LaCabeza del Genio

No han logrado discernir, a pesar de todo su golpe de ADN y eso, si la cabeza de Mozart es la cabeza de Mozart o la de algún compañero de tumba, de aquel día lluvioso, en que Salieri y no sé quien más se quedaron en el porche de la iglesia, creo que de San Esteban, en Viena, dejando lo de acompañar al fúnebre carro hasta el cementerio para otra reencarnación. Únicamente un perrillo, más piadoso que los humanos, trotó alegremente cabe las embarradas ruedas, acaso al compás de los ultrasonidos que del cerebro del genio salían, y que sólo él escuchaba. Milos Forman lo contó muy bien.
El ataúd, de falso fondo, dejó caer al abismo de la fosa común, el ensabanado cuerpo del joven, y fue, enseguida, un habitante más de aquel lugar definitivo. Luego, algún amante de los grandes significantes vacíos, sustrajo la testa del músico. Imagino que hubo asamblea de finados sobre qué cabeza deberían brindar al profanador. Y quién sabe, si resultó ganadora la del propio Mozart, y, oh suerte sublime, simula ser la de otro, que a su vez, quiere pasar por la del propio Mozart. Los tirabuzones sonoros de sus melodías alambicaban todavía más la frase musical, alcanzado la gloria en forma de partitura.
Ahora el compositor y sus compañeros de fosa ríen en común, como si espectadores fuesen de una opera bufa de aquella Viena del tiempo. Nosotros somos los malos cantores de ese espectáculo, que creemos tener algo si la cabeza del genio tenemos. Hubo un tiempo de falsa ciencia, en que se creyó en aquella fisiognómica determinante. Somos tan medievales aún, que veríamos de distinta manera la amojamada testa que por alguna parte alguien guarda.
Ciertamente, llovía en aquella jornada vienesa. Y llovía fuerte. Por eso los deudos no caminaron detrás del carro. Jubilosos, imagino al resto de enterrados de misericordia, al recibir los restos del músico. Uno más de ellos fue. No tuvo panteón, no tuvo epitafio, no tuvo esculturas de mármol, ni grandes cruces. Tuvo sólo tres palas de cal mojada, con desgana profesional administradas por los funcionarios municipales, sin duda mal pagados por el municipio vienés. Y eso fue todo. El resto no es silencio; es clamor de oberturas y fulgor de sinfonías, que habrán de seguir sonando por los siglos.
Mozart ya no está en su cabeza. Como en los labios fríos del amante ya no está el amante, sólo están sus labios. Qué misterio es la vida, y qué misterio es el genio. Y qué misterio la Historia, que teje y desteje libérrima, administrando destinos y consignando azares. Del misterio salió Mozart, y al misterio volvió, al cabo de casi 25 años. Qué difícil es creer que no queda nada de misterio en su cabeza. Vale.
Comentario:
Me congratulo de que te hayas acordado de mi músico favorito en su no sé cuanto aniversario. Me parece oportuno que hayas destacado las circunstancias tristísimas de su entierro en una fosa común, sólo y olvidado, pues Mozart, además de un músico genial, es también un ejemplo de la ingratitud de los hombres.





