logotipo

img_google
"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Deconstrucción de Alatriste (1y 2)

I
Me llaman para participar en una mesa redonda sobre el personaje de Pérez Reverte, en Mayo, y me cojo las vacaciones de Navidad para revisar a este héroe cansado aurosecular, miembro notorio del Tercio Viejo de Cartagena. Deconstrucción es un voquible filosófico, ya asimilado por cierto nivel de cultura popular. Es lo que hay entre la construcción y la destrucción. Es una construcción imperfecta, que da un resultado muy concordante con el auge de lo fragmentario, propio del presente cambio de siglo. El creador de la voz es el francés Derrida.
Alatriste se llama Diego Alatriste y Tenorio, y es por el mismo nombre por donde podemos empezar a deconstruir. Diego, según la etimología más solvente es la evolución laica de Yago. La variante piadosa triunfó: Santiago, y así, Diego es como si al Apóstol le hubieran quitado el santo, la parte celestial. Y fuera condenado a sempiterna condición humana. Hiperbolizando, podemos decir que a este Diego le han birlado la santidad. Es un nombre de plenas reminiscencias áureas: El Lindo Don Diego, Diego Velázquez… El único reino posible para Alatriste es de este mundo, no hay para él sitio en ningún más allá feliz e inefable. Tampoco hay infierno pues ya lo vive en su presente. Un infierno más interior que exterior, aun siendo éste ya de por sí bien sufrido.
Su apellido, que le da denominación, es Alatriste. La ambivalencia de la palabra ya lo dice todo. Ala y alegría comparten paronomasia. El Capitán de Reverte tiene alas de espíritu, para poder volar, pero esa terminación lo impide. Triste no viene de tristeza, que es potencia romántica. Alatriste no es un romántico. Viene de tristura o de tristedad, que es, éste último, palabro de mi invención. Tristeza es virtualidad sentimental, tristura o tristedad lo son de alma o de mente. Las alas tristes de Don Diego velan porque el personaje no se duerma en ningún laurel, y se reconozca antes en el infortunio que en las gayas ocasiones. Hay un designio muy español en el fatalismo interiorizado del personaje. Posibilidad de triunfo, sí; pero machacada por algo que es superior al fatum clásico o al destino romántico.
Reverte ha buceado en el fango oscuro de la Leyenda Negra, que urdieron los enemigos de España, que fueron, ay, los mismos que inventaron la imprenta. Y en su buceo constante, a través de libros y libros, ha encontrado la albísima perla del muy posible Capitán Alatriste, que basa su fidelidad en la huida de la duda. Tu rey es tu rey, le dice a su ayudante y biógrafo Iñigo Balboa. Todo, alrededor de esa máxima es duda y desconcierto. Pero tal frase no es certeza, sino simple ausencia de duda. Y a ella se somete.
Del apellido Tenorio, ya hablaremos. Vale.

II
Un tenorio, en la versión que ha quedado en el acervo popular, es alguien mujeriego y valentón. Distingamos valentón de valiente. El valentón necesita de público ante el que actuar. No hay valentones en silencio. Se nutren de la expectación. La valentía es otra cosa. Don Juan Tenorio empieza a ser valiente delante de las estatuas de los que mató. Se halla solo en el cementerio, y no tiene contempladores de sus osadías. Es un primer atisbo de conducta ética, antes de su salvación. Alatriste es valiente. No lleva a cabo sus hechos de armas para asombrar a nadie. Recordemos en El Oro del Rey, cuando se quema el brazo, en lugar de torturar a su interrogado, para ilustrarle lo que haría si el silencio del inquirido persistiera. Eso es valentía.
Don Juan Tenorio, o Don Miguel de Mañara, había sido tío abuelo de Alatriste, según cuenta en Limpieza de Sangre. Es lo único que le viene del apellido Tenorio. La valentía, hermana de su desprecio al valentonismo.
Así, pues, tenemos que Alatriste, por su nombre es alguien doblemente descielado, sin el santo de su patronímico y sin ese vuelo por el cielo corto del paisaje, que le es obviado por esa tristedad que el ensombrece el visage. Su “tenoridad” se encuentra asimismo menoscabada. Sólo entiende el amor de pareja, bien con La Lebrijana, bien con la holandesa del Molino de Heyden, y, en todo caso no hace del coito un objetivo vital.
Es un personaje, pues, cercenado, carencial, desde su propia apellidación.
Un elemento omnipresente en todas las novela es la sangre. Demasiada para algún lector benévolo. En la reconstrucción de este capitán, que tampoco es capitán, como no es santo, como no es ave voladora su espíritu, entra destacadamente la sangere, la propia y la de los demás. Aparte de ser una constante en la vida de entonces, todo el mundo portaba espada, es algo necesario. La materia de Alatriste no es el barro del Génesis: agua y tierra. Es sangre y tierra. La sangre de los enemigos, la sangre de Iñigo Balboa, la de sí mismo y la de sus compañeros de Flandes, venida de todas partes de las Españas, en voluntad colectivista del autor, que siente como suya esa patria de Alatriste, decadente y con el esplendor de la miseria en el alma. Hay sangre en Madrid, en Breda y en Sevilla; en las bocas del Guadalquivir y en las ciénagas del Escalda. En las ejecuciones sobre los rudos proscenios enmaderados de la Inquisición del Madrid de Felipe IV. Es toda ella, metáfora de un tiempo despiadado. La sangre era la moneda con que pagaba el pueblo, en toda Europa, el impuesto de su incultura y su atraso, ante el fanatismo egoísta de los poderosos. Es un débito del autor al verismo de la época. No sobra en estas novelas sangre; falta sangre, y sobra humor, en los cronistas de la época, en los literarios y en los oficiales. Pero ellos, tan encima de su mismo tiempo de vida, lo tomaban como elemento de paisaje. El perspectivismo de lo habitual les cegaba para apreciarlo. Pérez Reverte, a casi 400 años, es lógico que sí advierta su importancia. Vale. (Seguirá).
No