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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
El ataque de la lencería ligera (1 y 2)

1
Hay avalancha de lencería desde las paradas de los autobuses. Hermosas y estilizadas señoras lucen palmito y tipazo en carteles technicolor, que decíamos antes, cuando el Imperio hacia Dios Arriba España. Ya no se habla de diferenciar pornografía de erotismo. La vieja diferencia entre malicia y natura ha quedado obsoleta por esta costumbre de la vista, que ha integrado el sexo, como un tópico más de los anunciantes. Oh, la publicidad. Lo mismo hay para el sexo femenino: aguerridos mozos marcando paquete y vientre liso, musculazo, en callado llamamiento a la libido.
Pero ahora son las damas las expuestas. Sus perfectas líneas, perfectas según el modelo postmoderno último, reclaman ya no la atención al producto por vender, sino el cambio de canon de belleza. Una belleza realzada por la lencería objeto de venta. Aunque, bien mirado, no es sino al contrario: el breve tanga y el exiguo sujetador, sostén que decíamos cuando el Imperio, etc., que son los verdaderos objetos bellos mostrados, ven muy realzada su natural belleza por el acompañamiento de esos cuerpos de tortura diaria de la modelos. Al final, son dos los elementos en simbiosis: la nena y sus escasos centímetros de textura quién sabe si sintética o natural o ambas cosas, que ya lo epiceno se enseñorea del proceso fabril de cualquier cosa.
Y ya nadie dice hasta dónde vamos a llegar. Y los inmigrantes de otras culturas hablan de nuestra decadencia, y hacen cuentas de lo que nos queda por decaer, para recibir el patrimonio aún nuestro. Ocurre que no sé si toda la población se halla preparada para este ataque de la Lencería Ligera a las trincheras del ciudadano medio, cuya vista indefensa es ante las balas de tersura de piel y encantos lúbricos de lo anunciado. Vista que naufraga en los tópicos que ha recibido en herencia del Cromagnon, que no son otros que los relacionados con la fertilidad, averigüe usted a qué me refiero. Y nadie, digo, nadie, se fija en los ojos de las modelos, y en lo que de su alma, aun posando, surge de ellos como expresión incontenible de lo personal. Es el jardín cerrado para muchos, frente al parque abierto para todos.
Los ojos de una mujer en pose y actitud convencionalmente libidinosa son la mejor fuente de expresión que existe. Son ojos que se saben no mirados, y aprovechan para escanear hasta el último rincón del alma del hombre que las ve. Pero al varón poco le importa eso, ávido de tacto, se pierde, y olvida los registros nobles de sus sentidos, acuciado por la pasión. La mujer, no. Maneja mucho mejor los resortes de la dominación, que no otra cosa es la seducción, y aprovecha la ocasión para contemplarnos desarmados de prevenciones. Ahí nos duele. Vale.

