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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Las canciones en francés


Antes, en aquel antes de siempre, las canciones eran en francés. Y tenían glamour y tenían dulzura mediterránea. Cantar era cantar. No era otra cosa. Eran los sesenta. Y daba gusto. Aznavour, Adamo, Becaud, Brel, Mathieu, Vartan… También las había en italiano. Importaba la letra, y la poesía. Y no contaba nada el inglés. Y uno se educaba sentimentalmente con aquellas palabras. Afianzaba su francés, aprendido en unas aulas precarias, con tiza y pizarra y medios audiovisuales ninguno. Se aprendía el amor con Salvatore, y las profundidades del corazón con Charles. Gilbert nos enseñaba cosas varias, desde el humor, con le lapin et monsieur le presidente directeur general, hasta la pena causada por saber muerto un poeta.

La industria discográfica francesa invadió España, basándose en una buena pléyade de poetas cantores. Despertaba el alma, y entonces apenas salíamos de un casposo folklore de endogámico gusto por lo propio. Oír las canciones francesas era como tender un puente hacia latitudes de libertad y riberas de sentimiento universal. Mucha parte de lo que soy ahora se la debo a aquellos discos de vinilo, pequeños. Singles que se decía, como en una avanzadilla de la anglosajonización imparable del pop. Si cierro los ojos aún puedo escuchar a la Hardy, con tous les garçons et les filles de mon âge… Y si conecto con profundidades epicolíricas, hallo a Boris Vian, el poeta de le deserteur: Monsieur le Président/ Je vous fais une lettre / Que vous lirez peut-être / Si vous avez le temps / Je viens de recevoir / Mes papiers militaires / Pour partir à la guerre / Avant mercredi soir / Monsieur le Président / Je ne veux pas la faire / Je ne suis pas sur terre / Pour tuer des pauvres gens / C'est pas pour vous fâcher / Il faut que je vous dise / Ma décision est prise / Je m'en vais déserter .

Traduzco: Señor presidente, os escribo una carta que, acaso podríais leer si me concedéis vuestro tiempo. Acabo de recibir mi cartilla militar. He de partir a la guerra antes del próximo miércoles por la tarde. Señor presidente. Yo no iré a la guerra. No habré de tirarme por tierra, para matar a pobres diablos. No es por molestaros, pero es preciso que sepáis que he tomado una decisión: voy a desertar.

Y mi ser, pacifista y utópico, sentía ese regomello de la adhesión a la cansina música del valiente resignado de la letra, que vagaba por Francia, condenado y proscrito. Y así, con la casi totalidad de sentimientos, alegres, apenados, aletargados y eufóricos…. Parte de mí se halla, ciertamente, en clave de canción francesa.

Resistieron a los Beatles más de un lustro. Luego, se retiraron a sus cuarteles de invierno, allende los Pirineos, y la oleada de pop inglés y americano lo invadió todo. Para entonces, la música era ya, tan sólo, una industria. Con los cantantes franceses, había sido poesía. Vale.

