Música de Órgano en una Catedral vacía y oscura

Tengo ante mí, invisibles, oscilando como fantasmas del recuerdo de una sensación reciente, unos cuantos elementos que he ordenar, o desordenar, en esta prosa diaria del Recado de Escribir. Una es la oscuridad física, que dilata la pupila, condenada a delimitar perfiles y aquilatar sombras. Otra es la grandiosidad de una Catedral vacía: la de San Serenín de Tolosa de Francia, estrecha y larga nave de cañón románico de medio punto. La tercera es el frío aquitano del Otoño, húmedo y pirenaico, que parece emanar de las viejas pilastras desnudas. La cuarta y última es la sonoridad grandiosa del Órgano de Saint Sernin, que se adueña de las naves primero, y de las almas después, cuando desciende de la cuasi militar formación de los metálicos tubos hasta la nave catedralicia.
El quinto elemento soy yo mismo. Mi espíritu acaso, rodeado en esa oscuridad, querida por el azar, en ese enclave de fe medieval, en pleno Camino de Santiago. Soy, junto con un reducido grupo de privilegiados, oyente espectador de esa envolvente cascada de notas plenas y rotundas, en los medios de la Catedral, ubicación donde se nos ha dicho más perfecta es la audición. Medito, mientras escucho, lamentando no tener mayor formación musical para apreciar el privativo concierto, que la música de órgano no rompe el silencio. Lo ordena según cánones trascendentes que a los humanos escapan, y que apenas pueden hacer otros instrumentos. Tan sólo antes, cuando la fe abarcaba al todo Occidente, dados eran a conocer a algunos fieles.
No era el Órgano la Voz de Dios, pero sí era su sustituto en la Tierra. Ya no eran tiempos medievales, ciertamente, cuando la tecnología del Órgano evolucionó lo suficiente como para mostrar la plenitud de hoy. Pero podemos pensar que un Johan Sebastián Bach lo pensó así o un Buxehude. Leí cierta vez que el joven Bach anduvo –a pie, claro- más cien kilómetros para escuchar a este organista, y aprender. Es posible que únicamente siendo simple de alma, como he apreciado que son organeros y organistas, puedas apreciar toda la grandeza de una partitura de Órgano. La espectacularidad aparente de sus frases musicales no es sino el envoltorio del regalo magnífico que es sentir el contenido de dicha música en el espíritu. Y no comporta ello que el Órgano se encuentre restringido al contenido religioso, ni mucho menos.
La luz exterior del mundo moderno se filtraba por las alturas de las vidrieras catedralicias, poniendo una ligera pátina de semipenumbra en la nave, mas no lograba romper la magia del evento. La música de Cesar Frank, repitiéndose cada vez más enriquecida en acompañamiento e intensidad, abrazaba una por una las esbeltas pilastras y la perfecta bóveda románica hasta llegar, allá a lo lejos, al Altar Mayor, donde eran recogidas por el ábside, y de donde algunas volvían, sacralizadas, cabalgando en el eco, hasta su mismo origen. El frío y la oscuridad revestían de realismo la ocasión, como inesperados cómplices de la memoria personal de los oyentes. Lo interpretó Michel Bouvoir. Sucedió uno de los últimos día del Otoño de un año de principios del siglo XXI. Vale.
Comentario:
Un día a señalar, sin duda, con piedra blanca, para evocar otras piedras :las de la catedral resonante de música solemne de órgano. Un espacio para la calma, la reflexión, el goce estético o la piedad acendrada. En cualquier caso, una experiencia impagable para el espíritu.





