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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Artículo perdido

Regreso de La Manga, y he aquí que me encuentro que he extraviado las notas sobre un artículo, casi el artículo entero, acerca de los windsurfistas que esperan la ola junto al hotel Galúa, para navegar en ellas efímeros segundos hasta la orilla. No me atrevía, recuerdo, a extraer metáfora del hecho, tan silencioso, tan expectante, divisado a través de la cristalera del hotel, a donde había ido para celebrar reuniones prospectivas referentes a mi trabajo, el que me paga con qué pagar mi hipoteca y mis recibos.
El espectáculo era bello en sí mismo. No precisaba mayor explicación. Tal como un suceso zen, simple y elemental, sin mayor trascendencia que la procura de paz para el alma. La furia contenida, apenas liberada de la ola, contrastaba con la paciente quietud de los jóvenes ataviados con la tiniebla perfecta del neopreno.
Concluía, luego de meditar mientras los miraba, que aquello era como la vida: nueve veces esperando, y una, efímera y débil, para gozar el evento sobrevenido de la ola que nos lleva. Ahora, debo cambiar la metáfora. He perdido la letra original. Y digo bien letra, pues era letra. Papel como soporte, y el bolígrafo regalado por la convención profesional, como péndola. Y he de añadir también que mala letra. La digitalización se cobra un tributo en forma de letra de médico para todos. Yo, que me preciaba de buen calígrafo. Yo, garabateando en un papel. Aquella gota de pretendida sabiduría manuscrita en un folio doblado ocho veces, extraviada, perdida, acaso para siempre. También la sabiduría que se encarga de custodiar la sabiduría puede desaparecer.
No es por compararme, pero sabemos también que Shakespeare perdió una obra que titulaba Cardenio, inspirada por el desdichado amante del Quijote, cuya lectura produjo grande impresión en el genio de Sratford upon Avon. Y diciendo por decir, quién puede decir que poseemos todo lo que escribió Cervantes. Que los dioses de la Literatura me perdonen el haberme comparado con los Maestros. Lo malo de perder algo es no poder revivirlo. Lo bueno, es que no sabes lo que te vas a encontrar por esa misma causa de haber perdido aquello. Ya sé que es un lío. Atiendan la explicación: si no hubiera perdido aquel artículo, caído sin duda de algún bolsillo, no hubiera escrito éste. ¿Cuál de los dos mejor? Quién lo sabe. Cada cual con su opinión.
De todas formas, ahí está la humildad como telón de fondo de las dos ideas: la paciencia, ciertamente humilde de los windsurfistas, y la humildad de haber aceptado la reescritura del artículo, añadiendo el plus de la misma pérdida como tema. No es poco, se lo aseguro.
Anochece Abril. Ha caído un chaparrón, y se oyen los trinos agudos de los pájaros. He perdido un artículo. Eso es todo. Vale.