 
Mensaje cifrado, novela de Marta Zafrilla


Acabo de leer, excitado, la novela ganadora, justamente ganadora, del Premio Gran Angular de Novela Juvenil de la Editorial SM. Como sabrán, dicho premio, dotadísimo con 100.000 euros, lo ha ganado la jovencísima escritora murciana Marta Zafrilla. Enhorabuena. A ella y a sus lectores, que, a partir de ahora, van a ser muchos, muchísimos. Una novela juvenil no tiene por qué tener un protagonista juvenil, pero en este caso, sí lo tiene. Un quinceañero sin mayores problemas. Hijo único, con padres comprensivos y normales. En la primera parte de la novela, asistimos a un cuadro costumbrista de una familia media de la España de hoy, ya en el presente siglo. Y aún, dentro de esta primera mitad, dos apartados: el que cuenta con la presencia del abuelo, responsable del mensaje cifrado del título, y una situada hacia los medios del tranco narrativo, en el que el triángulo familiar ocupa el espacio argumental.
Pero, donde se desata, y de qué forma, la intriga, el descubrimiento, el desasosiego que trae consigo resolver el enigma dejado en herencia por el abuelo, es en esta segunda parte y última. Santiago, el buen alumno de Instituto y mejor hijo, magistralmente pintado por la autora, tomado sin duda del natural, se autoencarga resolver el enigma que el abuelo, uno más de los grandes mudos que dio nuestra guerra civil del 36, le ha dejado en forma de tablero de la Oca. Desde la perplejidad inicial, este Quijote juvenil se hace con la compañía de un Sancho realidades, que le ayuda sobremanera a resolver el enigma.
Pero, la novela no aboca sino a otro enigma. Acaso más existencial que el primero, meramente material. ¿Dónde estuvo la inocencia y dónde la virtud en aquella guerra inicua? La Oca, el Juego de la Oca, le sirve al abuelo para hacerse compadre de su nieto, y después de su muerte, algo parecido a cómplice. Y todo ello contado con una naturalidad exacta, que no se deja sentir. Asistimos a los párrafos de Marta, como a las escenas de una película. Por cierto, los apoyos argumentales en escenas del cine más popularizado no son sino aciertos comunicativos, que vehiculan, no sólo símiles para comprender, sino que, además aportan cúmulo de sensaciones y sentimientos que enriquecen la escena en prosa de la novela.
Indudablemente, la razonada pasión de mi colombroño Santiago, el personaje de la novela, lo hace carne de saga novelística. Un zagal sensato y valiente. Una Beatriz que está pidiendo a gritos su incorporación a la historia siguiente, y un Ernesto, el Sancho Realidad que dijimos, esperan nuevas aventuras posibles, como ésta o como otras, en las que se compagine realismo, maravilla posible, juego, arrestos, valentía y misterio. Entendemos esta novela, tan acertadamente premiada, como el principio de una serie, que, al margen de cualquier otra actividad literaria de su autora, podrá, y deberá continuar para bien de los lectores y de la Literatura misma. Vale.
 
Astenia poética

Melancolía poética de Edvard Munch

Los otros días tuve un acceso de astenia poética. Leve. Astenia primaveral poética, claro. Si va uno a google, sólo le explican la astenia de los médicos. Y aluden a alergias, a descompensaciones cardiovasculares y otros palabros que yo creo que los de google han aprendido viendo House. Pero no es esa la astenia que digo. Es algo de los literatos, malos o buenos. Hay un momento de aislamiento del mundo, de soledad efímera y sobrevenida. A lo mejor algo masoquista ella. De mucha introspección y contemplación de uno mismo. Si aguzan la mirada podrán ver a aquejados de este tipo de astenia por los parques y jardines de su ciudad. Andan despacio, si andan, y parecen personajes de novela a la busca de algún autor proclive a sus cuitas. Los hay de todas las edades, y de todos los sexos, los tres o cuatro que hay ahora. La astenia iguala a todos.

Hay astenia primavera y astenia otoñal. Parece como si el cuerpo del poeta olvidase vivir y reconcentrase toda su actividad en su alma poética, no necesitando así el resto de su cuerpo riego sanguíneo alguno. Creo yo. Luego, cuando recuperan el cuerpo de siempre, van y escriben cosas tristes, en general. Los poetas son tristes o les da por la tristeza. La palabra triste la inventó un poeta. Yo, en mi día, también me sentí poeta. Por eso inventé la palabra tristedad, que es una tristeza abstracta, que tiene vacío sentimental. Tener vacío de algo es tener grande cosa. No es igual que tener nada. O carecer de algo. Hay amistades que tienen vacío de amor, y amores que tienen vacío de amistad. No sé qué quiere decir, pero suena bien. ¿A que sí? Es lo que tiene la astenia, te llena de cosas que quedan bien al escribirlas. La astenia que digo es muy agradecida.

Cuando veo a alguien asténico o así, me da un gran respeto. No hay que ir a hacer compañía a los asténicos. Ellos, y ellas, no lo saben o lo saben poco, pero están con su musa, que les está dictando palabras. Ocurre que, a veces, su memoria no retiene las inspiraciones. O las recuerda mal. Bueno, o la musa es mala o mediocre. Como las personas, entre las musas hay de todo. No vayan a creer. No se sabe si son las musas las que traen la astenia poética o es al revés, acuden cuando ven a alguien asténico. Sospecho que ambas cosas.

