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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
San Francisco de Borja, de Nicolás de Bussy

Acude el jueves el poeta José Luis Martínez Valero al MUBAM, para comentar, narrativamenet, y en lo que se pueda, la escultura aludida en el título. Comenzó el ponente por recordarnos a todos lo que significó la Compañía de Jesús, allá en los tiempos de su aparición. Los Ejercicios Espirituales, por una parte, y la Ratio Studiorum por otra, supusieron una revolución espiritual en el Renacimiento del orbe católico. San Francisco de Borja, descendiente de Juan Borgia, el hermano mayor de César, fue Caballero principal en la Corte de Carlos V. Era en excesivamente obeso, nos dijo José Luis, hasta el punto de que estaba autorizado por el Emperador a no portar coraza. La Historia nos dice que en sus brazos agonizó Garcilaso de la Vega, luego de ser abatido por un pedrusco, en el asalto de la humilde torre de Le Muy, en la Provenza.

La escultura reproduce, sintética y alegóricamente, un momento, memorable, en la vida de Francisco de Borja. Designado por el César para acompañar, desde Toledo a Granada, el féretro de la reina, Isabel de Portugal -de quien el propio Caballero era confidente y amigo- debe afrontar, poco antes de llegar, un momento terrible. Ha de testificar la autenticidad del cadáver. Abren el ataúd, y contempla el espectáculo horrible del cuerpo en descomposición de la bella y sensible reina. Son de entonces las terribles palabras que pronuncia, y que la Historia nos ha legado:

-Nunca más servir a señores que en ceniza se convierten.

La leyenda hace arrancar de ahí su ingreso en la Compañía de Jesús. Pero no fue así. Poco después es nombrado Virrey de Cataluña, y es allí donde decide solicitar su ingreso en la Compañía. Lo consigue, y llegará a ser el tercero de los Generales de los Jesuitas, luego del propio San Ignacio y Láinez, el segundo. Había casado con Leonor de Castro, y tuvo ocho hijos.

San Francisco de Borja, en la concepción de Nicolás de Bussy, se muestra sorprendido, aterrado, confuso, ante el espectáculo de la muerte, que en la escultura está representada por la calavera coronada, que sostiene en su mano izquierda. Nicolás de Bussy acabó profesando como mercedario, y fue hombre de gran fe. Pero el secreto de la escultura está en la mano derecha. La Profesora Sánchez Rojas aclaró a los presentes que esa mano está sacada de un cuadro de Alonso Cano sobre el santo, creado al poco de su óbito. Bussy trabajó sobre algo ya construido, pero supo mantenerlo. En la mano descansa todo el dramatismo y mensaje de la obra.

Apuntó José Luis esa doble simbología que las líneas de la escultura parecen expresar. De una parte, la mano, el brazo, terminado en la cabeza, como un signo de exclamación. O el mismo punto de la cabeza, terminando la curva del manteo, que acaso pudiera traslucir la interrogación. Vale
 
Rocío de naranja

Pelo la primera naranja de la temporada, y el filo del cuchillo, al rasgar la piel del milagroso cítrico, hace saltar, como una pirotecnia chispeante, todo un ejército de gotitas de zumo por el aire de la cocina donde celebro este ritual descansado de la comida del sábado en pausa laboral y relax. Alégraseme la pituitaria en imprevista y felicísima fiesta, y se reacomodan las neuronas que del recuerdo son encargadas. Como la magdalena de Proust, rememoro todo un acostumbrado rito de postre e infancia en tiempos idos de adoquín y pantalón corto.

Se asemeja el suceso, pienso, un algo al burbujeo espumoso del champán que, tras haber roto su verdoso vidrio contra el casco del nuevo paquebote, inaugura navío en el mar. Así, pienso, el Invierno mismo, aun en Otoño, como gran barco, botado queda, sobre las aguas tranquilas del puerto donde se ubican los astilleros. Gran puerto de la cocina mía con su pequeño televisor negro y resto de alacenas, maquinitas blancas y fuentes de cerámica y mimbre, de naranjiles pirámides repletas. La cocina se llena de ácido olor y de entrañable reconocimiento de algo que es uno mismo, y había olvidado. Ya es perfecto recuerdo el verano, quemante, mientras el barco nuevo de la naranja en gajos, navega desde el plato a la boca, esperando encontrar las precisas papilas que acogen ese sol encerrado que son las estilizadas gotillas que conforman, por miles, el gajo.

