INDECISOS

El tiempo de espera
se va acabando,
y piensas que no has logrado
aquello que un día
pensaste tener logrado.
El tiempo te fue dejando
olvidado,
como se olvida todo
lo que al final
resulta olvidado;
y ya ni te acuerdas
si es que alguna vez
algo quisiste tener logrado.
Miras cómo tu vida pasa
dejándote a ti mismo a un lado,
y no haces nada
por marcharte con ella,
por ser su amante
o su enamorado.
Ataduras que no son tuyas
te mantienen,
y eres, con gusto,
su esclavo.
El tiempo de espera
se va acabando,
y nadie viene a decirte
que es ahora
tu salida al escenario.
Eternamente, pobre amigo,
eternamente...
entre las bambalinas
pasarás tu tiempo de espera,
eternamente esperando...
como si no fuera tuyo tu tiempo,
como si fuera tan sólo
un tiempo...
que te hubieran prestado.
Los Borgia, fue eso; pero no así

César Borgia, por L Da Vinci
La película, gran producción española. Casi bien la restauración de la época, salvo algún barroco escapado por alguna escena. Y, oh desastre, hasta algún neoclasicismo arquitectónico. No importa. Todo cabe en la época. Todo, menos el lenguaje. Y no hablo de los idiomas. A mí me hubiese gustado escuchar valenciano, italiano, latín, por supuesto, y haber dejado el castellano, aún no español, para el momento sublime en que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, lo detiene en tierras de Nápoles, donde ha ido engañado por el mismo Papa Della Rovere. Hablo de mentalidades. No aparece el cinismo ni la hipocresía por ninguna parte. La corrupción es clara y manifiesta. Y no era así. La maldad se producía sutil, velada. La ambición que se muestra en la película es cutre y espectacular. Apoyada en un lenguaje moderno que echa por tierra cualquier intento de sublimar la acción. El tuteo incesante, la manifestación de los deseos tal cual, sin inteligencia alguna, degradan la película, la época y el esfuerzo mismo de producción. Alejandro VI no era Al Capone. Era mucho más malvado, cierto, pero se gastaba otro talante. No hay nada de refinamiento en las disputas con los Orsini, Colonna, Sforza, Della Rovere… Manca finezza. Lo dicho: fue eso, pero no así.
Una sorpresa, imposible pasarla sin más. Salté de la butaca cuando escuché el nombre de Olverrotto de Fermo. No podía ser otro sino el Oliveretto de Fermo de Manuel Machado. Yo creí, en mi ignorancia, que era una invención del poeta sevillano. Recordemos el poema:
OLIVERETTO DE FERMO, DEL TIEMPO DE LOS MÉDICIS(-A Ricardo Calvo-)
Fue valiente, fue hermoso, fue artista. / Inspiró amor, terror y respeto. // En pintarle gladiando desnudo ilustró su pincel Tintoretto. / Machiavelli nos narra su historia de asesino elegante y discreto. // César Borgia lo ahorcó en Sinigaglia... / Dejó un cuadro, un puñal y un soneto.
Oliveretto es uno de los conjurados que César Borgia, anticipándose a ellos, prende en el pequeño pueblo costero oriental de Sinigaglia. Por cierto, el cronista de este suceso, ya lo dice Manuel Machado, fue, nada menos, que Nicolás de Maquiavelo. Un lujo.
Y un lujo escuchar el nombre de Lorca, Ramiro de Lorca, alcaide de la misma Sinigaglia, decapitado por el propio Borgia. Personaje histórico. Debió ser servidor de los Borgia. Rodrigo Borgia antes que Papa, fue Obispo de Cartagena, residente en Murcia; y ello, aunque jamás pisara tierra murciana. Acaso este Lorca fuera un cliente de los setabenses Borjas, luego Borgias, y marchara con ellos a Roma. Midió mal su traición, y acabó como se cuenta en la película.
Otra familiaridad. El Gran Capitán embarca a César Borgia hacia España. ¿Desembarcaría en Cartagena? Su primera prisión fue Chinchilla, en el camino a Toledo. Murió en las guerras civiles navarras que antecedieron a la incorporación a Castilla del viejo reino. Vale.
