Visigodos tardíos en la Raya de Murcia

Allá por tierras del alto Segura, que un día fueron murcianas, se halla el Tolmo de Minateda. Todos ustedes, en coche lo han visto desde la carretera. Es ese cerro grande, aislado, con un frente liso de color ocre hacia el sur, y unas faldas peladas, mixtas de roca negra y esparto. Es el Tolmo de Minateda. Minateda es el pueblecito que se encuentra detrás, casi tapado por la mole del cerro, aislado en medio de la depresión. En épocas geológicas pasadas, aquello fuera lago, y el Tolmo, isla. Una colonia de esqueletos de erizo, en su pie septentrional, atestiguan la mar que decimos.
Voy acompañado de los Académicos de la Real de Alfonso X, entre ellos Paco López Bermúdez, que nos cuenta todo esto. Y, tras visitar el Museo de Hellín, acudimos al Tolmo. Subimos, dejando atrás los tres lienzos de muralla, ibera, romana y musulmana, y llegamos a la pequeña meseta, donde nos espera la joya de la visita: la planta, con su periferia de murete de metro de altura, de la basílica visigoda tardía que sirviera a la ciudad de Elo, allí mismo levantada. Una ciudad que aún duerme bajo la grama y el esparto en el resto de la mesetilla del Tolmo.
Se distinguen perfectamente, el ábside, con su semicolumnado perímetro, y la nave, marcada por unos esbozos de columnas, de alógena procedencia, que delimitan la longitud del templo. También el baptisterio por inmersión. Todo es tosco, algo primitivo. Antonino González Blanco, guía de lujo de la excursión, explica que puede que aquello date del mismísimo siglo VIII; tiempos ya islámicos. Y es que, dice el Profesor, los pueblos perviven más allá de las fechas oficiales de los libros.
Luego, a la tarde, visitamos el paraje llamado El Abejarico, otro cerro cercano. Ahora, la emoción se redobla. Visitamos lo que propongo llamar Catacumba del Abejarico. Es una nave, excavada en el monte, de unos 30 ó 40 metros de largo, por 6 ó 7 de ancho. El tejado está a dos aguas, a pesar de que tiene a toda la montaña encima. Y, en lo que sería el altar, hay, a cada lado, dos lechos, labrados en la piedra, con su correspondiente cabezal. En medio de ellos, una tronera se abre hasta cielo abierto, haciendo caer la luz, como un derrame de gloria. Con la puerta de entrada cerrada, el efecto ha de ser majestuoso. Encima de dicha puerta, por el exterior, hay dos cruces, una más grande hacia la derecha del que entra. Y en el techo y pared, raspados por manos iconoclastas, se pueden adivinar alas de Ángel y mandorla. A los cristianos de la catacumba, presumo, los descubrieron los islámicos, y les eliminaron las imágenes. Acaso fueron los mismos cristianos expulsados del Tolmo. Vale.
LA DÁDIVA

Cuando Jesús de Nazaret resucitó, según estaba escrito, al tercer día, el diablo, vencido, dio una gran cabriola impulsado por la rabia y fue a caer al otro lado del mundo conocido: a las tarraconenses riberas de Hispania. Allí, cerca de la costa, en un bosque de pinos, en medio de una vaguada y sobre una roca, dio en meditar acerca de cuál habría de ser su tarea desde aquel entonces en adelante. En eso estaba cuando escuchó voces en latín, como correspondía a la parte del mundo a la que había ido a parar. Escondióse para no ser observado y facilitar así la espontaneidad de quienes oía. Con eso, comenzó a escuchar a los recién llegados.
Andaban despacio, mientras conversaban. Parecían gentes de calidad, encargados de velar por la cosa pública en los asentamientos cercanos. Uno, el que hablaba cuando el diablo empezara a entender lo que decían, vestía una toga larga, de lino, y se recogía una estola roja en el brazo. Con el otro señalaba los límites de la vaguada.
- No hay en Tárraco arquitecto que sepa salvar esa altura y esa distancia –decía, y negaba con la cabeza resignado.
