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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Las canciones de mi vida (10): Pa todo el año

En realidad, no sé si esta ranchera o bolero se llama así. Pero es de las pocas canciones que me sé entera. La aprendí en Santander, donde pasé buena parte de mi educación sentimental. Era yo estudiante en aquella ciudad. Vivía en un piso, donde, entre otros habitaba un sevillano muy tópico él, andaluz militante y ejerciente. Entre sus deberes de sevillano de tronío estaba el ser muy sentimental. A otro del piso, llamado el Conde de Burgos, un perla que debió de tardar veintidós años en hacer la carrera, le regalaron un disco LP. Él, el Conde, decía que era de los Indios Gilipollas, que era como aludía a los Indios Tabajaras, los intérpretes. Entre las canciones estaba, naturalmente, ésta. Nos la aprendimos todos. Formaba parte de no sé qué argumento biográfico del sevillano, muy enamorador y galán.
El caso es que, cuando algún sábado que otro nos íbamos de farra al down town santanderino, y volvíamos a horas non sanctas, nocturnas y frígidas, pues invierno era, el sevillano éste nos hacía cantar a coro la canción. La cosa tenía su rito. Había que gestualizar todo lo que se cantaba. Particularmente había que simular eso de otra copa y muchas más. Pero lo que más me gustaba a mí era lo que se hacía cuando la letra dice eso de Paaara… de hoy en adelante… ya el amor no me interesa… La liturgia obligaba a pararse un instante, y al compás de lo de hoy en adelante, echar la pierna hacia delante, muy decididos y amargados. También era muy bueno el momento en que, callábamosdos todos, pues había un intermedio instrumental, en el que una voz sudamericana decía:
-¡Ohú… se sufre, pero se aprende!
El encargado de decir aquello en lugar de los Indios Gilipollas era el sevillano, naturalmente, que ponía todo el patetismo posible, con el mayor acento andaluz imaginable. La cosa acababa con lo de Voy a morirme de amor. Había que hacerse el crucificado, y bajar la cabeza en el momento cumbre, cual imaginan todos cuantos esta prosa lean. Era el instante sublime, ya digo: el que daba sentido a todo. Enseguida, prorrumpíamos en aplausos. Era el final del rito.
Así, se andaba el largo trecho, desde el Paseo de Pereda hasta el Sardinero, pasando por Puerto Chico, La Magdalena y Piquío. Buen camino. Más frío y humedad, imposible.
Por tu amor, que tanto quiero y tanto extraño / que me sirvan otra copa y muchas más, / que me sirvan de una vez pa todo el año, / que me quiero seriamente emborrachar. / Si te dicen que me vieron muy borracho / orgullosamente diles que es por ti, / porque yo tendré el valor de no negarlo. / Les diré que por tu amor me estoy matando, / y diré que por tus besos me perdí. / Para de hoy en adelante, ya el amor no me interesa, / cantaré pa todo el mundo, mi dolor y mi tristeza. / Y aunque yo no lo quisiera / voy a morirme de amor. Vale.
 
Unas patatas, algunas manzanitas y un ratoncillo (cosas de Berlín)