Pedro Lillo, artista

(Lucha de Hércules con Gerión, de Pedro Lillo)
Saboreo el privilegio de recibir, de la mano de la propia Amparo, la publicación que la Universidad de Murcia ha hecho sobre la producción artística del que fuera Profesor de Arquelología, Pedro Lillo. Ya glosamos su figura, egregia de lo entrañable y ejemplar de lo académico, con motivo de su marcha definitiva. Hoy, no tenemos más remedio que glosar lo que, cuando escribimos su elogium fúnebre, desconocíamos: su faceta creativa en el campo de la imagen. Vecino de ocasional charla en ascensor o paseos en camino común al salir de casa, nunca saltó el momento de que fuera enterado yo de esa afición, que muchos con menor talento, habrían hecho modo profesional de vida.
Hoy, repasando con delectación sus caricaturas, sus ex libris, sus acuarelas, retratos, relieves, alegorías, etc, añadimos con un cierto fervor, acaso algo culpable, este mérito que le adornaba, y que justo es que los más sepan. Para eso escribimos estas letras. Pedro Lillo era un gran dibujante. Voluntariamente recluido en el tono menor de los que consideran a lo suyo divertimento o escarceo, Pedro supo, a cambio de no optar a la dimensión pública de su Arte, llegar bien llegado a sus amigos universitarios. Prácticamente todos sus compañeros de Facultad poseen el tesoro de una acuarela, una caricatura o cualquier otra realización de su meritoria obra de soporte vario. Confería a su Arte la misión de unir más junto a él a sus amigos. El Arte, así, no era sino otro puente más para incrementar la unión con sus allegados. Y podía haber sido más, mucho más. Este libro lo demuestra.
Violín de Ingres, se llama esa figura de poseer una notable afición a cosa otra que la principal que hacemos. La pluma, el pincel, el portaminas, los colores, las tintas, un buril y tantos otros instrumentos que en vida usar pudo Pedro Lillo, bien que pueden atestiguar que en nada desmereció del pintor francés de Montauban, en cuanto a la maestría conseguida en esa segunda ocupación, tan vocacional como la primera. El Pincel de Pedro, podríamos decir entre nosotros en adelante.
Entre las reproducciones del catálogo, a todo color, permítaseme que señale una que en particular me agrada: el dibujo coloreado de la hazaña última de Hércules: la lucha con Gerión para robarle su ganado. Me place haber compartido con Pedro, sin saberlo, motivo de inspiración. El mayor intento novelístico personal mío, ése mismo fue, y no otro. Presentar esta hazaña herculina como escondido fundamento de la ciudad de Mastia, antecedente mítico de la Cartagena actual. Por editar quedó la segunda parte. Si alguna vez ocasión hubiera de darle pública luz editorial, ya sé que figuración trataría de obtener. Señalada está.
Felicitemos a la Universidad de Murcia su iniciativa, y a Gómez Espín, Jiménez Cano, García Cano y Martín Lillo, sus acertadas y elevadas palabras que portican el homenaje. Vale.
CELEBRACIÓN DEL OTOÑO (TRES POEMAS AUTUMNALES)

(Para autumnoferidos)
I
Saludad al Otoño
que traen las nubes.
Alabadle todos,
que ya es Octubre.
Cuán monótonamente
de gris se cubren
los grandes cielos altos,
antaño azules.
Cantad el nuevo inicio
de lo que sube,
y comenzad de nuevo
la urdimbre cotidiana
del tiempo y sus luces,
en eterno retorno
que siempre cumple.
Saludad al Otoño,
que ya es Octubre.
II
La hojarasca amarilla
del alto chopo
ha ido dejando el césped
sembrado de oro.
Las moreras, desnudas
están de adornos.
Y los plátanos...cadáveres
de huesos mondos
parecen, con sus ramas
de punta en chorro.
¡Mirad los almendros
cómo están, cómo;
sin una yema verde,
en abandono !
¡Ay, del frutal en Mayo
tan generoso !
¡Ay de vuestro deshoje,
árboles todos !
Que llegó hoy con el viento
el cruel otoño.
Os quitó vuestras hojas,
ayer frondosos.
Os dejó la tristeza,
quedasteis solos.
