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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Barnafossar, o la Cascada de los Niños

Hacia el Este de Islandia, casi a mitad de la isla, hay una de tantas cascadas de aquel país. Se llama La Cascada de los Niños. Barnafossar en islandés. Naturalmente, tiene su historia. Cuando llegamos, la lluvia islandesa nos recibió. En Islandia, la lluvia pierde su costumbre continental de caer hacia abajo en exclusiva. Viene de todas partes. Hay que ir preparado para rechazar el agua por doquier. El pantalón impermeable es pieza obligada. El viento, omnipresente, juega con el agua, que le disputa al aire su presencia en nuestro entorno.
Cuentan leyendas que, cierta vez, un granjero de la cercana Hraunsás acudió con su servidumbre a los oficios religiosos en el eremitorio comarcal. En casa quedaron sus dos hijos. Los supongo niña, la mayor, y niño, el menor. Aburridos, solos y con gran dependencia materna y paterna, decidieron salir en búsqueda de sus progenitores. En Islandia no hay interés mayor que el de la protección a los niños. Toda la legislación social gira en torno al bienestar de sus vástagos. Quiero suponer que no es tradición reciente. Admitamos que los dejaron en casa pensando más en evitar a los infantes las penalidades del viaje, duro siempre allí, que en el egoísmo paterno de verse liberados de preocupaciones.
El caso es que salen. Llegan a la cascada, entonces innombrada, y se disponen a pasar por un puente natural, construido por la misma corriente, al horadar uno de los pétreos muros interpuestos en su impetuoso camino. Pensemos que van de la mano. El pequeño resbala, casi se cae. La niña lo sostiene. Mas por poco tiempo. Acaban los dos en el agua violenta del fondo del cañón.
Vienen las penas y los llantos. Cuando acaban, la madre hace colocar un letrero sobre el puente. Advierte la prosa del letrero que nadie lo cruce sin afrontar la amenaza de ahogarse cual sus hijos. La madre castiga al puente a que nunca más acoja humanos. Poco después, un rayo, en tormentoso día, arranca el débil paso sobre los pilares de roca natural. Hasta aquí la conseja.
Siempre me conmovieron las historias de niños muertos. No cito por eludir morbosidad. Arranqué una florecilla, gualdo diente de león acariciado por la lluvia, y la arrojé a las aguas turbulentas del fondo. Medité una infanticida venganza de los antiguos dioses nórdicos, tras su desahucio de la Creencia islandesa, castigando a los padres, que van a honrar al nuevo dios. No llegué a escribirla.
Hoy, encuentro metáfora para sustituir al avatar antedescrito, glosador de esta cascada. Cuando abandonamos nuestra infancia, ésta intenta venirse con nosotros. Pero, a menudo, no hemos reparado el puente que nos unía a ella, y la infancia, en pos nuestro, cae a las aguas del olvido. Me fui con pena. Y con ese mismo lastre acabo ahora estas letras. Vale.
 