2
Cantaba yo antes de ayer la donosa fermosura de las damas anunciantes de lencería ligera, que decía yo, en lugar de fina, para rimarla semánticamente con lo de ataque o carga, y hete aquí que, el mismo día, aparecieron no pocos anuncios de estos que digo semitachados por un cartel digno de mejor causa que rezaba que lo que allí se mostraba también era violencia contra las mujeres. En primer lugar, enhorabuena filológica al redactor del cartel, por no poner violencia de género. Las palabras son las que tienen género, no las personas. Las personas tienen sexo. Las palabras no se matan unas a otras, ni se agraden. Lo de género es una cursilería fernandezveguiana abominable.
Pero vamos con el cartel justiciero y malentendidamente feminista. Una modelo, pose como pose, nunca es cómplice de ninguna violencia. El violento no lo es por la incitación que recibe. Decir que esos cuerpos de modelos, sin olvidar al fotógrafo, son inductores de violencia es creer lo mismo de la Venus de Boticelli o de cualquier San Sebastián. O, variando algo, aunque muy poco, el punto de vista es justificar a aquel juez que excusó al violador aduciendo que la víctima portaba minifalda.
Para anunciar lencería hay que fotografiar a sí a las modelos. Y si no, qué… ¿le ponemos en tanga y el suje encima del burka? Lo que sí es utilización espúrea de la mujer es utilizarla de esa guisa ataviada para anunciar coches o yogures. Pero, en lo suyo, está muy en el guión, de largo. Las modelos son profesionales como la copa de un pino. Mantenerse en forma y tipo les cuesta sufrimientos sin fin y renuncias innúmeras. Son la cúspide de toda una industria que da de comer a mucha gente, y, en muchos casos, sus hallazgos plásticos son pioneros del Arte.
Por otra parte, siempre vi muy mal el abuso de términos, en uso metafórico, que tienden a expandir contenidos demasiado trágicos. Es el caso de violencia o terrorismo. No se debe hablar de violencia contra las mujeres, si no hay víctimas con daños evaluables. Del mismo modo que no conviene devaluar a la palabra terrorismo, aplicándola a significados inocuos: terrorismo verbal, terrorismo administrativo, etc. La violencia y el terrorismo hay que dejarlos en su sitio para evitar costumbre, y ocurra que, algún día, pierdan su capacidad de movilizarnos.
De modo, que, dicho queda: para nada esos hermosísimos carteles son culpables de nada, y mucho menos de violencia ninguna. Precisamente, su mensaje de mujeres liberadas es el que llega a los más. Los menos, los delincuentes que acosan y agraden, lo son por otras causas. A mí, me ha dado mucho gusto mirar la frescura y el buen gusto de todos ellos. Vale.
 
Comentario:
Es evidente que toda una serie de imágenes espúrias salpican en estos últimos días los carteles anunciadores de la ciudad, amenazando con ello la equilibrada, correcta y monótona circulación de los ahora arrebatados conductores. Y es que los encantos de la lencería más fina y exquisita han superado los límites del “boudoir”, “plaisir des dames”, para, con tentadora bastardía, exhibir sus delicadezas en un escenario urbano, cuajado de semáforos, farolas y automóviles. Excelencias del íntimo vestir, elegancia y lujo más allá de la reserva, de la pudorosa y tradicional compostura, primores del léxico anglosajón: butterfly, opalescent, sexy, fashion... pero, sobre todo “charme”, encanto, magia, ilusión... palabra de la lengua francesa que, suavemente alargada, deriva en marca publicitaria que arroba y embelesa. Y detrás, o debajo, Afrodita, siempre Afrodita, hermosa, sutil, felina y sugerente. Sin condición ni complejo, Afrodita se encarna con toda la gracia femenina, amparada por todo tipo de licencias que la redimen de cualquier compromiso o rol social, ungida con la dignidad de quien se sabe ganadora porque siempre se ha preparado para ganar. Belleza en estado puro, belleza contemplada y belleza contemplativa, belleza absorta y belleza absorbida. Complacida y satisfecha consigo misma, halagada por su elección, acariciada por las finas sedas y preciosos tules de su mínima vestimenta, Afrodita propicia la contemplación ansiosa y endulza el deseo preciosista de su voluptuosa presencia que, Oh Garcilaso, con su mirar ardiente y honesto, enciende el corazón y lo refrena. Seducción, atracción, fascinación de la eterna venus, más allá de su escaparate incorpóreo: triunfo blanco de la publicidad que conquista y enamora. Y confiesas, amigo Santiago, tu placer contemplativo ante su frescura y buen gusto, placer que comparto sin reparos, aliñado con un toque de ternura atemporal y romántica complacencia, que “el alma que hablar puede con los ojos también puede besar con la mirada”. Al otro lado se queda lo siniestro, lo impúdico, lo repugnante, lo prohibido, lo forzado y vanidoso... El ocultamiento de lo indeseable, de lo terrible y de lo escatológico, garantiza el buen gusto, estimado comportamiento de la civitas latina, cortesía, urbanidad y civismo a los que repugna toda clase de violencia; un buen gusto, en este caso, de reciprocidad manifiesta y sólo cuestionable o peligroso ante el áspero chirrido de los frenos de algún coche conducido por un conductor deslumbrado por su belleza. En ocasiones, amigo Santiago, la encarnadura de la belleza y su incursión en el ámbito cotidiano es tan impactante que nos somete de forma incondicional o nos rebela más allá de nuestros sentimientos y convicciones.
No