A veces, en los viajes, surgen cosas que, como alternativas a los elementos de importancia que motivaron la marcha, resultan apenas nada. Un cuadro de mérito y fama en un Museo célebre, una perspectiva ciudadana o campestre única, un palacio, un templo, un paisaje hermoso… son las piezas maestras de toda cacería viajera. Son los reclamos previos que nos promete el viaje. No hubiéramos partido de nuestra casa para iniciarlo, de no ser por ellas.
Pero como el agua a través de las rendijas de las manos, se nos cuelan en todo viaje ciertos hechos que nos colman en lo humano y que sobresalen en otro plano muy distinto del que hubiéramos pensado como receptor de lo más importante del periplo viajero.
En nuestro viaje a Berlín, en Agosto de 2007, hubo tres sucesos de éstos que categorizar pretendo con esta prosa. Son, como anticipa el título, unas patatas, algunas manzanitas y un simpático ratoncillo.
Las patatas son las que dejan las buenas gentes en la tumba del Rey de Prusia Federico el Grande, en el jardín viñedo, debidamente balconado en terrazas, de su hermoso y barroco palacio privado de Sanssouci. Son unas patatas que alternan, asimétrica y descuidadamente, naturales, con algunas flores, asimismo dispersas, arrojadas desde la pequeña baranda de protección que separa la tumba del espacio público. Además de la lápida que recuerda al buen rey, amigo de Voltaire, hay otras tres lápidas: las de sus canes de caza, con quienes pidió ser enterrado, deseo que no se cumplió sino al cabo de más de dos siglos, en fecha muy reciente.
¿Y por qué unas patatas? La patata, el producto americano más útil para el viejo mundo, fue introducido en Prusia por Federico el Grande. Tuvo que vencer la ignorancia supersticiosa del campesinado alemán para ello. Los labradores se negaban a cultivar algo que crecía bajo tierra. El rey prusiano ordenó su cultivo y vigiló militarmente el cumplimiento de su orden. Al cabo de escasos meses todos vieron la utilidad de la regia decisión. Muchas hambrunas dejaron de serlo por este producto al que los españoles, sus descubridores en el Nuevo Mundo llamaron “Para el Papa”, frase que se apocopo en patata. En Canarias, al llamarlas papas, más cerca están del primer nombre que tuvo en la península. Las patatas en la tumba del constructor de Sanssouci representan el agradecimiento del pueblo, no sólo alemán o prusiano, pienso que del europeo también. Un buen tributo para un rey ilustrado, aunque guerrero.
Respecto de las manzanitas, contemos el sucedido. Habiamos comido, luego de regresar de Sanssouci, en la Kufurstendamstrasse, eje del antiguo Berlín libre. Echamos mal el cálculo, y pensamos que en media hora estaríamos en el Kulturforum, para ver la Gemaldegallerie, pinacoteca principal de Berlín. Al llegar al borde del Tiergarten, el pulmón verde de Berlín, cansados verdaderamente, entramos en el mítico bosque berlinés. Apenas unos metros dentro, divisamos un par de bancos de madera. Un mendigo en bicicleta lo abandonaba en aquel momento. Nos sentamos, y descansamos no poco. Al rato de estar allí, divisé, como verdes perlas de tamaño de huevos de gallina, unas cuantas manzanas, colgantes de uno de los muchos árboles que constituían la tupida pared vegetal que ante nosotros se levantaba. Luego de pensarlo un rato, me decidí. Llegué hasta el pie del manzano, y alargando mi brazo, cogí un par. Sentí cómo el ramaje se alabeaba hacia mí, y luego se soltaba, saliendo impetuoso hacia arriba. Repetí la operación alguna vez que otra, y recogí, luego de tener que saltar la última vez hacia la rama con fruta más cercana, unas seis o siete prunas. Eran verdes y muy pequeñas. Volví a los bancos y las repartí entre las chicas del grupo. Mordí yo una, y engullí su dura pulpa. Muy ácida y jugosa, como era esperable. Su tacto, empero, era agradabilísimo, de lisura pulida y suave.
Dicen que el inmenso Tiergarten quedó desolado tras la guerra. Los berlineses tomaban leña para pasar los crudos inviernos de posguerra. Cuando se habó de recuperarlo, de toda Alemania vinieron con árboles diversos para ser plantados en el corazón verde de Berlín. Yo me pregunto: ¿de qué parte alemana traerían el manzano, o el anterior a éste, del que cogí yo el bíblico fruto?
Y el ratoncito. Hemos hablado de patatas y manzanas. Ahora se trata de un animal. Sucedió así. Estábamos descansando de patear la ciudad en los bancos del boulevard central de la Joachimstallerstrasse, deudora, por decirlo en término fluviales, de la famosa Kufurstendamstrasse, justo en la confluencia de ambas avenidas se halla la torre no reconstruida de la Iglesia del Kaiser Guillermo, único monumento que quedó en el Berlín libre. Los bancos se hallaban exactamente delante del monumento que se erigió en conmemoración del 750 aniversario de la fundación de la ciudad, acontecimiento que precedió un par de años a la reunificación no sólo de los dos Berlines, sino de las dos Alemanias también. Dicho monumento consiste en dos retorcidos semieslabones de cadena, estriados, muy tortuosos, que, en vez de enlazarse, aparecen partidos en sus altos. Por en medio del arco irregular que forman se ve, al fondo, la doble construcción del torreón semiderruido del Kaiser Guillermo acompañada del modernísimo campanario, de hexagonal sección, que se construyó como uniendo lo viejo y lo nuevo, en resultona amalgama. El arco es de alto como veinte metros, y los semieslabones tienen más de un metro de ancho, son estriados y muy brillantes, casi blancos. La atracción que la perspectiva ejerce en los turistas para hacerse fotos es muy grande. Tuvimos que actuar de fotógrafos de parejas y grupos que querían las tres cosas: ellos, la cadena rota y la iglesia de fondo.
Entonces surgió el ratoncito. Debajo del banco de listones de madera enfrente del que yo me hallaba, surgió el hociquillo de un pequeño ratón. En medio de algunos de los minúsculos adoquines que pavimentaban el boulevard, apartados en azaroso desorden, apareció, ya digo, como oteando el horizonte o comprobando la hora de luz, un par de veces. Sin duda, una familia de roedores había hecho allí su hábitat. Apenas duró un instante, luego otro, y después ya nada. Sólo el recuerdo de uno de esos momentos que anuncié al principio. Leve factura, felicísimo recuerdo. Unas patatas, algunas manzanitas y un ratoncito. Alemanes, berlineses todos ellos. Vale.