 
El Enigma Vivaldi: más Magdalena


¿Tú también, Vivaldi? Podríamos preguntarle al rijoso Prete Rosso de la Venecia de mediados del XVIII. Pues sí, a él también lo han involucrado en el asunto Magdalena-Jesús. Y ahí está el hombre, yéndose a morir a Viena, no se sabe bien a qué. Peter Harris lo ha descubierto. Directito que se fue a la biblioteca imperial, a buscar la biografía que de su Maestro Jesús, escribiera José de Arimatea, el dueño de la tumba donde enterraron al crucificado. Y, claro, la encuentra. Da noticia secreta de su hallazgo a sus compañones de secta: Fraternitas Charitatis, y se muere. Pasa más de un cuarto de milenio, y he aquí que llega el joven violinista cordobés Lucio Torres a descubrirlo todo. Tachán, tachán… Empieza la novela, y el lector no sabe nada de todo esto. Se le cuenta la muerte de Don Antonio en la catolicísima Viena imperial de la época, y también cómo la policía secreta del Dogo veneciano anda detrás de lo que ha descubierto el virtuoso violinista del Ospedale Della Pietà, inclusa femenina de la Serenísima.
Esto es el meollo pseudohistórico del asunto. Funciona bien como polo de atracción. Pero estamos, ante todo, delante de una buena novela de intriga. Ahora que descubro. Ahora que me enamoro, Ahora que encuentro. Ahora que huyo. Ahora que me escondo. Ahora que me descubren. Ahora que me descubro, por gilipuertas. Que me cogen, que me liberan. Uf, que llegan los buenos y me salvan. Y, por fin, que aparece el Cardenal Gambini, y por buen chico, y por regalarle la partitura del Prete Rosso con la confidencia de José de Arimatea, me obsequia con un Stradivarius. Qué bien, oh. Y a mi novia con un collar rematado en una gema del copón. Polis buenos e Iglesia Católica buenísima. Todo políticamente correcto.
Después del petardo de oro de Dan Brown y de El Último Merovingio, llega El Enigma Vivaldi. Todo sobre lo mismo. Una ventaja de esta última sobre las otras dos es, aparte su mejor documentación, su magnífica traducción. Apenas se dan esos atranques tan característicos del traductor que se empeña en ser muy fiel al original. Un apunte sobre la magnífica descripción gastronómica, que aparece por doquier en el texto. Desde Cervantes no hay quien resista la tentación. Harris sale bien de todos los retos, tanto del menú de tavola calda callejero, como el de la exquisita mesa de un Cardenal. Muy bien documentado. Al igual que pasa con el callejero veneciano y sus monumentos. Se da a esa ciudad el protagonismo que siempre requiere cuando sale de escenario en una novela. Se echa de menos la justificación de la omnisciencia del narrador, que, a la manera antigua, ni se presenta, ni se autoexplica. Entretiene y está bien llevada. ¿Vale? Vale.
 
Loor a Paquito Chocolatero

Don Gustavo Pascual Falcó, autor de Paquito el Chocolatero (Concentaina)

Sí, loor a Don Gustavo, y a Concentaina, su pueblo, y a Alicante toda, su tierra. Y a España misma, que tanto y tan bien se siente representada por este impar pasodoble, rey de los pasodobles, al alimón con el cartagenero Suspiros de España. Éste, para la nostalgia, que ya tendrá su recado de Escribir. Y aquél para la fiesta. Sucede que tengo las notas de Paquito en la cabeza desde que saliera el estupendo anuncio de la cerveza San Miguel en la tele. Y la tengo en esa versión danzada en conjunto, un poco a la rusa, pero que es a la universal, como lo demuestra la variopinta vestimenta étnica de los aburridos clientes del local del Lejano Oeste, hasta que llega Paquito.

Y loor a su creador. Don Gustavo Pascual Falcó, alicantino de Concentaína, como queda dicho. El año que viene se cumplirán setenta años desde su composición. Era el verano de 1937. La guerra no aconsejaba moverse mucho. Al enfermizo Gustavo le darían por excedente de cupo en la mili, por padre mayor de 60 años. De pronto, en una siesta de chicharras y calorazo, Don Gustavo, le dijo a su cuñado:

-¿Cuál de estas tres partituras quieres que te dedique, Paco?

Las miró el aludido, y dijo:

-Esta, que es un pasodoble.

Y, dicho y hecho. Tomó recado de escribir, y puso arriba: Paquito, el chocolatero. Aludía así a la profesión de la familia de su mujer, chocolateros de Concentaína. A partir de ahí, la partitura inició un vuelo alrededor del mundo, que todavía no ha parado. Yo, cuando la oía antes, siempre me imaginaba a los moros, más a los moros que a los cristianos, de Concentaina o Alcoy, desfilando todo marchosos ellos por las calles de ambas poblaciones, entre las dos filas de personal que las contempla. Escoltados también por los letreros comerciales en valenciano y español. No en catalán y castellano. Y se me mueven las piernas y el corazón. Y siento que es algo verdadero esto de ser español, verdadero, festivo, e inocente, sobre todo inocente. No me avergüenzo en absoluto, de esta manera inocua de pequeño patriotismo. Ni tampoco se me hincha el pecho de orgullo. Eso es otra cosa, de la que no se habla aquí, y de la que no debiera ocuparse más aquesta prosa. Me gusta sentirme español escuchando Paquito Chocolatero. Ya está. Nada más.

