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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Don Quijote no fue andaluz


Vaya por delante que la presente comunicación no asume cientificidad alguna. Os presento una conjetura, una ocurrencia vana, una observación acaso ociosa, pero de la que espero obtener por algunos minutos vuestra atención. Apenas se recurre a las citas de autoridad, y para nada se debaten fechas, datos de intertextualidad, ni documento alguno que no sea extraído del propio Quijote.
Si os habéis fijado en el título, parece que estamos ante una perogrullada. Ya sabemos que Don Quijote fue manchego, no andaluz. Por eso se llama “de la Mancha”, y no “de Andalucía”. Pero, y adelanto mi tesis, si es posible la palabra con el preámbulo ya consumado, jamás un personaje como Don Quijote pudo ser andaluz. Y lo digo pensando en la época. ¿Estoy diciendo que el andaluz es incapaz de “Quijotismo”, de comportamiento idealista. No. Naturalmente que no. No digo eso.
Partamos de la mente cervantina al crear a Don Quijote. Lo llama “Ingenioso Hidalgo”. La palabra ingenioso no debe ser tomada, dicen los expertos, tal y como la entendemos hoy; esto es aplicable a alguien capaz de repentización, ya sea verbal o actuativa, en cualquier situación humana, que obtiene el beneplácito de los circunstantes. Precisamente, ésa, entre otras, es una fuerte característica del andaluz de hoy y aun presumo que de ayer. Por ingenioso, en la época, se entiende “raro”, de carácter singular, acaso al borde de la patología. La palabra, y no descubro nada con ello, viene de la obra de Huarte de San Juan “Examen de Ingenios”, especie de prontuario pre-psicológico de la época. Sin embargo, muchas de las obras de teatro de la misma época, o acaso un poco más tardía, se anunciaban como debida a “Un Ingenio de esta Corte”. En este caso, la palabra se nos presenta como connotada. No así la acepción debida a Huarte. Parece que Cervantes adopta esta última.
Compartimos la teoría de que El Quijote es, en principio, una Novela Ejemplar. Lo es, en tipología y extensión, hasta el fin de la primera salida. Se trata de “ejemplificar” el caso de una patología conocida: la locura debida a la literatura. Pero, Cervantes descubre que no está ante un caso “ejemplar” más, como en La Gitanilla, que puede resolver con los recursos novelísticos que domina. No. Don Quijote le “habla” a Cervantes, y le pide más y más prosa. Comienza la novela moderna, como proceso de descubrimiento, por parte del propio novelista, de su propio personaje y de su circunstancia. Ha detectado un “ejemplo de ingenio”, y ha procedido a incorporarlo a su serie de novelas ejemplares.
¿Pero dónde ha detectado a este hidalgo trasnochado, crepuscular, que le ha sugerido la novela? Cervantes viajó más por el sur que por el norte de España. La atracción del Mediterráneo, debido a sus viajes, cautiverios y hazañas, fue mucha en su vida. Conoció Andalucía, como recaudador de impuestos, y Murcia, y Barcelona. Pero sólo encontró al hidalgo en La Mancha. Don Quijote es el retrato de una soledad. Allá en su aldea de olvidado nombre, Alonso Quijano se encuentra solo. Nadie lo acompaña en sus lecturas, en las que gasta no poco de su hacienda. Acaso su bisabuelo, del que heredara la oxidada armadura, guerreara en la conquista de Granada. Pero él, no. Seguramente tampoco su padre o su abuelo. Don Quijote es el último vástago de una estirpe agotada. Su soledad es no sólo personal, que también lo es, es una soledad histórica. Imaginemos que ya agotó la caza como divertimento, o lo alejó de ella la lectura. ¿Qué más da? No hay guerras a las que acudir. No tiene afán viajero, ni deseo de conocer mundo. Vive en un mundo cerrado, aunque vasto: La Mancha. Un mundo con apariencia de infinito: la llanura inacabable que de ordinario unimos a su imagen. En cierto modo es hermano del hidalgo de Toledo, del Lazarillo. Gentes sin nada que hacer. Descendientes de unos linajes a los que los Reyes Católicos despojaron de todo poder, convirtiéndolos en cortesanos, si eran pertenecientes a la nobleza alta o medio alta. Para la nobleza baja, ¿qué quedaba? La respuesta es nada. Una nada disfrazada de patética soberbia, o una nada andrajosa, metáfora del tedio y del sinsentido.
Quiero imaginar que La Mancha fue para Cervantes trasunto del tiempo detenido, de la inanición, de la Historia dormida. Y creo que, por contraste y observación, Andalucía, Extremadura, el Reino de Murcia, la costa levantina toda, era lo contrario. Quiero creer que desde Despeñaperros para abajo, todo era ebullición: o bien camino de Sevilla para pasar a las Américas, o bien de Cartagena para pasar a Italia, como fue su caso. Málaga era arribada de cautivos como él mismo cuenta en el Quijote. Murcia, buena para acabar en feliz anagnórisis el periplo manchego de la gitanilla. Barcelona, la Antimancha, con la derrota del Caballero de la Triste Figura. Todo tierra de movimiento, de búsqueda de nuevo horizontes. Pero La Mancha, no.
Don Quijote es un ser crepuscular, habitante del ocaso histórico, que busca no un nuevo amanecer, sino un viejo amanecer; el de la Edad de Oro, donde no había –recordemos- ni tuyo, ni mío. Los que van a hacer las Américas, y que inundan Sevilla entera y los caminos andaluces que conducen a ella, van precisamente a buscar lo suyo: encomiendas, minas de oro, lances y amoríos, hazañas en Italia. Es una España dinámica, frente a la España aquietada que es La Mancha. Ni siquiera Extremadura participa de esta característica: ahí están los innumerables extremeños que descubren y conquistan media América. Extremadura vive en clave andaluza, o comparte la misma clave, que viene a ser lo mismo. Sólo en La Mancha hay hidalgos ociosos, descolgados por la Historia, inadaptados a los tiempos, como Alonso Quijano. Don Quijote no podía ser periférico, en aquella España.
Se da una circunstancia curiosa. Entre los conquistadores y descubridores hay también muchos lectores de novelas de caballerías. Por eso bautizan a las nuevas tierras, además de con los nombres de su tierra de procedencia –Cartagena de Indias, Trujillo, Guadalajara…- con nombres extraídos de las tales novelas de caballerías: Patagonia, California…y en el siglo anterior, Lanzarote en las Islas Canarias. Su comportamiento es exactamente opuesto en cierto modo al de Don Quijote. Ellos adaptan, convencionalmente, la realidad a sus fantasías. Don Quijote quiere precisamente todo lo contrario: que su fantasía sea reconocida por la realidad. Los que bautizan a las nuevas tierras con topónimos extraídos del Amadíses o los Esplandianes, lo hacen con un deje de añoranza, sabiendo que la realidad es otra. Don Quijote, no. Don Quijote busca en su propia tierra la fantasía. Es como una protesta ante esos que buscan la aventura más allá del océano, los inquietos. Renacimiento significa, en parte, viaje, cosmopolitismo, abrir España. Es el primer paso, ciertamente, de la globalización. Don Quijote no quiere abrir España, quiere seguir manteniéndola cerrada, en esa Edad Media de caballeros andantes que le da naturaleza.
Por eso, si adjudicamos ese desasosiego antropológico al ser profundo de lo andaluz, la quietud antropológica, contrapunto de aquélla y esencia de Don Quijote, sería, fue, manchega. O más exactamente, mesetaria, centroibérica. Vale.
No