Silva gongorina de la lluvia en la Catedral de Murcia

Fotografía bajada de la web de La Verdad, el 14 de Septiembre de 2007
El agua quiere ser como la piedra:
Arte de Catedral solemne y gótico
o ascendente y helicoidal, barroco.
Y conquista para ello
la mentida quietud
de la instantánea fotográfica
que casi engaña al ojo
Advierte la pupila
cual acuoso tirabuzón, gran chorro
suspendido en el aire,
luego de resbalar, como un arroyo
encauzado entre bárbaras
gárgolas, que cual fieros grifos roncos
entre las oblongas canaletas
hasta tierra lo llevan,
muertamente acabando como lodo.
Pero la imagen, en tanto que mágica,
su camino detiene,
y a dejarse engañar invita al ojo.
Y así, vemos al agua como piedra,
de arquitrabe barroco,
tal como salomónicas columnas
de celeste cristal,
que ingrávido y caótico,
en la memoria nuestra para siempre
descubrieran insólito acomodo.
24 de Septiembre de 2007
Lorca y Hernández

Dentro de poco, cuatro meses, se cumplirán setenta y cinco años de que Federico García Lorca y Miguel Hernández se conocieran en la ciudad de Murcia, en la Calle de la Merced, en la casa que había, hasta hace muy poco, justo enfrente de la librería Expo-Libro, que rige mi buen amigo Alfonso, sabio de ediciones y anaqueles, una librería más de las del barrio librero murciano, donde es monarca Diego Marín. Bien, pues para celebrarlo, y sacar a Murcia del sopor mediático en que se encuentra, he presentado al Ayuntamiento, un proyectito, cuya resolución, espero, nos haga recordar a todos a estos dos poetas, los mejores, sin duda, de todo el siglo XX. Será, Dios mediante, a principios de Enero, en medio de las Navidades.
El caso es que, de pronto, caigo en que al morir, de tuberculosis en la prisión de Ocaña Miguel Hernández, le quedaron los ojos abiertos, y nadie pudo cerrárselos, ni en la cárcel manchega, ni el hospital, ni en el cementerio. Unos ojos saltones, que, según está escrito, molestaban algo a Federico. Ambos poetas no congeniaron ni mucho ni poco. Lorca era un señorito, liberal, de izquierdas si se quiere. Miguel no era señorito. En los ambientes madrileños se le huía por su exceso de rusticidad, que él, histriónicamente, exageraba a veces, haciendo cosas como subirse a los árboles, y así. Por otra parte, en aquel primer encuentro, Miguel se autodeclaró como Primer Poeta de España, cosa que sentó muy mal, pero que muy mal, al verdadero Primer Poeta de España, al ya laureado Federico García Lorca.
Bien, pues resulta, que invitado por el poeta Fulgencio Martínez para colaborar en su Revista de Letras Ágora, monográfica sobre el poeta oriolano, vuelvo a leer el último capítulo de la excelente biografía, la mejor, sin duda, de José Luís Ferris sobre Miguel Hernández, y retomo el asunto de los ojos del poeta, de cuya tonalidad, hermosamente verdes o así, discutieron algunas tratadistas de la poesía del cabrero de Orihuela. Y se me viene entonces a la cabeza la versión musical de un poemilla de Lorca, correspondiente al Cante Jondo, que dice así:
Muerto se quedó en la calle / con un puñal en el pecho. / No lo conocía nadie. / ¡Cómo temblaba el farol! / Madre. / ¡Cómo temblaba el farolito de la calle! / Era madrugada. / Nadie pudo asomarse /a sus ojos abiertos / al duro aire. / Que muerto se quedó en la calle / que con un puñal en el pecho / y que no lo conocía nadie.
Las condiciones premonitorias respecto de su propia muerte de Federico son ya un tópico. Ahora, un par de detalles de este poemilla, publicado en 1921, se proyectan trágicamente sobre su antagonista poético, Miguel Hernández. El de Orihuela murió a las cinco y media de la madrugada. Y nadie pudo cerrar sus ojos. Yo, cada vez que, desde ahora, canturreo la letrilla de Federico, veo el rostro de Miguel, dibujado por Buero Vallejo, con sus grandes ojos fijos en el infinito. Vale.
Insomnio de libros