Otro de ellos, sin duda militar, envuelto en coraza de cuero y rojo faldellín de cintillas de piel de toro castaño, pero sin yelmo en la cabeza, calvo por completo y hombre fornido, le replicó:
- No tiene por qué ser esbelto y elegante. Sólo tiene que servir. Mis ingenieros militares podrán hacerlo. Tenlo por seguro.
El tercero de los hombres, el más humilde entre todos, ataviado de corta túnica de basta lana gris y cinta a la cabeza, adujo:
- Ciertamente que no soy arquitecto. Sólo levanto edificios de pisos, cuatro todo lo más. Pero sí que me atrevo a intentarlo.
El centurión siguió hablando:
- Si no lo hacemos, pronto faltará agua en Tarraco. Y la gente comenzará a irse de la ciudad.
- Antes de un año no podremos traer a nadie de Roma para levantarlo –aclaró el edil.
El diablo entendió todo, como era omnisciente en lenguas; pues él había sido quien generara la multiplicidad habida en Babel, luego del Diluvio, cuando la lengua de Adán y Eva diversificó en mil maneras de hablar. Y, en el acto, coligió cuán a la contra de sus designios era perderse una ciudad, pues donde hay ciudad hay ladrones y hay coimas; hay usura y hay maldad de unos hacia otros. No así acaece en el campo, donde las familias, estando solas, más dadas son a la virtud y al recogimiento y, en fin, a la ausencia de perversión. Por ello planeó ayudar a los urbanitas que ante él, tras los gruesos pinos de generosa fronda, a punto estaban de rendirse a la evidencia de verse obligados a abandonar ciudad por ocupar campo. Debido a ello, y como mejor medida, optó por presentarse en apariencia de Apolo, el dios, pronto ya pagano, de la perfección. Adquirió en rápida metamorfosis la figura de esbelto joven rubio, semidesnudo, apenas envuelto en luengo paño de lino, que al aire dejaba su hombro derecho, hasta casi la cintura. Su rostro resplandecía cual pequeño sol. Portaba en la mano rollo de pergamino oculto en cilíndrica capsa, y cuando apareció, cayeron al suelo, por la sorpresa, los tres responsables de la urbe tarraconense.
Anduvo entre ellos, y les calmó.
-Nada temáis de mí, nobles ciudadanos. El Olimpo no quiere que vuestra ciudad se pierda. Mucho aprecia la piedad que mostráis hacia las deidades de vuestros mayores.
Se fueron incorporando poco a poco los sorprendidos ciudadanos de romana obediencia, y sin atreverse a mirar a la figura de Apolo, pues se cegaban, dieron en juntarse a modo de instintiva defensa. Entonces el falso Apolo alzó el brazo y siguió hablando.
-En este pergamino se halla dibujado el acueducto que precisáis, con todas sus medidas y con todas sus dimensiones, el lugar donde podréis hallar la piedra necesaria y el plano del terreno con todas las marcas donde se habrán de asentar las primeras piedras, así como la profundidad de los cimientos. Todo esto os doy para que sigáis fieles por los siglos de los siglos a vuestros dioses de siempre, negando la tierra a quienes vengan a predicaros nuevas religiones y nuevas divinidades.
Se dirigió al edil y le hizo entrega de la capsa. En cuanto dejó en su mano la dádiva, desapareció. De una cabriola, esta vez de júbilo, volvió de nuevo a la tierra de Israel, donde aún llegó a tiempo de tirar de la soga con que se ahorcaba Judas Iscariote, al borde un barranco. En el mismo aire recogió su alma, y huyó para el infierno.
FIN
22 de Mayo de 2006
Un río Ebro de fruta

Vengo a Tarragona, impar tierra afirmo, y paso sobre el río Ebro, próximo a a sus desembocadura. Viajo con el entusiasta grupo de profesores de Lenguas Clásicas, que acuden a estos lares para ver los vestigios romanos que tanto aman y tanto saben hacer amar. Otro día les cuento eso. Hoy quiero centrarme en el momento en que el autobús cruzó el ancho y largo puente sobre el río. El río Ebro, naturalmente. Todos los rostros se arrimaron a las ventanillas para ver el hermoso, y a la vez triste, espectáculo de un río ancho, con agua. Algo tan desconocido para mentes como las nuestras, habituadas al entorno de sequía climática. Y hay algo de pena en la visión. Agua que se va al mar, perdiéndose; perdiéndose para siempre, sin que nadie la aproveche. Nadie.