En el plato queda el helicoide de la cáscara o piel, arduo dilema su nominación, que ha servido de fastuoso atuendo de gala para ese desnudo impar de los gajos, Eros del gusto. Manchados, los dedos desalarman su cuidado de permanecer secos, como prescriben las urbanas reglas del buen comer. Imposible permanecer con los dedos inmaculados, si se quiere ser naranja con la naranja, cuando se come naranja. Piérdense los demás sentidos, y acomódase el cerebro para recibir los estímulos precisos que reconocen la presencia de Su majestad la Naranja.

Cumple el mediodía su acabamiento, mas aun no es la tarde con nosotros. Poco a poco, sobre el plato de postre, la amable esfera blanquinosa va perdiendo su ser. Engullimos despacio, a fin de que dure, el manjar. Pero es inevitable su final. Lo menos va quedando ante nuestros ojos. Lo más, gozado ha sido por entero, desde los labios hasta el estómago mismo.

Afuera, la naranja del sol, hermana mayor de las de huerto, campea sobre el cielo, poniendo luz y tibieza dulce por los terrados y las calles, las ventanas y los balcones, derramando su cálido zumo sin distinción. Un poco de sol entra en nuestra boca cuando comemos una naranja, ese milagro frutal. Tal cual rasgueo de guitarra que se escapara de la caja de resonancia del paladar, saboreo el gajo postrero, apurando los últimos aletazos exprimidos contra todos los recovecos de mis órganos del gusto. Vale.


 
Mientras rule…

Mientras rule, no es chamba, reza el título que José María Sobejano le puso al cuadro que la otra noche comentó el escritor Pascual García en el MUBAM. Con una soltura didáctica encomiable, el narrador y poeta fue desgranando el cuadro, desde su hechura costumbrista aparente hasta la sabia metáfora escondida en las líneas, colores y ambientación del pequeño cuadro. El juego de bolos murciano no tenía canchas especiales, se desarrollaba en el mismo carril que servía para acceso a las barracas. Seguros de no llegar carro que estorbara, pues era domingo, los huertanos limpiaban de hojarasca otoñal el entorno, dibujaban la chamba en el suelo, línea tras de los bolos en hilera, se iban hasta el comienzo del carril, y se aprestaban a coger las bolas de pesado jinjolero que habrían de lanzar, con doble objetivo: derribar bolos, y traspasar la línea de chamba. Así, por muchos bolos tirados que hubiera, si no pasaba la línea, no era chamba.

Sobejano nos narra, pictóricamente, el momento inicial del juego. Al fondo quedan los jueces, empequeñecidos por la distancia. Unas comadres parlotean fuera de la línea de tiro. Es domingo, y dejar pueden labores de hogar. Todos los compadres rodean al que se agazapa para efectuar su lanzamiento. Todos, menos uno. El que, de espaldas, se tapa con una manta. En él vio Pascual García trasunto del propio autor del cuadro. Su sombrero de ala ancha, calañés, contrasta con la sucinta montera del resto, jugadores. Dicho tocado es el centro del cuadro. Es la presencia del observador, del analista de la escena. El cuadro distribuye en verticalidades, humanas y arbóreas, la dimensión enhiesta de su composición. El carril y la acequia contrastan con esa verticalidad, aportando el sentido horizontal del conjunto.

Pascual vio en el carril metáfora de la vida. Mientras rule no es chamba. Mientras hay vida, hay esperanza. La bola del jinjolero ha derribado bolos, pero todavía no ha llegado a la raya, que tiene que traspasar para que haya chamba. Lo mismo ocurre con nuestra vida, mientras seguimos existiendo aún tenemos oportunidades de hacer chamba. De lograr lo que ansiamos o pretendemos. Además de esta metáfora nuclear del cuadro, otras muchas ayudan a entender como alegoría, el cuadro. La acequia, vida, transcurre por abajo, en primer plano, paralela al carril. Ayuda a entender el significado, con su agua vital. Es el carril la vida, son los huertanos nosotros, desdoblados en afanosos jugadores de bolos.

