A LAS MUCHACHAS EN FLOR, DE AYER

A vosotras, muchachas en flor
de aquel mi ayer, preterido y olvidado.
A vosotras, que fuisteis la vívida hermosura
de un tiempo, el nuestro,
que apenas fue por nadie gozado:
ni por mí, ni por vosotras tampoco,
lejanas amigas del hoy otoñal de ambos.
A vosotras, muchachas en flor del ayer,
para que lo sepáis y recordéis,
cuando a solas, ante el espejo, contempléis
la injuria silenciosa que los años perpetran
en vuestro insobornable deseo de veros bellas…
os quiero comentar que aún descubro hoy
no sin gozo,
en vuestro rostro,
la dulce línea,
el guiño adolescente,
la incitante mirada, apenas pícara,
la luz vivísima que os hacía, a mis ojos,
aparecer como inalcanzables diosas
de la vana utopía de mis anhelos todos.
Y quiero que sepáis también, amigas mías,
que, repasando lo habido desde entonces,
encuentro que así estuvo bien.
Hay un dulce encanto,
en ese respetar, en tanto que de rosa y azucena,
las incitaciones del exceso de púrpura y claveles,
habiendo sabido ser fieles
al largo tiempo de biografía propio;
pues, además de ser nuestro,
es la manera que nos ha traído hasta aquí:
vosotras ahí, leyendo estos versos
a vuestra hermosura dedicados,
y a mí, detrás de la página,
invisible y desconocido,
oculto y recóndito,
tal como para vosotras mismas
lo fui en aquel tiempo nuestro,
que pudo ser de vino y de rosas,
y que tan sólo fue de anhelos vanos
y suspiros rotos.
Acoged, pues, este requiebro tardío
de quien rendido admirador
vuestro fuera de los tiempos idos,
muchachas en flor de aquel tiempo mío.
Y como a la brisa autumnal
de la septembrina tarde,
amparadlo con parca sonrisa,
y media mirada de caídos ojos.
Tal como hacíais
cuando azorado me advertíais silencioso,
soñador acaso, y eterno habitante siempre
de un extraño mundo, siempre otro.
Requiem por la palabra bardiza

Voy a un Colegio Público, en medio de la Huerta de Murcia, encomedio mesmo, y compruebo, sin haberlo premeditado, que ninguno de los chicos sabe qué cosa es una bardiza. No me sorprendo, pero tomo nota del dato. Las cañas hace tiempo que han dejado de ser útiles. Todo se compra nuevo, fabricado, elaborado. Ya no hay que aprovechar lo que la naturaleza ofrece gratis. Toda necesidad se comercializa. Claro que sí. Cómo iba a ser de otra manera. Las antiguas vallas o encañizados son ya, o son desde hace mucho tiempo, síntomas de otra época. Además, quién sabe hacer los nudos y el trenzado precisos. Quién conoce el tiempo propicio para recoger las cañas, y por dónde se cortan. Cómo se parten, según para qué longitudinalmente o no. Es un detalle más de lo que el Profesor Flores Arroyuelo denominó el ocaso de la vida tradicional. Todo es nuevo, y tiene factura con IVA, o despachado con dinero negro.
Recuerdo un dicho de un amigo viejo, y viejo amigo, quien, atravesando ambos, en coche, por la antigua carretera, aún bordeada de eucaliptos de sombra, desde Cartagena a Murcia, dijo al ver las alargadas fructificaciones de los algarrobos.
-Nadie recoge las garroberas… Ya no hay hambre. Las algarrobas eran el pan de los pobres.
Supongo que algún tiempo antes de desaparecer del todo, las bardizas pasaron a ser "las verjas de los pobres". Y, un poco después, murieron. El caso es que ya no hay bardizas, hay eso, verjas de alambre y postecillos metálicos, perfectas, medidas y sometidas a norma industrial europea. También murieron las barracas. Y todo un mundo que no resistió al asalto de la globalización. Acaso siempre ocurrió lo mismo. ¿Siempre ha estado muriendo un tiempo y surgiendo otro? Es muy posible. Lo que no es tan posible es que lo hiciera con la velocidad con que lo hace hoy. Cuando todos los niños sabían qué era una bardiza, y alguno de ellos estuviera aprendiendo a colaborar en alguna parte del proceso, no había tantas escuelas, ni tantos niños en las escuelas, muchos de ellos inmigrantes. Los pocos maestros que había estaban mal pagados, si pagados, y usaban los castigos corporales, aplicados con la temible palmeta. Otra palabra que desconocerán.
