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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Las canciones de mi vida (5). Ojos de España del Príncipe Kuldip

La canción llegaba a destiempo: era machista, era galante, era un atrasado madrigal lleno de tópicos… Pero toda una canción, toda una señora canción. Y una voz portentosa. Su música, arrancando de una tensa contención, arribaba a una explosión pasional, centrada en los ojos de la amada: una española de Merimé, cuando menos. Pero el efecto total era demoledor. La virilidad de la entonación, en un tiempo que el aflautamiento de voz, inaugurado por los Beatles, había encontrado su top, en los Bee Gees, sorprendía, imponiendo el viejo respeto por la perfección del tenor. Y aquel Olé y Olé… tan hispano, unido al embrujo de la mirada de la escogida, casi ponía los pelos de punta; por lo menos a algunos.
La acertada conjunción de los arreglos, casi ceñidos, al principio, a marcar el ritmo, bien que a orquesta completa, ya captaba la atención del escuchante, máxime, si incorporaba no sé qué secretos de españolía en sus cadencias. Pero, luego, era aquel susurrante, masculinísimo, Soooon…, que auguraba inminentes estallidos de pasión, que, además, se cumplían. Y el crescendo llegaba, y se cumplía el cúlmen de la canción. Y yo, a menudo, cerraba los ojos, sintiéndome el autor de la formidable voz, y del espectacular sentimiento liberado en el momento álgido del evento.
Sí, yo era kuldip, el semisecreto personaje, aristócrata en la India, y estudiante de Medicina en España; yo era él cuando, siempre en la Radio, escuchaba la apasionada canción. Espero que muchos otros también.
Mas, asimismo, algo de halago a los míos, a las mujeres de mi tierra, había en la canción. No eran los ojos de una francesa o una italiana lo que se cantaba. Más de cien años después de Carmen, la Opera, la belleza de la mujer española era capaz de desarrollar arte. Porque esa canción fue arte, y sigue siendo arte. Eso, a mí, me gustaba. Si a otros no, lo siento por ellos.
Son como el mar / Como el azul del cielo y como el sol… // Son del color / Del clavel que empieza a despertar… // Son algo más / Que las estrellas al anochecer… /// Olé y olé… / Los ojos de la española que yo amé. /// Yo fui feliz / Mirando aquellos ojos de mi amor. // Yo nunca ví / Ni en el arco iris su color. // Son algo más / Que las estrellas al anochecer… /// Olé y olé… / Los ojos de la española que yo amé. /// Son algo más / Que las estrellas al anochecer… /// Olé y olé… /// Los ojos de la española que yo amé. / Ojos de amor que nunca olvidaré.
Pero había un morfema secreto en la canción. Era el que ponía el pretérito lejano en el verbo amar. Se trataba de un amor ido; de un amor que fue. Triunfaba la nostalgia sobre la posesión. Eran unos ojos bellos, misteriosos; mas señalaban tanto un presente vano, como un pasado de amor. Gran parte de su poderío se escondía en ese detalle: su condición de lírica di menticare il tempo felice nella miseria. Alighieri dixit. Vale.
 
Las canciones de mi vida (4): Blowin’ in the wind

Yo conocí tarde la canción de Bob Dylan. La oí en francés, por Richard Anthony, un versionador galo famoso. El que hizo lo del Concierto de Aranjuez, que tanto gustara años después. Me embrujó, tanto por la letra, como por la música. Fue la primera canción protesta. Luego, cuando se la escuché a su creador, comprobé que no era lo mismo. Perdía solemnidad, pero ganaba fuerza. El grito, más que entonación, del cantautor norteamericano, sí que sonaba a protesta, a enfado porque las cosas del mundo eran muy cambiables. Lo de Richard Anthony quedaba como lírica resignación. Combien de routes / un garçon peut-il faire / avant qu’un homme il ne soit… Cuantos caminos debe recorrer un muchacho, antes de llegar a ser un hombre. La traducción era buena, casi literal. Yo, recuerdo, la traduje del francés, con emoción. Mis quince o dieciséis años se encendían con la protesta contra el mundo. Luego, la armónica desdibujada de Dylan elevaba la imaginación hacia los días futuros en que todo lo denunciado por el flacucho cantante estuviese arreglado.
Es una canción que ha dado la vuelta al mundo. Es una proclama humana, patrimonio de la especie. En su música late la rebeldía ante lo injusto. Ecoute, mon ami, / ecoute dans le vent / ecoute la reponse dans le vent. Escucha, amigo mío, escucha: la respuesta está en el viento. Y el viento era la metáfora del ninguna parte, el no lugar. O el lugar múltiple, que el viento a todas partes acude.
La anáfora de la letra inglesa era muy efectista. How many times, how many times… una vez y otra, como el never more de Poe. Dos misterios del tiempo, que estos dos grandes poetas supieron ver y plasmar en sus versos inmortales. Bob Dylan era como el descubridor de esqueletos de melodías. Él las liberaba de las cadenas de la no existencia, y otros le ponían los ropajes de la melodía y la orquestación. La vendían a la masa. Bob Dylan y su guitarra. Luego se pasó a la eléctrica y los puretas del folk song se lo reprocharon. Pero él siguió haciendo canciones, tan extraordinarias como Mr. Tambourine man o Like a rolling stone.
Fue el primero que encontró que la canción ha de servir para protestar. Dicen que la canción protesta acabó con la guerra del Viet Nam. Una hipérbole, pero no una falsedad. Bob Dylan era feo, y flacucho, ya se dijo, y vestía desenfadado, casi desaliñado. No era Elvis, Y le empezaron a imitar, pero él siguió su camino, justo como aquel viento que vino a posarse en su verso, para salir volando con él, por las geografías y los tiempos. Bob Dylan, que adoptó el nombre de su poeta preferido, sigue cantando hoy, acaso sin la frescura y la osadía de aquellos tiempos de cambio, en que nacía un nuevo tiempo. Un nuevo tiempo en el que las canciones ya no hablaban de amor simplemente. Vale.
 