 
Monólogo de Nefertiti


(Berlín. Altes Museum. 9 de Agosto, 2007)

De todos los humanos rostros que por enfrente de mí, frente a esta urna, han pasado, admirándome, extrañándose de mi modernidad, incluso mostrando indiferencia, apenas podría recordar ninguno, aunque poderes de vida tuviera para ello. Sólo me interesan los de quienes meditan sobre el Pasmo del Arte, mientras me contemplan. Miles de años estuve enterrada, mi único ojo tapado fue por la tierra y por el olvido de la Historia y del tiempo. Por eso sobrevivió esta talla mía. Ninguna fotografía va a saber desentrañar el misterio que el escultor que me talló acertó a poner en mi rostro, y que nunca más logró repetir en adelante. Acaso, eso sí, logren trasladar mi imagen, en partes, a otras latitudes lejanas, lo cual, no poco empeño resulta.
Dicen algunos que mi expresión justo es la de quien acaba de sonreír. Otros, al contrario, que a punto estoy de hacerlo. Mis delicados labios, equidistantes de la elegante finura y la sensual morbidez, delatan mesura y consenso entre el hieratismo y la incitación. El secreto de mi sonrisa estriba en que es interior. No estoy en trance de sonreír, ni he terminado sonrisa alguna. Estoy sonriendo, pero ya os digo, interiormente. Sonríe mi conocimiento, lo que yo soy integralmente, sin necesidad del sarcasmo o la ironía, formas menores de la inteligencia pura.
Asumo el tiempo de vida que tuvo mi modelo, pero yo no soy mi modelo. Acaso sea ése el único eslabón a vuestro alcance de la cadena misterios que me da el ser. Otro se halla en la belleza de mi gentil cuello. Las aves del Nilo comparten el mismo aliento de elegancia discreta que da esbeltez a mi figura, y placer a vuestros ojos. Pero no os equivoquéis, vosotros a quienes preocupan los abismos del Arte que se asoman a mi faz. La elegancia no agota lo que soy. Tampoco mis labios, tan admirados por todos mis comentadores. Fijaos en la levísima y alongada hondura que enmarca los carmesíes límites. Una a cada lado. Os están diciendo, más allá o más acá de la sonrisa, que erráis. No soy yo la analizada. Sois vosotros mismos. Mi semblante os invita a la búsqueda de elementos en sus rasgos que os den la clave maravillosa de mi secreto. Pero el secreto verdadero sois quienes me contempláis. Meditar sobre las Obras de Arte es avanzar en el conocimiento del propio ser. No hay otro mejor. Reconocéis la Belleza de la que venimos todos. Del Uno absoluto. Mi esposo, Akenatón, así lo intuyó y lo dejó proclamado. No hace el hombre la Belleza. La recuerda.
Yo, Nefertiti, la Reina de Egipto, no soy sino recuerdo de la Belleza. Acaso mejor que muchos otros, mas sin pasar de ser recuerdo. Ahora bien, claro quede, orgullosa estoy de no haberme alejado mucho de la tal Belleza, por causa de mi esfuerzo y dedicación. Belleza cuya custodia, como recuerdo me fue dada. ¿Llamáis a eso coquetería? Erraríais una vez más. Reclamo como mérito propio mío, mi sensualidad, refrenada, y mi elegancia, con no poco esmero conseguida. Y me place que lo reconozcáis. Haber dado con valores de Estética que milenios permanecen, no es alcance del que avergonzarse.
Por todo ello, entended, apenas sois nada en la mentida memoria mía, la mayoría de vosotros. No lo entendáis como ofensa o desprecio. Admirar sin meditar, oficio de la mayoría que por aquí pasa, es tarea vana. Procurad pensar cuando ante las Obras de Arte estéis qué hace este palacio, ese cuadro, aquella escultura… por recordar la Belleza de la que fuimos desterrados, y andaréis mejor el camino que lleva a vosotros mismos.
Mi sonrisa, que tanto admiráis, os espera en ese lugar sin espacio que es la inteligencia que aúna materia y espíritu. No es la mirada inexpresiva, canónicamente ideal, serena, de los olímpicos, de los pretendidos seres superiores griegos. Es la inteligente sensualidad que os quiere espectadores cómplices. Mi autor sólo fue un médium, no el Hacedor de mi naturaleza de Obra de Arte Maestra.
 