¡Ay, árboles de Octubre,
ay de vosotros !
II
Voz de falsete
del sol en otoño,
violines de la brisa,
en el atardecer de oro.
Por los jardines solos
suenan trágicos saxofones
como sonido en esbozo...
Es octubre
una banda de jazz
en tugurio pobre
de Nueva Orleáns,
con negros sudorosos,
carrillos hinchados
y enromes y blancos ojos;
Suenan lentas
las cadencias de la soledad
envueltas en graves tonos,
que chirriaran como los goznes
del cofre de un tesoro.
Don Manuel Muñoz Barberán

La víspera del Pilar asistí a una efeméride notoria: la retrospectiva antológica, gran formato, de la obra del pintor Muñoz Barberán, en la Sala de San Esteban de Murcia. Sus paisajes con figuras fueron, desde que las conocí, el referente máximo de lo que mi cabeza pensaba, sin saber aún que lo pensaba, que debía de ser la pintura del tiempo que la vida había dispuesto para mí. Los paisaje urbanos que la infancia me dio como míos, allí estaban, perfectos de dibujo y color, de luz y de volumen, plasmados en lienzo y en óleo. Pero, a la vez, había una calidad narrativa, amable y verista, en aquellos cuadros. Una calidad que yo también veía en las cosas que digo, y que tanto me extrañaba viera alguien distinto a mí. Eso que la pintura puede ser además de arquitectura organizada y oficio pictórico, allí estaba también. Algo que no ve el ojo, que mejor capta el sexto sentido, hecho de cultura y sensibilidad y un además de no sé qué. Las pinturas de Muñoz Barberán, pues, explicitaron la primera síntesis del entorno que la vida me brindó.
Por eso, comprendan, tanto gusto ahora de su pintura. Añadamos el hecho, lamento que también autobiográfico, de que el primer cuento que publiqué, allá en el 81, tuvo a bien el maestro ilustrármelo con cuatro preciosos dibujos, que aún cuelgan en mi casa. Cuatro escenas, que hoy son testimonio, de los operarios del Molino de Roque, así como del molino mismo y la cuesta que a él abocaba, en los aledaños de lo que hoy es Pasarela de Manterola, desde los inicios del Malecón, hasta los límites orientales del Barrio. Lo hizo a instancias de su hija Fuensanta, a quien desde aquí renuevo mi agradecimiento. Yo no era nadie en 1981. Casi tan nadie como ahora, y el pintor se molestó en ilustrarme. Muchas gracias.
Muñoz Barberán indagó en la pintura como testimonio y luz, pero sin emborracharse de impresionismo. Se alejó tanto del hiperrealismo como del manchonismo pictórico, pseudovanguardista. Su realismo fue un realismo posible, que permitía vibrar a la luz en el lienzo, aunque no la dejaba adueñarse de él. Los perfiles de sus cuadros, monumentos, edificios, personas, y elementos vegetales varios, ahí estaban conviviendo alegres con la iluminación de partida. Una iluminación nacida, previamente, en el magín del creador, para desparramarse después, no sin magia, sobre las solanas y las umbrías de sus cuadros.
En esta muestra, que tanto atiende al gran formato, el tema murciano, levantino en mejor y más amplia concepción, combina con los de otras latitudes, donde otra calidad tienen el sol y las nubes. Venecia, por ejemplo. En todas ellas, y muchas más que por el mundo se hallan, sobresale magistral la paleta realista y moderna, y también amable y sugestiva, de Muñoz Barberán. Otro día hablaré de la calidad risueña, de un ingenioso humor escondido, muy murciano, rastreable en sus lienzos. Maestro, muchas gracias. Vale.
Felicidades, Pilar

Mi madre se llamaba Pilar. Este es el primer año que no está con nosotros. La mujer de mi hijo también se llama Pilar. Y dos buenas amigas mías llevan, asimismo, el nombre de Pilar. Es muy español. Cosas: tan ligado a Santiago, y casi nadie se llama así. La imagen es síntesis occidental: un judío, una columna romana y un icono cristiano. Aún faltaba casi medio milenio para que naciera el Islam. Dos siglos y mitad de otro, para que llegara a España. Invadiendo, derribando murallas. Ya estaba hecha la síntesis occidental. El nombre de Pilar es, pues, algo más que un nombre de mujer. El pilar sostiene templo, y algo más que templo. Sostiene concepto, concepción del mundo: el monoteísmo hebreo, abierto a los gentiles, unido al orden romano, bajo la égida de una mujer: María de Nazareth.
