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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Español para extranjeros

Todos los junios últimos, recibo la invitación de la Facultad de Filología Inglesa de la UMU, para dar una charla a profesores extranjeros de español sobre el habla coloquial usada en la novela de Arturo Pérez Reverte, Una Cuestión de Honor, pasada al cine con el título de Cachito. Como los docentes, aquí en España y también en el extranjero, son prácticamente todo mujeres, me veo solo ante un auditorio si no completamente femenino, siempre abrumadoramente mayoritario en féminas. Y me veo yo solo, ya digo, no explicando cualquier cosa, no; sino significados como los de echar un polvo, estar de mala leche o comerse un marrón. La cosa ya va de rutina, pero aun así tiene su aquél. No crean.
La novela y el tema fueron escogidos por mí, y no me arrepiento. Apenas da ocasión para explicar el primer capítulo únicamente, pero qué capítulo… A lo mejor les hago una serie para el verano, para cuando me vaya por ahí, y llegue a lugar sin wifi libre con el que conectar a Internet, y mandarles mis crónicas.
No se pueden imaginar lo poco que se sale el lenguaje de las veredas del sexo y la excretología corporal cuando el hablante quiere ser expresivo. Primero, les hablo, a estas féminas, de la diferencia entre significado y valor. Significado es la referencia de las frases a los conceptos de diccionario. Valor es la alusión a la comunicabilidad real que adquieren en la calle. Por ejemplo, echar un polvo, en la calle, es, todos lo saben, culminar el acto sexual por parte del varón. Ése es su valor. Su significado, en origen, era irse a las partes traseras de la casa a esnifar rapé, especie de estimulante espolvoreado, que se aspiraba por la nariz, desde el anverso de la mano, y que provocaba estornudo súbito, que molestaba bastante a la concurrencia. Ésta era la razón por la que el rapeador había de irse a dependencias aisladas de la mansión. Ocurrió que los fulanos dieron en aprovechar que las tales dependencias aisladas eran lindantes con el exterior, para salir sin decir adiós, y hete aquí que lo primero y casi único que se les ocurrió, en viéndose libres, no otra cosa fue sino largarse a los prostíbulos, los muy tunantes. De manera que irse a echar un polvo, de referirse al retiro a estornudar a solas, pasó a significar; esto es, a valer, irse a visitar las hetairas del burdel. Explicar esto a las damas tiene su aquél. El año pasado, una colombiana, entrada en carnes y muy locuaz, exclamó:
-¡Ah…. Y yo que llevo enviando ocho años a mi marido cuando fuma al garaxsss…!
Les pongo garaxsss… para expresar su pronunciación, que no fue otra sino la fonética francesa aplicada a la también francesa palabra garage. Vale.
 
Corpus

Escribo esto en el día del Corpus. Junio y sol. Gala y rito. Liturgia y calle. Y yo, tan olvidado de la efeméride… Andaba, os cuento, callado y solo, portátil en bandolera, hacia Il Caffe di Roma, cabe el murciano Imafronte catedralicio, para destilar prosa destinada a este Recado de Escribir, cuando se me ha removido en el fondo del alma la fe dormida en aquel lecho infantil, donde traspuesta quedara una tarde de antañazo. Los altarcillos de la Trapería me han asaltado la memoria de otros tiempos, ciertamente ya del otro lado del mezzo del camin. Hay creyentes fotografiando las aras. Y en algunas aparece la Virgen de la Arrixaca, la más vieja advocación mariana de esta tierra, junto con la del Rossell y Huertas. Acaso alguien la vea como una invocación ante la presencia muslim entre nosotros. Ojalá que no.

Veo, a través de los ventanales del Caffé, el inicio de la procesión, con los estandartes y las varas mayordomales. Pasan como barcos a los que no se les ve, tapada por los tejados, la línea de la flotación, lentos y majestuosos. Luego, veo las mantillas y las peinetas. Y, de pronto, las campanas, muchas campanas, no sé si decir que también, acaso, como un conjuro contra la coránica vuelta. Veo el palio pasar, y a la Santa Custodia, nada anterior tan parecido a ese flotar en el aire de barco, sobre las casas del puerto. Sale el Cuerpo de Cristo a la calle. La Iglesia Católica celebra su Misterio, huérfana de reconocimiento como religión oficial y única.

Ya termina el cortejo. Una cohorte de jubilados cierra la procesión. Antes han debido pasar los primocomulgantes, ignorados para mi vista, por causa de su inmersión en el mar de mi metáfora de contemplador de puerto desde las buhardillas del barrio alto.