Y me viene entonces la visión de un modo diferente del río. En lugar del agua rizada, algo verdusca del Ebro, ordeno a mi mente lance la imagen a mi subconsciente de un río de frutas: naranjas de Santomera, peros de Cehegín, melocotones de Cieza, limones de Beniaján, ciruelas de Archena, albaricoques de Ceutí, y nísperos de cualquier otra parte del sureste español. Todos ellos, y muchos más que no menciono, sustituyen al líquido elemento del Ebro. Se mueven hacia la mar, como el agua del río verdadero. Y se arrastran inexorables, rozándose, amontonándose por aquí y por allá en el insólito cauce. Forman, en la pantalla de mi imaginación, un abigarrado cortejo de mil colores en movimiento. Es hermoso, pero sucede que van al mar, a perderse. Nadie podrá transformar esa potencia frutícola en riqueza de braceros, de suelo hurtado a la sequía y a la desertización, y en aluvión de divisas. Nadie.
El río de frutas que continúo viendo por dentro de mi cabeza, pasado ya el espacio entre riberas, prosigue y prosigue, interminable. Un lecho de arena del fondo marino les espera. La nada. Son plenamente hermosos los frutos mientras aún pasan bajo el moderno puente de diseño, pero van, ya digo, no a los mercados europeos, llevando dentro de sí el sol y el agua del territorio español, que es de todos. Un río polícromo, rojo de ciruelas por aquí, gualdo de limones por allá, verde de peros y de peras por acullá. Ellos, los frutos, intercambian su posición, empujados por otros a los que el desnivel de las altas cotas, obligan a coger el ímpetu necesario para arribar a su triste destino de riqueza perdida.
Hay suspiros entre los viajeros, resueltos en ayes de leve lástima, sin verbalización alguna. No es necesario. Existe una comunión entre todos de elegíaco lamento por el agua que no se tiene, y que se ve cómo el que la tiene, la tira. Vale.
Los acantos del museo

El museo del que hablo es el de la Ciudad de Murcia. Detrás tiene un jardín, antaño cerrado para muchos y abierto para pocos, como corresponde a todo jardín que se precie. Por lo menos en esa dimensión mágica que trae consigo palabra tan especial, como la que han compuesto adverbio y sustantivo: antaño. Hogaño es otra cosa. Incluso la palabra ya suena a plebeyo, más cercana, pero con menos misterio. Bueno, pues, a la espalda de ese museo, hay un jardín de acantos. Yo me acuerdo de la frase de Rubén: Que púberes canéforas te ofrenden acantos; y era tópico decir que de toda la frase sólo se entendía el que. Era una manera de fastidiar a los modernistas tardíos por parte de los poetas del Veintisiete. También salía la palabra en Historia del Arte, los capiteles corintios no eran sino hojas de acanto guarnicionando el alma de piedra de la testa columnaria de los templos postclásicos, en el Helenismo tardío.
Ahora, los acantos están florecidos. Por los medios de la hojarasca, amplia y generosa de haz, se yergue altiva la eflorescencia macha de la espiga hasta una altura casi humana. Hay un desafío parasexual en la estampa. Un vástago soberbio, surgiendo como un géiser vegetal, desde el verde poderío de las hojas que inspiraron a los arquitectos-escultores de nuestro tiempo fundacional de occidentales. Así, mirados todos juntos, parecen rebaño de insólitas reses, alineadas en estricta formación militar en los parterres; parterres a los que cuadran las cuatro acequias que remedan aquellas cuatro corrientes del Paraíso islámico: agua, vino, leche y miel.