Quienes padecemos de insomnio crónico nos vemos sentados, solos, muchas veces en el sofá del salón, a oscuras, a altas horas de la noche. Nos rodeamos de esa semitiniebla nocturna, procurada por las luces de la calle y el apagado interior, tan sólo desmentido por algunas luces testigo, rojas y breves. La pantalla del televisor, negra, invisible, se mimetiza con la extendida penumbra El tic-tac de algún reloj de esfera horada la noche, señalando el silencio, como la gota que cae descubre el océano, con sus ondas circulares.
Tengo, no sé si cinco mil o siete mil libros. Las cuentas no coinciden nunca que elaboro el algoritmo modular para cuantificarlos. Sociológicamente, son muchos. Pero pocos, si lo comparamos con los que, acaso, debiera tener para haber escrito tan sólo uno de los libros míos. Todo es relativo. Ni me jacto por ello, ni me apocopo, compungido.
Mis libros son mi historia. Ahí están, frente a mí. Escucho la queja de aquellos que no leí. Amargo son de reproche escapa de sus lomos, como palabras del bocadillo de un cómic imposible, pero certero. Otros, en cambio, juzgan peor su suerte de abandonados en plena lectura. Y proclaman su condición de repudiados, como peor que la de ignorados. Ay de los tales, pienso, mientras descodifico sus voces de silencio resonando en el desolado hueco cerebral de mi insomnio. Hay otros, aristócratas ellos, que alardean de haber constituido motivo de vivencia impar en mis horas y mis días. Y dicen a todos de su lomo arqueado, prueba de haber sido leídos por completo. Y se regodean en recordar, cómplices de mis neuronas, frases, conceptos, azares…
Y mientras, la noche avanza. Y algún ruido de la calle asalta fugaz esta asamblea de los libros, a la que asisto como acusado. Aunque ni siquiera sé si es un juicio. Algunos de ellos callan, para no culparme de haberlos leído mal, o con prejuicio. Y guardan su secreto de letra y papel, arcano para mí, quién sabe si para siempre. Hay libros, conmigo, en mi librería, que ya no volveré a abrir. Cómo saber cuáles son. Los hay que tiene la voz grave, proveniente de gruesas páginas de brillo e imagen, en formato amplio que brazos requieren para ser abiertos. Otros, tienen argentada voz, y son los de poesía, que piden manos, dedos para emanar el cordial aroma de sus páginas. Y hay vetustos volúmenes, de páginas cuyos bordes amarillean, con amenaza de seguir hoja para abajo…También mueren los libros. Y vuelven al polvo.
Los libros que me regalaron hablan de dueños anteriores, con más o menos prosapia. También hay libros que robé, que hacen extraño guiño de voz que sólo yo entiendo. Y hay voces de libros olvidados, perdidos, que nunca volví a encontrar, y que lloran su extravío, solitarios.
A todos los llamo mis libros, pero son ellos, en realidad, quienes me poseen Yo soy el que soy de ellos; no ellos de mí. Vale.
Las canciones de m i vida: Salve Regina

