La nieta de Willendorf, en bicicleta

Willendorf es lugar de Austria donde encontraron esta imagen que digo en el título: la Venus de Willendorf. Es una estatuilla que cabe en la mano, y es una de las muchas semejantes, de mujeres desnudas, con grandes pechos, nalgas y muslos, provenientes de hace más de veinte mil años. Se han encontrado por muchas partes. Dicen que representa la fertilidad. Únicamente se destacan en ella los órganos relacionados con el alumbramiento.
Y sucede que vengo de Ceutí, en esta tarde gris de los introitos de Febrero. Me han llevado a ver el Museo del escultor Antonio Campillo. Una hermosura que nadie en esta tierra se debe quedar sin ver. Y contemplo, una vez más, ese icono de Campillo que es la mujer desnuda pedaleando en bicicleta. Se trata de un arquetipo campillano, repetido el exacto número de miles de veces que ha sido necesario, y que sólo las manos del escultor han sabido, y saben, contar. La matrona en bicicleta es a Campillo, como la copa de cristal es a Gaya o las meninas a Velázquez, los yermos a Avellaneda o los ángeles a Molina Sánchez. ¿Entendido?
Y a mí me parece que esa joven matrona que pedalea pausadamente, con una tranquilidad femenina, natural y sosegadamente trivializada, es una nieta lejana de aquella Willendorf que decíamos en el primer párrafo. Cansada de peregrinar, la mujer primigenia, y tras haber pasado de ser trasunto de la fertilidad en la Prehistoria, a depósito de la honra, familiar o nacional, en el Medievo, y luego de sex-simbol a liberada feminista en nuestra época, esa mujer primigenia, digo, se fue a vivir al caletre creador del escultor murciano. Y allí retomó, con algún pulimiento, las formas de su abuela austriaca. Y, acto seguido, se fue a pasear en bicicleta. Son las matronas biciclas de Antonio Campillo. Son mujeres desnudas, de grandes caderas y ancha muslosidad, no muy breves senos, e imagen misma del eterno femenino. Un eterno femenino en ausencia de hombres, a los que no llama con la lubricidad familiar de su cuerpo, acaso el más inocente desnudo que se ha dado en el arte. Son mujeres-verdad, que pedalean no en busca de idealidad masculina alguna que les dé naturaleza. No. Son mujeres que no buscan nada, que transmiten esa idea zen de que nada es importante salvo darse cuenta, precisamente, de que nada es importante.
Las bicicletas son metáfora del tiempo, que también habita en su vientre, con la promesa de la renovación. Ellas vienen a ser una evolución de aquella su abuela de la Edad de Piedra, a la que no ponían rostro. Las Campillo sí tienen rostro, pero en él no necesitan expresar sentir alguno distinto al sosiego en plenitud que emana de su corporeidad toda. Vale
Comentario:
Genial :) Como todo lo que escribes...genial