Ver a alguien asténico da una gran ternura. El hombre, o la mujer, con su vacío de algo importante a cuestas. Caminando despacio, con la musa a solas. Siento a una sonrisa interior abrirme el alma. Es como si escuchara el rumor del agua dentro de la piedra... Da cierta pesambre saber que en la inmensa mayoría de los casos no llegarás a escuchar el dulce rumor del agua de los versos fraguados en la astenia que te ha sido dado contemplar. Vale.

 
Arte Moderno como mjerda

Por un cuadro, así lo llaman, que son tres franjas, mal separadas de tres colores que a mí no me dicen nada, se ha pagado una cifra récord de millones de euros, que no transcribo por respeto a todos los seres humanos que han muerto de hambre mientras este párrafo se lee. El arte moderno es una caca. El tal cuadro, una tomadura de pelo. Y el mercado del arte una cosa más inflacionada que los precios en época de recesión salvaje. El fulano autor se llama Rothko o algo así. El cuadro es vertical, y se necesita estar fuera de la realidad para ver calidad pictórica alguna en él, mensaje o lo que sea. Estamos ante el nuevo traje del Emperador. Hachedepé el que no diga que es una obra excepcional, ignaro, desactualizado, paleto, perullo, ordinario, genares, etc… del arte.

Pues sí, señor emperador en pelotas. Yo seré un tal de cual, pero Su Excelencia va desnudo como lo trajo al mundo la madre que lo parió, que mí se me dan tres pixos que se me tache de todo eso que he dicho antes, y que no repito, por si algún gurú del arte quisiera añadir algo a los epítetos de la enumeración. Ese cuadro es una mjerda, así con jota, que queda más fino. La necesidad expresiva que lo impulsó a la existencia es estúpida, ni siquiera decadente. La convención que hace del cuadro una pieza de tal valor ofende al Arte y al buen entendimiento del mismo. Estamos ante un hecho financiero; no estético. Y si hablamos de Ética, no tenemos ni por donde empezar. Si al Arte se le quita el mérito, nos quedamos vacíos. Todos somos artistas. No hay razón objetivable alguna para que esa mjerda sea Arte.

Hace tiempo que la Historia de las Ideas Estéticas fue comprada por el capital, por las finanzas. Creo que el Arte no puede abandonar del todo su faceta comunicativa. La expresividad no lo es todo. Como tampoco la comunicación. El algún punto medio ha de hallarse el momento del Arte. No hay por qué respetar el puro deseo del artista. ¿Quién nos asegura que ha seguido el más riguroso de los caminos de su evolución? Una coordenada de respeto por la masa debe habitar siempre en el corazón y en la cabeza del artista. Si sólo se tiene a él como norte único de su quehacer estético, salen cosas como esta mjerda. Y aberraciones como la cantidad aludida e infame.

Si el guía estético en este caso, acelera tanto el paso que se pierde el resto, se pierde él mismo. Y quedan, señores, muchos sentimientos que describir, y muchísimos matices. Y una infinitud de ideas por aclarar. E, incluso sentimientos e ideas que rescatar. La abstracción por la abstracción es una manera bastante vulgar de error. Nadie tiene derecho a que consideremos su capricho como revelación. La abstracción tiene su propio ámbito en la decoración; un arte menor. Vale.

 
Monólogo de Francisco (Exposición de Salzillo)

