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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
El sepulcro de Don Quijote, I


En algún lugar de sierra, lejano ciertamente de su querida Mancha, y de cuyo nombre, quien pudo, decidió no querer acordarse en adelante, deben yacer los restos mortales de Don Quijote. Lo enterraron, acaso, en un día lluvioso y gris. Y quizás por eso, casi ninguno de sus convecinos acudió. Acompañaron el féretro el cura, que marchaba delante revestido para el Oficio de Difuntos, y la sobrina, que, acompañada por el bachiller Sansón Carrasco, sollozaba contenidamente, más por cumplir con el rito y dar buena impresión ante el apuesto bachiller, que por veraz compungimiento. El ama, con un principio serio de catarro, quedóse en casa, recogiendo los desajustes del duelo. El barbero pretextó un servicio a enfermo para no acudir.

Al día siguiente, que amaneció soleado, el ama, por lealtad, madrugó y procedió a llevar a su patrón un ramo de flores silvestres, de las pocas que aún quedaban en aquel día de otoño. Luego, volvió, temprano todavía, para atender sus ocupaciones domésticas. A mediodía se llegó el bachiller hasta la tumba, para ver si se había removido la tierra durante la noche, a causa de la lluvia. Asombróse primero, y espantóse después, de ver el ramillete de flores bajo la cruz del enterramiento.

A la tarde, después de comer, y preocupado, acudió a la iglesia con el objeto de ver al cura.

-Señor cura –le dijo- ha pasado algo preocupante. He visto un ramo de flores en la tumba de Don Quijote.

-¡¿Cómo?! –respondió el eclesiástico, saliendo de improviso del sopor en el que había empezado a entregarse como sucedáneo de la siesta que el bachiller disturbaba.

-Como lo oís. Puede ser una epidemia... –afirmó tajante el recién llegado.

-¿Y qué se puede hacer? –preguntó el cura, confiando en la conocida inventiva de Sansón Carrasco.

-Tengo una idea, pero necesito de vuestra ayuda –contestó el visitante. Asintió el aludido, y siguió hablando el bachiller-. Ante todo, esto no puede saberlo nadie. Ni el barbero, nuestro amigo, tan dado, por su oficio, a charlar con sus clientes. Mañana mismo partiré a Toledo, con pretexto relacionado con la herencia de Don Alonso. Volveré cuanto antes, y diré que me he visto con enviados de los señores Duques de Aragón con los que se hospedó Don Quijote. Anunciaré que pretenden los señores Duques honrar, aun póstumamente, a nuestro ilustre vecino. ¿Cómo? Cediéndole su propio panteón familiar para que repose allí eternamente, rodeado de mármol, y con su nombre esculpido a cincel, seguido del patrio apelativo de la comarca nuestra, y que no es otra que La Mancha. Con lo cual, además de verse en imprenta, nuestro amigo se verá rodeado, a perpetuidad y con este nombre, de todos nosotros. Con este fabricado lance, alejaremos del aldea nuestra y de sus buenas gentes, la tentación grave de ser infectada de la colérica bilis, caliente y seca, que inficionó a Don Alonso, y vivirán tranquilos el resto de sus vidas. Y así sus nietos, y los nietos de sus nietos. (Continuará). Vale.

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