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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
La Mulata, de Velázquez



He andado por Sevilla, en estos nevados amenes de Enero, y he contemplado el cuadro de Velázquez, La Mulata, versión del Chicago Art Institute, dentro de la Exposición “De Herrera a Velázquez”, comisariada por el cartagenero Francisco Pérez Sánchez.
Qué hermosura, un bodegón, una lección de antirracismo, y un alegato teológico, con Santa Teresa de fondo intelectual: Dios en los pucheros. Me recordó la lectura que Ramón Gaya hacía de la serie de los pobres bufones de Corte. Habla el Maestro murciano de una luz ética, que embalsama de dignidad a los retratados. Creo que Velázquez inicia con este cuadro esa idea. Los mulatos, discapacitados de dignidad fueron hasta el XIX. Y todo ello, envuelto en el manto del gran arte. El poema salió solo. Helo aquí.


LA MULATA
(Diego Velázquez 1617-23 )
Chicago Art Institute

Poema de Santiago Delgado
Sevilla, 26 de Enero de 2006


Es una señera indagación de los valores de luz en la pintura llevada a cabo por un Velázquez que no contaba aún veinte años.

Juan Bosco Díaz Urmeneta

Porque la luz de Velázquez no es, como suele ser la de otros muchos pintores, una luz... pictórica, es decir, ocupada en modelar, en resaltar las formas, las bellas formas del mundo; no es una luz estética, sino ética...

Ramón Gaya







A mis compañeros de viaje

Quiero imaginar
que tuviste larga vida,
en aquel siglo para mí lejano
y que fuera de Oro
ciertamente para otros,
que no para ti,
mujer mulata de Sevilla.

Sí, quiero pensar, ¿por qué no?
que hubiste de morir anciana;
si no respetada, acaso gozante
de una cierta displicente tolerancia
que te permitió vivir
en aquel mundo puro,
en el que condena era la mixtura,
y ciencia la ignorancia.

Y quiero imaginar también
un momento fugaz de tu vida,
perdido en la selva
de tus labores y tus días,
cuando servías en aquel figón,
recuerdas, perdido de Sevilla.

Despreocupada, ordenabas
en la cocina los cacharros,
luego de algún acostumbrado ágape
por los criados blancos servido.

Uno de los comensales,
un hombre joven,
acertó a pasar por delante
de la puerta de tu obrador.
Se detuvo, y te miró
apenas un instante. El mínimo
necesario para no perder el paso
que lo llevaba, sin duda,
al excusado, al otro lado del patio.

Lo miraste tú también,
sin darte cuenta, y bajaste
súbito los ojos, arrepentida
de haber mantenido la mirada
a un hidalgo castellano,
no importa si joven o viejo.

Nunca más volviste a verlo.
y fuera mejor así, pues no acaecía
insólito el venéreo capricho
que, al verte, los sevillanos
tomaban, entendiendo inútil
tu pobre voluntad de esclava.

En la retina del joven quedaron
la línea grácil de tus hombros,
y el rubor sumiso de tu gesto.
El brillo de la loza,
y el reflejo del bronce.
La noble rugosidad del esparto,
y la luz puramente blanca
del tocado que ornaba
como una corona de sencillez,
tu espléndida cabeza.

Has de saber, mujer mulata
de aquella Sevilla de entonces,
que la mirada de aquel joven,
pervivir te hizo más allá de tu muerte,
la cual ahora, cerca ya
del final de estos versos,
más tardía te deseo que antes,
cuando a escribir empezara
este pobre poema
que de tu memoria habla.

La pena de tu raza,
la digna compostura de tu porte,
y ese misterio que es el gran arte…
en el mágico encantamiento eterno
de este cuadro para siempre quedaron,
celebrando, acaso, de feliz manera,
ética y estéticamente a la par,
la hermosura de la Creación Divina
en el ser humano encarnada,
único y distinto ser humano
en su misma realidad plural.


FIN

No