No modelaba ni esculpía para trascender mi edad de hombre. Si de algo puedo presumir es de que todos sabéis eso. No dejo de agradecer por ello el buen recuerdo que vosotros, los murcianos, tenéis de mí. Eso es claro. Pero habéis de saber que todo vino por sí solo. Dios, Nuestro señor, lo quiso así. Primero, heredar el taller de mi padre, haciendo frente a los pedidos de urgencia o inmediatos, junto con mis hermanos. Después, el resto, todo él de manera continuada, hasta mis últimos días, siempre aquí, en Murcia, la tierra de mi madre. Salvo cuando viajé a Cartagena, por donde tanta imaginería entrara en España, para bien de la fe y de la piedad del Reino. Rehusé, supongo que sabéis, marchar a Madrid con Don José Moñino, murciano, Presidente del Consejo de Ministros del Rey. No sé si el Arte hubiera ganado algo con mi marcha, mi fe y mi felicidad murciana, seguro que nada. Perdonadme la elección. Mirad bien mi obra, y advertir los rasgos clásicos, sublimados por su transposición a lo cristiano, en ella, sin que se resienta la nobleza pagana de sus formas inmortales. No os defraudaré, seguro.
Fui creyente, acaso con más fervor que la mayoría, y por eso logré traspasar el milagro de la fe, a mis obras. Mis manos, mis dedos, mi cabeza incluso, la que pensaba formas y recordaba el dogma, a la hora de crear volúmenes... nada eran, cuando se trataba de plasmar las sagradas personalidades de los tallados. Nada son, repito, para explicar lo que conseguía, y que tanto alabáis vosotros, incluso pasados los siglos. Nada, al lado de la fe. Nada. Tener fe no es saber por qué se tiene fe. Es una gracia. Bien sé que para algunos no fui sino beato o santurrón, hijo de una sociedad aherrojada por un sentido de la religiosidad oficialmente protegida o desarrollada. Es posible que también fuera eso. Pero tal circunstancia no explicaría mi vocación, o mejor dicho, mi devoción por la imaginería sacra. Como tampoco explicaría mis logros escultóricos lo que de mi padre aprendí, y luego perfeccioné. Lo mismo con Antonio Dupar o de Nicolás de Bussy, que no fue poco, por cierto.
Contemplo con arrobo esta Exposición, enésima muestra de afecto de los míos por mí, y me debato entre la magna tentación, humana al cabo, de la soberbia, que siempre acecha, y la no menos peligrosa de la falsa humildad, malicioso disfraz de aquélla. Me consuelo, y hallo amparo, en el veraz retrato que Joaquín Campos hizo de mí, a lápiz, cuando yo ya no estaba. Me reconozco en él. Con la bata de trabajo, y el capuz que recoge cabello para que no moleste sobre la talla en obra, mirando al dibujante, y por tanto al espectador, sencillo, natural y humano. Pero, ay de mí, incluso las protestas de verismo pudieran esconder descrédito a los que posan altivos y circunspectos en esta exposición por mor de su alcurnia de que yo carezco. Dios me perdone. En mi retrato veo el rostro y la figura de un trabajador. Por eso lo aprecio.
Los murcianos hicieron con mi biografía leyendas pías para explicar algunas de mis obras. Todas ellas me procuran una sonrisa interior de condescendencia y agradecimiento, pero no son sino eso: leyendas. No lo olvidéis. Dice la más desacertada de todas, que yo insinué a mi mujer, Juana Vallejos, sospechas de infidelidad, y que fue su cara de incomprensión y sufrimiento al escuchar mis cuitas hacia ella, lo que me inspiró la Dolorosa que tanta fama me ha deparado. No es verdad. ¿Cómo iba yo a procurar dolor parejo a la madre de mi hija, mi purísima esposa, a quien sobreviví largos y penosos años? Sobre la misma imagen, que repetí casi veinte veces, dícese que le mentí a mi hija, alevosamente, sobre la muerte de su novio. De ser así, el suceso debió ocurrir la primera vez cuando María Fulgencia tenía tres años o cuatro.
Otra dice que quise hacer pedagogía maniquea tallando a Judas y Jesús, dramatizando el beso de la traición, en el mismo tronco. La Verdad y la mentira, saliendo de una misma materia: la del ser humano. Sólo aproveché mejor un tronco grueso. Nada más. No entiendo de otros mensajes morales o éticos que los que predica la Santa Madre Iglesia Católica y Romana, como es notorio.
O que un vagabundo, en realidad un Ángel verdadero, a quien cobijé en mi estudio en fría noche de invierno, por mejor cumplir con mi deber de caridad, dibujó el rostro del Ángel en la Oración del Huerto en un pliego, mientras yo dormía. Nunca fui bendecido con la visita de ningún ser celestial. No lo merecieron mis pecados. Ni otra mano que la mía acunó el lápiz sobre el papel para los esbozos y esgrimió la gubia contra la madera para realizar lo más importante de mi obra. Encuentro ingeniosa la conseja que dice que el Ángel tiene un perfil de mozo, otro de bella joven, y un frente de Ángel; pero yo sólo quise labrar al Ángel.
Mas, si todo esto ha obrado en pro de la causa del Señor, dése por bien hallado lo que bien y con buena intención inventado fuera, que son los caminos del Señor inescrutables y nosotros sus humildes servidores. Nada más. El resto es pompa vana. Si esta Exposición no sirve para acrecentar la fe en una sola persona, excusada sea su loa y alabanza por todos cuantos la vieren. Pues vale que toda ella sea en servicio de Dios Nuestro Señor, Cúyo es todo lo que es bueno.
Así pienso, servíos excusadme si acaso sucediera que, en vuestro siglo, os ofende o confunde mi fe, y sed bienvenidos todos a la exposición del tricentenario de mi nacimiento. Mi gratitud a todos cuantos la han hecho posible, no para engrandecer la memoria mía, sino para gloriar cuanto merece al Creador. Laus Deo.
Vale.
 
