Ahora, Ljubljana

Lo primero, no se vayan a morder la lengua intentando pronunciar con fonética española lo transcrito tras el adverbio de tiempo. Se lee Liubliana; así de fácil. Es la capital de Eslovenia, antigua nación la mayor parte de la Historia escondida en otros ámbitos geopolíticos. He ido allí a honrar a Cervantes y a su Quijote. Los eslovenos son acogedores y han sabido bien saltar a la universalidad desde su auténtica naturaleza de origen, que no era, ni el Imperio Austro-Húngaro de antaño, ni la Yugoslavia de hace poco. Ahora son europeos, y su tierra tiene la dimensión humana de lo recoleto y que se halla al alcance de la mano.
Un grupo de hispanistas, reunidos por la memoria del genio de Alcalá, dimos cuenta allí de nuestras lecturas, totales o parciales, de la prosa quijotestca. Pero, no se preocupen, que no les voy a dar aquí la tabarra mía al respecto. Quiero hablarles de lo poco, y encantador, que me dio tiempo a ver en aquella ciudad. Lo primero que agradecerán todos cuantos murcianos me lean es darles cuenta de la nevada que nos cogió el viernes por la tarde, y que no paró hasta casi un día después. Un metro largo de nieve por las aceras. Para un sureño como yo, mediterráneo y solar, todo un espectáculo contemplar el lento baile, difuso y descendente de los copos. Eché de menos que un espectáculo tan hermoso, tan bello, no fuera acompañado de grande estruendo. Lo era, por supuesto, de silencio. No sirve saber que la nieve no golpea, se posa. Hay cosas que el cerebro no comprende si no se acompaña de la correspondiente sensorialidad. De esa manera, a la belleza de suceso, se añadía el misterio.
En Ljubljana tienen el raro mérito de haber dado el mejor sitio de la ciudad a la estatua de un poeta: France Preseren, el Bécquer de allí, o el Heine… el poeta romántico en todo caso, el que dio a la lengua eslovena la credencial de servidora de la belleza literaria, y a los eslovenos, la sensación de poseer una patria propia, como su misma poesía, enraizada en la cultura europea. Escribió sonetos, y conocía, entre otras, la Literatura Española. En la plaza donde se alza su estatua, y en una de las calles que allí abocan, los eslovenos han colocado, en falsa ventana esculpida en el muro de una noble mansión, el relieve de Julia, según me dijeron, su amor imposible. Él y ella son así, eternos protagonistas de una historia de amor hermosa. El poeta, con toda la gloria del bronce que le da imperecedera fama, alzado en noble pedestal, nada puede hacer por descender e ir a cortejar a la dama de sus sueños. Ella, eternamente también asomada a la plaza, desde su pétrea naturaleza, nunca podrá ver cómo el galán acude bajo el alfeizar a requebrarla.
Pero, pienso yo, cada vez que alguien cuenta de nuevo la historia, en esa misma plaza a algún recién llegado, algo en ellos se estremece y revive, porque contar una historia, desde que algún hombre primitivo lo hiciera por primera vez, es recobrar la verdad de lo que pasó. Ése es el milagro de la Literatura. En Ljubljana, capital de Eslovenia, sucede en el mismo centro de la ciudad. Vayan a verlo. No importa que esté lejos. En el habla popular eslovena se dice la frase spanska vas, que quiere decir, lejano como lo español, para ellos casi sinónimo de exótico. Ojalá que después de leer esto, sientan un algo más cerca este país que digo: Eslovenia. Vale.
Comentario:
La memoria a menudo nos traiciona y miente sobre los hechos que vivimos y experimentamos (embelleciéndolos); esta vez, no... Todo fue tal como lo recordamos, agradable, suave y blanco (como la nieve que vimos caer)Y además vimos a don Quijote y nos habló del aspecto verbal, y de toros, y del paso del tiempo (mientras la nieve redondeaba los perfiles de los tejados y de las aceras)Y todo sucedió en Ljubljana... Un abrazo.