Yo paso ahora todos los días por allí, camino de mis trabajos y mis horas, y memoro cuando los veo, un pasado que yo no viví, pero que sigue latiendo de alguna manera en los acantos. Hay gloria en ellos, señorío. Crecen a la sombra de otros árboles, en amena compañía. Y, colijo, ignorados son por la mayoría de cuantos pasan o pasean, atravesando el jardín. Pero ellos siguen allí, habitando las platabandas del Jardín de la Pólvora, mal nombre donde los haya, recordando que algún día fueron elegidos para la eternidad del arte por algún genio. Un genio que supo ver en ellos la grandeza que requiere ser la apoyatura de los triangulares frontispicios donde la fortaleza y el primor del arte supieron darse la mano en los relieves conmemorativos. Ellos rompieron la seca, exacta geometría de los capiteles dóricos y jónicos, irrumpiendo como horda revolucionaria en el palacio del invierno de un clasicismo en final de ciclo, para dar paso a la maniera que iniciara el retorcimiento de las formas.
Yo los miro con mucho respeto, y elevo una laica oración culta por quienes primero vieron en él un mensaje de grandeza de espíritu. Vale.
Los hidalgos que hay en Alatriste

Acudo al ciclo que sobre el personaje de Reverte se celebra, de la mano de Pepe Belmonte en la BRM. Acompaño a los profesores Pozuelo y Revenga y a la profesora Cárceles. Peroro quince minutos y recibo petición del organizador de pasar de las musas a las letras mi ponencia.
Alatriste es claroscuro trasunto de otros cinco hidalgos literarios españoles. Podemos imaginar a Alatriste en el medio de un pentágono con el vértice hacia abajo, símbolo satánico. En cada vértice hay un hidalgo. A cada uno le rechaza una condición, aceptando otra. De ahí su equilibrio en el centro pentagonal.
En el vértice superior izquierdo se halla el amo hidalgo del Lazarillo de Tormes. Con él comparte Alatriste su orgullo de casta. El que lleva al lazarillesco hidalgo a marcharse de su pueblo leonés por no saludar a parigual más encumbrado. Recordemos al Alatriste que se bate con el hijo de Lope, por chocar en una esquina. Pero rechaza esa hipocresía permanente, en actitud social absolutamente estúpida ya entonces.
En el vértice superior derecho veamos al Caballero de Olmedo, el personaje de Lope. Con él participa de la valentía: la que demuestra el de Olmedo al marcharse de Medina de noche, a pesar de la voz de advertencia que le avisa: Sombras le avisaron que no saliese, / sombras le avisaron que no se fuese. En medio del camino, lo matan, cobardemente, de un pistoletazo. Pero nuestro Alatriste no es un enamorado, como el de Olmedo. Ahí el rechazo. En la última entrega Iñigo de Balboa, su biógrafo, lo advierte: Alatriste es incapaz de amor.
Ya debajo, en el vértice izquierdo, tenemos al que fuera tío abuelo del mismo Alatriste: Don Juan Tenorio. Con Don Juan coincide en su valentonismo, variante innoble de la valentía. En El Caballero del Jubón Amarillo, Reverte nos da un Alatriste canalla y matón, encoñado. El intento del novelista: quitar aura a su héroe. Quiere que nos desenamoremos de él. El cruce de palabras con el de Guadalmedina, en servicio de guardián de amoríos reales, es sintomático de este valentonismo. Lo mujeriego les separa. Alatriste no es burlador.
Vértice inferior izquierdo: allí está Don Álvaro, el del sino. De común la figura del soldado aventurero por Italia y Flandes. Disiente del afán de nobleza del cuarterón incaico. A Alatriste se le da un ardite no ser noble. En Don Álvaro es una obsesión.
Y, por último, en el vértice inferior, Don Quijote, nada menos. Ambos hidalgos poseen una soledad insondable, indefinible, de la que no pueden ser rescatados; distinta soledad, pero iguales efectos. Se separan en el afán quijotesco por cambiar el mundo. Al Capitán, el mundo no le dice nada. Ni desea cambiarlo, pese a no gustarle.
Helo, pues, ahí en medio del pentágono, acaso cercado, pero no vencido; eso sí, cansado.Vale.