Es magnífica la consecución de esa luz vesperal del otoño, derramada sobre la tarde del día de fiesta murciano. Hay una ceniza leve, que difumina la nubosidad casi total, a la que unos álamos desnudos y unos cipreses lejanos no pueden tamizar. Leves apuntes de jazmines y primeras naranjas apuntan a un Noviembre incierto, como marco temporal de la estampa.

Lo costumbrista se revela así capaz de símbolo y mensaje. Lo explicó Pascual García. Vale
 
EL AMOR DEL DONCEL DE SIGÜENZA

I
Nunca supimos el nombre de tu amada,
yaciente Doncel de Sigüenza,
Don Martín Vázquez de Arce.
La Historia nos lo hurtó
con silencio alevoso y culpable.

Plebeya y judía, dicen algunos que fue.

Que luego de tu muerte,
por eso precisamente
repudiada fue por tus padres,

Si buena sepultura te dieron, Doncel,
en aquella Catedral hermosa y grande,
mejor amor te quitaron
en la única vida que,
con tan escasa medida, gozaste.
Jamás podremos unir tu nombre
al suyo, desconocido para siempre,
como si no hubiera sido nadie.

II
Pero yo quiero darle nombre,
en tu nombre, Doncel,
y en el nombre del gran Amor
que, yo por vosotros lo afirmo,
tuvisteis, antes de que partieras,
a las guerras de Granada,
de donde no pudiste volver con vida

Sara, habré de llamarla,
Y morena la imagino,
con una gran cabellera suelta.
Seguramente, cantaría hermosas canciones
en yiddish y en ladino,
en las bodas y en otras fiestas
religiosas de los suyos.
Hacía ya tiempo que los judíos seguntinos
habitaban extramuros, expulsados
por la intransigencia eclesiástica,
justo como los afectados por la peste negra,
azote del siglo.

Quién sabe cómo os conocisteis,
en aquella Sigüenza de los Mendoza,
altiva, señera y grave…
Acaso la viste, primera vez, Doncel,
desde tu montura,
cuando a las herrerías bajaste,
cabe el Portal Mayor,
boca de la judería,
por ver cómo iba alguna forja
encargada por tu padre.

Habría subido ella
por encargo similar de su familia:
restañar un caldero o lañar una alcancía.

Os mirasteis, y ya nada pudo deteneros.

Doña Ana se llamó vuestra hija.
Quién sabe lo que lloraría Sara
al ver el tiro que portaba tu cadáver,
de Granada recién llegado.


III
Cuántas cábalas han hecho poetas
y escritores acerca del libro que lees,
en alabastro, sobre el túmulo
que te ha dado, amable, generoso y,
sobre todas las cosas, bello.
la certera inmortalidad de la memoria.

Tú fuiste doncel en el Palacio de los Mendoza,
en Guadalajara. Allí leíste los clásicos
griegos y romanos, junto a los Maestros de Castilla.
Y los italianos del siglo anterior al tuyo,
Dante, Petrarca y Boccaccio.

Por eso, quiero imaginar
que lees un libro imposible
en el que se aúnan vuestros amores
a los de los grandes amantes
de la Historia que tú leyeras
en el Palacio del Infantado:
Hero y Leandro, Píramo y Tisbe,
Francesca de Rímini y Paolo Malatesta,
Tristán e Isolda… y tantos y tantos otros
que han hecho, como Sara y tú,
Don Martín, amigo,
del amor, un misterio por el que pudiera darse,
sin dudarlo, hasta la propia vida,
la cual nada es, sin el honor
de haber sentido el amor como una llama
que arde y quema, sin consumirla,
esa honda conciencia solitaria
que habita, silenciosa y dorada,
casi desconocida,
en cada una de nuestras almas.