Mi primera maestra, en las Luisas de la calle de la Sociedad, se llamaba también Pilar: Sor Pilar. Fue sustituida enseguida, por cierto, por Sor Dolores, más madraza ella. Es 12 de Octubre, antaño se le llamaba Día de la Hispanidad. Algún despistado lo denominó Día de la Raza, y metió la pata. Creía que la semilla, múltiple ella misma ya, fecundaba por entero a la América nativa, y unificaba etnias. Y así ya, después de Cortés y Pizarro, todos hispanos. La ignorancia aboca en el ridículo. Pero no hay que ocultar nada. Colón avistó tierra este día de hace 514 años, y nadie debe poder quitarnos el orgullo de la efeméride. Aunque lo intente. Vergüenza para su envidia histórica y revanchista, que no para nosotros, que alumbramos un mundo. Muy distinto fue el destino para la América del Norte, donde no es pensable un indígena para la Presidencia de la Nación. En Venezuela, Perú y Bolivia, es otra cosa. ¿Dónde la leyenda negra anglosajona?
Es nombre, pues, de piedra tallada, apta para sostener frontispicio. Piedra con intelecto incorporado, fruto de larga tradición desde el hallazgo hasta la mejora definitiva, que registrada fue por Roma. También el nombre de Pedro, según la Palabra, apuntaba a la piedra. Jerusalén, dicen los salmos, es compacta, levantada sobre piedra. No sobre la arena nómada del desierto.
Y es también, aparte de firmeza, consuelo. Santiago el Mayor, desencantado de la acogida de los paganos hispanos, retiróse, dice la conseja hagiográfica, cabe las orillas de Ebro. Allí halló amparo en la visión de la madre de su Maestro, que acaso ya vivía en Éfeso con Juan. Gran pena sería perderse la costumbre del nombre, en aras de la galopante disolución de lo hispano, que trae Vanessas y Jennifers foráneas para padres alienados, a los que la desalerta de los políticos hurtó el conocimiento de lo suyo.
Felicidades, pues, a todas la Pilares que en España son, y que piensan pasar o han pasado ya el nombre a sus hijas o nietas. Vale
Elogio del papel impreso

Placer del tacto sobre la tersa y delgada, alba capa plena de texto y sentido, de metáfora, de estilo y de mundo en miniatura literariamente compactado. Deleite de la vista, que no es vista, sino cerebro que usa la vista. Sentimiento que desborda el tacto y la vista, con la lectura. Trazo de la tipografía, avidez de la página que sigue. Goce de la postura nuestra, ora sentados, cabe el ventanal, abierto si templa el clima, clauso en invierno; ora tendidos, cual doncel de Sigüenza; ora en pie, como cuando en transporte público, de Metro o autobús. Intimidad de la letra impresa que no somos sino nosotros mismos, reflejados, en poco o en mucho, en los renglones que leemos. Espejo es el libro, cristal son los párrafos, e imagen nuestra lo que allí leemos.
Libros tengas, y los leas, que feliz te harán. O infeliz, que es casi lo mismo. Libros de lujo, grandes y ostentosos, de imágenes plenos; libros de texto llenos, novelas, poemarios, ensayos, dramas, comedias. Libros de instrucciones, modernos y plurilingües. Libros de Horas, medievales y miniados. Libros Sagrados, desde la Antigüedad transmitidos, en rollos y códices, en tablillas, litografías o inscripciones, editados cuando la imprenta.