-¡Hey, boys!

Dice este nuevo Paquito, tras coger sendas botellas de cerveza española en las manos.

El cantante de Country, músico como Don Gustavo, ve la llegada de la fiesta a su local, y aprovecha la ocasión:

-¡Pakitoou!

Y se inicia la espléndida obertura de la pieza. A la tercera nota, ya se ha iniciado la movida. Todos cogidos del brazo, avanzan y retroceden, levantando la pierna al grito del cosaco:

-¡Hey… Hey….!

Me voy a descargar Paquito en el móvil ahora mismo. Vale.

 
Machado, hoy



Salen ya en los suplementos literarios las noticias sobre la próxima biografía de Machado, a cargo de Ian Gibson. Más de setecientas páginas sobre la vida de aquel pobre hombre y gran poeta que fue Don Antonio. Para el malévolo Borges, el hermano de Manuel. Ambos, pienso, fueron grandes poetas. Uno fue rojo, Antonio, y el otro muy azul, Manuel. Del Modernismo inicial de ambos, Antonio pasó a ocuparse del alma y del pueblo. Manuel acrecentó la impronta inicial, con los ribetes del descreimiento snob y decadente, tan elegante. Mucho divergieron ambos. En el Burgos de Franco, Manuel; y en el Collioure de la diáspora republicana, Antonio.

Antonio entre dos amores: Leonor, con la que hoy no se podría haber casado por causa de sus quince años, y Guiomar, la gris poetisa Pilar Valderrama. Gibson ha descubierto la fuente del Palacio de la Moncloa donde se citaban ambos, el poeta desgraciado y la poetisa de marido disoluto. Un jardín modernista, como los versos de su primer libro, Soledades, del que dice Gibson es rigurosamente autobiográfico. Un detalle perverso: los renglones epistolares que Pilar borró con disolvente, han vuelto a salir a la luz por sí solos, delatando nada más que anodina cursilería de enamorados inconfesos. Dice la historia que no llegaron a ser amantes. Pero nada dicen si hubo, por lo menos, algún beso apasionado cabe las fuentes hoy presidenciales.

Bien puede decirse que tuvo amores prohibidos, oscuros, por qué no, que diría Lorca. El mismo Lorca, escolar entonces, que acudió a Baeza para ver al Maestro, desde Almería. Pasados los años, el Maestro pudo leer el asesinato del granadino en Viznar, y le hizo la correspondiente elegía fúnebre. Hoy, sus propios restos yacen en cumplida tumba, cabe la mar del sur de Francia, con una urna en su cabecera donde se apilan los poemas en su honor.

Algún crítico, tan malévolo como Borges, argumenta que Machado es el mejor poeta del siglo XIX en el XX español. Los del 27 encontraron grave, pesado, el contenido anímico, sustancial, del sevillano, y lo sustituyeron por la libertad empírica de Juan Ramón. Hicieron bien, porque a Machado no se le podía seguir sino plagiándolo. Al Maestro le faltaba vida. Sólo pudo enamorar a una adolescente tísica, con padre maltratador, y a una madurita casada con marido libertino. Bajo ese almendro florido / todo cargado de flor, / recordé: yo he maldecido / mi juventud sin amor. Son versos de Machado, que alguna vez decidí grabar en mi memoria. Ahí está la cruz de Machado, su incapacidad de relación con las mujeres, burdeles aparte. ¿Por qué no suponer que Leonor le siguió más por huir del maltrato paterno, que por amor puro? ¿Acaso le siguió Guiomar por otra cosa que por su reclamo poético de Maestro? Vale.


