logotipo

img_google
"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
El secreto de las mujeres, 3

En una película cuyo nombre acaso nunca supe, hay una escena que, calculo, los cinéfilos juzgarán antológica. Están Billy Cristal y Meg Ryan en una Cafetería, sentados, y, supongo que viniendo a cuento, la chica va y empieza a simular un orgasmo, así, sentada a la mesa, en medio de la gente. ¿La han visto? En televisión la suelen poner mucho. Casi al terminar, una otoñal, vecina de mesa, se dirige a la camarera, y le dice:
-Por favor, tráigame lo mismo que a esa joven.
Al varón no le es dado simular al completo tal suceso.
Yo conocí en Santander, durante la época de mi educación sentimental, a un cacereño que contaba de un coterráneo suyo que, en carpetovetónico concurso, había logrado repetir hasta once veces la hazaña. El mito de las veces es parejo al de la longitud. Dos medidas del pensamiento débil aplicado al sexo. Y tampoco es que tales magnitudes, frecuencia y extensión, sean ajenas al busilis. Ocurre que no lo son todo. Dicen los de las sex-shops que se venden más los de tamaño extra. Por algo será.
En otra película, española ésta, recuerdo asimismo, otra escena en la que una prosti de luxe, o así, lee una novela por encima de los hombros del cliente, estando acostada claro, mientras inflinge el aire con los estudiados gemidos que han de servir para convencer al usuario de sus servicios de que sus hombría la colma. Y es que en el proceso de homologación europea del macho ibérico, la ametralladora cacereña fue sustituida por la impronta de dispensador infalible de orgasmos. Quizá en la siguiente etapa, el varón acabe aceptando su verdadero papel en el asunto. Los que sobrevivan a la caída, claro.
¿Existirá mujer que nunca haya fingido en el trance? ¿Por qué no puede ser, en algunas ocasiones, positivo tal fingimiento? ¿Es siempre un acto de hipocresía? Y, mirado desde la perspectiva varonil: ¿Debe el hombre dar recibo de su fracaso en caso de no alcanzar el cúlmen su pareja? Si no hay responsabilidad en el logro, ¿por qué va a haberla en el fiasco?
El caso es que la mujer no posee el derecho a ser creída sin sombra de duda. Toda expresión inarticulada de la fémina en los momentos álgidos no tiene sino la credibilidad que el varón, graciosamente, le dé. En cambio, el hombre... ahí está. Fluye, y presenta siempre prueba material de su acaecimiento. En cierto modo, el secreto de la mujer es también una condena, si se mira así. Desde otro punto de vista, el fingimiento viene a ser el arma más poderosa de la mujer. A buen seguro que imperios completos han caído por un orgasmo fingido. Se me ocurre que la bíblica Judith algo así hizo con Holofernes, por ejemplo.
-¿Y eso era todo, jefe? O sea que el secreto de la mujer es lo que únicamente ella sabe, ¿no? Pues vaya perogrullada.
Perogrullada, tautología, redundancia... En realidad, todo aserto lo es. El deber de un artículo no es superar la perogrullada, sino llegar al final del folio. Con este tema hemos llegado tres veces.
-¿No decía usted que lo de la frecuencia era cacereño?
En casa del herrero... Vale.
No