Loor a Gutenberg, que ideara los moldes primeros. Tener un libro entre las manos es tener siempre un recién nacido, que pide amparo y concede ternura. Incluso el peor de los libros indica dónde no se debe ir. La vista, leyendo, dos veces vista. Descifra el código literario, y contempla las imágenes suscitadas. Ventanas son del universo Quien sólo ve lo que mira, y nunca lee, miope es de la vida, y ciego del mundo. El mundo llevo conmigo cuando un libro en el bolsillo llevo. La memoria, selectiva, conserva tan sólo aquello que nos sirve, aunque ignoremos para qué. Cuando la palabra era tan sólo oral, coja era, en su identidad sonora. La letra impresa cuerpo le dio a esa alma suelta. Oh, sagrado papel que nos redime de la memoria inane.
De cuando en cuando, repaso con la mano los alineados lomos de los libros, por las estanterías de mi casa esparcidos. Saltan los pulpejos de mis dedos sobre ellos, leyendo apenas los inicios de los títulos, sobre el cartón de la portada o la piel. A veces, uno saco de su nicho durmiente, y tras abrir sus páginas, busco alguna frase elocuente que meditar o recordar. Cierro los ojos, alzo la cabeza, y devuelvo el libro a su enhiesto espacio. Revivo así los volúmenes que atesoro en casa, y les devuelvo un poco de la vida que me dieron.
¿A dónde irán cuando yo falte? Y, acaso, también mis libros inquieran dónde iré yo sin ellos. Espero y deseo que sigan leídos, antes de que la noche de su disolución química se cierna siniestra sobre su feble natura, como sobre mí la noche definitiva. Vale.
Esperando al Otoño

EL sol comparece y vuelve a comparecer un día y otro. Y el cielo azul, también. Hay una vibración de ausencias de castañeras y hojas secas por el suelo. En esta tierra mía, hay nostalgia de nubes. Y de agua corriendo por el suelo. Como novia altiva, la frescura en el aire se hace esperar y esperar. Y nosotros, novios sumisos, miramos con preocupación a los invitados. El viejo sol del verano, como un jubilado no sustituido, mira también, huidizo y cansado, a todos, como pidiendo perdón. Los termómetros, cual incómodos testigos, delatan los treinta grados subidos, a la sombra de la ciudad en la tarde del sábado o del domingo.
Hay silencio de estío, en estas fechas de Octubre. Una vieja figuración autumnal de campo en siembra y vendimia se disuelve en la trémula niebla del recuerdo, avasallada por los perfiles de la cuadrilla de segadores en un campo de Agosto, infinito de trigo. El eco de las chicharras resuena falso en los oídos, imponiéndose a algún jilguero que trina en las ramas, aún verdes de los plátanos de sombra. Es un verano mentido, intruso en los salones desnudos del otoño.
Pasa el silencio de siesta, en la tarde del día festivo. Y nada hay en el aire que otoño sea. Vela el sol el silencio impuesto por la tiranía incesante de sus rayos. Fatigado, el muro a poniente opuesto, tiene el color que el calor le impone. Y el resto de los sentidos se orienta hacia la nada, subsumiéndose todos en la sensación única de lo térmico. Hay una subyugada rebeldía interior contra quien disponer puede que todo siga igual, que nada cambie. Y hay lamento de que en lueñes tierras sí sea llegado el Otoño. Cadenas de clima sentimos todos, en esta mazmorra luminosa del aire, en esta herrada jaula, herencia del cálido y seco Agosto de todos los veranos.
No hay lágrimas para esta pena. Ni hay pañuelos que enjuaguen llantos inexistentes. Hay resignación como de Cansera, en el rostro único de todos. No es amiga naturaleza, ni es camarada el destino. Inermes estamos ante ambos. Luengas distancias al mar nos secuestran borrascas. Y el aire cálido, pesado y como en dormición nos envuelve. Octubre sin Otoño es como mar sin agua, bosque sin árboles, paradójico oxímoron solamente sostenido en el empirismo fáctico de lo real, no en las extendidas campas de la lógica y la esperabilidad.
Si un día cumplido tenor, es ahora el sol grave barítono, que no abandona la escena. Aunque ya el director de la orquesta dictaminara el cambio de libreto. Nosotros, los espectadores, discretos y educados, continuamos atentos al guión que ideó algún ignorado director, que perdió ha tiempo el sentido del ritmo y del cambio de tempo. Mientras tanto, el sol de la siesta de Octubre sigue dictando silencio de siesta estival a la ciudad. Vale.





