García Lorca, de paseo por Murcia

Allá por 1933, cuando García Lorca anduvo por estos pagos murcianos con su Barraca, para escenificar La Vida es Sueño y algunos entremeses de sabor cervantino, se paseó, como buen burgués que era, por la Trapería. Rafael García Velasco, el poeta murciano, uno de los primeros que cantara su asesinato, lo vio, y contando fue a todo el mundo lo extraño que resultaba que Federico fuese destocado. Época era aquélla de sombrerismo y bastón. Para el bueno de Rafael, el poeta de Granada, ataviado con el mono de trabajo de La Barraca, y sin sombrero, era toda una imagen surrealista. El Surrealismo, pues, se halla más en el ojo que ve las cosas, que en las cosas mismas. Hay un problema de perspectivismo al fondo. Para la mente de un niño, no hay sino cosas surrealista, pues aún no tiene conformada la imagen real del mundo; ni siquiera su propia imagen real.
Viene todo esto a cuento porque acabo de presenciar el homenaje al Surrealismo que Federico consumió en sus llamadas piezas breves. Lo han realizado los muy experimentados componentes del Teatro del Matadero, dirigidos por José Antonio Aliaga. La representación comienza con el Paseo de Buster Keaton, entre el onirismo y lo naif, continúa con ese sinsentido trágico de El Amargo, especie de cuadro surrealista extraído del más feroz verismo, un rizado del rizo únicamente abordable por Federico, y culmina con ese Don Cristóbal y Doña Rosita, en donde la comicidad muerde triunfante el surrealismo ambiente, para dar una versión más del viejo y la niña. La candidez, que se toca, como extremo que es, con la malicia de la enamorada primeriza, en La Doncella, el Marinero y el Estudiante. Y todo, centrado en la condena de la tortura, esclarecida en la escena del Teniente Coronel de la Guardia Civil con el gitano del río, sobre el fondo de las torturas de la cárcel iraquí de Abú Graib, que logra una universalización del mensaje, muy apropiada para el contenido desarrollado.
El Surrealismo siempre se entendió en España como un método, más que como un mensaje en sí, que es como salió de las vanguardias europeas de entreguerras. Lorca, y su intérprete, José Antonio Aliaga, de esa manera lo entienden; una manera muy telúricamente española, en las antípodas de lo folklórico o lo romántico.
Con esta representación, concluye verdaderamente, y propongo la metáfora, aquel paseo del 33 de Federico por la Trapería, al aire su incipiente calva, sin boina, gorra o sombrero, que tan surrelista / verité resultó ser para Rafael García Velasco. Y quede sólo mencionar a todos los acompañantes del paseo murciano del poeta granadino: Isabel Moreno, Javier Balibrea, Llani Valera, Enric Ortuño, Juan Carmona, Paco Navarrete, Manolo Ortín, Emilio Ayala y Beatriz Maciá. Vale.