Las canciones son canciones siempre. Laicas, civiles, militares, religiosas o de excursión. En una vida hay de todo. No existe la obligación de circunscribir la música que nos ha tocado el corazón a lo lúdico y a lo frívolo. Porque, en efecto, uno de los cantares que más me hecho vibrar el alma, el corazón o lo que sea, ha sido el Salve Regina. Así, con artículo en masculino. Así quedó en mi corazón, y así lo transcribo. Cuando hay liturgia mariana, siempre se termina con el Salve Regina. La última vez que lo canté fue en la Catedral de Murcia, al acabar la Misa de Romería. Septiembre de 2007. Sobre el escabel de entrada a la Capilla del Cristo del Milagro, tras el Coro, en el Lado de la Epístola. Como siempre, me emocioné. Yo soy poco religioso, y nada litúrgico, pero quedó en mí la costumbre de esta hermosa canción. No sé cuándo la aprendí de memoria. Yo la pensaba obra de Santo Tomás de Aquino, pero no. En el siglo XI, ya se conocía. Lo que sí se sabe es que San Bernardo de Claraval compuso el melisma final con rima en ía, que tan majestuosamente termina la composición.
Cuando la canto me siento polaco en la Catedral de Cracovia, siciliano en Monreale de Palermo, y peregrino en Compostela. Europeo en fin, y advierto en mí unas raíces nobles, nada excluyentes, que me dan sentido. Además, por tanto, de una emoción religiosa, de la que me siento orgulloso, hay algo más. Leo por ahí que diversas naciones se disputan el honor de haber sido la cuna de tan sentida canción. Lo cual no me extraña. Mil años para unas notas piadosas, que son mucho más que unas notas piadosas, son un goloso galardón. Sea de donde sea, la Salve Regina es una hermosura europea, y un monumento estético, que debería ser puesto junto a las grandes obras del arte todo del viejo continente. Es el canto a una madre para que interceda ante el airado padre, una situación universal, y su melodía es un prodigio de sencillez y eficacia, absolutamente coherente con la letra. Mostrar indiferencia por militancia laica es delito de lesa estética. Por el mismo motivo debería desecharse la Pietá de Miguel Angel o la Última Cena de Da Vinci. Y es una obra de arte viva. Nadie le reza al Cristo de Velázquez, pero cuando suena en las voces del pueblo, en Austria, en Irlanda o en París, suena viva, mostrando una fe que pervive hace más de mil años, cuando aún se entendía la letra por entero.
SALVE REGINA: Salve, Regina, Mater misericordiae: / Vita, dulcedo, et spes nostra, salve. / Ad te clamamus, éxsules, filli Evae. / Ad te suspiramus, gementes / et flentes in hac lacrimarum valle. / Eia ergo Advocata nostra, / illos tuos misericordes oculos ad nos converte. / Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, / nobis post hoc exsílium ostende.
O Clemens: O pía: O dulcis Virgo María.
Vale.
La catedral del Mar, en Barcelona

Nunca había ido a ver la Catedral de Santa María del Mar, en Barcelona. Mis visitas a la ciudad, fugaces y de tránsito, no lo habían permitido. Ahora, ha sido posible ese encuentro, del que estoy encantado. De la mano de un profesor de Catalán, encontrado de casualidad, una de esas ocasiones que el destino disfraza de casualidad, anduvimos el corto trecho que separa las Ramblas de las dos catedrales barcelonesas. Me impresionó la sencilla nave, una sola, y el, ábdside diáfano, y las columnas, de alta espiritualidad. Y todo pensado tan sólo para el pueblo llano, que la construyó, según hemos aprendido muchos españoles por la novela de Ildefonso Falcones. No hay coro para canónigos, ni cátedra para obispo. Las capillas son abiertas, y no hay espacio para la privacidad curial, siempre privilegiada. Por eso, le dije a quien nos la enseñaba:
- Miquel Angel, esta es la primera Catedral que veo que incorpora la democracia.
Para quien ha leído la novela de Falcones, La Catedral del Mar, está claro el apelativo. Gentes de la costa levantaron, con sangre y sudor, esfuerzo, incomprensión y ánimo impar el templo a la Intercesora, Madre de todos los cristianos.
Sin conceder casi nada a la Retórica, en homenaje a las anónimas manos que la construyeron, de manera sencilla y directa, en rima pobre popular, compuse este poema para verbalizar la emoción que ambas, Catedral y novela, provocaron en mi espíritu:
LA CATEDRAL DEL MAR, BARCELONA
A Ildefonso Falcones
Alto columnario
de gótica traza,
que el pueblo llano
alzó junto al mar,
brazo a brazo,
piedra a piedra,
año tras año,
generación a generación
en aquella Barcelona
de gremios y de barcos,
de guerras y abusos feudales,
de epidemias y de estragos…
HOY, que he venido a verte,
el homenaje de mi emoción
te rindo admirado.
Y al mundo entero proclamo
que templo alguno
puede mostrar tan preclaro
su origen popular, verdadero,
hueco de abades y prelados;
antes repleto todo él,
de hombres y mujeres del común,
uno por uno, todos ellos honrados.
6-9 de septiembre de 2007