 
ODA A LOS JARAMAGOS


Jaramago, tu nombre:
¿quién te lo puso?

Florecilla amarilla
de los surcos
solos y abandonados
del mes de Junio.

Jaramagos del campo
yermo y parduzco;
desde mi coche os miro
y así os saludo.

Jaramagos, decidme
lo que yo busco.
Jaramagos, ¿qué sabéis
de Dios y el mundo?
¿Nada... ? Igual que yo
y me espeluzno.
Pero sigo adelante
mientras conduzco.

Los faros de mi coche
ojos de búho.
"Los ojos no ven, saben",
que dijo alguno.
Sabe sólo el cerebro
y el resto es humo.
Los ojos de mi cara
son sólo uno.
Sólo el cerebro es ojo:
eso es seguro.

El ocaso se impone,
rojo y oscuro.
Jaramago, tu nombre:
¿Quién te lo puso?
Florecilla amarilla
del mes de Junio.
Jaramago del campo
yermo y oscuro.
 
¡Viva Yecla!

Yecla, de Pura Azorín
Un pueblo que sabe reírse de sus propios mitos, es un pueblo feliz. Un pueblo feliz y plenamente integrado en lo universal, saltando toda la pueblerinidad que supone esconder las esencias propias en algunos de los habituales relicarios laicos en que hoy, por tantas partes, se veneran las señas propias de identidad. Reírse de los propios mitos no significa defenestrarlos, sino apropiárselos más todavía, al hacerlos compatibles con el buen humor, el ingenio y la cotidianidad. Supone alejarlos del peligro de profanación ajena, y supone afianzarse en una manera de ser y de respetar lo importante, que no es otra cosa, sino el hombre mismo, el ser humano.
He estado en Yecla, un pueblo que pudo ser manchego o alicantino, y al que la Historia acabó haciendo murciano. Meras administratividades que no quitan el sueño a ningún nativo. Me han invitado a ver la obra de teatro La Verdadera Historia de Yecla, una sucesión de sketches, alineados a los largo de la Historia, marcados por la impronta del buen humor, el sarcasmo autocrítico y un excelente quehacer escénico, a cargo de la Compañía Inestable: un grupo de entusiastas aficionados, ya duchos en el arte de Talía, que nuevamente han deleitado a sus convecinos, y a quienes hasta allí acudimos, con su función. Una función aparentemente iconoclasta, pero que, en profundidad, no es sino afianzamiento en raíces más profundas que la que aportan los mitos legados.
Desde la Dama Oferente hasta el Capitán Soriano, van dibujándose por el aguafuerte de la escena, uno a uno los emblemas yeclanos. Y uno a uno van sucumbiendo al verso y a la gracia de los actores. Los viejos mitos han sido bajados del pedestal, y han sufrido/gozado de la secularización más noble que existe: la de pasar a ser motivo de comedia; no de risa. Si media la inteligencia, no hay risa degradante; hay una nueva consideración del respeto. Feliz el día que las estatuas bajaron y acompañaron a los ciudadanos a tomar vinos o pasear al sol de la primavera.
La secuencia del Capitán Soriano, una mezcla en diálogo del Tenorio, Don Mendo y Calderón fue todo un alarde de ingenio y de gracia; así como la del don de la Dama Oferente a los yeclanos: los gazpachos. El alegato, inspirado en pariguales monólogos femeninos del siglo áureo, de Concha Azorín a los Reyes Católicos, echándoles en cara los eternos plazos que las autoridades provinciales o estatales han dado siempre a Yecla, valiente y acertado. Lo mismo que las tribulaciones del moro golfista para construir un campo de golf, haciendo, a contracorriente de lo oficial, una crítica a los ecologistas extremos.
Por todo esto, por haber sabido llenar el Teatro Concha Segura a la misma hora que un Madrid-Barça, hay que decir muy fuerte. ¡Viva Yecla! Más universal que nunca. Vale.