La Banda de la Inclusa

Hace casi cincuenta años que debo esta prosa. Hubo un entonces, en aquella Murcia de mediados de siglo. Y hay un ahora, en este mediado Febrero del año seis. Transcurría la Semana Santa, y yo, inusualmente, pues las procesiones pasaban por casa, me hallaba entre las rodillas de algún mayor sentado en la correspondiente silla, esperando que pasase la procesión del día, en pie sobre el adoquinado…
Pero antes, quiero decir la particular magdalena de Proust que ha desatado el tremedal de la memoria: me hallaba yo presentado, al escritor Antonio Crespo, en ámbito académico, cuando el narrador recordó su novela Un Plazo para Vivir. El protagonista, desahuciado por un cáncer, pasea la Murcia nocturna del tiempo de mi ensoñado recuerdo. Y pasa por la Inclusa, en Santa Teresa. Memora a los incluseros, y echa en cara a la sociedad del momento, la existencia de estos niños expósitos, producto de una sociedad injusta y marginadora. Al oír estas palabras del escritor, surgió como un torrente de la roca del desierto del olvido al ser tocada por el bastón de algún Moisés, el recuerdo que digo.
Sucede que, de pronto, unas cornetas anuncian la inminente llegada del cortejo. Ah, la gran ocasión. Seguramente comienza la procesión la banda de los niños de la Inclusa. Yo desconocía la palabra. Pero la rodeaba de un prestigio raro, el conseguido por la admiración y envidia de ver a unos niños, casi como yo, tocar la trompeta y los tambores, rítmicos, marciales, uniformados… Ciertamente que su mal rapado pelo ponía una nota de discordancia, pero el ser centro de atención de todos, cualquier atisbo peyorativo ocultaba.
Me quedé mirando al más pequeño: un corneta de coro. Marcaba el paso, meciéndose solemne y atento al compás del tambor. Oh, sí, admiración y respeto, envidia de no estar con él, allí mismo. Yo podría aprender aquello, ¿por qué no? De pronto, percibí que me miraba. Pero el suceso fue cruel, no grato. En su mirada había rabia, desprecio, casi odio. Yo era un niño con padre y madre, con casa de cama caliente y ropa de cambiar. Me sorprendió y me dolió. Duele sobre todo la ignorancia. La mía sobre qué cosa era la Inclusa, y la suya, que nada sabía de mi amorosa admiración por lo suyo. Bajé la mirada, menos poderosa que la suya, avergonzado de haber pretendido emularle, y no supe qué hizo él. Al levantar la cabeza, ya había pasado. Al día siguiente averigüé, por mi padre, qué cosa significaba Inclusa. Apenas una orientación y lo entendí todo: aquella mirada mía de sana envidia y admiración, ofensiva era para el chico, que me la había devuelto con creces.
Ojalá, lejano amigo, que la vida haya sido después contigo pródiga y grata, y pues no te dio familia, prosperidad y buen destino te haya deparado. Eso te deseo fervientemente. Vale.
Comentario:
El Inclusero, torero grande. Que le pregunten al empresario de Alicante, (Manzanares) No le quiere ni ver, motivo si El inclusero torea y triunfa, en su plaza se le acaba el chollo,en su tierra al empresario-torero.
Comentario:
Aquel torero, que fue y es conocido como El Inclusero,Gregorio Tebar perez,Sigue en activo, y en muy buen estado fisico. Y dispuesto a acabar con todo el escalafon dando lecciones de toreo.
Lorenzo Garza
Lorenzo Garza
Comentario:
Emoción. Esa es la palabra que define y resume todo el sentimiento desbordante de tu buen recado. También yo recuerdo "Un plazo para vivir", también esa palabra tan sugeridora de historias personales sufrientes: Inclusa.
Había, no sé si lo recuerdas, un torero que alcanzó cierta fama con el sobrenombre de "El Inclusero". Me pregunto si será aquel niño o, si no lo fuera, qué clase de toros le habrá tocado lidiar en la vida.
Pero tú este toro lo has lidiado muy bien.
Había, no sé si lo recuerdas, un torero que alcanzó cierta fama con el sobrenombre de "El Inclusero". Me pregunto si será aquel niño o, si no lo fuera, qué clase de toros le habrá tocado lidiar en la vida.
Pero tú este toro lo has lidiado muy bien.
Comentario:
Me alío férreamente a tu deseo de prosperidad y de buen destino para aquel chico inclusero de mirada rabiosa. Y aprovecho tus líneas, amigo Santiago, para decorar tu comentario con una descripción histórica que forma parte de un texto inédito mío. Qué duda cabe que esas sensaciones tuyas y estas sensaciones mías, también recogidas y clasificadas en el patrimonio inmaterial de la tierra y de la tierruca, coinciden emocionalmente en ingenuo asombro, tristeza, dolor y escalofrío. Muy buena es tu captación de la memoria, muy digno tu recuerdo, muy fina la apreciación del momento en aquellos años que vivimos. Porque... «Aquél era un país cetrino y lúgubre; quizás más negro que cetrino y más pobre que lúgubre. En él hacía tiempo que no se ponía el sol, según decían los libros de Edelvives y las Enciclopedias de ídem, pero de tanto lucir se había ido consumiendo, debilitándose su fuerza y perdiéndose el trasvase de pesetas y de calcio que, ante cualquier despiste, dejaba raquíticos a los chicos o rapazuelos de las calles. La leche en polvo americana, el lacteol, el aceite de hígado de bacalao, el agua de carabaña y alguna quina santificada eran bebidas más reconocidas por la infancia que las cocacolas, las fantas o kas. No obstante, los chicos fueron saliendo adelante, con sus panecillos de pan blanco y su onza de chocolate o los alternativos bocadillos de pan, aceite y sal. No cabe duda de que miseria, lo que es miseria, verdaderamente la había. Los perros pulgosos, los tontos desamparados, los locos apedreados, los borrachos de meada esquinera, los mendigos de iglesia, los exhibicionistas de gabardina, las putas malolientes, acreditaban un panorama sarnoso y pestífero, marcado por la ruta de la escupidera, el orinal, la palangana, el barril, la orza y el brasero con picón y monda de naranja seca. Gibraltar, Gibraltar... Montañas nevadas... himnos nacionales para abrir el día y “mes de mayo” devoto... Como cualquier Vía Crucis, cruzaban las calles las filas interminables de niños incluseros, uniformados con sus guardapolvos grises, rapados y descarnados, con los ojos perdidos en las nucas famélicas de sus compañeros. Tristeza, lo que es tristeza, también la había. En fechas no muy lejanas habían muerto muchos seres queridos, por causa de esa nefasta enfermedad que enfrentó pueblos contra pueblos, familias contra familias, hermanos contra hermanos». Todavía hoy siento un latigazo en el alma al recordar el pescozón o el “higo”, con el puño prieto y el dedo corazón en espolón apuntado, que un infame guardián proporcionaba a las cabezas rapadas, con calvas y mataduras, de los niños de la Inclusa, mientras seguían la fila, solitarios, pegados a la pared inacabable de una prisión excesiva y cruel... Pufff... Nunca más.