No sentí pena por la pérdida. Sí, mucho respeto. Las palabras mueren, con su edad cumplida, y hay que hacerles las debidas exequias. Es ley de vida. Las palabras son seres vivos, que descienden de una familia, y generan otras palabras. Por lo menos algunas de ellas. Otras, no. Como los humanos. Quizás debiera haber un registro de palabras muertas, como lo hay de las palabras recién nacidas, que lo hace la Real Academia. Si la docta institución tiene unos servicios de alerta para detectar la definitiva implantación de algunas palabras, ¿por qué no usar ese mismo equipo para decidir pasar a la palabras al honroso panteón de los arcaísmos? Bardiza, descanse en paz. Vale.
Susana y los viejos, por Rubén Castillo

Escuchamos al novelista Rubén Castillo su disertación sobre el cuadro del XVII, Susana y los Viejos, copia de un Bassano, italiano del tiempo. Como novelista, Rubén nos habló de la psicología del cuadro. Ciertamente, sucede que los hechos bíblicos no se corresponden con lo observado en el lienzo comentado. La casta Susana, que padece repudio y desnudez pública por la impudicia de los dos ancianos jueces judíos, aparece en el lienzo, inesperadamente tranquila, con sus manos bien expresivas. En lugar de manifestar impotencia, desesperación, por la aviesa intención de los dos malvados ancianos, la Susana del cuadro del Mubam ofrece en su izquierda la impresión de que está procediendo a destaparse, y en la otra, una languidez mayúscula, poco avenida con el sobresalto.
Para Rubén, los lúbricos jueces parecen Reyes Magos en Adoración; en lugar de libidinosos chantajistas, que, de cualquier manera, van a dar al traste con la castidad de Susana. Son seres humillados ante su belleza. El perrillo que junto a ella duerme o yace, bien habla de la virtud asignada a la bella: la fidelidad. Los conejos, en tanto que concupiscencia, delatan la verdadera intención de los dos varones, uno que adula y otro que se esconde tras de un árbol. No son los vencedores de la situación. Es una versión anómala. Rubén Castillo mostró otras versiones, en las que la desgracia de la joven queda bien patente. Trágica la de Artemisia Gentileschi, pintora del XVI, violada a los 19 años.
Susana, en trance de bañarse en su jardín, manda a la servidumbre a por ungüentos propios de tal función. Interregno que aprovechan los dos pervertidos para imponerle su chantaje: o accedes a nuestros sucios deseos o denunciamos tu fornicio con varón, por nosotros mismos inventado, en este jardín. La desesperación de Susana es descomunal. No tiene salvación. Opta por hacer frente a la dolosa denuncia. Como castigo es desnudada en público. El caso tiene más en cuenta el testimonio de los juristas. Pero Susana, aceptando su fin, encara a Jehová y le pide ayuda. El Supremo manda a Daniel, quien, como en la primera novela de policías y ladrones, toma testimonio a los dos indeseables. Uno asegura haber visto a Susana y al adúltero bajo un lentisco; el otro bajo una encina. Descubierta la superchería, el caso es reabierto, y la honra de Susana recuperada.
La fina observación psicológica del ponente apuntó las tres miradas que faltan en el cuadro, la de Dios, callada, la de la plebe que condena, borreguil, y la de Joaquín, el marido que da pábulo a la infamia. El autor acaso tomó el tema como pretexto para plasmar con Susana su ideal de belleza femenino, según la época, pero, en ninguna medida, interpretar según sus propias reglas internas, el tema escogido. Rubén calificó al cuadro de feminista, pues es la mujer quien domina, inesperadamente, la situación en el conjunto. Vale.
