SONETO BLANCO AL SAN JUAN DE SALZILLO

No es el primor quien dice tu grandeza,
San Juan Adolescente de Salzillo.
Ni tu dulzura excelsa, ni tu gracia.
Tampoco ese cariz tan elegante
de recogerte el vuelo de la túnica,
con el sosiego tardo de quien anda
sin prisa, señalando los destinos
de todo el que apuntado se perciba
por tu dedo… al descuido, indolente.
Es la fe de la mano que labró,
tu singular perfil, cual sortilegio
contra el error estético de todo
exceso. Tu hábil mano purísima:
Francisco de Salzillo y Alcaraz.
Homenaje a León Felipe

Hace nueve años, a juzgar por la fecha que reza en su final, escribí este poema, de tan indudable débito a León Felipe. Esa nostalgia de la España rural y pobre, ese deje narrativo del poeta de Tábara (Zamora), exiliado en México tras la guerra, se quedó conmigo siempre tras leer su famoso poema “Qué Lástima”. Un poema que, como pocos, pide a gritos ser declamado.
La presencia de la niña tras el cristal, y esa pobreza digna de la ropa puesta a secar al sol, transmiten una cierta suerte de dulzura escasa y honrosa, que nunca se olvida. Hay un misterio de Meseta Española en la imagen. El poema da cuenta de ese pasar del tiempo que surge de la ropa tendida, enrojecida por el pobre sol de ocaso, que ya secó. O con la acción, narrativa, de la mujer y su trajín doméstico, que apenas entrevemos.
Y, al final, la soledad del poeta, quien aspira, involucrando para ello al mismísimo Creador, a que tal soledad sea aceptada, como propia, cuanto menos en parte, por todo buen lector de poesía.
CUENTO
A León Felipe
Hay una paloma
blanca,
en la baranda
del balcón.
Y hay una maceta
triste,
que muestra
leñoso tallo humilde,
que nunca tuvo flor.
Y hay también
roja ropa tendida,
puesta a secar al sol.
Cae la tarde
mortecina,
y se refleja el ocaso
en el cristal
del balcón.
Asoma una niña
su rubia cabecita
por los cristales
y se va la paloma
dejando el mirador.
Y sale después
una mujer
que descuelga la ropa
puesta a secar al sol.
Mira luego a la calle,
acaricia la rubia cabecita,
y, entrando en la casa ambas,
se van del balcón las dos.
Sólo queda entonces
la vieja maceta,
la cuerda de tender,
raída,
y unas pinzas de color;
la baranda de hierro,
y en el cristal,
el resol.
De algunas golondrinas
se escucha luego
el agudo son,
como flecha incesante
que buscara, ay,
algún atristado amor.
Y ya no hay paloma
blanca,
no hay niña, ni madre,
ni balcón.
Sólo quedamos mirándolo
todo pasar,
el aire, que nunca duerme,
el gran Dios
que nunca habla,
y yo.
22-25 de Mayo, 1998
Muerte de Jehuda Ha Leví ante el Muro de las Lamentaciones, Jerusalén (1141, dC)