Falta el leoncillo

En Murcia, en el espacio urbano que se abre entre el Malecón, el Palacio del Almudí y la Pasarela de Manterola, hay un hueco importante. Ahora figura allí, como buen invitado, San Francisco de Asís, que conversa con sus hermanillos los pájaros. Muy bien. Los pináculos de inicio de la antaño defensa contra las avenidas del río, y la fronda del antiguo Jardín Botánico del Instituto Alfonso X el Sabio, conforman una línea del cielo muy genuina y particular. Pero falta algo. Allí está la Matrona del Almudí, imaginería de la Virtud de la Caridad, dando su pecho al hijo ajeno, antes que al propio. Y el escudo de armas austracista, sin la flor de lis en sus medios, y con el Toisón de Oro como orla. Y los dos escudos de la ciudad, custodiándolo. Escudos ciudadanos, por cierto, con sólo seis coronas, en lugar de siete. Faltaba aún el primer Borbón, que nos diera la séptima. Más de trescientos años, pues, nos contemplan desde ese mirador heráldico, Aún no eran los Estados Unidos en el mundo, y en el Imperio de los hispanos, todavía, no se ponía el sol.
Pero, bueno, a lo que vamos. Sobre pétreo pedestal, mordido del tiempo y vejado por la intemperie, se alzaba fiero leoncillo, asimismo erosionado por la humedad y el calor, por la lluvia y por el relente, que sostenía entre sus patas un escudo asimismo de la ciudad de Murcia, ¿Dónde está? ¿Por qué no vuelve a su sitio? No hace mucho allí estaba, como defensor implacable frente a la amenaza de las riadas del Segura. Databa, creo recordar, del XVIII. ¿Nos sobran los monumentos, y quitamos ése? Era una seña de identidad certera para muchos, un muchos que podrían llegar a ser todos.
Pedro Cobos le dedicó un cuentecillo, muy afinado, convirtiéndolo en personaje literario, de cuya peripecia no me hace merced mi memoria de comparecer ahora. Yo imagino a la Matrona dialogando de noche con el pequeño león, a través de la ancha calzada. El río sonaría en la cascadilla del Molino de Roque, que ya no existe, y, a veces, las frondas de los plátanos pondrían telón sonoro al diálogo. Parecía como si el león custodiase, en los otoños sin riada, y en las primaveras sin avenidas, el dulce sosiego de la Matrona amamantando a sus criaturas. La fuerza bruta amparando la virtud. Y todo en piedra, para perdurar. Pero, oh asombro. Han dejado a la matrona sin la guarda de su fiel centinela.
El sol, viniendo desde levante, remontando el río, pasaba entre medio de ambos, para recorrer el fluvial paseo que busca el ocaso, por la raya de Andalucía. La perpendicular amor-fiereza cortaba la eclíptica solar: inicio y fin, vida y muerte. Ya no lo hace. Pena. Vale.
María Guirado

Leo en este periódico, que ha tenido la buenísima idea de dedicar un espacio, noble y amplio, a la cuestión docente, que el IES Licenciado Cascales ha editado un volumen en homenaje a la que fue profesora de su Claustro, Doña María Guirado Cid. Un acierto, del que me hubiera gustado participar. No puedo presumir de haber sido allegado de primera fila de tan humanísima figura; pero sí colaboré con ella algún tiempo, recorriendo la todavía preautonómica región, impartiendo cursos de perfeccionamiento al profesorado de Primaria. A tono con ello, y en la privacidad de mi coche, trabé nutridas conversaciones con ella, sobre lo divino y lo humano, tanto de la Enseñanza, como de cualquier otra cosa. En aquella Murcia sin autovías, los viajes daban mucho de sí. Cuando más se encendía era cuando se hablaba de sintaxis, una de sus pasiones, y de los autores de gramática. Afiancé mucho mis conocimientos escuchándola, y también entrando en nuevas dudas, que me abrían nuevos caminos.
Luego, fue profesora de mi hijo, en el IES mencionado. IES, que bajo la denominación de Alfonso X el Sabio, había sido mi Instituto cuando discente, nada más y nada menos que durante nueve años. Dos en la Escuela Preparatoria, seis de Bachillerato, y uno de Preuniversitario. Su creencia en la virtualidad esencial de la Enseñanza, su ejemplo de trabajo, y todas cuantas demás cualidades se puedan predicar de un docente, en ella estaban reflejadas. Su figura humana, delgadita, frágil y en apariencia débil, se compaginaba con una firmeza rocosa en sus creencias pedagógicas. También humanísticas.