Balada de la princesa triste

Si yo fuera Rubén Darío, habría escrito la Sonatina para Érika Ortiz. Bella y triste hermana de princesa, pero no princesa ella misma. Aunque ella sí era Princesa de su propia Belleza Triste, de mirada perdida y esbelta elegancia. Sus ojos emanaban esa dulzura que apenas se conforma con no compartir el amor que la excede, como el bizcocho que derrama su sobrante por encima del molde que le pusieron, un excedente cremoso y dulce.
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? Si yo fuera Rubén Darío, oh, sí, yo lo sabría, sabría lo que tiene la princesa, pues saben los poetas leer el pensamiento de las princesas, y hubiera acudido a ella con un verso de poeta cortesano, una Corte donde áulico trovador yo fuera, y a mi cargo tuviera componer baladas para encantar a las princesa tristes.
Ella tenía su secreto de soledad, como todas las princesas. Porque ella era princesa de su Belleza Triste, que ya dijimos. Los suspiros se escapan de su boca de fresa, decía Darío de otra princesa, pero que a lo mejor, no era otra princesa, y ocurre que todas las princesas son la misma princesa. Se fue con edad de princesa, y todos la recordarán joven, con ese esbozo de sonrisa con que los medios nos trajeron la noticia de su marcha. Dicen que fue desdichada, que había perdido la risa, que había perdido el color. Tal, la foto última que todos vimos. Le faltó medicina de versos, que medicina es el buen sentimiento, escrito con emoción de poesía inspirada. Y era una princesa que inspiraba mucho a poetas, aunque ella no lo sabía. Acaso tampoco lo supo ningún poeta. Cruel es el destino, y envidioso, a veces.
La princesa está pálida en su silla de oro. Una silla invisible, pero de oro, que palidecía cuando ella sobre el dorado metal se sentaba. Como todas las princesas, ella tenía su corazón hecho también de oro. Un oro frágil, difícil de entregar sin sufrimiento, que eso tienen todos los corazones de oro. Un día se fue a dormir, y el carro de la felicidad eterna, que no es de este mundo, se la llevó al país de los elfos y las hadas, donde más gozan esa sonrisa suya que desvela aquello que la princesa tenía, y que el poeta fingía no saber en su verso diamantino.
Está mudo el teclado de su clave sonoro. Nadie tocó para ella fuga alguna ni lieder, por eso yo transcribo esta prosa, por no sé quién o qué dictada, a la Princesa Triste, como si yo fuera el poeta encargado de labrar la sonrisa en sus labios. Pero ya es tarde. Tiempo es de elegía, no de oda.
Oh, sí, si yo fuera Darío, habría compuesto la Sonatina para ella sola, y todos sabrían que ella era la aludida en aquel memorable verso último: y en un vaso olvidada se desmaya una flor. Mas, aunque no soy Darío, un día ya lejano escribí esta rima, breve como un suspiro, que ahora sé que se refería a ella, y que dice así:
Ajada flor del vaso
en agua puesta,
verdes hojas caídas
de la violeta,
breve pétalo azul
de cara yerta...
¡No os pese vuestra imagen
transida y seca!
Que para mí, ahora
que estáis desechas...
por haber conocido
qué fue belleza,
estáis ahora... ¡no antes!
mucho más bellas.
Vale.
Desventura de Céfalo y Procris

Segundo jueves de Febrero, y nuevo esclarecimiento de los fondos del MUBAM. Tema mitológico. Céfalo y Procris. La voz, sabia, emocionada y emocionante de Consuelo Álvarez, Catedrática de Filología Latina, desveló la triste historia, pero bella y eterna, de los dos esposos, a quienes los dioses castigaron con el capricho de los celos; acaso envidiosos de esa virtud, tan escasa en el Olimpo, de la fidelidad. El aire, según Calderón responsable de los celos, fue comandado por los inmortales para rasgar la cárcel de envidia en la que vivían ellos mismos.