Las canciones de mi vida (3) Romance del Prisionero

Joaquín Díaz

Mediados los setenta, cayó en mis manos un LP; ahora se dicen vinilos. Era de Joaquín Díaz. Y no era una edición comercial al uso. No recuerdo bien si era del Círculo de Lectores. El cantautor venía retratado en portada. Gafas de pasta, barba pelirroja, y un aspecto de PNN, o profesor no numerario de Universidad, absolutamente veraz. Dentro del disco, un tesoro: todo canciones tradicionales españolas. Los cuatro muleros; Anda, Jaleo… Y el Romance del Prisionero. No lo conocía yo, a pesar de estudiar ya último curso de Filología Románica. En cuanto lo oí, me prendé de él
Que por Mayo era, por Mayo, / cuando hace más calor / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor… La voz, recia y lírica del castellano de pura cepa que es Joaquín Díaz, sonaba con la pena del encarcelado de por vida, que lanzaba su dolor al aire limpio de alguna meseta española. La edad antigua conoció presos de por vida, qué importa el motivo, una guerra, un lance de honor… o de amor. El prisionero veía, o simplemente sentía pasar el tiempo, barbado, sucio, a un paso de deshumanizarse por completo… Cuántas vidas pudieron consumirse de tal manera.
Pero hubo alguien que se acordó de estos pobres seres humanos. Conocíamos canciones de centinelas, de segadores, de lavanderas, de cuna… Faltaba la del prisionero, y alguien de quien nunca sabremos el nombre tomó la forma romance, y creó estos inmortales versos: Cuando los enamorados / van a servir al amor… / quedo yo triste y cuitado /solo en esta prisión. La Primavera triunfa en todo su esplendor en los ribazos, en las eras, en los bosques, en los sembrados, colmados de grano. Y en el sinvivir de los amantes, que se buscan en ardorosa pasión. Mas el prisionero, acaso en lo alto de una torre, que perdiera su naturaleza de vigía, no tiene nada que celebrar. Únicamente su soledad. Una soledad que antes no era tal.
Que ni sé cuándo es de día / ni cuando las noches son / si no fuera una avecilla / que me cantaba al albor. Al fin, la naturaleza se apiadaba del prisionero, y le mandaba el lírico mensaje de heraldo de la alborada en forma de trino. Cual luz de vida, en medio de la tiniebla de su destierro inclemente, así sonaría cada madrugada el libre son del ave canora. Pero, no pudo ser, nos dice el prisionero: Matómela un ballestero /déle Dios mal galardón. Y solo, solo con la soledad de la tiniebla, con la soledad de la condena de muro y silencio, nos quedaba de nuevo el prisionero, deseando mal para el malvado ballestero que le quitara el único aliento de vida que conociera.
Y Joaquín Díaz daba paso, como luego de cada dístico, a un lalalá de tonos serios, cual coro de forzados camino de su fatalidad. Mas lo que quedaba como eco de las notas de la recia canción era la soledad infinita de aquellos hombres, muertos en vida, que la negra violencia de un tiempo ido, hizo funestamente posible. Vale.
 