5-6 de Noviembre de 2006
 
Teruel vive

El viajero arriba a Teruel casi por sorpresa. Cuando pone pie en el suelo, el sol hermosea las torres mudéjares que naturaleza conceden, y personalidad, a la pequeña urbe. El ladrillo responde con su mismo lenguaje al ocaso. El Otoño se viste con el traje azul del anticiclón reinante en toda Europa. Es la primera hora de la víspera, y nos reciben unas calles vacías, llenas de cierto elocuente silencio que tanto dice al que sabe escuchar. Es un idioma secreto, lleno de asumidos agravios para el gran olvido que tantos y tantos tienen hacia esta tierra. Hay una siesta, aun en vigilia, que el viajero tiene sensación de romper.
De pronto, al cabo de angosta calle, surge modesta pero hermosa, una de las Torres, la que custodia el Mausoleo de los Amantes. Como intrusos pasamos sin profanar el recinto donde duermen el sueño eterno Juan de Marcilla e Isabel de Segura. Leyenda dieron a la ciudad, y eternidad al amor. Doblamos hacia la Plaza del Torico, potencia celtibérica en su robusta pequeñez, sobre columna dórica elevado. Tótem hispano, que es como el referente urbanita y principal de los osborne tenebrosos del campo y carretera. Obra municipal cerca al astado fiero y petito, que nos hace rodear, para seguir la senda de las Torres Mozárabes.
Arribamos así a la Catedral, armónica conjunción de reja y tejados, que ayudan a la mirada a dirigirse hacia la misma Torre, siempre con la verde cerámica ornando las alineaciones de ritmo cambiante del enladrillado. Una sensación de fuerte compacidad intelectual de proyecto previo, emana fácil y evidente, del conjunto. La dulce sensación de lo provinciano, rica en sosiego y sabiduría vieja, se apodera del espíritu en su contemplación. La plaza, en suave declive, habla de la preponderancia divina sobre lo humano.
Y es luego otra de la Torres, acaso la de mayor perspectiva: la de San Martín, abierta a plaza franca, con buena apertura espacial que presidir. Los pilares cónicos cantan el arraigo a la tierra, hundido en las raíces mismas de lo telúrico de cada turolense.
La visita, breve por mor de lo programado, se ha de acabar. El viajero y sus acompañantes preguntan a uno de los primeros paseantes por buen local donde degustar el bien afamado jamón de Albarracín y demás comarcas del entorno. Llegados al recomendado enclave, sentados en torno a cuadrada mesa de pino, arriban hasta tres platos de jamón bien cortado, cuyas finas lascas deshácense en los paladares de los bienafortunados viajeros.
Mientras, el sol ha cumplido su tarea final en Teruel: sus últimos rayos han ascendido por encima de las veletas de la Torres, y buscan, cielo arriba, el imposible del infinito por iluminar. Cuando salen de la degustación, ya el cielo enceniza su color. Buscando el Callejón de los Amantes, emprenden el camino de vuelta a sus trabajos y sus días. Teruel existe, vayan a Teruel. Vale,
 
Bocetos y dibujos de Mariano Ballester

Dibujo de Mariano Ballester
Acudo la otra noche al Museo Gaya, y me doy el gustazo de contemplar la exposición que el fino olfato de Manuel Fernández Delgado ha montado en estas calendas, ya por fin otoñales. Mi debilidad por Mariano Ballester viene de antiguo. Conocía sus cuadros de tanto andar por la casa de Juan Bautista Sanz, hijo de coleccionista y mecenas del Arte. El mismo Juanito fue quien me propuso como portada de mi primer libro, La Isla de las Ratas, un cuadro de Ballester, La Muerte del Pájaro, de 1955.

Volví a rememorar, en el Gaya, ese infantilismo auténtico del pintor, nada confundible con el naif tramposo, garabatero o étnico, tan al uso. Ballester reinterpretó a los niños con su grafismo seguro de apariencia azarosa. Sus manchas, informalmente difusas sobre esos multiplicados perfiles, daban ese aire de infantilidad tierna y encantadora, auténtica, que emanaba y emana de sus obras. En el Gaya vemos, como reza el título, bocetos y dibujos; una obra a la que convencionalmente, hemos de llamar menor. Pero que, al fin y a la postre, nos sigue emocionando porque saca el niño que fuimos, y que aún se alza de puntillas para ver la inmaculada inocencia en su estado prístino, de sus creaciones.

