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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Un cuadro de Rembrandt


No sólo los quijotes viven de cuatricentenerios; también Rembrandt. Holanda va a ser una fiesta con el recuerdo del pintor. Me sumerjo en Internet por el Océano Rembrandt, y descubro que todos celebran el cuadro en el que el pintor retrató a su madre leyendo la Biblia. Algunos dudan que fuera su madre, pues también sus discípulos retrataron a la misma mujer. Da igual. El cuadro es todo un monumento a la libertad de pensamiento, configurada en la libre interpretación de las Sagradas Escrituras. La anciana, de espaldas, a la luz, para que ilumine el grueso y amplio códice, se halla envuelta en un manto rojo, algo fucsia, que se complementa con una casulla que hace juego. No es una mujer anciana, aunque sí mayor. Se la ve bien alimentada, a pesar de estar envuelta por completo en su vestimenta. Es todo un retrato de la burguesía europea reformista de su tiempo. En primer lugar, hay riqueza material en la confección del vestido. Hay cultura; a pesar de ser fémina, y mayor, sabe leer. Por ese tiempo, al pie de firma de algún noble español, se leía: "Es Noble", justificando así la ausencia de rúbrica. Tal hecho no se en entendía como disculpa, sino como ornato. Un noble, ni escribe, ni lee, ni trabaja. Pero nuestra dama sí lee.
Lo de la luz por la espalda, también es muy significativo. En los territorios de la Contrarreforma, el Sur de Europa, la luz en los cuadros de santos viene de frente, para iluminar al individuo. Es la forma del éxtasis como acceso a lo divino. En la Europa de la Reforma, la luz viene de atrás, justo para iluminar lo que se lee; la Palabra, que ha de entrar por los ojos, para llegar a la Razón. En cierto modo, el Luteranismo supuso el empleo de la cabeza para asumir el hecho religioso. El Catolicismo insistía en el corazón. La interpretación de la Palabra era confiada a los Doctores de la Iglesia.
Hoy, la fusión de los contrarios ha ganado Europa. No obstante, podríase argumentar que los fundamentos del Protestantismo van ganando terreno, dentro y fuera de las almas. La Religión va quedando como algo particular, y la Religión espectáculo, exaltación de la Liturgia, pierde horizontes, aunque pervive.
Pero nos vamos de la plástica del cuadro. Su impronta es puramente barroca. La dama se abalanza sobre el códice, sus páginas onduladas dan una idea visual de blandura. Hay un escorzo corporal sólo entendible en tal estética del Seiscientos. La textura del manto sugiere sedosidades cercanas al lujo, lejos de la austeridad española. Y la difusa diafanidad de la luz, a pesar de su direccionalidad, inunda todo el cuadro. Lejos de la concepción tenebrista del Barroco español
 
Comentario:
En la anteantepenúltima línea de mi comentario anterior debe decir: "sentido trascendente de los oros bizantinos y los dorados medievales". Ya dije que iba muy rápido. La prisa devora preposiciones y aumenta comentarios.
 
Comentario:
No puedes imaginarte, amigo Santiago, cómo lamento en estos momentos tener mi atención centrada en tantos quehaceres, unos esenciales y otros circunstanciales, que me impiden dirigirla hacia otros centros de interés. Y te digo esto porque algunos de los últimos escritos salidos de tu pluma o teclado me hubiera gustado comentarlos, glosarlos y, en última instancia, enmarcarlos con el afecto de quien reconoce las bondades de tu ejercicio literario. Con todo, Rembrandt, la iluminación, la Reforma y la Contrarreforma representan temas atractivos y de alto quilataje que me provocan y estimulan más allá de mis compromisos inmediatos. Así que, sacando tiempo del exiguo tiempo, me lanzo a estas líneas con un cierto apresuramiento, sirva de disculpa la conciencia de mi excusa, y ratifico en su totalidad la textura de fondo que sirve de base a tu elegante exposición. No puedo evitar un recuerdo a la casa de Rembrandt en Amsterdam, hoy convertida en un agradable, interesante y, al mismo tiempo, discreto museo que, de alguna forma, refleja el aparente y caótico batiburrillo de intereses objetuales. Rembrandt es coleccionista, un coleccionista desordenado de trajes, armaduras, cascos, cimitarras, alfanjes, lanzas, alabardas, dagas, escudos, rodelas, espuelas, aves, tortugas, arpas, sombreros, mosquetes, pistolas, tambores, llaves, joyas, porcelanas, cachivaches y fruslerías diversas, que representan un muestreo alucinante del mundo físico y de los intereses objetuales del artista y de las gentes de su tiempo. En su estudio, frente a uno de los canales de la ciudad, en un entorno espacioso, el pintor puede disfrutar de una iluminación generosa a través de las amplias vidrieras que compensan la grisura de las tierras bajas. Y, aunque sólo vive allí entre 1639 y 1658, y tiene que abandonar su vivienda y sus enseres para ser subastados a consecuencia de una anunciada e ingrata bancarrota, son éstos unos años especialmente significativos en su producción pictórica. Ya muy superadas las enseñanzas de Jacob Isaacszonn van Swanenburgh, que en su juventud le otorgan el dominio indiscutible de la técnica, son las influencias de su maestro Lastman las que le llevan a una recreación de la antigüedad bíblica y al interés por la magia y la sugerencia emanadas de los contrastes entre la juventud y la vejez. Con iluminaciones laterales y luces de efecto, Rembrandt pretende el camino a una verdad más profunda, acomete la ruta de una poética del claroscuro muy distinta a la de Caravaggio y a la de los barrocos españoles. La irradiación mística de Rembrandt surge de dentro y se expande con oblicua creatividad a la búsqueda de la mística cristiana antigua. La sinceridad del cisma se sustituye por la autenticidad prerreformista, tan bien reflejada por autores anteriores como Van der Weyden o Memling. La Rembrandthuis de Breestraat, que tanta alegría y tanto dolor proporcionó al artista, podemos verla hoy como un símbolo de la transitoriedad de la vida, de la vanidad trivial, de la gratuidad creativa, de la tristeza del abandono, de la ingratitud de los paisanos, de la diferencialidad, de la distinción y de la concentración luminosa en un ambiente en el que, a pesar de los cambios políticos, todavía primaban las tinieblas, el oscurantismo y ignorancia. El cuadro de la dama leyendo se complementa con la obra del joven leyendo, quizá su hijo Titus, que concentra la luz en las manos portadoras del libro y en el rostro. Ambas obras vuelcan la luz en la palabra impresa, esa palabra del libro que pone luz en el alma, iluminando sin condiciones a la razón. Rembrandt redescubre el sentido trascendente los oros bizantinos y los dorados medievales, emboscándolos de forma personal en una sutil iluminación emanada de lo más profundo, irradiada de esos centros de interés que testimonian la armónica conjunción entre la mística más arcana y una razón original e incipiente.

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