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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Hoy, Columbares, sierra murciana


La toponimia regional murciana tiene un tesoro filológico: los topónimos murcianos mozárabes. Esto es, los nombres de lugar que dejaron los romanos antes de dejar el paso a los visigodos, y éstos, después, a los árabes, bereberes, sirios y egipcios. De manera que, cuando llegaron los castellanos, con su idioma de origen latino, se encontraron con muchos nombres ya puestos desde hacía mil años, y que se parecían a los que ellos estaban acostumbrados. Como el idioma de los hispano-romanos que convivieron con los árabes se llamó mozárabe, en lugar de neolatín o hispano, a lo conservado a través de la dominación islámica, se le llamó también mozárabe.
Uno de estos casos es el nombre de la sierra murciana de Columbares. Tal nombre quiere decir palomares, en español actual, descendiente del castellano. Pero en el idioma hermano mayor del castellano antiguo: el mozábare, palomar se decía columbar. Y ahí ha quedado el nombre. Vean lo que dice el filólogo Robert Pocklington al respecto:
“Cumbre alta de la sierra de la Cresta del Gallo. Domina el Puerto del Garruchal, obstruyendo la salida hacia el campo de Cartagena. El topónimo se documenta bajo la forma "los Columbares" o "los Colunbares" desde el siglo XV.
El origen mozárabe del nombre ya fue indicado por C. Hernández Carrasco: COLUMBARES, plural del latín tardío Columbare "palomar". A pesar de la fecha tardía de la primera documentación (1443), y la presencia del artículo castellano, la procedencia mozárabe se delata por la conservación del grupo latino -MB- (reducido a -m- por el castellano, aragonés y catalán). El topónimo se pronunciaría Qulumbaris en el árabe...
Al ser adoptado por el castellano de Murcia, el topónimo adquiriría el artículo los a causa del aspecto de plural castellano que le da la terminación ares... En principio el significado de "los palomares" es más probable”.
Ha tiempo, acaso más de una década, escribí aqueste poema dedicado a mi amigo Juan Pedro Gómez. Helo aquí:
COLUMBARES
a Juan Pedro Gómez

Columbares,
sierra torcaz,
lejana piedra inútil bajo el sol.
La luna llena redonda del sur
conoce tus sombras,
y mi siesta indolente y larga,
los perfiles de tu umbría,
las tardes en que no hago nada.

Columbares,
entre el mar y mi ventana.
Seiscientos cuarenta y cinco metros
en los mapas.
Y un motivo, apenas nada,
para hablar, escribir,
y creer que somos uno
la tarde, yo y la circunstancia.

Columbares,
paloma varada.
¿Quién soñó tu nombre,
teoría de cansera murciana,
inerte quietud de roca
y terca voluntad de alas,
sobre la vieja piel de España?

Columbares,
sierra torcaz.
Horizonte de tarde vana.
Las plumas del cansancio,
insomne lentitud del tiempo,
hormiguean la mirada.
Si quemé misterios,
éstas son, cenizas, las palabras.

Aquí, hoy, en mi cuarto,
contemplando Columbares
por el marco de mi ventana.
este silencio,
la tarde, yo y la circunstancia.


Vale.

 
Comentario:
Ayer como hoy. Inteligencia y sensibilidad, talento y disposición para el disfrute profundo de la belleza; y qué belleza: “Y creer que somos uno / la tarde, yo y la circunstancia”. “Si quemé misterios,/ éstas son, cenizas, las palabras”. La belleza plena, con sentido, la belleza sobria, cabal y digna, la belleza ennoblecida por la intención preclara. Y es que, como muy bien señala Aristóteles, toda opinión implica convicción, la convicción implica haber sido persuadido y la persuasión implica la palabra. ¡Ay, la palabra!... esa palabra tan deseada por Aarón, esa palabra diseñadora de estrategias, esa palabra que besa, que mata, que traiciona y enamora; esa palabra que persuade desde el lejano flujo etimológico a la cercana emoción connotada. “Palomares de arrullo y paz / zureo insistente del altozano,/ palumba de palumbes,/ columbares de columbarium,/ columbarium de columba.../ paloma de alto estadio./ Columbares, sierra torcaz, / Columbares de atalaya,/ Columbares de tierra mora, / y aunque mora, antes romana, / Columbares de lexicón,/ de roca gris y cansera insana;/ sestero siempre ligado al pino y a la cigarra;/ cigarra que, por sonora, aquí la llaman chicharra./ ¡¡Ay, la palabra!!... ” Y es que, ayer como hoy, la patria chica se afinca, se clava y se enreda en la hiedra del patrimonio inmaterial, mientras la voz del poema la rescata del olvido y escritores, como Santiago, la elevan a la esfera auténtica de la presencia.

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