Hace falta haber dejado atrás, superándolo, mucho bagaje de pintura, de dibujo, de sombreado, de volúmenes, de cromatismo armónico y de oficio pictórico, en fin, para poder llegar a esa simplicidad emotiva, que referida a la mejor realidad, la trasciende por completo, para llegar al terreno del sentimiento de la pintura. Vidrieras, dibujos, bocetos para murales de cerámica, con unos temas nimios, conforman todo un mundo, el de Mariano Ballester, para el que sólo cabe la adjetivación elogiosa que habla de encanto, inteligencia, humanismo y hermosura.

Mariano Ballester fue uno de mis pintores cuando descubría el mundo, en aquella Murcia de los sesenta. Me imagino al pintor en el acto de fijarse en una postura, en un gesto, en un ademán de los niños con los que se cruzaba o que veía, en cualquier ambiente. Una amalgama de captación visual, inteligencia distribuidora del espacio y una gran dosis de sentimiento humano, actuaría en su cabeza, incitando a sus capacidades reproductivas de la realidad. Creo adivinar que su mano más sería guiada por su corazón que por su cabeza. Era un narrador pictórico de la anécdota infantil. Un notario gráfico de la ternura elemental de la infancia.

Ahora, cuando miro y remiro las reproducciones del catálogo, magnífico, me viene a la cabeza esa fácil creencia de suponer fácil lo que Mariano Ballester hacía. Pero hoy, como cuando entonces, acabo entreviendo cuán laboriosa es, o puede ser, la autenticidad el Arte. No es baladí, poner al servicio de la simplicidad, que no de la simpleza, las arduas técnicas de la mejor pintura. Mariano Ballester lo logró. Vale.

