ser separada de su centro de distribución de mercancías y alimentos, en aquella periferia de la ciudad del sol cundió el desabastecimiento y la escasez. Por ello, más impelidos por el hambre que por deseo de recontraconquistar el territorio, una partida de vecinos de dicho territorio, pidió ayuda a su teórico rey, el Nazarí de Granada. Éste les mandó un arráez o capitán, y unos cuantos zenetes o caballeros. El grueso de la tropa invasora no estaba formado sino por los harapientos campesinos de la zona. Pasaron de noche la raya, y a la mañana siguiente se hallaban en el Campo de Cartagena, dejando el valle del Sangonera, a esas alturas ya denominado Guadalentín, para internarse por Fuente Álamo y llegar hasta el Pinatar. Saquearon el monasterio de San Ginés de la Jara, y se atiborraron de alimentos y de bebida, de manera que al regresar, malamente podían enfrentrse a la más que posible venganza de los cristianos, que desde Lorca y Aledo, habían divisado las fogatas de la razzia. Avisaron a Murcia, y Fajardo, Lisón y Quiñonero les aguardaron cabe los Alporchones, en la Loma de Aguaderas, en la ladera opuesta del valle.
Los improvisados guerreros musulmanes, la mayoría labradores y menestrales que portaban las viandas robadas como un tesoro, poco pudieron hacer por defenderse. Los esclavos capturados, que para ese menester habían portado con ellos, fueron puestos en círculo, con cadenas, asimismo robadas, para establecer un cordón defensivo, con los expedicionarios invasores dentro. Pero, de nada les valió. Era 17 de Marzo, y el Santo de la jornada, San Patricio, el irlandés que fuera esclavo él mismo, aparecióse, y fue liberando uno a uno los bautizados esclavos de sus fierros. El resultado fue una victoria cristiana.
En poco tiempo, la Granada nazarí fue quedando reducida a su núcleo metropolitano, la antigua Elvira de los visigodos. Pero ya el Reino de Murcia tenía límites, y aquellas tierras quedaron granadinas.
Así pues, San Patricio es el Santiago Matamoros murciano, o lorquino, como se quiera. Y tal día como ése, se iza la bandera irlandesa en el balcón del Ayuntamiento de la antigua Heliocroca, justo para conmemorar la efeméride. Mataron por hambre, y murieron justamente, según el entendimiento de lo justo en la época. Nadie aminore la gloria lorquina, aunque, eso sí, experimente piedad por las víctimas de una y otra parte. Vale.
Tambores

Oigo tambores, por la noche, desde casa. Los escucho en los ratos en que logra el silencio robar alguna décima de segundo a la parlanchina caja de los colorines. Caja, a la que voy haciendo pasar de un canal a otro, incesante, en búsqueda de gancho plástico o narrativo que me ancle la atención. Son tambores que trae el viento, a través del aire, aún frío, de Febrero o de Marzo. Son tambores que ensayan un redoble fúnebre de pausada marcha de cortejo pasional. Ya se estremecen las túnicas, dobladas en los armarios y roperos, esperando la blanda mano que los vuelva a planchar, para estar dispuestos, un año más, a la emoción del sagrado desfile nocturno. Ya tiemblan las capuchas, aguardando el enhiesto cartón que hará erguir su cónico ser. Hay un ritmo monótono, reiterativo, acostumbrado y serio en esos tambores que digo.
Pasó el carnaval, y en el horizonte ya se divisa la floral primavera que trae el recuerdo de la Pasión. Buscando están los apóstoles quién les alquile el borrico para entrar en Jerusalén, y amontonadas comienzan a estar las albísimas palmas para recibir al Nazareno. Como a las briznas de hierro atrae un imán, así ordenándose van las conciencias penitentes para cumplir el rito de la reconciliación divina con los humanos, a través del Sacrificio.
Todo eso me dicen los tambores, intercalados entre dos spots televisivos, en los aledaños de mi conciencia. Allá lejos, en horas de asueto, una banda ensaya sonoro acompañamiento de percusión al Cristo de la Cofradía. Comienza a perfilarse el tiempo nazareno. Y yo siento un algo de ajenidad culpable en ese redoble sucesivo, que me acusa de permanecer extramuros de la Ciudad Cofrade y su pompa y circunstancia; una pompa y circunstancia que tanto son para mi ciudad, y tanto fueron para el niño que yo fui antaño.
Suspiro, y enmudezco el televisor. El flash de los tambores torna secuencia, y puedo entonces, captar más en su médula el cálido mensaje humano, que envuelto en el golpeteo de los parches, ha sabido subir hasta mi consciencia de ser humano alienado que, en busca de qué buscar, vagaba por las ondas catódicas, una noche de invierno en los principios del segundo recodo del camino de la vida. Su ritmo mueve entonces mi corazón, y su sístole y diástole pasan a ser los de la Creación, proyectada sobre mi conciencia. Acompaño el solemne movimiento de la marcha, y dejo al corazón volverse niño, contemplando el paso de la banda.
Pero llega el final de la percepción. Me reacomodo, respiro hondo, y vuelvo a tomar el mando. No llego a recomenzar el zapping. Demasiada la dosis de autoconciencia tras el suceso. Me levanto, y voy al libro que acoge, estos días, mi lectura. Vale.
Hoy, Columbares, sierra murciana