(Muro de las Lamentaciones, fragmento, por Marca Chagall)
El viejo poeta, nada más ver el Muro se ha cubierto la cabeza, temblando de emoción. Lentamente se acerca, saboreando el fin de su anhelado camino. Largos años desde que salió de Sepharad. Largos años. Nada pesan ya las persecuciones de Granada, los menosprecios de Toledo, las nostalgias de El Cairo, y su intento de atravesar el desierto como el pueblo de Moisés, que casi le procura la muerte. Ha llegado ante el sagrado Muro. Nada vale ya su ciencia médica, sus poemas de amor, su teología, siempre al servicio de Yahvé y su verdadera Revelación. Es viejo, y el Buen Dios le ha concedido postrarse ante las veneradas piedras. De poema alguno suyo se acuerda ahora, profano o sagrado. Lejos está la sensualidad de los versos de juventud, llenos de gacelas y de femíneas manzanas en sazón, de jardines y de metáforas de la carnalidad más veraz. Razones ninguna vienen a su mente para reforzar la creencia en el Dios de Israel. Los aforismos médicos, diríase, han huido de su cabeza, que siempre tan edificada estuvo. Nada hay de su infancia tudelana, en la dulce vera del Ebro navarro. Nada.
Nada hay en él sino su Dios, su religión, su pueblo en eterna diáspora, que ahora regresa con su persona ante el incólume Muro que un día Templo fuera. Ni conciencia tiene de sí mismo. Solos están el poeta sefardí y su Dios.
El árabe, soñoliento, recostado sobre la exigua sombra en un extremo del Muro, percibe el bulto del poeta avanzar al lugar que interdicto tienen hebreos. Ninguno se ha atrevido a venir a lamentarse ante el Muro que ya no es sino pétreo límite de la Explanada de las Mezquitas. Desde la de Omar, sobre la piedra que esconde el Domo Dorado, elevóse al Cielo el Profeta. Nada queda, pues, de la Religión del Libro Hebrea. Sacrílego quien alce el nombre del Dios de Abraham sobre el Muro. Un hervor de indignación va despertando al guerrero. Semanas y semanas de aguardar a que venga algún judío a orar, para matarlo y hacer méritos ante quienes en la ciudad mandan y ordenan en cuerpos y almas.
Cuando el viejo sefardí arriba delante mismo de las piedras, el árabe ya se ha erguido. Desata el caballo, unido a sacrílega argolla inserta en las escuadradas canterías, y lo monta. El judío ha empezado a celebrar con las rituales inclinaciones de cabeza sus sentidos rezos. Lo hace llorando.
-¡Avinu Malkenu,,,,! -
Instintivamente, el poeta repite su invocación en el árabe de su expresión teológica:
-Bismillah…
El árabe ha desenvainado su alfanje. Espolea a su caballo.
-Pater Noster…
En eso, los cascos del caballo arrollan al rezador, estrellándolo contra el Muro, arrastrándolo después por la explanada. Relincha el equino y aúlla el jinete. La sangre tiñe la mirada del poeta. Intenta erguirse, pero sólo consigue arrodillarse. Apenas un instante después siente el acero del árabe segar su cabeza. Su último instante ha sido de agradecimiento hacia su Dios. Como el humo que flota en la calma nocturna, y desaparece, así quedan los versos que compusiera en El Cairo, y que no ha llegado a recordar del todo:
El Destino me trajo rodando a los desiertos de Nof.
Dile al Hado que me siga arrastrando y me de vueltas
hasta que vea el desierto de Judá,
hasta que llegue a los confines del Norte, al Bello Lugar.
Allí me cubriré con la gloria del Nombre de mi Señor,
me pondré, envolviendo mi cabeza, el turbante de su santidad.
Vale.
Metamorfosis ovidianas, a la murciana

Quizá la autora no me perdone la irreverencia del título, pero si no golpeas desde la misma negrita del encabezado, el duro púgil que es el lector de medios, te salta impunemente, para llegar a más lúdicas webs. De murcianas sólo tienen estas metamorfosis la vivencia en nuestra ciudad, y actividad cultural en la Región, de su autora: Cristina Sánchez Martínez, archipremiada profesora de lenguas clásicas de Instituto, por su labor docente, investigadora y promovedora de innovación académica por donde quiera que ha ido. La editorial: Tilde, de Valencia,
Ahora nos sorprende con su libro Metamorfosis, Ovidio. Antología. La parvedad y exacta alusión del volumen deja ya a las claras su contenido. Una selección de las narraciones ovidianas, más de 250 en origen, trasladadas al lenguaje contemporáneo, dispuestas para ser servidas en la mesa de los bachilleres y alumnos de ESO de los Colegios e Institutos que impartan la materia de Cultura Clásica o Lengua Latina. Es éste, tiempo de ir pensando en las programaciones del curso venidero. La inclusión de este título en el currículo de las aulas de tales materias debería ser asunto aconsejado desde las instancias educativas regionales.
Quince metamorfosis arregla la autora para que el profesor que apueste por el libro tenga su labor didáctica resuelta. A cada mito se le añade una serie de actividades sugerentes y activas, promovedoras de riesgo intelectual y atracción lúdica, en donde no falta la alusión a la red de Internet. Acompañan otros textos clásicos castellanos, y las ilustraciones, claras y sugerentes, de Nuria Sánchez Martínez.
Se trata de un libro puesto al día, que cuenta con las nuevas tecnologías, y del nivel de usuario del alumnado. Estamos así ante una conjunción de sabiduría y tecnología, que debiera ser imitada por el grueso del profesorado, no sólo de Lenguas clásicas, sino por todo el esto de la comunidad docente. El libro se cierra con un vocabulario y con un listado de personajes, para que el lector, que no tiene por qué ser alumno exclusivamente, pueda escapar de la tentación del extravío, y pueda fijar caracteres, personajes y nominaciones asignadas. Estamos ante un libro didáctico, que cumple las exigencias más fuertes en el campo pedagógico, en el sentido clásico, noble, del término: el que ayuda a caminar por la senda que lleva a la sabiduría.
Pero, además de los méritos didácticos, que pugnan por abrirse paso en las programaciones de aula, el libo es un tesoro de lectura. Las traducciones libres, traslados, de los difíciles textos ovidianos han sido efectuadas con una limpieza que ha respetado el sentido del texto del autor latino. Sentimos todo el rigor de la lengua del Lacio en párrafos como este: << Muerto Faetón, el rey de los dioses decidió recorrer las murallas del cielo para comprobar si alguno de sus rayos las había alcanzado>>.
Señalemos, para terminar, los 15 mitos narrados: Deucalión y Pirra, Dafne, Faetón, Calisto, Sémele, Eco, Píramo y Tisbe, Aracne. Niobe, Procne y Filomela, Perdiz, Jacinto, Pigmalión, Mirra y Atalanta e Hipómenes. Vale.
Las jacarandas no manchan, ni las moreras