Antaño, ay antaño, se celebraban tres días de fiesta. En el quinientos, el encargado por antonomasia para organizarlo todo era el literato Pérez de Hita... Ahí es nada, que el Señor saliera a la calle de todos, sin quedarse reducido al ámbito de la arquitectura eclesial. No otra era la clave de la fe católica. Vere Hoc est Deus. Verdaderamente, aquí está el Señor. Era, y es, una afirmación católica frente al Judaísmo y al Islam, que no creen en la Transubstanciación. La carne y la sangre de Cristo están en la Forma Consagrada. Ése es el mensaje, acompañado del sol del cincuentaytantos de Mayo, con los toques de conjuro para la Huerta, que anuncian, además del Evento, la derrota de las heladas hasta el Otoño.

Ahora -ya lo último- suena el ruido terrible de la máquina limpiadora que va tras los procesionantes, recogiendo desperdicios, pétalos que han gloriado el Misterio, ramas y cosas diversas, incluidos dorados botones perdidos de los púberes, que han añadido Inocencia a Misterio. Vale.

 
San Antonio

El santo de referencia de mediados de Junio es, sin duda, San Antonio. Dado que tal patronímico es el de mi padre, este santo para mí como el padre de los santos, sin hacer juegas de palabras. Todos los demás santos eran como de segunda división. Incluido el mío, que, por cierto, tiene muy poco predicamento, a pesar de ser Patrón de España. Precisamente por eso, cada vez lo va a ser menos, ya me entienden. Ni políticamente correcto, por lo de Patrón de España, ni religiosamente correcto, por lo de santo de la S.I. C. A. y R., que son siglas que ya les costará descifrar a algunos, ya. Por estas fechas, en tiempos, mi casa se llenaba de tartas y de tocinos de cielo. Había que habilitar varias mesas para posarlas antes de ser enviadas a la familia, para poder ser degustadas en sazón. San Antonio, para mí, es, pues, una tarta con merengue de filigrana y guinda, bizcocho y crema alternadas.

Luego supe que este es un santo que los italianos le han robado a los portugueses, lo cual que encorajina mucho a los lusitanos, que claman y predican que era de Lisboa y más portugués que un fado. Ocurrió que en un naufragio apareció en Messina, cuando iba desde Marruecos a Portugal. Que ya es aparecer, ya. Un leveche del coponazo, con perdón del palabro. Pero es que fue tal. Vive Dios. Y así, una vez que se vio allá, pues que las cosas se le liaron y, nada, que se quedó en la península con forma de pierna y bota. Mayormente en Padua.

Su fuerte era la oratoria. Según dicen, uno de sus milagros fue resistir a la tentación en forma de mujer sugestiva. Eso le pasó cuando todavía estaba en Portugal, y no era de Padua, ni nada. Muchos pintores han hecho cuadro famoso de tal asunto. Me quedo ahora con el de Dalí, los sabedores ya conocen que se trata de ese cuadro de caballos y elefantes de patas muy largas y muy finas, encabritados, sobre los que aparece una moza desnuda, cogiéndose los pechos y mirando para un lado, como retorciéndose de placer antes de tiempo. Luego, sobre el elefante, algo así como un sagrario contiene otros pechos femeninos. Para que Salvador estaba en etapa postlactante y añoraba el dulce chorrillo de la vida. En la esquina inferior izquierda, y en un alarde poquísima imaginación inocográfica, el propio San Antonio, desnudo, pero de semiespaldas, levanta un crucifijo ante la aparición. El resto, ya se sabe, el consabido horizonte limpio y desértico, algunas nubes que sirven para justificar la aparición y cielo clarísimo. Por cierto, el escorzo del caballo recuerda al del Guernica de Picasso, aunque en clave superrealista, claro. Bueno, pues eso, felicidades a los Antonios. Vale.