Cielo de playa con flamencos


Del Sur de Cabo de Palos
siete flamencos venían.
Cuellos largos y alas rosas,
elegantes se veían.
Hacia el Norte se pasaban
por llegar a las salinas.
Por encima se alejaron
uno a uno, haciendo fila.
Domingo era, aún de Julio
y yo, mirando hacia arriba,
en las playas del Estacio,
pensaba, con gran envidia:
quién como ellos, quién pudiera…
volar buscando la vida.
Dejar pasos en la Tierra,
que solo a la Tierra arriban.
Y alcanzar cielos y nubes,
o cumbres de nieves frías.

Mas, pasó aquel rato luego,
y otros que después venían,
y, tras reírme por dentro,
borré en la memoria mía
de volar aquel anhelo.
Pensé que mejor sería
recordar a los flamencos,
-siete, y de uno en uno, en fila,
elegantes y estirados,
alas rosas, patas finas-
como lo que al cabo eran:
una acuarela bonita
en el centro de un verano
en que, mirando hacia arriba,
de verlos pasar volando
tuve la suerte infinita.

Nada más, nada más que eso.
Como una fotografía
que no se puede guardar
pero que nunca se olvida.
Una estampa grata y bella,
enmarcada en luz muy viva.
Siempre me acompañará,
por siempre habrá de ser mía,
sin metáfora ninguna:
sola su belleza digna,
la cadencia de sus alas,
la distinción de su línea,
su donaire tan gracioso
su pura esbeltez precisa.

Nada más. Nada más que eso,
habrá en la memoria mía.
 
Las canciones de mi vida (5). Ansiedad, de Nat King Cole


La canción, lo confieso, era muy anterior a mi etapa de consumidor de pop, y como coleccionador de canciones en edad de educación sentimental. Pero, me cautivó. Me pareció de una sencillez insuperable, directa, y con una música muy fácil, pero buena acompañante de la letra. Muy buena. Conseguí aprenderme la letra, y siempre que los colegas, sobre todo montados en coche, en los días de vino y de rosas, daban en cantar, solía yo comenzar a entonarla, y lograba a menudo mis propósitos de imponerla al coro. La dulce anglosajonidad negra de su voz resultaba exactamente adecuada para el conjunto de la canción, así como esas cinco notas de algún instrumento de cuerda, en agudo, que se intercalaban entre las partes de la canción.
Siempre me fascinó cómo con una palabra de origen abstracto, ansiedad, se lograba expresar ese perfecto sentimiento de la ausencia del ser amado. Yo quería para mí esa inmediatez expresiva, sin retóricas. A pesar de las perlas que caen al mar, que no eran sino las lágrimas de la amada. La palabra, más bien de diván de psiquiatra, encajaba muy bien en el tópico de bolero de amor ausente. Y tenía ritmo. Es decir, no era una balada. Era movida. Había muchos contrastes en ella. Por eso fascinaba.
Escuchar Ansiedad en otra voz, sobre todo si era femenina, era un espanto. Es una queja masculina, por antonomasia. Porque la voz de Nat King Cole, además de anglosajona, era, ya digo, una voz negra, lo que le añadía cierta épica trágica y ancestral al asunto. Y sin olvidar los acertados arreglos. Luego supe que el cantante no sabía español, y memorizaba la fonética. Un detalle curioso y pintoresco, nada más.
Supongo que la canción, para los bailadores, tendría algún nombre propio de mujer. No para mí, que nunca bailé. Me interesaron las canciones como fin, no como medio. Aunque, en el fondo, he de confesarlo, sentía un poco de vergüenza ajena de mí mismo. Al fin y al cabo, era una canción sudamericana, pero no de las comprometidas, y serias, sino de las del show bussines del pop preindustrial, anterior a la modernidad. Pero venció prejuicios. Bravo por ella.
De Nat King Cole también son una inolvidable Adelita y una insuperable Yo vendo unos ojos negros; además de otras. La lengua española le debe un homenaje. Ahí va la letra:

Ansiedad de tenerte en mis brazos,
musitando palabras de amor.
Ansiedad de tener tus encantos,
y en la boca volverte a besar.
(BIS...)

Tal vez estén llorando mis pensamientos,
mis lágrimas son perlas que caen al mar,
y el eco adormecido de este lamento,
hace que esté presente en mi soñar.

Quizás esté llorando al recordarte,
estreche mi retrato con frenesí,
y hasta tu oido llegue la melodía salvaje
y el eco de la pena de estar sin tí.

Ansiedad de tenerte en mis brazos
musitando palabras de amor.
Ansiedad de tener tus encantos
y en la boca volverte a besar


Vale.