En la versión española que la misma ponente, con ayuda de Rosa Iglesias, realizó para importante editorial, Ovidio cuenta de cómo la Aurora rapta a Céfalo, el fiel marido. Impotente para hacerle ser infiel con ella, lo devuelve a su esposa, en otra forma, para que indague si en verdad, Procris le guarda la misma fidelidad con que él la honra. Tras dura persistencia, Procris va a ceder, y entonces Céfalo retoma su forma primigenia. Avergonzada, Procris huye, buscando el amparo de Diana, la diosa virgen por excelencia. La diosa la acoge y le hace dos regalos, una lanza y un perro. A mí se me antojan el poder y la fidelidad, secretos del matrimonio. Diana devuelve a Procris en forma de hermoso galán masculino, con misión de seducir, homosexualmente a su marido. Cuando está a punto de conseguirlo, se acaba la metamorfosis, y Céfalo comprende, Procris comprende, y se reconcilian. Como señal de la reconciliación, la esposa le ofrenda los dos regalos, perro y adarga. Felices viven, hasta que un día, un tercero, el agente bienintencionado de toda tragedia de amantes, le dice a Procris, que ha visto a Céfalo llamar a Brisa, uno de los nombres de Aura, la Aurora, en medio del bosque. La esposa vuelve a sentir la punzada del engaño en sus entrañas, y una mañana se va en pos, secretamente, de su marido, ido por bosques y espesuras, en venatorio afán. Cansado de correr la umbrosa selva, Céfalo invoca a la brisa, para que le refresque el ardor que la caza le ha proporcionado. La queja del lancero es escuchada por su oculta cónyuge, que sale de su escondrijo, qué importa si para abrazar a su marido, tras reconocer su error, o para recriminarle necesitar tanto a la mentada Brisa. El caso es que, asustado, Céfalo se vuelve, y antes de cerciorarse de quién se trata, lanza su infalible venablo dianesco al bulto. Al instante, contempla con pasmo insólito, que ha matado a su gran amor. Procris muere en brazos de Céfalo, quien, ya viudo, cuenta en su vejez, la historia.
El cuadro, del murciano Pedro de Orrente, fue pintado en siglo XVII, y se acoge a la tradición de envolver todo en nemoroso paisaje, en uno de cuyos rincones, aparece, envuelto en invisible medallón, la escena en que, con pasmado gesto de abiertos brazos, Céfalo advierte, bajo él, el cuerpo exangüe de su esposa, traspasado por su propia lanza. Un cervatillo huye espantado por las cercanas umbrías.
Bella historia, que oída a Chelo Álvarez, tiene toda la grandeza humana que a esta prosa le falta. Vale.
Los Amantes de Mantua

El romanticismo sólo nos duró unas horas. Los dos esqueletos neolíticos de Mantua, o más exactamente, de Valardo, no murieron por amor. Murió él, y la tribu sacrificó a la chica, para que viajase con el varón a las grandes praderas del Más Allá. No hubo suicidio conjunto por amor, ocho mil años antes del Romanticismo europeo. Se han encontrado las armas rituales con las que se sacrificó a la chica. Decimos chico y chica, pero, para la media de duración humana de la vida de aquel entonces, deberían ser dos personas bien maduras. Los pusieron uno frente a otro, encogidos, en postura fetal, como si quisieran retornar al seno materno. Por eso, repito, el romanticismo de la noticia sólo duró unas horas. Como todo romanticismo, al fin y al cabo. Durante ese tiempo volvimos todos a creer en el amor, y en su inmortalidad. Los neolíticos habían inventado la agricultura, y el amor. Fuimos felices durante el tiempo que duró la ilusión.
Pero un maldito arqueólogo sin un ápice de poesía en sus venas, descubrió las piedras incisorias, las relacionó con los ritos de Tánatos, y dio al traste con nuestras ilusiones. Y uno sueña con arqueólogos enamorados, que destruyen pruebas de la falsa realidad de lo cotidiano, y crean mitos que duran y que les sirven a las gentes para creer en algo. Como Verona, Mantua iba a tener sus amantes, como Teruel… Pero no ha podido ser. Un caso de machismo tribal, nada más. La Mantua de Virgilio, monarca de hexámetros, podría ser la Mantua de los amantes neolíticos. Y hasta allí irían los enamorados para posar en la postura de morir de amor de los dos humanos, hombre y mujer, y jurarse así amor eterno, no concluido ni siquiera con la muerte, en quevediana antítesis. Un día en Verona, para salir al balcón de Julieta, al siguiente en Valardo, para posar tendidos cual enamorados de la Edad de Piedra. Tantos miles de años de amor.