 
Muerte del Romancero

Ando estos días ultimando una antología del Romancero, el Viejo y el Nuevo; o sea, de autor desconocido, y de autor firmante respectivamente. Un placer, manejar estas joyas líricas del arte literario-popular. Para ayudarme a escribir el prólogo, envié un correo electrónico de esos colectivos a todos mis amigos en las Letras interesados. Y comencé a recibir contestaciones en el acto. Quiénes se desvivían por mandarme letras de cosas oídas antaño, y quiénes precisaban más datos temporales, que es lo que yo pedía. Casi todas las contestaciones abundaban en mi propia experiencia: a los años 70 no pasó ningún romanceador profesional. Casi podemos decir que los mató la televisión, su sucesora. El Romancero era telediario, salsa rosa, parte de guerra y lección de historia, no a la vez, pero casi. La televisión fue el romanceador en casa. La primera tele que yo vi, en blanco y negro naturalmente, fue en el 64, en verano. Antes, en el 62, había visto a uno de ellos, guitarra en ristre, lograr detener a las señoras marujas que andaban con su cesta, aún de esparto, camino del mercado de los jueves en los bajos del Malecón. Sus temas eran truculencias puras, amalgamadas con cursilerías pornográficas y así. O sea, que la tele sólo le dio la puntilla al toro bravo del Romancero, devenido ya manso buey de lo populachero.
Por otra parte, ya andaba fraguándose la revolución de los Beatles y del Mayo francés del 68. El siglo XX comenzaba a morir, y el Romancero, con credencial de todo lo más siglo XVIII, y siglo XVIII español además, ya no tenia nada que hacer. Incluso las novelas por entregas le hacían fuertemente la competencia desde principios de siglo. No digamos ya la radio. ¿Quién no recuerda La Portera de la Fábrica o El Campanero de los 50? Por eso, y a pesar de un hecho aislado, digno de cuento, en Águilas, principios de los 80, descrito por mi amiga Fuensanta, podemos afirmar que 1970 es el techo temporal de la existencia del Romancero, espontánea y libre, en las calles de la Región de Murcia. En adelante, acaso, tan sólo de alguna voz de mujer a través de los patios de vecino, o de alguna madre añorante de infancias pudieron salir las octosilábicas cadencias del verso popular español por antonomasia. Es decir, el Romancero se redujo al ambiente privado. Y, sobre todo, a las aulas del sistema de Enseñanza, o, por lo menos, a algunas aulas. Enmudecieron las imprentas en cuanto a producir pliegos de cordel doblados en octavilla, y los ciegos comenzaron a fomentar el cupón más que la cantinela. La que fuera llamada columna vertebral de la Literatura Española murió en su vertiente popular. En adelante, sólo quedó la culta. Vale.
 
La batalla del Huerto de las Bombas

Grabado antiguo del Huerto de las Bombas

Alguien debería de ir organizando algo para conmemorar la batalla que digo en el título de la prosa de hoy. Acaeció el 4 de Septiembre de 1706. O sea, pronto hará trescientos años. Cuando llegue el día les haré una crónica más detallada. Por esa batalla, no librada, aunque suene paradójico, entre los pagos de Espinardo y Murcia ciudad, nuestro territorio defendió la causa borbónica frente a la austriaca, en aquella guerra de inicios del Setecientos. Se ventilaba la cuestión de la sucesión de la corona española. Muerto Carlos II, se disputaban el trono un francés y un austriaco. Casi todo el Mediterráneo levantino estaba por los de Viena. El interior, incluido el bastión de Murcia, con su Obispo Belluga al frente, optó por el de París. Y ganaron. En la capital obtuvimos nuestra séptima corona en el escudo heráldico del municipio. Por esta batalla, y por la ayuda en la batalla de Almansa, ciertamente más importante.

Verano y muy verano debería ser en aquellas calendas, cuando tropas procedentes de Orihuela intentaron anexionar territorio, cauce del Segura arriba. Bordearon la villa por la Senda de Granada, y, desde Espinardo, intentaron tomar la ciudad. Un ardid hidráulico se lo impidió. Se supone que el Cardenal, entonces sólo Obispo, Belluga, ordenó abrir las acequias del entorno, y encharcar todo el terreno que hay entre la pedanía nombrada y el casco urbano. Entonces, dicho casco apenas iba más allá de Santo Domingo por el norte. El lodazal impidió a las tropas, en su mayoría holandeses e ingleses, opuestos a la renovada hegemonía hispanoaustriaca, seguir adelante, y se hubieron de conformar con cañonear desde sus posiciones lo que no podían asaltar. Las bombas, pues, no llegaron sino al huerto que había situado en lo que hoy son las aceras de enfrente del Instituto Cervantes de Murcia, antes Politécnico, y antañazo Escuela de Maestría. O sea que las bombas ni tocaron la ciudad. Y así fue como el agua fue usada bélicamente, para impedir una invasión. La población, enardecida por el motrileño Belluga, era acérrimamente partidaria del Borbón, que no recibía ayuda de los luteranos anglos y flamencos.

Entonces, sucede que sí tenemos algo que celebrar. Una victoria sobre posibles invasores. A ver si alguna institución mecenas de la Cultura organiza alguna conferencia para dar más pormenores de los que yo he dado aquí, pobre aficionado a la Historia. Supongo que los regantes de la zona no quedarían tan satisfechos como los del centro de la ciudad. Pero, como entonces, la salvación del alma lo era todo, seguro es que lo darían por bien empleado. El señor Obispo quedó contento. Y eso era importante. El agua salvó a todos, y así lo creyeron también todos. No vale juzgar con perspectiva de hoy. Vale.