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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Con M. H. en Rosal de la Frontera


Como todos los vencidos del 39, Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, hubo de acabar buscando frontera para salir. Ninguno entre sus pretendidamente amigos madrileños pudo salvarle: ni una embajada, avión o barco del que salir de aquella España que empezaba aboliendo a la otra España. Nuestro poeta, acabó aquí, en este pueblo onubense, junto a la raya de Portugal. Había llegado desde Sevilla, donde su última esperanza, el poeta Romero Murube, se había difuminado con la llegada del mismísimo Franco, que estuvo a unos pasos de Miguel, en los jardines de los Reales Alcázares.

Con otros compañeros de huida, Miguel eludió atravesar la Calle Mayor del pueblo. En su final se ubicaba la aduana; el Ayuntamiento y la Iglesia, pegados, en su principio. Peligroso pasar por la misma frontera, pensó. El paso clandestino se enmarcaba en cierta rutina acostumbrada. Más allá de la raya, a este lado aún del Guadiana, una caminata hasta Moura. En unos días se agota el dinero sacado entre Orihuela y Madrid, unas doscientas pesetas. Miguel mira su muñeca. Luce en ella aún el reloj que Vicente Aleixandre le regalara por su boda, el único amigo que no se reía de él en su ausencia por causa de su aspecto y modales rústicos. El usurero de Moura desconfía. Avisa a los guardinhas, El Portugal del Estado Novo no quiere españoles anarquistas o revolucionarios; el aspecto de Miguel, moreno, flaco, campesino en suma, y huido, proclama sospecha por todos sus poros. Su muñeca ahora está vacía. Incluso en el frente, había sabido conservar como un tesoro aquel regalo de boda. Pero ya no lo tiene. Consternado, escucha al esbirro salazarista:

-¡Vuelve a España, ladrón!

No cuadra, un pobre campesino buscavidas con ese lujoso reloj en la muñeca. Miguel hace protestas de inocencia, puede escribir a Don Vicente que mande el recibo…; pero es inútil. En Portugal no caben ladrones, y menos, ladrones españoles. Identificado, es devuelto al otro lado de la frontera. El poeta desanda, custodiado, el kilómetro largo de carretera entre los dos puestos. Contempla cómo reciben cinco pesetas sus captores de los guardias civiles, por devolver a un furtivo de la raya. Una vez al otro lado, es reconocido como notorio enemigo del nuevo Régimen. Un guardia de Callosa, Salinas, lo reconoce. La última oportunidad se ha perdido. Su vida carcelaria previa a su infame óbito ha comenzado. Orina sangre de la paliza que le dan en la misma cárcel de Rosal de la Frontera los civiles.

Portugal nos recibió acabando Enero, con los primeros almendros florecidos que yo veía este año. Como un homenaje a su memoria, las aladas almas de nata levantaban sus pálidas rosas al aire azul portugués, libre hoy, casi setenta años después. En la misma Plaza de España, esquinando a la Calle Mayor, fue encerrado Miguel hasta su devolución a Madrid. Hoy es un Centro Cultural. Unos versos suyos sobre la libertad ornan la sencilla fachada, enjalbegada de blanco y fuerte albero. Vale
No