Quién sabe si la mujer fue al sacrificio enamorada, entregada, plena de destino logrado, a reunirse con su amado. ¿Por qué no? ¿Quién conoce el corazón de los hombres? Por no decir el de las mujeres… ¿Por qué no, a pesar de ser sacrificada por los suyos, a posteriori de la muerte de su marido o novio o prometido, incluso aunque fuese amo… seguir suponiendo que murió por amor? ¿Por qué no pensar en una historia de amor, a pesar de lo que delatan las puntas de silex homicidas halladas junto a los cuerpos, o lo que queda de ellos?
Yo deseo que así sea, y que pasen por amantes a pesar de los arqueólogos y los científicos de la Socioantropología de la Antigüedad. Y que sean así universalizados, como icono de amor, por todo el orbe. Eso deseo y espero, y brindo por ello, e invito a todos a creer que fue el amor quien unió a los dos seres hallados, dicen que luego de casi ocho mil años durmiendo el sueño definitivo. Vale.
Hércules y el León de Nemea, de Juan de Solis

Nuevo jueves, y nueva disertación sobre un cuadro de alusiones narrativas en el Museo de Bellas Artes de Murcia. En esta ocasión fue la Catedrática de Filología Latina Rosa Iglesias Montiel, de la Universidad de Murcia. El cuadro, Hércules y el León de Nemea, de Juan de Solis. Este artista fue pintor de cámara de la Reina, en tiempos del Rey Planeta, Felipe IV. Es obvia la intención de aludir al héroe o semidios aqueo como parangón, y aun ancestro de los Austrias. El cuadro se organiza en tres escenas, insertas en clave mínima, en relación con las dimensiones del mismo. Lo más de la pintura lo ocupa un nemoroso paisaje de río, montes rocosos y castillos alzados en cumbres dominantes. Las tres escenas son la lucha con el león, su posterior desollamiento, y, la más lejana, el embarque sobre lancha de los liberados por la acción de Hércules. Estas figuras humanas visten como contemporáneos del pintor. El río que van a cruzar presenta represas y actuación humana en su cauce.
La ponente leyó el bello texto de Teócrito, excelentemente traducido, y que recoge la voz del mismo Hércules, relatando su encuentro con el león. A los pies del agónico dúo, aparecen el arco, una flecha y la clava de acebuche del héroe. Fiel a toda la literatura documental sobre el episodio, Hércules vence y mata al león con sus propias manos, desechadas las armas antedescritas, a las que se unen unas cuantas piedras, sin duda también usadas, en la imaginación del pintor, como instrumentos de batalla. Esta escena ocupa el ángulo inferior derecho del cuadro. Más al centro, y alejado, el mismo Hércules aparece desollando al león, operación que Rosa Iglesias presentó como insólita, acaso única en la iconografía sobre el tema, sobre la que mostró una amplia, y amena, muestra al final de la conferencia. Hércules vistió en adelante la piel de su enemigo, a la que únicamente pudo hendir con las mismas garras de la fiera. Esta escena aparece aún más pequeña hacia el centro del cuadro, según se pasa de la umbría que alberga la lucha, hacia el lecho del río. En las versiones más fidedignas, el encuentro acaece en el umbral de la cueva de la alimaña.
La literatura de la época presentó al león como trasunto de los Comuneros, y a Hércules como el primer Austria, Carlos, que los domeñó. Acaso por eso, los liberados parecen súbditos castellanos del monarca de Gante, heredero de la Casa de Borgoña, ya vinculada a Hércules. Son, en esta interpretación, los castellanos fieles, liberados por el hijo de Felipe el Hermoso y Juana de Castilla, que se aprestan a cruza el río de la nueva era, que une Castilla a los destinos imperiales.
El cuadro es un enorme paisaje, en el que se inserta la narratividad reseñada, tan magníficamente expuesta y esclarecida por la palabra sabia de Rosa Iglesias. Vale.