Molinos “Derribaos”


Vuelvo a perderme, con gozo y voluntad de pederme, por el laberinto de rutas comarcales y vías de servicio del Campo de Cartagena, y acierto a pasar cabe uno de tantos molinos derribaos del entorno. Un muro redondo, sin cerrarse del todo, alzado sobre pequeño montículo señala que allí hubo molino de viento. Alguien puso su esperanza en prosperar con el ingenio. Y, acaso, tuvo clientes y consiguiera, al menos en parte, su propósito. Luego, el abandono, más tarde el saqueo, y después la ruina. La incuria. Quizás no tuvo la gloria de ser destrozado por un rayo. O acaso sí. Y fue un molino como la torre del tarot: hendido por la jupiterina adarga. O puede ser que fuera un levante furioso el responsable de batir su fábrica de ladrillo pobre y argamasa seca, derribándola por tierra. ¿Quién sabe si la sequía de lustros, polvo hizo de los bastimentos por la tierra esparcidos? Sólo sabemos que hoy, ruina es, destrozado testigo del paso inclemente del tiempo.
Lo más seguro es que fuera molino elevador de agua de pozo. Muy pocos hubo harineros, que fueron los que más duraron. Poquísimos fueron esparteros o salineros. Todos sufrieron la tragedia de verse sustituidos por las bombas mecánicas y eléctricas. Y hoy contemplan, cómo el viento, antaño compañero y amante, bate, en las alturas de la Sierra de La Unión, las hélices de los molinos eólicos, sus nietos… Los molinos derribaos cumplen ahora la misión de ser emisarios de la nostalgia y musas de la saudade del que ha tiempo se llamara Campo Espartario de Cartagena. Casi doscientos llegó a haber. Demasiados. Aunque no tuvieran vida todos simultáneamente. Demasiados para una explotación racional de sus capacidades comerciales. Los mató el tiempo, sí, pero con la espada de la desestructuración económica, hija de la tardía Ilustración del mediodía mediterráneo.
Cierta vez, hace más de veinte años, cuando empezaban a cumplirse ya los primeros veinte años de casi todo, escribí este poema que sigue. Va en seguidillas, la estrofa que me cautivaba entonces. Sus cadencias resonaron en mis oídos de adentro cuando a la vera del molino derribao que digo, el otro día pasé. Dice, y decía así el poema:

¡Ay, molino del alma
y de tristeza,
Molinico del Campo
de Cartagena!

Molino que te yergues
entre oliveras,
algarrobos, ramblizo
y rastrojera.

Molino silencioso
de aspas quietas.
Angel del Mar Menor,
pastor de la era.

¡Ay, molino del alma,
que no te mueras
le pediré a los dioses
de primavera!

¡Ay, molino, molino,
mira qué pena,
si de ti no quedase
piedra con piedra!

Molino tan callado,
quién te recuerda
volteando aspas
de palo y tela...

El viento de Levante
que del mar suena
venía por mecerse
en tus maderas.

Hoy, que yaces dormido,
ya no se queda,
y sigue su camino
hacia la sierra.

¡Ay, molino del alma
y de tristeza,
Molinico del Campo
de Cartagena!

Vale.