Yo no sé si es posible que se dé ya este tipo de docentes, que sabe suscitar esa adhesión tan específica en el alumnado, así como de los compañeros de trabajo. Desde luego, pobre de aquel alumno que no haya tenido alguien, como profesor, siquiera lejanamente parecido a María Guirado. Sí, no me demoro más en decirlo, hay un tipo específico de amor entre discente y docente, cuando se dan profesores como María. Es eso por lo que el alumno pasa a ser discípulo. Y que hace, al profesor, sentir algo así como la maternidad pero no, hacia su alumnado. Y digo maternidad, no paternidad. No sé si me explico, pero yo me entiendo. Espero que algún lector también.
Pero, además, era un centrifugado permanente de gusto por la literatura. No sólo por la Lengua. La Literatura, para ella, era algo más que una materia de estudio, algo más que una asignatura. Si no llegaba a ese fondo del alma, donde se estremece el último reducto del ser, de nada valía la Literatura. Para los que casi hemos perdido la fe en esa visión de lo literario, esa militancia suya es todo un ejemplo, y un faro para reencontrar la fe perdida. Vale.
Fusilamientos del Tres de Mayo

Un día de estos ha sido 3 de Mayo, dentro de dos años hará doscientos que sucedió esto que cuentan los versos que siguen. Los soldados de Napoleón, luego de sofocar la rebelión madrileña de los castizos que quisieron impedir el rapto del Infante Don Francisco de Paula - que lloró al ser metido en el carruaje, camino de la frontera hacia Bayona- fusilaron a todos los prisioneros en la entonces afueras de Madrid. Goya, años después, hizo un cuadro estremecedor, cuya visita, hace algunos años, me inspiró esta emoción épica que aquí se transcribe. Dicen algunos sabios que es con este hecho cuando empieza la verdadera Historia de España, como independencia frente a la Francia de la invasión, de la Ilustración y del saqueo al patrimonio cultural español. El Arte, con mayúsculas, dio un paso de gigante con la experiencia goyesca. El sentido de lo español, también. Desde Fuenterrabía, pasando por el Bruch, hasta Sierra Morena, toda la nación se sintió, repito que dicen que por primer avez, una, y como una se defendió.
Relumbra la lumbre
del farol
alumbrando la tragedia,
mientras
un patriota lanza el grito:
¡"Vivan las caenas!"
Su camisa blanca
nos mancha la pupila
de una luz que restalla,
esperpéntica.
Yacen a sus pies,
-en macabro escorzo amontonados-
los fríos cuerpos de los fusilados
que ya no gimen ni alientan.
Los baña un reguero de sangre
que fluye embarrando la tierra.
De fondo:
los oscuros perfiles
de un Madrid cercano
hacen infinito el cielo
entre ocres pinceladas sueltas...
La negra noche del cielo
habita
entre las torres
y los tejados de la niebla.
Apunta el piquete
con la bayoneta,
y lloran los compadres
no queriendo ver
su pobre destino
de patriota convicto y sentenciado
que espera.
Por detrás de los franceses,
-desde un alto
y en esquinada ladera-
el pintor, invisible,
imagina la cruel escena.
Nadie lo mira,
ninguno lo percibe;
pero él, que no escucha
la sórdida descarga fiera,
las manchas de la efeméride
con tristura y furor colorea.
Con ellas,
destrozando lo neoclásico
y sus reglas,
salta el Romanticismo
instalándose, ya para siempre
en el tiempo eterno y glorioso
de la inmortal pintura imperecedera.
II
Madrugada de Mayo
en la Moncloa:
únicamente serías
de algún olvidado libro
la pequeña letra...
O, acaso,
de tristes eruditos
una avara gota de sapiencia.
El parte militar
de un ejército invasor cualquiera
que no hizo prisioneros
una noche de refriega...
Si Goya no hubiera pintado,
con la sangre española
de su alma libérrima
y el pincel de su cerebro,
-amante de la Ilustración francesa-
la honda, carnadamente humana,
dramática soledad de la tragedia.
Es el comienzo de la Historia Contemporánea en este país, hasta hace poco llamado España. Vale