Que lo sepan en el Ayuntamiento
-¿En qué Ayuntamiento, maestro?
En cualquier Ayuntamiento donde haya jacarandas por los espacios públicos.
-Jacarandas o moreras, ¿no?
Eso, y cualquier árbol que, en uso de sus sacrosantos derechos, anteriores a la existencia ce cualquier Ayuntamiento, dejan caer sus floraciones o frutos a las aceras, dejando el esclafón de sus zumos y fluidos orgánicos pertinentes. Tachar de mancha a tales condecoraciones del suelo es de destitución inmediata del sujeto pensante, es un decir, que haya parido el engendro. Destitución fulminante antes de que dé tiempo a la salida digna de la dimisión. Porque sucede que alguien, municipal y espeso, en el Ayuntamiento de la ciudad en que vivo ha denunciado la suciedad que, dice, dejan estos hermosos árboles de origen brasileño. Además, es una ofensa al Brasil, la tierra de la Chica de Ipanema, de Pelé y de la mayor zona selvática del mundo wordl: la Amazonía; o sea, del oxígeno que respiramos, trece veces por minuto, que lo contó un poeta que era ingeniro: o sea, dos veces poeta. No me sorprendería una protesta de la Embajada del Brasil ante semejante desaire.
Las hermosamente desiguales y azarosas sombras de jugo jacarandesco o moreral son señas de identidad de la madurez primaveral en esta tierra, y son, por tanto, muy nuestras. Tanto como Salzillo, sí señor. A nadie se le ocurra eliminarlas de mi vista, y de la de cualquier ciudadano avisado. Esas <
-Oiga, es que dice que el zumo corroe, o algo así, las losas y los pavimentos de las aceras…
Pues entonces, que pongan un presupuesto quinquenal para renovar los suelos. Los constructores se alegrarán mucho por ello, y se desarrollarán puestos de trabajo. Qué creían, que los árboles no tiene mantenimiento… Pues no. Sí lo tienen. Pero ese mantenimiento no pasa por evitar esa palabra muda, pero visible que son los petalillos morados de las jacarandas y los esclafones de las moreras pisadas. Unas palabras que hablan de poesía, para el que sabe escucharlas. Poesía de la belleza caducada, que no caduca. Y quien no entienda lo que digo, repita su Bachillerato. O inícielo. Hay muchos poetas no leídos. A quien de suciedad ha tachado el fenómeno que digo, le aconsejo un curso acelerado de poesía. Rubén Darío, para empezar. Y una rociada de Ciencias de la Naturaleza, sección Botánica. Y deje a las jacarandas y a las moreras llorar en paz, el final de ciclo de su evolución vital. Vale.