Las canciones de mi vida (2): Los ejes de mi carreta

Las canciones de mi vida (2): Los ejes de mi carreta

Pocas canciones pueden presentar tal ensamblaje de letra y música como ésta de Atahualpa Yupanqui. Todas las versiones posteriores se dejaban llevar de eso que los anglos llaman swing. Atahualpa, nombre de inca irreductible, decía la canción del poeta uruguayo Romildo Risso, casi sin cantarla. Apenas al final de los dípticos, dejaba irse a la lengua como concediendo a la música un tributo. No quedándose a vivir en ella. Y los pellizcos de la guitarra sonaban como los ejes sin engrasar de aquella carreta, que, acaso, bajaba de los Andes hacia la Pampa.
El viejo arriero hacia una canción a los chirridos de su carreta, a ese latir de la desencuadernada, férrea alma de sus ruedas de palo. Era la canción de la soledad del arriero, habitante lento de los caminos de herradura de antaño.
Porque no engraso los ejes / me llaman abandonao… Abandonado; dejado de cuidados y de las cosas del mundo. Al resto de la humanidad le molestan los agudos y estridentes gruñidos de fierro contra fierro. Pero… Si a mí me gusta que suenen / ¿pá qué los quiero engrasaus?… Únicamente al solitario arriero le puede gustar el proscrito chirriar de los ejes. Acompaña: Es demasiao aburrido / seguir y seguir la huella / andar y andar los caminos / sin naide que te entretenga.... Y sonaba el acento argentino en esas erres convertidas en “eyes” criollas, arrastradas y auténticas, como de arrabal porteño. Y el “naide” quedaba exquisitamente popular, tal y como llegara con los colonos del XVI. Pero, por encima de todo, embragaba la soledad cantada por el poeta: la soledad del arriero, acompañado sólo por la geografía enorme, cósmica del paisaje inhóspito del cono sur de la gran América.
Y seguía la voz cálida, auténtica y telúrica del cantor: No necesito silencio, / yo no tengo en quién pensar. / Tenía, pero hace tiempo, /ahúra ya no tengo ná. Sólo había entonces la pena honda del arriero: un amor, una compañía humana, que templaba la memoria. Una pena ignorada. ¿Qué, quién, cuándo, cómo…? jamás detalle alguno, oculto todo a las cuartetas. ¿Un amor, acaso, unas miradas de pasión, unas vivencias; un cariño limpio y puro…? Nada, no sabemos nada. Tan sólo que existió. Y la soledad mineral del arriero se empequeñece ante la soledad humana del personaje. De pronto, la canción queda tocada por la varita mágica de la Lírica, con mayúscula. Y todo el costumbrismo, exacto y perfecto, del pobre arriero se ve magnificado a la condición de significante de la gran metáfora amorosa de la sencilla, pero portentosa letra de amor truncado en que se convierte. Y el corazón, apenado ya por la soledad de los caminos, entra en el vértigo del amor pasado, que alguna vez fue. Como Atahualpa, yo jamás volveré a engrasar los ejes de esta carreta que su recuerdo me trae. Y los dejaré chirriar mientras vuelvo a oír su letra de amor ferido. Vale.

 
Gran velero blanco en el horizonte

Fue la otra tarde. Como un sueño blanco, con todo el velamen al viento, desde el norte, hacia el sur, posiblemente para pasar El Estrecho y poner rumbo a América, cruzó el Cabo de Palos el velero que os anuncio. Surgió en plena siesta por la bruma de horizonte de Cabo Roig, y durante una eternidad, su blancura impoluta surcó toda la línea que limita la mirada desde mi balcón al mar. Catorce velas, tres mayores, cuatro foques, y el resto de ignorando nombre… ay mi pobre cultura marinera. El viento del norte, algo alevantando, lo empujaba solemne y majestuoso, como rey de los mares y las olas.
Durante la eternidad de su paso concebí sueños de lejanía y exotismos de latitudes abiertas. Grande como un palacio, arrogante como húsar en gala de desfile, el bergantín o fragata o cosa maravillosa del mar, surcaba la estática superficie marina. Su proa, alargada en airoso espolón abría camino a la estela que, aun sin verla, adivino lisa, llana, abriendo en transparencia la salina materia.
¿Cómo se llamaría el velero? No quiero adivinar el sustantivo, porque deseo cercarlo con sonoras eufonías de mito y de leyenda. Nombres de un tiempo de navegantes de parva brújula y desconocidos vientos; nombres de constelaciones o de damas de caballeros andantes, lejanas e imposibles.
Y llevaría un capitán solitario, siempre enlevitado, con desmostachada barba, y acaso apagada pipa. Charol en el bonete y chalina en el cándido cuello impoluto. Un capitán que paseara el puente, ante el respeto y la admiración de la marinería. Un Achab humano o un Holandés Errante sonriente, condenado a enamorar una dama en el puerto más cercano, acaso Cartagena, para deshacer la maldición. Pero una condena leve, quizá bastara con una sonrisa femenina, y toda la tripulación sería salvada. Pero, enseguida, todos volverían a sus puestos para zarpar, porque esperan más sonrisas, nuevas miradas de amor en otros mil puertos, y es su destino la mar.
Yo quisiera ser un Espronceda de ese velero, y cantar en una décima o en un soneto la gracia impar de su navegación maravillosa ante mis sorprendidos ojos. Un Espronceda sin piratas, sintiendo la caricia del viento, oyendo el gonflar de las velas, a todo trapo, escuchando el crujir de las drizas cazadas en las cornamusas, resistiendo al viento del norte que empuja el trapo entero. Y alguna voz de mando, que ordena cosas arcanas para los profanos, porque, dice el viejo adagio: vivir no es necesario; navegar sí. Y no es una petulancia, que desprecie a nada ni a nadie. Mientras se navega, no hay ocio: todo es necesario. Nada sobra.
Y se ocultó detrás de la Isla Grossa, y se cruzó con la Hormiga Mayor, que parecía dos barcos de vuelta encontrada. Y, al fin, el faro de Cabo de Palos, se lo tragó. Sólo quedó, ya, en la retina de mi memoria. Y allí habrá de seguir, mientras respire mi alma, sueñe mi imaginación y recuerde el sentimiento. Vale.
 