La Catedral de Reykiavik


¿Han visto alguna foto de este templo que digo? ¿O lo han visto al natural, como servidor hace unos días? Es una Catedral moderna, pero se le sigue viendo Catedral. No es una moneada, no. Y es, se lo aseguro, muy moderna. Allí la llaman la Iglesia Alta. Y es toda de cemento. Para enraizarla en la sociedad a la que sirve, la han hecho con el muy moldeable cemento, con módulos columnarios hexagonales, imitando las formas que el basalto toma en algunas partes de aquella tierra tan geológica, tan telúrica, tan volcánica y glaciar. Todos los islandeses se reconocen en esa arquitectura. No se han necesitado extravagancias estructurales para reclamar modernez alguna.
Por dentro, se respira un gótico de primera especie, con los apuntados arcos que sostienen la bóveda, desnudísima, de una espiritualidad límpida, inocente, verdadera.
Reykiavik significa Bahía de los Humos. El primer colono noruego, Ingolfur Arnalson en el 870, así bautizó al lugar en donde decidió aposentarse. Y, efectivamente, acaso pudiera servir la metáfora de un verticalísimo humo, en día sin viento, para esta Catedral tan única.
Se la conoce allí con el nombre de La Hallgrímskirkja, o iglesia de Hallgrímur, Tiene 74,5 metros, y es el edificio más alto de Islandia. Hallgrimur Petrusson fue un poeta islandés del siglo XVII. Compuso cincuenta salmos sobre la Pasión de Nuestro Señor, acaso inspirados por la trágica vida de su esposa, Gudridur, cuya peripecia merece ser contada aquí. En 1627, unos renegados nórdicos al servicio de Argel entraron a saco en Islandia y se llevaron como esclavos a 400 islandeses. Entre ellos iban Gudridur y su hijo de tres años. El cautiverio duró casi una década, durante la cual murió su esposo y padre del chiquillo. El hijito se hizo musulmán, y cuando un enviado del rey danés acudió a Argel a rescatarlos, sólo pudo llevarse a 44. El resto, o muerto o converso.
En el viaje de vuelta, tuvieron que pasar el invierno en Copenhague, metrópoli por entonces de Islandia. Allí conoció a Hallgrimar, enviado del obispo islandés, ya luterano, para recatequizar a los rescatados. Hallgrimar tenía 23 años, Gudridur casi 40. Quedó embarazada, y sufrieron exclusión social en aldea cercana de Reykiavik donde acabaron recalando. Empero, Hallgrimar sacó, suponemos, tanto de su experiencia, como de la de su mujer, la emoción suficiente como para componer esos salmos que le valieron la titularidad de esta hermosa Catedral nórdica.
La construcción de la Catedral duró 38 años. Comenzó en 1948 y acabó en 1986. Es icono ciudadano, y aún patrio. El hecho de que comenzasen las obras al poco de lograr la independencia, me hace suponer que no poco de un sanísimo orgullo nacionalista, se eleva con los mentidos basaltos hacia la Estrella Polar, cuyo primer fulgor acaso reposa sobre su cúspide. Vale.

 
Una pareja inolvidable de tebeo


Ha sido como reencontrar a dos amigos de la infancia. Una infancia de tebeos y merienda de pan con chocolate. De Diario Hablado y Nodo; de colección de estampas de futbolistas y partido de fútbol con dos piedras de portería. La palabra mágica ha sido Islandia, la común patria de ambos, a dónde recién he viajado. Dos amigos islandeses, prudentes y correctos, que sólo ahora, rememorando las conexiones islandesas de mi biografía, han revelado, eficazmente, su origen.
Son pareja, hombre y mujer, aunque no emparejados. El hombre, chico en realidad, es el Príncipe Valiente, Val, como lo llamaban sus compañeros de la Tabla Redonda, allá en el inubicable Camelot del Rey Arturo. Su patria, Thule, la Última Thule, que decían los romanos a la última isla o tierra conocida al septentrión de Europa. Hijo de Aguar, rey legítimo de Thule, sufre destierro, obligado por el tirano usurpador de olvidado nombre, en la tierra hoy británica. Amparado por la Tabla Redonda, recorre todo el mundo conocido en pos de una catársis imposible. Su amada, Ilene, muere, creo recordar que en un naufragio. Fue, pues, desamorado imposible, vikingo moreno y valiente, ataviado como Ricardo Corazón de León, aunque siete siglos anterior. Los azulados reflejos de su corta melena, y sus mandobles certeros, acompañados de la aerodinámica inigualable de sus escorzos al propinarlos, fueron, para mí, la imagen misma del arrojo y la valentía al servicio de una causa justa. Harold Foster lo inventó en 1937.
Ella fue española de tinta y diseño, pero islandesa como Val, de imaginada patria. Me refiero a Sigrid de Thule, sempiterna novia del Capitán Trueno. Pónganse de pie quiénes gastaron pantalón corto en aquellas calendas de Kubala y Di´stefano. Su padre fue, como el de Val, Rey de Thule, y se llamaba Thorwarld, espatario de Ericsson el Rojo, Descubridor de Vinlandia o América del Norte. Si mi recuerdo no me falla, repuesta en su reino, ha de ver cómo Trueno, con su senyera en el pecho, la cota de malla bajo la negra túnica, y su escasa cabellera negra, se aleja de ella, como Eneas de la reina Dido de Cartago.
Val y Sigrid son personajes sin amor feliz, pero decididos y abnegados. Victor Mora fue el dibujante de Sigrid. La hizo rubia como el oro, y con una cabellera hasta la cintura. El gualdo ceñidor que ajustaba su anatomizado vestido blanco, dejaba adivinar esbelto talle, adecuado a los femeninos modelos del medio siglo. Ella daba la imagen de adulta en sazón, mientras que Val aún tenía las juveniles formas del adolescente.
Imaginé que, en un esfuerzo de marketing a los españoles dirigido, en el aeropuerto de Kéflavik nos esperaría la pareja, como unos amigos de hace cuarenta años, para darnos la bienvenida a su isla, su país, su tierra. Una tierra en la que, por fin, habían podido reinar. Quién sabe si, acaso, Sigrid esperaría ver bajar a Trueno por la escalerilla, con un ramo de rosas rojas españolas, junto con un anillo de pedida, para ella. Vale.
 
