Aquellos terraos…

Cuando dejé de ser niño, ya con los planes de desarrollo y la tele única en blanco y negro, di en descreer de los terraos. Y, ya para siempre a ras de suelo, abandoné el sueño de ser hermano de las nubes. Mientras fui chiquillo de pantalón corto gustaba de subir al terrao de mi casa, grande como un campo de fútbol y limitado hacia la calle por una baranda de hierro oxidado, amojonada con pilares en escuadrado remate acabados. Yo veía el mundo desde mi terrao. A mi izquierda, el Oriente o Reino de la Luz; a mi diestra el Occidente o Reino del Ocaso. La Glorieta de España y el Malecón. Enfrente la sierra que impide al río discurrir hacia el Mar Menor. Más cerca, hacia el mismo mediodía, el río Segura, Guadalaviad para los mursíes, Theodoros para los helenos. Yo nací, respetadme, en el centro de un triángulo mágico: la Catedral, el hotel de los toreros y los baños árabes de Murcia.
Había que coger la llave, aquellas llaves de antaño, de ojal y largo tubo, finiquitadas en los irregulares dientes férreos. Pronto alcancé con mi mano la alcayata donde pendía aquel pasaporte al paraíso. Permitido paraíso tras la Primera Comunión. Fácil era convencer a algún hermano para subir a ver los pavos del corral, propiedad del vecino, y disfrutar de la panorámica antedescrita. Y era el repasar los bártulos desechados, arrinconados por la obsolescencia o el deterioro: una radio vieja, con ecos de parte de guerra, un montón de periódicos, acaso tras la Victoria escondidos, y con noticias libertarias o sindicales, antiguas llaves eléctricas, de las de grifo y cazuelilla, y otros etcéteras por el olvido sin piedad devorados.
Otros días, llegaba la aventura prohibida. Abierta era la ventana que daba al tejado inclinado, interior, y comenzaba el azaroso andar por el angulado suelo de las vetustas y alabeadas piezas, negras del musgo podrido surgido al amparo de traidoras lluvias, pronto sucedidas por la sequía, siempre pertinaz entonces. Ya no había la baranda protectora, sólo el cuidado de caminar como funambulista por alambre, no tanto para no perder el equilibrio sobre un plano inclinado, como para evitar zona frágil, propicia al derrumbe, aun ante leve peso de infante. Algunas veces, observados éramos por adultos desde la calle, y nos veíamos señalados, con evidentes muestras de presentido peligro.
Pero la diversión madre no era sino la de jugar al fútbol en tan ancha extensión. Cuántas pelotas se nos fueron a la calle, saltando la baranda. Aún veo botar a alguna, alta y potente, más incapaz de volver a nosotros. Las hicimos de trapo y periódicos, y duraron más, ciertamente, casi tanto como para llegar hasta aquel día en que, ya digo, cambié mi piel de niño. Vale.
Comentario:
Es genial leerte...¿me permites que me pasee de vez en cuando a disfrutar un rato de lo que escribes?
Un beso... y mi enhorabuena
Un beso... y mi enhorabuena