 
Semblanza biográfica de Ramiro de Lorca

Condottiero, s. XVI/XVI
En la película Los Borgia, estrenada recientemente, surge, de pronto, un apellido pleno de connotaciones murcianas: Don Ramiro de Lorca. Es el castellano que alberga la conspiración contra César Borgia, y cuyo cuerpo es arrojado desde lo alto delante de los conspiradores, a los que ha reunido el mismo César Borgia, Duque del Valentinois, o Valentino en italiano y español.
Condottiero de origen español. Pasa por ser el más fiero agente de los Borgia. Diabólico lo califican algunas de las fuentes consultadas por este cronista. Digno discípulo de sus señores Borgias. Se le denomina Remigio de Lorca, Ramiro de Lorqua y Ramiro de Lorca. Siendo español y con ese apellido no parece descabellado asignarle cuna lorquina. Y si el apellido no es sobrevenido, tampoco cuesta imaginarlo de familia conversa, de moro o de judío. Aunque, asimismo, ya el topónimo en el apellido podía significar tan sólo procedencia, como Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán, el apresador del Gonfaloniero Papal, César Borgia. Existe otro Lorca, en Navarra, pero Navarra entonces no era España, y se distinguía muy bien a un navarro, aliados de los Borgia por matrimonio, de un español. Sobre todo en Italia, que llamaban a los Borgia, los catalanes. Por demás, cuando acaece el matrimonio de César con la Albret navarra, allí está ya Don Ramiro de Lorca.
Alejandro VI fue Obispo de Cartagena. No ocupó la sede físicamente, pero es de imaginar que tuviera quien velara por los pingües beneficios del Obispado, con tierras de regadío, provenientes de la Reconquista, en toda la Región. En La Romaña quedó por generaciones, su fama de cruel y deshonesto. A un paje, por derramar el vino al servirle, lo hizo quemar vivo. En el juicio que le llevó a la muerte, se demostró su rapacidad sin límites, capaz de vender los aprovisonamientos comunales en servicio de su propio patrimonio. Los Borgia confiaron en él, hasta el grado de nombrarlo plenipotenciario en las negociaciones con la Casa de Este para la boda última de Lucrecia, en Ferrara.
En Octubre de 1498 escolta a César Borgia durante su boda con Carlota de Albret, en Franacia. En Enero de 1500, en Forli, Romagna, es parte de los conquistadores de la ciudad. Es nombrado gobernador papal de la misma ciudad. En Octubre, participa en la toma de Pésaro por los Borgia. Un mes más tarde, captura en Césena, Romagna, a Pandolfo Tiberti, junto con otros gentileshombres de la urbe. Contra toda costumbre al uso, se pasea armado y tortura a sus prisioneros en la plaza. Ya en Diciembre, de vuelta en Forli, debe hacer frente a la rebelión de los habitantes, causada por el abuso impositivo de los esbirros de Gianotto Francese, su propio en el gobierno, quienes entraban a saco en las casas de Forli. Para calmar los ánimos, Ramiro culpa a un soldado de Gianotto.
Ya en 1501, en Julio, acompaña a César en la conquista de Piombino. Al regresar, junto con Dinogi Naldi y Piero Gambacorta, es apresado por los florentinos: pero son liberados todos ellos. En el mismo mes, Ramiro de Lorca derriba los muros de Castillo-Boloñés, Le cambia el nombre a la villa por el de Villa Cesarina, en honor de su señor feudal.
En Octubre, es designado gobernador de Césena, además de Forli. Al mes siguiente, ya es Gobernador General de Romaña. Su función no sólo estriba en reprimir toda revuelta antivaticana; también ordena alguna obra pública. Envía a un propio a Montefiore Conca, pueblecito de su jurisdicción, para sustituir al ya establecido. Los de Conca se rebelan. Ramiro organiza la represalia. Ya en 1502, en Enero, llega a Rímini, para desbaratar un tratado firmado entre los Malatesta y los venecianos, desfavorable para Roma. Reúne un ejército de 1000 infantes y 150 caballeros. Envía a Roma como trofeo algunos prisioneros encadenados. En Abril celebra la llegada a Césena del navarro hijo del Príncipe de Viana, de paso para Roma. Es su aspecto de cortesano. En Junio combate a Urbino. El derrotado Ludovico Scarmone le entrega San Leo, un castillo. Un mes más tarde, hace leva de 700 césenos y asedia Sant’Arcángelo, en Romagna. Regresa a Césena el mes siguiente, triunfante. En Septiembre, en Imola. En Octubre, se da un capricho, muy en contra de los césenos: ordena que el Consejo Ciudadano no sea convocado con trompetas, sino con campanas. Se rebela San Leo, también Fossombrone. Se alía con otros condottieros, Michelotto Coreglia y Pergola Giunge, y con Urbino, para sofocar las revueltas. Acaba derrotado en Calmazzo. Comienza su declive. Contiende legalmente con Lucrecia Borgia. Grave error. Ya en Noviembre, se encuentra en Imola con el Protonotario Antongaleazzo Bentivoglio, para tratar un acuerdo con Bolonia. En los días siguientes, es destituido de todos sus cargos. Coreglia le sustituye. Es Diciembre, se encuentra en Césena y se aloja en la casa del tesorero Domenico di Ugolino. Allí, Cipriano Numai lo invita a reunirse con el Borgia. El hijo del Papa ya lo sabe conspirador contra él. Se entrega. Es arrestado y torturado. Confiesa la conspiración de Sinigaglia contra Los Borgia. Como pretexto para la ejecución, es acusado de corrupción, extorsión y rapiña. Condenado a muerte. Le son confiscados 22.000 ducados, diversas joyas y preseas, y resto de pertenencias. El día de San Esteban es decapitado en Césena. Su cabeza, expuesta es durante un día, clavada en una pica. Además, no había cedido en sus litigios con Lucrecia. El mismo Alejandro VI, comunicó al embajador veneciano, Antonio Giustiniani, que Lorca, antes de morir, había confesado estar aliado con los Orsini romanos para entregarles Césena, y haber prometido a Vittelozzo Vitelli y a Oliverrotto da Fermo, matar a César Borgia de un ballestazo en la espalda, durante una cabalgada. Está sepultado en la iglesia de San Francisco. Vale.