La toponimia regional murciana tiene un tesoro filológico: los topónimos murcianos mozárabes. Esto es, los nombres de lugar que dejaron los romanos antes de dejar el paso a los visigodos, y éstos, después, a los árabes, bereberes, sirios y egipcios. De manera que, cuando llegaron los castellanos, con su idioma de origen latino, se encontraron con muchos nombres ya puestos desde hacía mil años, y que se parecían a los que ellos estaban acostumbrados. Como el idioma de los hispano-romanos que convivieron con los árabes se llamó mozárabe, en lugar de neolatín o hispano, a lo conservado a través de la dominación islámica, se le llamó también mozárabe.
Uno de estos casos es el nombre de la sierra murciana de Columbares. Tal nombre quiere decir palomares, en español actual, descendiente del castellano. Pero en el idioma hermano mayor del castellano antiguo: el mozábare, palomar se decía columbar. Y ahí ha quedado el nombre. Vean lo que dice el filólogo Robert Pocklington al respecto:
“Cumbre alta de la sierra de la Cresta del Gallo. Domina el Puerto del Garruchal, obstruyendo la salida hacia el campo de Cartagena. El topónimo se documenta bajo la forma "los Columbares" o "los Colunbares" desde el siglo XV.
El origen mozárabe del nombre ya fue indicado por C. Hernández Carrasco: COLUMBARES, plural del latín tardío Columbare "palomar". A pesar de la fecha tardía de la primera documentación (1443), y la presencia del artículo castellano, la procedencia mozárabe se delata por la conservación del grupo latino -MB- (reducido a -m- por el castellano, aragonés y catalán). El topónimo se pronunciaría Qulumbaris en el árabe...
Al ser adoptado por el castellano de Murcia, el topónimo adquiriría el artículo los a causa del aspecto de plural castellano que le da la terminación ares... En principio el significado de "los palomares" es más probable”.
Ha tiempo, acaso más de una década, escribí aqueste poema dedicado a mi amigo Juan Pedro Gómez. Helo aquí:
COLUMBARES
a Juan Pedro Gómez
Columbares,
sierra torcaz,
lejana piedra inútil bajo el sol.
La luna llena redonda del sur
conoce tus sombras,
y mi siesta indolente y larga,
los perfiles de tu umbría,
las tardes en que no hago nada.
Columbares,
entre el mar y mi ventana.
Seiscientos cuarenta y cinco metros
en los mapas.
Y un motivo, apenas nada,
para hablar, escribir,
y creer que somos uno
la tarde, yo y la circunstancia.
Columbares,
paloma varada.
¿Quién soñó tu nombre,
teoría de cansera murciana,
inerte quietud de roca
y terca voluntad de alas,
sobre la vieja piel de España?
Columbares,
sierra torcaz.
Horizonte de tarde vana.
Las plumas del cansancio,
insomne lentitud del tiempo,
hormiguean la mirada.
Si quemé misterios,
éstas son, cenizas, las palabras.
Aquí, hoy, en mi cuarto,
contemplando Columbares
por el marco de mi ventana.
este silencio,
la tarde, yo y la circunstancia.
Vale.
Adiós a la madre

Ils sont venus, / Ils sont tous là / Dès qu'ils ont entendu ce cri / Elle va mourir, la mamma… Así cantaba Charles Aznavour, allá por los sesenta, cuando aún era el mundo mío: una emotiva estampa costumbrista, bien cantada, que llegaba al corazón. Pero, eso; no dejaba de ser una canción sobre cosas que le sucedían a otros. O que no sucedían. Los sucesos ocurren, cuando no nos ocurren a nosotros, tan sólo para servir de argumentos a las novelas o a las canciones. Novelas o canciones, o poemas… que van forjando nuestra educación sentimental, poco a poco, mientras aún no somos lo que somos o lo que podemos ser. No sé.
Sucede con las canciones lo mismo que con las palabras, mientras no te alcanza su significado, mientras son, tan sólo, referencias del diccionario. Pero nos llega cierto día, que no suele llegar de pronto, y te absorbe su contenido por completo, como los brazos de una ameba engloban el elemento nutricio que van a engullir. Son palabras como orfandad y otras construidas con la triste materia de la ausencia; de la ausencia de personas, definitivamente idas, de seres humanos que fueron nuestro origen y de las que hemos sido extensión natural.
Tenía aquella música una médula de asumida tristeza y de afectiva reciedumbre de sobreponerse a lo fatal. Y emanaba de ella algo así como la fuerza de unidad alcanzada entre todos por gracia de aquella mamma que finaba entre los brazos de sus hijos, llegados de todas partes para despedirla en su viaje en el tren definitivo hacia la postrera estación termini de la existencia.
Hoy recuerdo aquella canción que, hablando de finales, tresmanaba vida y amor en todas sus notas. Y no la recuerdo en vano. Como un molde viejo que vuelve a sacar figura de bulto, acaso de oro, así me parece rememorar la letra y sentimiento de aquella lejana melodía, que supo esperarme tantos años a que pudiera utilizarla como bálsamo para la herida que hoy me aflige. Hoy, cuando son las cosas cantadas las que me suceden a mí, y no a otros. Hoy, que el designio de lo creado ha decidido señalarme como lóbrego figurante del tema de la canción.
Se va el día de Marzo, ventoso y frío, desapacible, como traído por la ensabanada; harto destemplado y traidor, acechante y agazapado tras las esquinas para asaltarte impune y sorprenderte con helada ráfaga inesperada. Como una metáfora de ese final que llamamos muerte, y al que piadosamente eufemizamos con amable alusión risueña, imagino que en una de esas rachas de aire, montada sobre el pentagrama de Aznavour, precisamente el que entona el Ave María, te vas al Cielo, madre, a seguir velando desde allí por todos nosotros, por los que aquí estábamos y por los que desde lejos a despedirte vinieron. Vale.