Murcia preárabe

Justo al norte de la Senda de Granada, más o menos por la pedanía murciana de Churra, las excavadoras han encontrado restos arqueológicos: una necrópolis romana; esto es, el cementerio de un poblado. Falta ahora el poblado mismo, así como su entorno económico y todo lo que haga falta. Ya teníamos el origen romano del nombre: Myrtia, bien en su acepción de la diosa, bien en el de algún ciudadano de apellidación basada en el mismo teónimo, o nombre asignado a divinidad. Y nombre, asimismo, hermano también del que asignamos al mirto o arrayán. Myrtia, Myrteus o Myrtus, todos ellos son romanos. No había duda ninguna. Ahora estos restos vienen a confirmar lo que ya estaba corroborado: los romanos se asientan en el valle medio del Segura apenas conquistan Cartagena. Seguramente, con motivo de las primeras licencias a veteranos.

No hay que olvidar que la Contraparada, o presa que en la salida del río a dicho valle medio divide en dos al cauce, ya tenía asignado origen romano, y no árabe o sirio. El escuadramiento de las grandes piedras que lo forman, así lo denunciaba. El yacimiento descubierto, muy cerca está del brazo más pequeño de los dos en que la Contraparada abría al torrente fluvial, el del norte. Los pobladores de este asentamiento romano bien pudieron ser quienes, en parte, idearon y realizaron la Contraparada.

Todo esto, en la Costera Norte. La que daba suelo para pasar del Levante a la Bética. La Costera Sur ya estaba poblada por iberos, los que dieron nombre a Ello, en las planicies inmediatas a las primeras rampas de la Cresta del Gallo; ciudad luego continuada por los visigodos, y cristianizada antes de la llegada de este pueblo germano.

Murcia, pues, no comienza en la época musulmana. El valle medio del Segura es ibérico y es romano; amén de visigodo luego, y castellano después de árabe. No nos debe confundir la fácil etimología árabe para señalar el origen de algún enclave. Mursiya, leído Múrsia, no Mursilla, no tiene cuna arabiga: tal nombre lo encontraron puesto cuando hasta aquí llegaron, y muchos nombres que empiezan por Al, no son sin el antiguo nombre mozárabe, de origen ibérico o romano, camuflado por el artículo del idioma de Muza, Tarik y los Abdelrramán.

Precisamente, tenemos en la Región un tesoro desconocido para esto de recuperar la historia del territorio: el poeta del siglo XIII, el cartagenero Al Qartayanní, escribío un largo poema en su exilio de Túnez en el que, a cuento de halagar a su anfitrión el rey de aquel país, menciona su infancia en el hoy llamado Campo de Cartagena, llamando a todos los enclaves por su nombre. Su traducción es una tarea cultural pendiente tan grande como la recuperación del Teatro Romano de Cartagena. Dichos nombres delatarían muchas más voces romanas e ibéricas en nuestra geografía. Vale.