Las canciones de mi vida (I). Il vecchio frac, de Modugno

La canción, de escenificarse, podría comenzar por el lento flotar en el Tíber, de una chistera, una capa de frac, una gardenia semihundida, y un bastón de cristal, arropado por la negra tela de gala. Acaso también una pajarita de seda azul, con su laza suelta... La luz, muy dudosa, es la del amanecer. Se trata de un comienzo argumental por su fin, cuando el desenlace de la triste historia ha ocurrido ya.

La feliz melancolía del noctámbulo romano, desdichado en amores, elegante, tierno con los gatos aventureros de la noche y solitario, amigo de las farolas y la luna llena, que deambula por las calles iluminadas, pasando de la tiniebla de la alta noche a la ceniza de la alborada, siempre me conmovió.
Aún lo hace hoy.
Ayudada fue la historia, ciertamente, por una melodía que comienza por un silbido con eco, como advirtiendo de la soledad del silbador, en la noche urbana. Un silbido errante, sin melodía concertada. Un silbido que se vuelve sentido estribillo, en lalaleo resuelto. Un laral-laláa… que, al alejarse, nos indica el paseo último, sin meta, del pobre suicida de amor, que va a arrojarse al Tíber.
Yo digo que es el Tíber, y que es Roma. No sé vosotros.
Modugno nos sugiere la francofonía del protagonista. Bonne nuit, bonne nuit… se despide de todas la cosas, urbanitas, como él, que seguirán en este mundo. Él no. Él, con su sentido de exigir lo máximo a la vida, no puede seguir un momento más, sin aquel attimo d'amore che mai piu ritornerà; último verso antes del postrero laral-laláaa…, que se clava en el corazón del recuerdo de quien lo escucha. Para no salir jamás de él.

La narración de Modugno, entre la descripción del dandy enamorado, enamorado y despechado, va de lo trivial a lo sublime. Nada se nos anticipa acerca de la última decisión del protagonista, hasta que nos son señalados aquellos elementos que, reseñados al principio, flotan sobre las aguas lentas, pero inexorables y turbias, del Tíber.
Adieu, adieu… Addio al mondo, se nos despide, mitad en francés, mitad en italiano, nuestro hombre. El españolísimo adiós, trivial y cotidiano, no traduce la trascendencia de la alusión divina en la palabra. Decir Adieu o Addio, es definitivo. Finamente, elegantemente, Domenico Modugno, nos hace ver que hay personajes de tan fuerte y a la vez tierno carácter, que en nada valoran la vida, sin el amor deseado.

Hasta la descripción final, el poema, la letra de la canción, es un canto a la elegancia de espíritu, y también a la elegancia formal. Un caballero, un gentleman, un gentiluomo, acaso de la belle epoque, deambula por calles solitarias, trasunto de su propia soledad interior. Y nos transmite una agridulce sensación de rara felicidad inquietante. También un gran respeto por esa manera de ser que presta su atención a las cosas pequeñas y a la propia imagen, sin ceder nada a ninguna autosatisfacción de superficialidad.

Domenico Modugno era, ciertamente, aquel Uomo in frac. Vale.
(Escúchala en:
http://www.danieltubau.com/ladiscotecamortal.html )

 
Plegaria por los libros


Bendito sea el libro
que me hace salir
un poco
del pozo
de mi ignorancia.

Y bendito sea también el libro
que me hace saber
cuán más hondo
todavía era
el mismo pozo
de mi ignorancia,
antes de sentir
el puro gozo
de leerlo
con mis ojos.

Bendito sean
los libros todos
que aún me quedan
por leer
en este año
y en muchos otros.

Amen y así sea,
le ruego al dios
de las buenas letras,
al diablo rojo
de la poesía sin alma,
y al ángel mustio
de este poema ripioso.

2-07-07